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6 min
¿Donde se perdió el galán de antaño?
Amor |
16.12.14
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Sinopsis

Las tres hermanas paseaban por Toledo. Una ciudad con un atractivo especial, ese empedrado clásico, esa irregularidad de sus calles o esa preciosa catedral. Lo que pensaban encontrar, era tan apuesto galán

Aquella tarde paseando por las calles. Ella se veía arreglada y guapa, dispuesta a terminar su estancia en la ciudad. Estaba en Toledo con su familia y era su última noche, era especial.

Salieron a misa a la catedral y cenarían en un restaurante ya reservado. Era todo perfecto.

Un día fresco de primavera, se podía salir en manga corta por la ciudad, y ella lo aprovechó para vestirse de primavera por primera vez del año. Cada hermana de un color del vestido de flores, con un rebeca bordada y unas bailarinas, un conjunto sencillo y elegante.

Se hacía eterna la espera de la hora de cenar 
-¿Cuánto queda?-pregunta el pequeño rebotado y nervioso por llegar.
-¿Tanta hambre tienes? Tenemos que esperar media hora aún.
-¿Tanto? No aguanto- balbuceaba cabreado el enano.

El paseo se hacía ameno con la vista de diferentes tiendas hasta que de una salió un chico.

Él se paró en la puerta, volvió la mirada atrás y dejó salir a chaval que rozaría la quincena de años. Iba arreglado con una sencilla combinación de chinos rojos y camisa lisa blanca. Y que bien le quedaba esa americana marrón.

Paso el chaval y se llevó un capón, algo habría hecho. Y giro al lado equivocado, no era a la derecha, sino a la izquierda.

Ella seguía andando conversando con sus hermanas, comentando cualquier detalle de aquella bonita ciudad hasta que mirando al frente coincidió miradas con ese apuesto joven.

Que tensión resaltó, su pequeña hermana Ana se quedó flipada. Nunca había visto esa mueca en su hermana. Relucía la sonrisa mientras su piel se tensaba de emoción.

Él en cambio aceptaba esa mirada sonriendo plácidamente y mostrando una comodidad y naturalidad no digna de la escena.

Su hermano seguía cabreado cabizbajo y maldiciendo todo lo que veía. Tan obcecado iba que topó con Alejandra y colorado pidió disculpas. Javier, que así se llamaba el hermano mayor pidió disculpas a las tres hermanas y culpó al pequeño que avergonzado no articulaba palabra. 
Al despedirse Javier dedicó un cordial gesto de complicidad a Loreto, la hermana mayor, no sin disipar su nerviosismo.

Acabo el fugaz encuentro y Javier hizo acelerar a su hermano, tenían que esconderse a hablar.
-¿Te ha gustado la niña?
-Era guapa, pero ¿no estarás tramando algo?
- A ver. Una simple pregunta ¿querrías volver a verla?
-Tu eres tonto. Claro que sí. Soy pequeño pero no tonto.
-Pues sígueme, a ver a donde van.

Arrancaron una disimulada caminata buscándolas de nuevo. Se dividieron y se encontraron en el mismo punto, viéndolas entrar a un restaurante.

A la vez las chicas comentaban el suceso. Ana seguía alucinada con la cara de sus dos hermanas. Cada una vivía su cuento propio. Mientras que Alejandra no recordaba aquella cara agachada, Loreto no olvidaba es blanco de los dientes. Cada una estaba en su mundo.

La cena ocurrió sin trascendencia, tan sólo que las tres daban vueltas a la escena.
Salieron a tomarse un helado por las pequeñas calles toledanas. El empedrado creaba un ambiente digno de los años 50, acompañado por una brisa que hacía temer a las hermanas por el vuelo de sus vestidos. Llegando a un cruce había un hombre mayor que esperaba repartiendo publicidad.

En un cruce de calles, un hombre repartía folletos. Hasta que llegaron las tres muchachas y entregó un sobre. Al percatarse de que no era lo mismo para ellas, volvieron la mirada, el señor ya no estaba

Así decía la carta:
Rojo la espero en la catedral
Verde acompañé a Azul tres calles más arriba. Allí azul se quedará y verde tendrá que volver aquí. Habrá una sorpresa esperándote.

Pidieron las hermanas permiso para quedarse solas antes de volver al alojamiento. Concesión condicionada con una hora de regreso, pero concesión aprobada que era lo importante.

Así hicieron, Loreto llegó a la catedral en menos de lo planeado por Javier.
Ana acompañó a Alejandra y la dejó junto al señor cabeza gacha, que se presentó a ambas como Pedro y acordó con dejar a Ale en la catedral a la hora acordada.
Ana volvió intrigada, no sabía que le harían en la esquina.

Primeramente la quedada de Alejandra transcurrió en un paseo con un helado. Lo que pasó sólo ellos saben…

Ana llegó a la esquina y la cogieron. La relajaron y se presentó un chaval. Que rubio era. Tuvieron una bonita conversación pero no cuajó, Ana se mostró inquebrantable. El primo de los hermanos no pudo desenmascarar a esa bella mujer, aunque no la dejaría sin remordimiento ya que ella mas tarde se daría cuenta de lo que habría perdido.

Loreto llegó a la catedral, la miró y la contemplaba alucinando, hasta que le taparon los ojos. Susurrándole le vendan los ojos y la cogen de la mano. Ella acepta. Empiezan a correr, Javier le hace dar una vuelta a la catedral y empiezan a subir escaleras.
-¿A dónde me llevas?
-Subiremos hasta tocar el cielo
-¿Qué dices?
-Si, confía en mi. Podrás tocarlo cuando lleguemos
-Creo que acampo aquí. No llegó. Estoy cansada- dijo Loreto agachada recuperando.

Javier se acerca, la pone recta y le quita la venda parcialmente.
-¿Confías en mi?
-Sino no estaría aquí- contesta Loreto.
-Pues sigue conmigo- le dice Javier mientras vuelve a situar la cinta y acompaña con una suave caricia en la mejilla

Minuto y habían llegado.
-¿Dónde estamos? Tengo frío y sólo escucho los pájaros 
-Abre los brazos
Javier suavemente le quita la venda. Loreto alucina. Tiene Toledo a sus pies. Mira arriba y sólo ve azul. Le cogen los brazos por detrás y le dicen lo siguiente:
-Toledo a los pies de su reina. El Reino vuelve a estar en manos de su princesa.

Cual reloj parado disfruta de aquel momento. Apoya la cabeza en hombro ajeno y cierra los ojos para notar las caricias del aire en su cara.

Eran las 12. Sonaban las campanadas y llegaba cada pareja a la plaza de la catedral. Se sientan las tres en un banco vendadas.

-Ya podéis quitarnos las vendas-. Se miran las hermanas, están juntas pero no articulan palabra.
-Espero que su estancia en Toledo no la olviden nunca. Si algún día vienen estaremos por aquí pero sobretodo, viviremos en vuestros sueños. Duerman la mejor noche de su vida-.

Y empezaron a correr, y correr, y correr hasta que se perdieron por el fondo de la plaza.

Las hermanas se miran, se agarran las manos y se abrazan. Parte de cada una quedará en esas calles empedradas que recuerdan a la España de antiguo. Aquella que las mujeres eran tratadas como Reinas, lo que ellas habían sido esa noche.

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