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6 min
Dónde el fuego nunca arde
Drama |
13.02.14
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Sinopsis

Estados Unidos, Filadelfia. La pequeña y dulce Cleo desapareció sin dejar rastro una noche de invierno de 1987. Nunca nadie consiguió encontrarla y su desaparición quedó semi-enterrada en el olvido simplemente plasmada en un expediente sin valor.

Esther no podía haber imaginado siquiera que aquella  sería la última vez que abrazaría a su hermana. Mientras sentía el calido contacto de la piel de Cleo la nieve caía sobre ambas, copos que se vertían sin demasiada intensidad y que poco a poco cubrían la hierba convirtiendo el alrededor en un manto brillante. Las dos hermanas disfrutaban de aquel instante y ni siquiera la fría brisa de la noche podía hacer que se estremecieran. Durante dos eternos minutos se mantuvieron una junto a la otra saboreando el momento, sintiendo latir el corazón de la otra junto al suyo. Finalmente, al separarse se miraron a los ojos. Cleo sonrió con dulzura como siempre hacia cuando alguien se adentraba intensamente en sus profundos ojos verdes. Esther sonrió a su vez dejando entrever una hilera de dientes blancos y cuidados. Luego se agachó y dejó que sus rodillas desnudas rozaran suavemente la fina capa de nieve. Casi con necesidad volvió a rodear a su hermana pequeña con los brazos y la besó en la frente en ademán protector. Cleo se ruborizó ante tanta caricia y, juguetona, se revolvió logrando zafarse. Con un suspiro Esther corrió tras ella y comenzaron a jugar ante las expectantes estrellas que brillaban firmes en el firmamento. La persecución no tardó en finalizar. Riendo, las dos cayeron sobre la nieve muy juntas apretadas para que el frío no pudiera encontrarlas. Mientras rodaban por el suelo Esther se dio cuenta de que quería demasiado a Cleo, quizás más que Cleo a ella misma. Sentía tal amor por ella que sabía que aquel sentimiento no se perdería, jamás. Era tal la felicidad que sentía a su lado que a veces se despreocupaba de su cuerpo y de su propia vida. Pero,¿ acaso importaba? Miró a la sonriente Cleo que, libre, se movía feliz por el jardín nevado. Entonces sintió una punzada de nostalgia. Una silenciosa lágrima corrió por su mejilla. Desde que  su madre se había ido para no volver ella debía de cuidar de su hermana, debía guiarla y hacerla ver lo maravilloso de la vida, lo importante que era luchar, luchar y no rendirse. De momento creía estar haciéndolo bien. La nieve se mojó un tanto cuando las gotas de agua cayeron de la mejilla de Esther. Perder a su madre había sido muy duro pero no podía dejar que Cleo la viese llorar, bajo ningún concepto. Con disimulo observó a su hermanita. Aquellos ojos sanadores, aquel cuerpecito infantil, aquella sonrisa perfecta... La imagen de su hermana bailando sobre la nieve quedó grabada en su mente. Entonces se recostó y cerró los ojos. En ese instante alguien oculto tras un árbol apartó la mirada de Esther. Ella ya no era importante.

 

Unos metros más lejos de donde dormía  su hermana, Cleo giraba y giraba mientras los copos de nieve la abrigaban dulcemente. De algún punto no muy alejado se podía percibir un aroma exquisito, un perfume que lo llenaba todo. Cleo continuó con su danza. El aroma se intensificó y entró por los orificios nasales de la cría. Ella no paraba de girar con carisma y radiante de felicidad. Sus pasos quedaron intactos en la superficie nevada.  De forma gradual aquel olor delicioso se volvía cada vez más fuerte y la pequeña lo sintió de golpe. Paró con brusquedad su giro y miró a ambos lados. La piel se le erizó. La sonrisa desapareció. Algo hizo que empezara a sentir miedo. Desde el comienzo de la calle una sombra comenzó a avanzar con rapidez, a una velocidad vertiginosa hacía ella. El aire pareció cortarse y la muchacha creyó oír el aleteo de cientos de mariposas. El ambiente estaba cargado de tensión y  los ojos de la niña irradiaban  terror. Intuía que algo estaba a punto de ocurrir. Paralizaba por el temor a aquello que llegaba trató de correr. Fue entonces cuando la sombra la alcanzó antes de que pudiera moverse o mirar hacía atrás. Algo parecido a un chillido ahogado rasgó la noche.

 

Esther despertó sobresaltada. Estaba sudando y se encontraba desconcertada. Con la preocupación pintada en el semblante se levantó y buscó a su hermana con la mirada. No la vio.

Imposible. No había dormido más de cinco minutos. Trató de respirar hondo. Sin embargo cuando al llamarla no recibió respuesta los nervios se volvieron en su contra. Con la nieve y el frió jugando entorno a ella comenzó a gritar . Buscó por el jardín y empezó a dar vueltas sin control. Perdida y desorientada se agarró la cabeza con ambas manos. Totalmente ida y  desesperada cruzó la calle y anduvo por diferentes barrios sin saber muy bien que era lo buscaba o lo que quería encontrar. Subió y bajó. Chilló  y la llamó. Antes de poder darse cuenta se encontraba de rodillas sobre el asfalto. El nombre de Cleo, el cual había gritado sin parar y sin tregua era un murmullo que se llevaba el viento. Un miedo atroz la llenó por completo y sintió que le faltaba el aire. En un último intento imploró al cielo oscuro que le devolviera a su hermana. El firmamento no le devolvió la respuesta. Como una autómata se levantó y dio dos pasos. No fue capaz de seguir. Se desplomó ante la mirada de los pocos que al oír su suplica habían decidido salir a la calle y de los que la habían visto vagar como un alma en pena. Muchos corrieron en su ayuda. Por desgracia nadie podía darle lo que quería, lo que más anhelaba.

 

Aquella noche en las calles de Filadelfia Cleo Sanders desapareció, se volatizó, se esfumó... No volverían a verla. Nadie volvería a ver aquellos ojos risueños y la sonrisa traviesa dibujada en su rostro. Nadie, ni siquiera  Esther,  volvería a sentir su abrazo, aquel abrazo que siempre  la había  protegía del mundo, del mundo cruel, tan cruel y característico de todos los humanos.

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