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6 min
¿Dios y el Caos han muerto? La paradoja de la ausencia, la condena del tiempo y de la nada.
Reflexiones |
14.08.16
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Sinopsis

Procuro pensar sobre el origen del universo, la imposible prueba de la existencia de Dios y del Caos como sus formadores y las consecuencias que ello apareja para el ser humano.

 

Un inveterado dilema azota al ser humano desde sus orígenes como ser pensante: ¿cómo se originó el universo?, ¿fue este acaso diseñado o surgió en forma espontánea?, si a esto le sumamos la perfección del universo como tal, la configuración encadenada de factores que permiten la vida y su desarrollo, la angustia parece exaltarse aún más, pues da la sensación de la existencia de una verdadera planificación, de un mapeo de la vida.

Inclusive, parece existir una cierta escala de esquemas similares para la vida, piénsese en la configuración neuronal del cerebro humano, con neuronas conectadas a través de dendritas, similar a lo que ocurre con las galaxias, análogas neuronas de un cerebro aún más vasto: el propio universo. Análoga semejanza hay entre el átomo y su centro, su núcleo, sobre el cual giran electrones, de la misma forma que los planetas orbitan alrededor de su núcleo, el Sol.

Las religiones monoteístas pregonan la existencia de un diseñador y reclaman derechos de autor sobre dicha afirmación a partir de dogmas, pero también acuden a la sospechosa inferencia que emerge de la propia y monumental perfección del universo, donde todo parece estar conectado y seguir los mandatos de un plan orquestado para hacer posible todo lo existente. Los religiosos creen en un Creador, en un hacedor de la vida, nada es casual y todo responde a una ordenación superior, ellos creen en Dios.

Los ateos dirán que la prueba de la existencia de Dios es imposible y que la afirmación se reserva al ámbito de la opinión del creyente, pero que este no puede reclamar su premisa como verdad.

Los ateos, basados en dicha negación dirán, o al menos es la consecuencia de su postura, que el universo es Caos, que todo se reduce a la entropía, es decir, a una serie indefinida de causas y efectos azarosas que, desde la explosión del Big Bang, desarrolló una increíble serie de procesos causales que determinan el universo tal como hoy lo conocemos.

Generalmente, los religiosos se quedan sin respuestas a esta afirmación, incurriendo en un regreso ad infinitum en sus dogmas. Yo ensayaré una objeción desde lo racional.

No existe forma de probar el Caos –luego diré por qué está justificada la mayúscula- puesto que la única prueba irrefutable sería regresar al preciso momento del origen del universo, tomemos la licencia del Big Bang, que es la tesis más aceptada, y desde el propio punto de origen, reconstruir la infinita serie de causas y efectos que desarrollaron, en su caso, al universo tal como es. Básicamente, sería necesario ver “la película” o “el film” del universo, desde su origen hasta el día de la fecha.

Si todo lo que vemos, sentimos y experimentamos es solo producto de la mágica entropía, ella solo estaría justificada si, a partir de la completa reconstrucción secuencial de las causas y efectos, llegamos a la actual “fotografía” del universo, pero siempre partiendo de la “fotografía” original del Big Bang.

Lo mismo ocurre con la prueba de Dios: sería necesario regresar al punto de origen y ver a Dios creando su Creación, lo cual es también imposible.

Allí radica la condena del tiempo y de la nada: del tiempo porque nos es lisa y llanamente imposible probar al Caos o a Dios, no podemos regresar en el tiempo al punto de origen, solamente podemos teorizar, inferir, pero de esas premisas solo surgirán puntos de opinión, pero jamás de certeza. Nadie puede reclamar derechos de autor sobre el origen del universo, simplemente, porque nadie puede traer la fotografía de Dios o del Caos haciéndolo. La condena de la nada se justifica porque, desde el campo racional, NADA podemos concluir, nuestro espanto es mayúsculo al vernos en una oscilación intelectual entre dos premisas contradictorias e igualmente plausibles. Solo podemos decir que Nada ha sido el origen del universo, ni Dios ni el Caos, LA NADA, de la que nada sabemos.

Las neurociencias dicen que el cerebro humano se compone de dos facetas o características, curiosamente enfrentadas: un hemisferio izquierdo, racional, lógico, y uno derecho, intuitivo, que no le preocupan las reglas de la lógica y la coherencia de las premisas.

Soy de los que piensan que el ser humano es el reflejo del propio universo: si existen dos hemisferios cerebrales muy distintos y que coexisten sin problemas, quizá la lección sea esa, complementar ambas facetas del ser humano.

Los religiosos creen en Dios, los ateos en su propia deidad –el Caos-, ambos son creyentes y ambos parten de una opinión desde el plano racional, opinión que es tal porque no pueden probar su premisa, porque carece de certeza lógica. Ambos dan una respuesta emocional y con ello rehúyen el problema del tiempo y de la nada, ahogan la angustia de la duda existencial más grande que el ser humano ha conocido.

La cuestión será no pretender probar la existencia de una verdad inalcanzable para el hombre, pues desde el plano racional será imposible, el hemisferio izquierdo del cerebro chocará con la Nada y estallará en mil pedazos en su racionalidad, pero el hemisferio derecho podrá contentarse con la opinión, justamente, porque se basa en su intuición, en lo que cree que es, aunque no lo vea.

La razón nos enfrenta a la paradoja de la ausencia, de la no justificación, de la Nada como la imposibilidad de probar el origen de lo que parece evidente (Dios o el Caos), pero la emoción permite suspender el juicio de la racionalidad, que se enfrenta ante un objeto inamovible, quizá la cuestión pase por compatibilizar ambas características del ser humano (racionalidad y emocionalidad) sin pretender dar primacía a una sobre la otra, quizá la cuestión no sea enfrentar a la montaña inamovible con argumentos que se destrozarán ante ella, sino de, simplemente, aceptar que la montaña es invencible y contemplarla en su magnificencia, hallando así la paz. Quizá allí radique la sabiduría, distinguiendo entendimiento de conocimiento.

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Me gradué en la Facultad de Derecho de la UNLZ en 2004, cursé la especialización en derecho penal en la UBA y presto servicios en el Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Tengo algunos libros publicados de mi especialidad. Soy amante de la filosofía y de la buena lectura. Me agrada incursionar en la literatura, me parece un medio fantástico para reflexionar sin siquiera darse cuenta de ello. Hoy en día, desconfío de toda autoridad erigida y veo, con cierta claridad, que el "orden social" solo sirve a algunos y esclaviza a muchos más. Lucho, pero lucho una batalla que no puedo ganar solo...

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