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6 min
Dolor al óleo
Drama |
27.01.15
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Sinopsis

.

Me sentía sorprendida como si aquella fuera la primera vez que percibía el tacto brusco y frío del puñal de la traición hundiéndose en mi estómago, ayudado por una mano invisible que no reconocía, pues era la misma que en tantas situaciones distintas y adversas me había ayudado a ponerme en pie, me había alzado del suelo con la ligereza de una pluma y segundos después me había ayudado a surcar el cielo imitando el vuelo libre de un halcón perdiéndose entre las densas y esponjosas nubles que vestían aquel mar azul.

Esta vez era muy distinta, me sentía extraña con la compañía reciente de su recuerdo atenazando todas mis ideas y exprimiéndolas al máximo, absorbiendo lo mejor de cada una hasta dejarme sin nada.

¿Podía una simple imagen causar tanto daño? Creía mientras me sumergía con lentitud en la bañera que no estaba aún capacitada para entenderlo.

El agua se desbordaba en forma de olas discurriendo precipitadamente por la resbaladiza superficie y el reflejo adusto de las gotas en el suelo me estremeció sin saber por qué. Aún podía ver la mitad de su cuerpo envuelto en una toalla blanca y el aroma a jabón que desprendía su piel se abrió paso y empezó a asfixiarme.Ya no me gustaba tanto si pensaba en lo lejos que estaba él de ser quien había sido.

¿Y dónde quedaba yo?

Los restos de lo que un día fui parecían flotar sobre la superficie enjabonada del agua como la mayoría de mis emociones, sin rumbo, vacías y huecas, se mantenían a salvo y evitaban hundirse de una manera dramática.

Apoyé la cabeza en el borde clavando la mirada estática en el techo y el mundo pareció detenerse.

El silencio era tan angustioso que podía escuchar la velocidad de la sangre transcurriendo por mis venas, su incombustible ritmo acelerado y monótono.

El quejido casi imperceptible de las burbujas de jabón al romperse y el susurro del agua.

Apoyé mis manos sobre las rodillas y encogí un poco más las piernas.

El calor del agua se iba enfriando lentamente y supe que había llegado el momento.

Me estiré un poco para conseguir estar cómoda y noté el peso de mi pelo mojado tirando de mi cabeza hacia abajo, empapado por el agua turbia, la sentí llegar hasta mis labios y puse la cabeza totalmente recta mirando hacia las tristes baldosas del techo y tuve el valor de dedicarles una media sonrisa, y éstas parecieron devolverme el gesto.

Sentía la espuma haciéndome cosquillas en la nariz y en la comisura de mis agrietados labios, respirando su olor a humedad y a frutas.

Estuve en esa posición durante un buen rato, me hubiera atrevido a decir que durante horas, pero no tenía esa certeza ni quería saberlo realmente, el tiempo me lo había dado todo para arrebatármelo después y lo único que podía hacer era renegar de él.

Empezaba a tener frío cuando volví a abrir los ojos.

Alcé ambos brazos sobre los bordes de la bañera y me agarré con las manos.

El frío me volvió a apretar el corazón.

Cogí aire una última vez y rocé con mis labios la copa de champagne abandonada sobre la estantería y el alcohol quemó mi  garganta.

Hundí la cabeza y el agua me cubrió el rostro.

Sentía su caricia y saboreaba mi victoria insípida con verdadera emoción reprimida.

El agua se extendía completamente sobre mí como una manta protegiéndome de los peligros de la noche.

Había cerrado los ojos antes de sumergirme pero el miedo había desaparecido, sustituido por la tranquilidad del final que tanto deseaba, y volvía a abrirlos.

El cloro y los restos de jabón arañaron mis pupilas, notaba cómo ardían a pesar de la temperatura baja del agua.

Mis manos se aferraron con más fuerza a los bordes, temblando y sacudiéndose violentamente cuando el aire empezó a faltarme abandonando mis pulmones, con los nudillos blancos por el esfuerzo y concentrándome en la poca conciencia que me restaba me obligué a no incorporarme y la idea se fue desvaneciendo en mi mente antes incluso de formarse.

Mi cuerpo se agitaba con fuertes convulsiones pero enseguida sentí escapar la fuerza y la voluntad, desintegrándose en el agua que no paraba de desbordarse.

El techo parecía vibrar al compás de las ondas producidas por el líquido y ante mí se vio interrumpida la visión para entrever la sombra de una silueta que se acercaba y se incorporaba sobre la bañera recortando el blanco mortecino de las paredes.

Imaginé que se ponía de rodillas sobre el suelo para acercar su rostro al mío.

Intenté adivinar quién era la persona que me observaba con una frialdad impasible, con la calma y la quietud propias de una serpiente a punto de atacar.

Abrí más los ojos, todo lo que pude, todo lo que me permitieron los últimos instantes de agonía que sufría sin poder gritar, pero el velo de agua que me cubría no me permitía reconocer aquellas facciones; su forma estaba distorsionada, el color y el brillo de sus ojos quedaban fuera de mi alcance, tan lejos y a la vez tan cerca, pero mis manos ya no respondían a mis órdenes.

Mi cuerpo se negaba a reaccionar y sin embargo aún conservaba intacto el pensamiento.

Quería tocarle, sentir al menos cómo era aunque no pudiera verle con claridad.

¿Y si él había vuelto?

Para mí ya era demasiado tarde.

Mirándolo fijamente, podía distinguir entre el ondulante serpenteo del agua su cabello y su ropa, pero no era suficiente para abrazar la certeza.

Sentí cómo mis manos dejaban de apretar los bordes y caían sin peso sobre el agua calmada y quieta provocando una última descarga al mismo tiempo que la figura incorpórea se inclinaba hacia mí con sus manos dirigidas a mi cuerpo cada vez más rígido.

Se cerraron mis ojos débiles después de tanto esfuerzo y ya no pude ver ni sentir nada.

Un silencio extraño ocluía el ambiente y la oscuridad ya lo albergaba todo.

Mis músculos se habían destensado y empezaba a preguntarme, antes de que me abandonara totalmente la conciencia, si él había vuelto realmente para salvarme, o si tan solo había sido un sueño, producto de los delirios de una mente embargada por el alcohol y la muerte cada vez más próxima, repleta de deseos sin cumplir. Nunca lo sabria.

Me dolía la existencia de aquella pregunta como el fuego ardía bajo una rama, cuando respiraba uno de mis últimos instantes, pero sabía que mañana sería otro día distinto y el dolor se iría difuminando como un cuadro al óleo bajo la lluvia.

 

 

 

 

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