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8 min
DISTINTOS PERO IGUALES
Reales |
13.02.14
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Sinopsis

No importa la raza, no importa el color de la piel, ni importa la procedencia. Todo lo que merece la pena, lo verdaderamente importante, está en la esencia de cada uno.

La sirena se escuchó sonora por todo el colegio para dejar paso a un nuevo fin de semana. La puerta principal se abrió de golpe gracias a la ayuda indispensable del conserje muy habituado a esta tarea. Los profesores haciendo oídos sordos a esta llamada siguieron explicando. Unos hablaban incansablemente sobre la peste. Otros sobre los números complejos, algo que ni los más cerebritos comprendían. Y algún que otro enfrascado en los años 80. ¡Nada del otro mundo! Como era de esperar los alumnos nos colgamos las mochilas y entre gritos, juegos y bromas abrimos la puerta de clase y respiramos el aroma de la “libertad”. Minutos después los pasillos eran una selva. Los maestros también salían de las clases con el propósito de volver a sus casas   para disfrutar de sus días libres. Poco a poco el centro se quedó desierto.

Cuando los alumnos ya nos encontrábamos en la calle la mayoría comenzaba a despedirse de sus colegas. Yo, no iba a ser menos. Me despedí alegremente de mis compañeros con una palmada en la espalda y subiéndome los pantalones comencé a correr en dirección a casa. Aquel día tenía pensado ,aprovechando el buen tiempo y el calor, dar un paseo a la orilla del mar , donde ver un atardecer es algo precioso. Después no me vendría mal ver alguna “peli” o quedar con alguien... Pero ahora... el presente. Corriendo como un galgo no me percaté de que en la otra acera caminaba silencioso alguien que conocía de vista. De repente me paré en seco al verle por el rabillo del ojo y miré hacía la otra acera. Hasta en la lejanía pude saber de quien se trataba. Era un alumno de mi misma edad que estudiaba en la clase de a lado. No hacía ni un mes que estaba en mi mismo instituto y le había visto ya muchas veces pasearse sin rumbo por el patio. En más de una ocasión había sugerido a mis amigos ir donde él para charlar, pero todos se habían negado rotundamente. El por qué me lo confesaron días después en una ocasión en la que tenía pensado invitarle a estar con nosotros. Me contaron, que como ya debería saber aquel chaval de rasgos extraños era de Pakistán. A continuación sin respetarse, todos a la vez, empezaron a contarme montones de disparates y falacias sobre aquel país : que él como toda su familia era un verdadero peligro, un pequeño criminal, que no debería haber sido admitido en esta escuela, que cuando nos descuidáramos robaría todo lo que le vendría en gana para comprar material explosivo , que no merecía la pena dirigirles la palabra a rufianes como él y que sobre todo era un extranjero y que debería apañárselas el solito sin ayuda de nadie. Y que así debería ser.

Aunque de todo eso no me creía ni una pizca tampoco creí conveniente cambiar de acera y dirigirle la palabra. Sin más, desvíe la mirada y continué mi camino. No pasaron ni diez segundos antes de decirme a mi cabeza que había hecho mal . Así que mire atrás de nuevo moví la mano enérgicamente y saludé. Demasiado tarde. El chaval había desaparecido y lo único que escuché fue mi propio eco. Aquella tarde estuve enfrascado en el asunto del chaval: recordé la conversación que había tenido con mis amigos, recordé cuando le había visto y estuve reflexionando distraído en mi mundo. Tan distraído con mis pensamientos que ni me acordé de que aquel día, como todos los viernes, tenía pensado dar una paseo por la playa.

El fin de semana pasó en un suspiro y de nuevo llegó la rutina. Aquella semana tuve la cabeza en las nubes incapaz de concentrarme sin prestar atención a las explicaciones de los profesores. Lo peor fue cuando mis amigos me descubrieron en la biblioteca ojeando un libro sobre Pakistán. Ante todas las preguntas que me hicieron a continuación no tuve más remedio que confesarles que me interesaba por aquel muchacho que todo el mundo   dejaba de lado. Me tomaron por chiflado y se rieron de buena gana de mí. Yo por mi parte ni me inmute. Mi único gesto fue el de levantarme de la silla donde estaba sentado y sin despedirme salir de la sala.

Desde de ese momento comencé a creer que había perdido la razón, que estaba como un cabra y que como iba a ayudar a un delincuente como él. Eso me lo decía mi cabeza siguiendo los consejos de mis amigos, pero el corazón se oponía y luchaba para que me acercara a él, le hablara y rompiera la tristeza que asolaba su alma...

La semana no tardó en pasar... El viernes al salir del colegio el sol brillaba intensamente, perfecto para dar un paseo. Pero en ese momento no me apetecía, quizás más tarde . Ahora tenía ganas de tirarme en el sofá y quedarme dormido. No tardé en llegar a casa y esta vez no me encontré con el chaval. Para mi fue un gran alivio . Como era de esperar en casa solo se encontraba mi hermana mayor que ni me dirigió la palabra. Tire la mochila encima de la cama y me acomodé en una butaca que se encontraba al lado. Cerré los ojos e intenté relajarme. De repente note una ráfaga de aire frío a mi espalda y un escalofrío me recorrió entero. Incómodo abrí los ojos y descubrí que la ventana estaba abierta. De mala gana me acerqué para cerrarla. En ese momento inconscientemente miré para fuera. Daba la casualidad que aquella ventana daba a la playa...y... le vi. Era mi oportunidad. Baje las escaleras de tres en tres y salí fuera de la casa.

Disimuladamente llegue a la playa y con cuidado me acerque a él. Este tenía la mirada clavada en el suelo y sus ojos parecían que estaban apagados, tristes. Lo noté y sin darme cuenta le puso una mano en su hombro. El joven se sobresaltó al principio pero cuando me miró mejor descubrió que era un compañero del colegio. Me saludó sonriendo, y por un momento la tristeza desapareció de su expresión. Yo le imite. Después me quedé en blanco sin dar el paso de decir nada. El lo hizo por mí.

Hablamos durante un buen rato él sobre su país , sus costumbres y religión. Yo le hablé también de las costumbres de aquí para no quedarme corto. Mientras charlábamos paseábamos por la orilla sin importarnos que el agua mojara nuestros pantalones dejando que el viento marino nos moviera mechones de pelo. Yo cada vez sentía que la voz del joven se escuchaba más cercana, segura feliz y enérgica. Cada minuto que pasaba me sentía más a gusto caminando a su lado, más seguro porque sabía que él quería vivir en paz ,sin odio y sin mal como yo. Lo comprendí todo en el momento en el que volvió a bajar la mirada y dijo con voz fuerte y resistente que estaba harto de aguantar guerras sin ningún sentido, escuchar disparos y el retumbar de las bombas al explotar. Por aquella razón y porque sus padres querían encontrar trabajo habían venido aquí, para no tener que sentir miedo e inseguridad nunca más. Y lo único que habían conseguido era que la gente les dijera palabras llenas de hostilidad y les dirigieran  miradas rencorosas. En aquel instante unas lagrimas surcaron su rostro y su llanto se escuchó de repente. Yo emocionado dejé la razón a un lado y siguiendo al corazón sin poder evitarlo le abracé e intenté consolarle con dulces palabras , algo que nunca antes había hecho. Fue un momento eterno, feliz y sobretodo mágico y único para los dos. Mientras lo tranquilizaba entre mis brazos un montón de sentimientos cruzaron por mi mente y me di cuenta de que a pesar de ser distintos éramos totalmente iguales; los dos unos adolescentes con el mismo deseo de paz y   tolerancia.

En el momento en el que nos separamos el sol desaparecía tras las altas montañas en el horizonte. Y creo que le vi sonreir.

Desde aquello un gran lazo de amistad nos une a Shalim y a mí. Desde aquella tarde (que para algunos seguramente fue una tarde cualquiera) Shalim es uno más de nosotros, un buen amigo en el que se puede confiar, y que juega excelentemente al fútbol algo con lo que se gana a partes iguales el respeto de los alumnos.Un adolescente como los demás con ideales con las ideas bien claras y que sigue los latidos de su corazón y lucha contra todos los que nos quieren arrebatar la felicidad . Como debe ser.

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Otros relatos del autor
  • Muchas gracias por tu valoración Ruben. Me alegro que te haya gustado.
    te aplaudo aunque no lo escuches
    Muchas gracias por vuestros comentarios a ambos, Jose Manuel y Duncan. Aunque considero que todavía me queda mucho por recorrer, demasiado para mi gusto. Pero todo es cuestión de tomármelo con calma. De nuevo, os agradezco vuestras valoraciones.
    Lo siento no todos somos iguales hay quien es bueno u otros sois buenísimos como eres tu ¡Gracias por deleitarnos con tus relatos! Un saludo.
    Tengo que buscar algo de tiempo para leer algo más tuyo, si con sólo 18 años ya escribes así valdrá la pena verte evolucionar para escribir relatos como este en el que reflejas que las cosas que nos unen son muchas más de las que nos separan, un cordial saludo.
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A mis 18 años llevo toda mi vida escribiendo. Amante de la escritura, de la lectura, de la música y de la natación. Estudiante de derecho e ingenuo y soñador por naturaleza. También clarinestista, pianista y guitarrista.

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