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6 min
Dios ha muerto.
Poesía |
07.06.22
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Sinopsis

Más que un poema, una reflexión larga en clave poética. Esperen el final.

Era joven y crédulo, 

al percibir la noche quieta y extraña, 

plena de misterio y penumbra,

el día y el alba,

el sol y su fuerza,

bajaba la cabeza para dar gracias.

Los rostros me parecían amables y cálidos,

era un niño,

sentía y pensaba como un niño.

El asombro era mi mejor amigo, 

inconsciente, ingenuo y flexible.

No conocía al ser humano,

no me conocía a mi mismo. 

La gloria del rocío y las mañanas,

las hojas y su forma de mirar el cielo,

el astro nuclear brillando como un farol gigante,

Todo se conjugaba en mi subconsciencia,

todo pertenecía a la forma pretérita de una mente no nacida.

Ante lo desconocido buscaba contención,

quería pertenecer a algo, ser partícipe de algo. 

Los amigos en la escuela no eran suficientes,

Iba al catecismo, arregladito con traje y perfume,

tratando de impresionar a la catequista,

y recitaba las oraciones que no entendía,

observaba los símbolos que nadie sabía explicar con claridad,

me arrodillaba, Ave María, Padre Nuestro. 

Buscaba algo, no entendía muy bien qué era.

Pero buscaba día tras día al eterno ausente padre que nunca estaba ahí para otorgar siquiera un mísero susurro vano de consuelo. 

¿Por qué?

Escuché un disparo,

era mi cabeza.

¿Para qué?

Segundo disparo,

Pulmón izquierdo.

¿Me satisface esto? 

Observé mi cuerpo en el suelo. 

Con 12 años de vida,

notaba en el rostro del sacerdote cierta malicia,

los fieles y su cántico pesado, embotado y repetitivo,

me parecían fantasmas de un coro maldito,

Cuando analicé sus historias

cuando indagué su pasado en los recreos,

en las salidas con mi madre,

en las reuniones de familiares y de amigos,

me dí cuenta que la llaga que los cala tan profundo,

era la llaga de una incertidumbre disfrazada de fe.

La creencia como un camuflaje, como un caparazón,

que los aislaba y a la vez protegía de las fieras,

de la bestia-naturaleza,

¿Dónde estaba su Espíritu?

Al notar que aquello que profesaban

y que proclamaban poseer

era aquello que les faltaba,

al percatarme de la presión en sus nervios,

Al ver sus rostros henchidos de asco,

supe que la generación que me crío estaba perdida,

varada en un tiempo estancado,

ahogada en rituales obsoletos,

La cultura que me vió nacer,

viajaba derecho al abismo.

En las iglesias,

en el colegio,

en el trabajo,

Se respiraba pesadumbre,

Se respiraba cansancio, 

se respiraba hastío,

no había nada sagrado. 

Sentí dentro un gran vacío.

Bajé entonces la cabeza con fervor,

lloré entonces con fervor,

oré entonces con fervor,

Busqué de nuevo al dios el omnipotente,

a dios el omnipresente, 

busqué a dios el todopoderoso,

una palabra, una señal, pero sobre todo

una justificación.

Sólo obtuve silencio del eterno ausente padre que nunca estaba ahí para otorgar siquiera un mísero susurro vano de consuelo. 

Dios opera bajo formas misteriosas, 

pero su manera de operar, misteriosa o no,

¿Por qué no salva a sus fieles de aquel vacío que los desgarra? 

¿O acaso dios es ese vacío? 

¿Dónde se encontraba la llaga?

Recuerdo los sepelios,

los rituales fúnebres del catolicismo,

me pregunté hace tiempo,

si un ser querido vivió una vida plena y satisfecha,

¿Por qué llorar su pérdida? 

Si existe un cielo eterno.

¿Por qué llorar su pérdida?

Si su ausencia nos desgarra,

¿Por qué no recordarla con la alegría que nos dejaron los buenos recuerdos?

O es que acaso, la vida de nuestros congéneres,

¿No merece ser celebrada incluso tras su muerte?

¿O es que acaso no vivieron plenamente?

¿Acaso lloramos una vida malvivida, una vida insatisfecha?

Muchas veces, sí, muchas veces. 

Recuerdo los matrimonios,

a todos los que asistí. 

Maldita mi memoria que recuerda los ojos de amantes

que muy pronto se golpearían y matarían

y cuyas sonrisas, antes iluminadas,

pronto se verían desfiguradas por el hartazgo, los celos, la traición, la ira, o la verguenza ante la promesa rota de un amor idealizado que nunca se cumplió.

Te amo. ¿Firmo aquí para convecerte? 

Sí amor, te amo. ¿Lo hacemos público para convencernos?

Dios es hipocresía,

sus rituales son más negros que los ojos del gusano del infierno.

No está en su credo hipócrita la respuesta

No está en la virgen o el mesías, ni en su falso credo la respuesta.

No me iluminó un fuego fatuo aquel día

en que camino a casa solté una carcajada,

y escuché aquella voz sellada con mi nacimiento:

Antes muerto que vivir cegado.

Mil veces prefiero el infierno,

que una vida mediocre,

Me quiero bien enterrado,

antes que existir sostenido por figuras de humo,

Mi palabra no quiere ser reducida a la creencia,

Mi Voluntad ni mi Espíritu no quieren ser reducidos a la fe,

Mi Fuerza no será doblegada por la culpa,

Mi Vida no será quebarada por la sumisión

Mi Libertad no será transmutada en obediencia ciega,

Antes muerto, bien muerto, que vivir suplicando al santísimo que me salve de la vida misma. Antes muerto, que esclavo de un credo hipócrita, inútil, dañino e ignorante.

Una luz prístina me invadió ese día.

¡Dios ha muerto!

Escuchen atentos.

Al morir este ideal,

ha nacido uno nuevo.

Una nueva esperanza baila y se mueve en nosotros.

Qué poderoso,

qué libertad se respira al dejar el pesado dogma,

la pesada y fútil tradición.

Mi mente ya no suplica ni se arrodilla, ni siente la pesada culpa, el terrible miedo.

Algo en mí canta y se regocija.

Algo en mí tiene ansías tremendas de sangre, de carne, de vida, de placer, de dolor, de trance y gloria.

Algo en mí se agita.

Escuchen bien,

Ja!!!

¡Dios ha muerto!.

La libertad se alzará de nuevo,

en un futuro cercano

sobre sus cenizas. 

Escuchen el trueno que partió en dos al filósofo alemán

y ahora me quita a mí el aliento en noches de éxtasis y locura:

¡Dios ha muerto!

En el vacío, muy quietos, siéntense y sostengan su pulso en las manos, ahí la sangre nace de nuevo y con voz demoniáca susurra muy quieta y henchida de placer púrpura y fuego rojo: 

¡Dios ha muerto!

En las cuatro esquinas del mundo: Un águila, un hombre, un toro y una cabra cantan al unísono. 

¡Dios ha muerto!

La puta de babilonia, en el fúneral de una historia sepultada, se masturba mientras grita. 

¡Dios ha muerto!

Cuando la primavera de los sentidos, la vida y la carne, la sangre, cuando el cuerpo conspira con el fauno olvidado cuyo nombre es Pan, cuando todas las fuerzas y arquetipos danzan en torno a la fogata en el Sabbath de los dioses ( a medianoche, cuando todos los artistas reciben sus visiones y los animales se mezclan en una orgía ansiosa, brutal y perfecta) recibo yo también esta sagrada frase, este fruto prohibido del conocimiento, recibo esta gloriosa sentencia como el criminal que recibe la absolución de su pena de muerte: 

Nada es verdad, todo está permitido.

¡Dios ha muerto! 

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