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11 min
Doppelgänger, Parte 1
Ciencia Ficción |
24.02.19
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Sinopsis

Escrito junto a Amaika. http://www.sttorybox.com/users/amaika

En la distancia del paisaje urbano un destello recortó la silueta de los edificios. Una vieja prostituta de implantes cibernéticos desfasados pensó en una tormenta. Se ajustó el escote y salió de la esquina, convencida aún que podía ser mejor que cualquier modelo robótico. Decidió probar suerte en la estación de metro más cercana.
Mientras descendía por las escaleras de entrada, fue esquivando diferentes tipos de basura como paquetes vacíos de tabaco o latas. Se fijó en el pequeño robot de limpieza abierto y desarmado contra los asientos. Encima de él, una pantalla parpadeante anunciaba en la pared: “Si usted presencia una anomalía llame inmediatamente al 911. Sea buen ciudadano y ayude contra los Doppelgänger”, estas frases iban encabezadas por una ilustración del icono del Tío Sam de perfil, señalando a su idéntico, en opuesto, que se diferenciaba del derecho por tener una sonrisa maligna.
La mujer se detuvo ante la línea de seguridad, al borde del hueco donde transcurre el tren. Un guardia de la estación no despegaba los ojos de su escote. El pitido del metro magnético la hizo mirar al fondo del túnel, donde apreció la luz avecinándose. Como una idea que se acercara hacia ella, se le ocurrió si podría convencer al guardia para que la llevara a la sala de descanso. Papeles y envoltorios se elevaron conforme la máquina frenó la velocidad. La mujer se dio la vuelta. Se fijó en los envoltorios estáticos en pleno aire, como si la realidad estuviese conteniendo la respiración. Profirió un grito, y al huir el traqueteo de sus tacones resonó por la estación.

Más tarde, un hombre, de pelo canoso peinado hacia atrás, se hizo paso por los escalones atropellando las latas de cerveza. Entre los dedos llevaba un cigarro, del que se elevaba un humo azulado. Hans adquirió su peculiar postura analítica al encontrar los papeles flotando. Lo habían llamado para que investigara esa nueva avería en la realidad, provocada por la presencia de un Doppelgänger o doble cuántico. 
Dio una calada y suspiró sin ningún motivo.
Sólo fue sacado de su análisis por voces ajenas a la estación. Se cercioró, girando la cabeza, de que provenía de una vídeo-proyección del móvil que sostenía su compañera en prácticas. Ruth era una joven de constitución menuda, de esas que no temían perforarse el labio o pintarse el cabello de color azul para demostrar su rebeldía.  
Hans prestó atención para saber qué era más importante que la misión:
“Fue en el 2062 cuando se realizó el experimento —Hans reconoció la voz de la seductora presentadora del noticiario—. El científico March Norman de la Universidad de New York utilizó el Generador de Hadrones con la idea de viajar al pasado, pero no contaba con el cataclismo cósmico que desataría. Nuestro experto, el doctor Daniel Sape, concretará la información”.
 Hans pidió a su compañera que bajara el volumen del aparato, la cual se mantuvo con los ojos de plato ante la proyección.
 “Muchas gracias, Susan —inició una voz rasposa—. De aquel cataclismo, que sólo nuestro universo se estrechara con un reverso paralelo es un milagro”. —La presentadora hizo una connotación de espanto—: “¿No estará usted restando importancia a esos terribles dobles?”. “Por supuesto que no —sostuvo el doctor—, eso nunca. Son los gemelos malvados de la humanidad. Para que el espectador pueda entenderlo mejor, tenemos aquí un tablero de ajedrez. Las piezas blancas representan las personas de nuestro universo, y las negras del paralelo. ¿Qué pasa cuando fichas de colores contrarios ocupan el mismo lugar? Que se elimina una de ellas, concretamente la que ya estaba en esa casilla. Sucede que a veces esto no es así, y es cuando se provocan las fallas en la realidad. Esto sucede cuando dos personas con el mismo código cuántico comparten el mismo plano…”.
—¿Podrías bajar el volumen, Ruth?
Hans esperó unos segundos interminables, pero Ruth no quiso enterarse.
—¡Ruth!
Le arrancó el aparato de las manos, Ruth soltó un bufido.
—¿Pero qué coño haces? —exclamó la chica.
—Vamos a centrarnos —respondió él, guardando el móvil en su bolsillo al tiempo que se movían en una misma dirección.
Ruth siguió protestando mientras se dirigían hacia el Doppelgänger, acorralado por un grupo de agentes estacionados junto a uno de los dispensadores de tickets. El hombre de ojos huidizos y manos temblorosas sacudía la cabeza a los uniformados que le acribillaban a preguntas. En sus manos sostenía un maletín de esos que presumen los políticos. Tras ver a uno de los agentes sujetarlo del cuello, rociando de saliva al sujeto, Hans decidió irrumpir. Había mucha gente que, contaminada por los medios de comunicación, se creían capaces de abusar y delatar a sus vecinos o amigos de ser unos Doppelgänger.
—Disculpen, Ministerio de Defensa —dijo mostrando la palabra Demediador refulgente en su placa—. Nos han avisado de una posible réplica, por lo que nosotros nos encargaremos del protocolo.
—No hace falta, ¿no ve su cara? —dijo el más grandote de los guardias.
—Ya nos jode bastante ese burocrático para que encima venga su ente malvado —declaró otro.
Ruth suspiró, apoyando el pie en los mugrientos azulejos del metro, con las mangas del uniforme entrecruzadas.
—Sea como sea, la ley nos impide atomizar a una persona hasta que el test no demuestre una disociación de la realidad en sus recuerdos, y que yo recuerde el test sólo lo pueden impartir Demediadores —dijo desafiándolos con la mirada.
Los uniformados se dispensaron murmurando que estaba equivocado y deberían de atomizarlo, ya que el rostro del sujeto era un molde del presidente de Estados Unidos.
 
Hans y Ruth trasladaron al hombre al ala de interrogatorios del edificio central de Demediadores. El hombre del maletín seguía asustado, ignorado hasta el momento de sus preguntas y suplicas. Miraba alrededor desubicado, peor que un animal enjaulado.
—Procedamos —inició Hans una vez lo tenían sentado en la sala acondicionada con un espejo unidireccional.
—Miren, no sé cuál es el problema, pero tengo que asistir a una conferencia…
—Tranqui, viejo, ya estás allí —dijo Ruth, mostrándole una video-proyección donde un hombre enfundado en un fino traje llamaba indios a los mexicanos.
El hombre empalideció al ver a su doble:
—Esto tiene que ser una broma. Yo nunca diría eso.
Hans soltó una bocanada de humo y dejó el cigarro en la mesa. Ruth se fijó y lo recogió para dar una calada. 
—Tienen que detenerlo —aseguró el hombre—, es un estafador. Yo iba a firmar la paz con el presidente de México.
Hans olió el humo. De un zarpazo le birló el cigarrillo a Ruth y lo partió por la mitad. Luego, deslizó hacia Ruth un formulario digital. No hace falta describir el desprecio palpable que tenía en sus ojos.
—Procedamos —repitió en un tono impasible.
El hombre pasó los brazos por encima de la cabeza, donde el cabello ya poseía un tono grasiento.
—Nombre.
—Hha-arrold Collins —balbuceó.
—Profesión. 
—Actual presidente de Estados U-unidos.
—Ruth, lee el formulario.
—Cómo te gusta hacerte el chulito y después endosarle el trabajo al otro, ¿eh?
Hans le devolvió una mirada glacial.
—Ya va, ya va… hay que joderse. A ver —enalteció—, Señor Collins, qué color ve en el círcu… No jodas, ¿es un test para daltónicos?
—Ruth, ajústate al protocolo.
—Señor Collins, que color ve acá —dijo desganada.
Pasaron de los colores a los hechos históricos sin encontrar discrepancia alguna. Procedieron entonces a preguntar por detalles de su vida privada.
—Señor Collins, ¿por qué un personaje como usted decide ir en metro a la conferencia?
—Últimamente, la demanda de exportación de producto de interior bruto va mal, por lo que pensé privarme de algunos lujos.
—¿En qué parada pensaba bajar?
—En la octava.
—Señor Collins, esa parada es un cambio de vías; la estación no existe.
—¿Qué está diciendo…? Es una pregunta trampa para comprobar mi reacción, ¿verdad?
—Me temo que no.
—Si fui allí por lo menos seis veces…
Hans comenzó a sacar su arma de debajo de la chaqueta del traje. El señor Collins produjo un espasmo conforme el agente quitaba el seguro.
—Ha sido sencillo —habló para sí Hans—. Es el maldito clon del presidente, después de todo.
—¿Qué, qué hace? ¿Esto va en serio?
—Calma, viejo —Ruth desvió la pistola de Hans hacia abajo—. Si no te arde, quisiera comentarte algo.
El veterano la miró alejarse junto a la puerta. El espejo devolvió la imagen de dos Ruths a la espera. Giró como un reloj preciso y se acercó:
—¿Qué pasa?
—No parece mal tío. Apenas pone resistencia, ¿no se le puede meter al trullo y hablar, antes de fragmentarlo a cachitos, con el presi?
—Todos los Doppelgänger se atomizan.
—Ya, pero en este caso no es malo, es mil veces mejor que el tipejo ese.
—Nosotros defendemos a la gente nacida en esta realidad, así lo dicta la ley y así la cumplimos. 
No sabía qué memeces estaba diciendo. Si la gente se enteraba de que no todos los Doppelgängers son malos, sino que incluso podrían ser mejores, cambiarían a sus amantes o familiares.
Se escuchó el sonido de la silla al derrumbarse. Ambos apreciaron cómo el doble se había levantado y comenzaba a correr hacia la puerta. Hans giró al tiempo que apuntaba con su arma. Una pequeña onda expansiva transparente explotó desde el cañón. El doble gritó al tiempo que la onda impactaba cerca de su costado. Cayó desplomado. La explosión no produjo nada en la pared, al contrario que en la espalda del sujeto que quedó en carne viva.
El clon dio un alarido. Se arrastró con velocidad hacia una esquina, acurrucándose en la misma. Calló conforme vio a Hans acercarse. La sombra lo cubrió.
—¡Van en serio! —vociferó el doble—. Se están equivocando, es un error…
—Esta no es su realidad, es usted el que está equivocado, señor Collins.
—Escúchenme, por favor. Escúchenme. ¿Qué hay de sus leyes? ¿No tienen juicios justos? —el hombre consiguió relajarse y mostrar templanza a pesar de la herida. Ruth no dejaba de mirar esa zona—. Me siento perdido. ¿Privan de derechos a personas por ser diferentes? Están yendo hacia atrás —Collins formó una sonrisa llena de miedo con sus incisivos de roedor. Su gesto temblaba—. Necesito volver, me necesitan para llegar a ese acuerdo, o todo empeorará. El país confía en mí, ¡ustedes lo entienden, trabajan para el país!
—No entra dentro de nuestra legislación.
—Que no es de su incumbencia, querrá decir —dijo el doble relajando la cara. Sus ojos te tornaron brillantes—. No, no tiene sentido, esto es una pesadilla. ¡Estados Unidos no puede estar en manos de ese lunático! La gente me vota, confía en mí —las lágrimas no esperaron más al distinguir en Ruth un símil familiar—. Mi esposa, cuánto la extraño. Tiene los mismos ojos azules que usted.
—Está divagando —concluyó Hans al tiempo que volvía a apuntar.
—Hans —dijo Ruth con voz distante.
La réplica les miró empequeñecido en su traje de paño medio atomizado y manchado de sangre. Sus ojos lucían hundidos, cada vez más asumidos. Entonces, oprimió los párpados y murmuró al cielo.
—Esto ya resulta patético —dijo Hans.
Su compañera no pudo soportar la escena. Bajó el arma de Hans, el cual volvió a alzarla con rudeza.
—Uno de los dos tiene que desaparecer —dijo Hans—, la ley no respalda a las réplicas.
—Por una jodida vez, ¿podrías dejar de actuar como dicta el reglamento?
Hans chasqueó la lengua.
—No tengo el porqué escuchar las memeces de una yonqui ex-convicta.
En realidad Hans no quiso decir eso, pero era tarde para rectificarse.
—Haz lo que te dé la gana —contestó Ruth, tajante, volviéndose hacia la puerta.
Ruth se cruzó con su propia mirada en el enorme espejo unidireccional. Observó la espalda de Hans, que dominaba en el reflejo sobre la figura menguada del otro Collins. Por un segundo cruzó la mirada con el hombre. Al traspasar el umbral, la chica se sorbió la nariz.
En la estancia resonó un portazo al unísono con el disparo. Los átomos que antes eran moléculas terminaron de separarse. Quedó la vaga impresión de la presencia de un hombre que había acabado en el lugar equivocado.

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