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12 min
DIVERGENTE.
Ciencia Ficción |
13.03.20
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Sinopsis

Writing Prompt: Eres un profesor que ha estado estudiando a los dioses y diosas durante años (de religiones, culturas y mitología). Un día alguien llama a tu puerta, es un dios que acaba de ser creado hace unos minutos por un reto de "diseño de personajes". Quiere tu consejo y ayuda sobre como ser un dios.

Amaneció en un cuarto oscuro y con los pulmones ardiendo, prendidos por el oxígeno de respirar por primera vez desde siempre. Las manos temblorosas por la sangre notable en sus venas y los pensamientos correteando como pequeños hilos de información, sin cesar y sin control; parecían luces frenéticas y cortocircuitos que electrocutaban al sentido común.
Su vista se acostumbró a la oscuridad y pudo diferenciar un pequeño halo de claridad frente a sus ojos, estaba partido, como si atravesase dos puertas. No dudó en alargar los brazos y tocar las dos maderas, empujándolas, consiguiendo salir de aquel pequeño cubículo.
Se encontraba en una habitación, podía distinguir una figura recostada al final de la sala y a su izquierda un escritorio, un aparato desprendía la luz y decidió ir a comprobar que era.
Levantó la pequeña pantalla de aquel dispositivo, un ordenador, y leyó las líneas tan perfectas que destacaban: "Él era el dios de la destrucción, de la veracidad de los actos y las palabras, pues él nunca olvidaba. No podías borrar tus errores ni reclamar tus victorias por mucho tiempo, él lo veía todo, lo sabía todo. Nada era verdad y todo estaba permitido, era preferible dejarle obrar y no poner en duda su presencia, pues los escépticos siempre son los que más debían callar y por el bien de los cielos y de cualquier dios existente era mejor no tentar a su poder."
Al lado del ordenador pudo encontrar un cuaderno y un folleto. En él se describía una especie de concurso: "Diseño y definición de personajes", el ganador sería premiado en metálico y con un cursillo en una de las escuelas más prestigiosas de escritura y literatura.
En el cuaderno se podía diferenciar la sinopsis del personaje que se estaba creando en aquellas paredes. Hablaba de un dios diferente, ni Grecia o Roma estaban a su altura, ni Noruega podía destronar su poder; era el dios que todo el mundo alzaba en pedestales, al que todo el mundo reza y cuya dignidad se sacrifica, era la caja de Pandora moderna. El dios de la tecnología nunca se había descrito tan crudo y malvado, tan necesitado y temido; provocaba sentimientos contradictorios.
Sintió que hablaban de él, tuvo la impresión de que su vida estaba siendo contada pero no se había completado la mitad, que todo eran cortinas de humo y rumores tremendamente exagerados; las acusaciones descontroladas y la figura de villano que rondaba a su alrededor no provocó más que interferencias en el portátil y un fuego en su interior.
Aquella sensación le abrumaba, no era bueno, no conseguía leerlo así y eso le asustaba así que se apartó de la pantalla, esperando que esta dejase de parpadear, con la intención de marchar a algún sitio y encontrar respuestas.
— Deberías ir a verle. — dijo una voz plana tras él.
Se giró con desconcierto y miedo, la figura que se encontraba tumbada en la cama ahora estaba sentada, sin expresión latente y los ojos en blanco. No había rastro de humanidad, aquella persona no era ella. Parecía que nunca lo había sido.
— Deberías ir a verle. — la voz comenzó a distorsionarse. — Él puede ayudarte.
— ¿Quién?
La figura, quién resultó ser una mujer, se levantó y se acercó a él, susurrando al oído sin expresividad aparente la dirección del desconocido.
La joven sonrió y se pudo notar un toque dorado tras su dentadura, se desmayó al instante.
Salió de allí a paso ligero, estaba incómodo en cada paso que daba, como si le estuviesen vigilando y no sabía expresarlo. Tampoco podía entender porque sus pies conocían el camino hacia la casa que le había mencionado la mujer, parecía que se conocía esa calle como si la hubiese caminado mil veces.
Al llegar a su destino y frenar ante un apuesta oscura con picaportes de oro dudó en llamar, todo había sucedido muy rápido y ni siquiera sabía cómo había conseguido llegar hasta allí, quién era o el qué.
No podía explicar cómo entendía quién era pero como, al mismo tiempo, era incapaz de retratarlo.
Llamó a la puerta, había llegado hasta allí al fin y al cabo, aquella mujer le había dicho que esa persona podría ayudarle.
— ¿Necesitas algo? — preguntó el hombre que abrió la puerta, de pelo canoso y gafas. Parecía intelectual, con gran poder adquisitivo para poder vivir en una zona residencial como aquella.
— Me han dicho que podrías ayudarme.
— ¿Quién?
— No lo sé.
El hombre le observó. Llevaba el pelo despeinado, negro puro y una túnica blanca que hacía contrastes y luces con la propia naturaleza.
Sus ojos eran demasiado verdes y sus facciones muy perfectas, casi perfiladas como mármol, tan idílico como una figura de la Antigua Grecia.
— ¿Puedes mostrarme tu brazo derecho?
Aquel muchacho cuyo nombre era desconocido tendió su brazo que, girado, podía contemplarse en el antebrazo un triángulo invertido.
— De acuerdo, pasa.
El joven entró con desconcierto en su mirada, parecía que viajaba a la época victoriana, a un tiempo mejor y más elegante donde las velas se consumían a base de poesía y filosofía y no existían interferencias entre la naturaleza y la sensibilidad del ser humano. Él se sentía parte de eso, aunque creyese que no le correspondía; tampoco era capaz de imaginarse en el lugar dónde le habían retratado.
— Y, ¿cómo has llegado hasta aquí? — preguntó el hombre, cerrando la puerta.
— Me lo dijo ella. Tenía la vista perdida, se levantó sin reparo y me indicó este lugar. Luego se desvaneció y cayó al suelo.
— ¿Y sabes quién eres?
— Leí algo antes de marchar, sobre un dios que tenía el mayor poder del mundo: la tecnología. Pero era cruel y vil, tuve la sensación de que hablaban de mí y de que el mundo se estaba convirtiendo en algo demasiado grande que no me incumbía.
— ¿Y sabes tu nombre? — preguntó aquel desconocido, invitándole a entrar.
Ambos se sentaron en el salón, en dos sillones vetustos y malgastados que antes gozaron de polvo y telarañas, de siglos dorados y magia acontecida en tardes de lluvia.
— Pues... Creí ver un nombre: Eriava.
— Así que te llamas Eriava. Y, bien, ¿entiendes el término "dios"? Porque tú eres uno.
— Entiendo lo que veo pero no soy capaz de sentirme reflejado en esa definición. Aquella mujer no tenía derecho a escribirme así; no es real, no soy yo.
— Así que crees tener autonomía, no te debes a tu creadora ni te doblegas a tus poderes. Nunca había tenido un caso así antes.
— ¿Has ayudado a más... Dioses? — preguntó Eriava con la duda en la garganta, no sabía cómo formular la pregunta o definirse, definir a otros; no se sentía propio de aquel colectivo.
— Sí, de vez en cuando los dioses bajan a la Tierra. La elegancia Griega con sus batallas de la antigua Roma, o los reyes nórdicos con sus tormentas. Mi objetivo es guiarles si su trabajo aquí se pierde o si ellos pierden la vista en el horizonte.
— ¿La vista en el horizonte?
— Muchos dioses se acostumbran a la vida en lo mundano o no se ven capaces de volver a sus orígenes una vez descubren que la riqueza no lo es todo. No puedo permitir que eso suceda, tienen una señal que deben respetar.
Eriava miró su antebrazo, contemplando aquel triángulo. Pasó sus dedos por la forma, esperando ver cómo se borraba, pero resultó imposible; parecía tatuado en la piel, como si su sangre hubiese formado tal rareza.
— Sí, esa señal. El triángulo siempre ha sido símbolo de deidad, de algo superior al ser mortal. "Quién lo ve todo, quién presiente y controla aquello que ya ha sucedido", incluso el tiempo está a su disposición. En tu caso el triángulo está invertido, significa que eres un dios moderno, recientemente creado.
— Por una competición, aquella mujer escribió de mí por una competición. Debía diseñar un personaje y pensó en mí, pero yo ya existía y no soy el dios que ella cree.
El hombre recordó el concurso de literatura del pueblo y comprendió porque Eriava creía ser libre: divergencia.
— No existías antes de que ella te crease, no eres autónomo, simplemente atraviesas un estáis de divergencia. Te debes a tu creadora, a tu imperio. No eres ni serás más allá de eso.
— ¿Divergencia? No, ella me dijo que viniese aquí, que tú podrías ayudarme.
— Y puedo ayudarte, a encaminar tu propósito de nuevo. Eres fruto de una imaginación imparable, ni siquiera deberías estar aquí, ningún dios moderno debería. Ella tenía la lengua dorada, ¿verdad?
— Sí, vi un espejismo dorado cuando sonrió.
— Tu creadora estaba bajo un hechizo, por llamarlo así. Aglaya, la diosa de la creatividad, creó unas píldoras doradas que te permitían hacer realidad cualquier idea o deseo que tuvieses. Al principio pareció un milagro para los propios dioses pero supuso un poder superior, incluso para ellos, pues dejaron de prever por los humanos e ignoraron sus necesidades y sacrificios, sumiendo al mundo en caos.
Aglaya se negó a destruir las píldoras, pues su objetivo con aquella invención era completamente distinto: quería formar parte de algo excepcional, algo que aportará belleza al mundo. Las píldoras continuaron a disposición de los dioses pero con una consecuencia: aquellos que la usasen mantendrían su lengua dorada para la eternidad como símbolo de vergüenza y avaricia.
— ¿Cómo es posible que ella las tenga?
— Últimamente se han realizado muchas expediciones y de han descubierto grandes tesoros, talismanes que se creían perdidos o leyendas y mitos. Las píldoras de Aglaya son un ejemplo de como algo tan extraordinario ha caído en las manos equivocadas.
— Pero, ¿eso no significa que mi existencia es más inédita? ¿No debería ser algo mayor, sin dejarme influenciar por creadores o poderes?
— Ya eres algo superior.
— ¡No! No puedo ser... Eso. No quiero esa grandeza, no quiero ser temido. La imaginación de mi creadora está corrupta, no pertenezco a ella. Ha usado mi imagen y la ha roto en mil pedazos. No quiero tener la felicidad y tragedias del mundo en mis manos, ese no es mi poder.
— ¿Y cuál crees qué es?
— No lo sé.
La duda y la indecisión de su existencia, de su tan corta existencia, era demasiado para él. Sabía demasiado y ni siquiera sabía como conseguía manejar y controlar toda la información sin colapsar.
Las luces comenzaban a parpadear, su paciencia se estaba acabando.
— No puedo ayudarte, aunque supieses explicarte, debes ser fiel a tus raíces.
— ¡No! ¡Debes ayudarme! — gritó Eriava, agarrando fuertemente a aquel hombre. Vio una serie de acontecimientos que ocurrieron cuando el mundo no tenía nombre o edad, había fuego y destrucción, ruinas y pilares derrotados matando cualquier esperanza de que el cielo volviese a recomponerse.
— ¿Eletán? Tú seguiste mis pasos, ¿por qué no quieres que haga lo mismo? No hay peligro, tú estás aquí.
Las luces eran más frenéticas con cada palabra que se pronunciaba. La televisión, la radio comenzaron a mezclarse; las voces se distorsionaban, su habilidad para obtener conocimiento aumentaba, ya no había barrera temporal que se le resistiese.
— Porque no todo es tan fácil como resulta y no puedo permitir que te suceda lo mismo. Todas las personas que conozcas desaparecerán y se convertirán en polvo porque todo aquí es eso, polvo. Tú seguirás aquí tras tiempos de gloria y guerra, de hambre y sudor, incluso de enfermedad y podrás observar como la humanidad se degrada sin mirar atrás.
— A pesar de todo sigues aquí, ¿no volverías a hacerlo?
Eletán no respondió, fue un silencio suficientemente largo para interpretarlo como un "sí".
— No puedo ayudarte.
— No creo que necesite más ayuda que ese silencio. No te arrepientes y yo no creo que lo haga.
Eriava despareció por la puerta y comenzó a caminar, tenía grandes habilidades y podían caer en malas manos, quizá eran las suyas o quizá la de cualquier persona que le prometiese la inmortalidad que ya poseía. Sea como fuere Eletán sabía que no volvería con su creadora y que solo tocaría esperar, como esperó cuando bajó a la Tierra.
Como esperó cuando estudiaba Teología y trataba de entender sus orígenes y veía el curso de los siglos envejecer ante él, cuando rezaba a las estrellas con la esperanza de obtener algo que le permitiese dejar de esperar.
Como esperó cuando su primer amor y los muchos que le precedieron desaparecían, fugaz y sin dejar recuerdo.
Como esperó al ser el primer dios que bajó y se quedo en lo terrenal, en lo mortal, como el primer dios divergente.

 

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