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12 min
Doppelgänger, Versión Doppelgänger
Ciencia Ficción |
24.02.19
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Sinopsis

Escrito junto a Amaika. http://www.sttorybox.com/users/amaika

En el 2062 ocurrió el cataclismo. El reloj del apocalipsis de la Universidad de Chicago apenas estaba a un minuto de las doce cuando el científico March Norman recibio luz verde para poner en marcha su experimento en el generador de Hadrones. Muchos ciudadanos caminaban despreocupados, convencidos de que viajar al pasado enmendaría todos sus errores, pero no fue así. En un segundo, la realidad se distorsionó, nadie pudo sentirlo, fue como si por un momento perdieran el conocimiento. De hecho, hasta hubieran creído que el experimento únicamente fracasó si no fuera por los clones que aparecieron. 
Al principio acogieron a estos humanos sin billete de vuelta a sus realidades alternas. Hasta que el terror azotó la ciudad. Aviones pausados en pleno vuelo, objetos burlándose de la gravedad anunciaron un problema mayor. El universo se desastibilizaba si albergaba a dos personas con el mismo codigo cuantico. La gente, aterrada, pasó a llamar a las copias Doppelgänger, el utilizado término de gemelo malvado concebido por el folclore alemán. Más tarde, el Ministerio de Defensa creó a un grupo que se encargara de aniquilarlos, a los que bautizaron como los Demediadores. Hans Johansson era uno de los defensores de la realidad del Ministerio. De mediana edad con pelo blanco ya asomando su cabellera, seguía fumando en el departamento cuando una alerta lo llevo al metro de Chicago. 
Se hicieron paso por los escalones de la entrada atropellando diferentes tipos de basura como paquetes vacíos de tabaco o latas. Al llegar a la estación, Hans se fijó en el pequeño robot de limpieza abierto y desarmado que estaba contra los asientos. Encima de ellos, una pantalla parpadeante anunciaba en la pared: “Si usted presencia una anomalía llame inmediatamente al 911. Sea buen ciudadano y ayude contra los Doppelgänger”, estas frases iban encabezadas por una ilustración del icono del Tío Sam de perfil, señalando a su idéntico, en opuesto, que se diferenciaba del derecho por tener una sonrisa maligna.
Hans escuchó un grito, giró y encontró a una prostituta huyendo de unos papeles flotando cerca de la línea de seguridad. Dio una calada y adquirió su peculiar postura analitica.
Sólo fue sacado de su análisis por voces ajenas a la estación. Se cercioró, al voltear la cabeza, de que provenía de una vídeo-proyección del móvil que sostenía su compañera en prácticas, Ruth, una joven de esas que no temen perforarse el labio para demostrar su rebeldía. Su nueva compañera solía evadir los deberes correspondientes a su cargo.
Hans prestó atención para saber qué era más importante que la misión. En la video-llamada se escuchaba 
“Hoy hace justo ocho años que se realizó el experimento —Hans reconoció la voz de la seductora presentadora del noticiario—. El científico March Norman de la Universidad de New York utilizó el Generador de Hadrones con la idea de viajar al pasado, pero no contaba con el cataclismo cósmico que desataría. Nuestro experto, el doctor Daniel Sape, concretará la información”.
Hans pidió a su compañera que bajara el volumen del aparato, sin embargo, ésta permanecía inmóvil escuchando la proyección, que volvió a iniciarse con voz raposa.
“Muchas gracias, Susan. De aquel cataclismo, el hecho de que nuestro universo se estrechara con un reverso paralelo es un milagro”. —La presentadora hizo una connotación de espanto—: “¿No estará usted restando importancia a esos terribles dobles?”. “Por supuesto que no —sostuvo el doctor—, eso nunca. Son los gemelos malvados de la humanidad. Para que el espectador pueda entenderlo mejor, tenemos aquí un tablero de ajedrez. Las piezas blancas representan las personas de nuestro universo, y las negras del paralelo. ¿Qué pasa cuando fichas de colores contrarios ocupan el mismo lugar? Que se elimina una de ellas, concretamente la que ya estaba en esa casilla. Sucede que a veces esto no es así, y es cuando se provocan las fallas en la realidad. Esto sucede cuando dos personas con el mismo código cuántico comparten el mismo plano…”.
—¿Podrías bajar el volumen, Ruth?
Hans esperó unos segundos interminables.
—¡Ruth!
Le arrancó el aparato de las manos, Ruth soltó un bufido.
—¿Pero qué coño haces? —exclamó la chica.
—Vamos a centrarnos —respondió él, guardando el móvil en su bolsillo al tiempo que se movían en una misma dirección.
Ruth siguió protestando mientras se dirigían hacia el Doppelgänger, acorralado por un grupo de agentes estacionados junto a uno de los dispensadores de tickets. El hombre de ojos huidizos y manos temblorosas se escudaba con un maletín típico de político. Negaba con la cabeza a los uniformados, que le acribillaban a preguntas. Tras ver a uno de los agentes que lo sujetaba del cuello y rociaba de saliva al sujeto, Hans decidió irrumpir. Había mucha gente que, contaminada por los medios de comunicación, se permitían acusar y delatar a sus vecinos o amigos de ser unos Doppelgänger.
—Disculpen, venimos del Ministerio de Defensa —dijo mostrando la palabra Demediador refulgente en su placa—. Nos han avisado de una posible réplica, por lo que nosotros nos encargaremos del protocolo.
     —No hace falta, ¿no ve su cara? —dijo el más grandote de los guardias.
—Ya nos jode bastante ese burocrático para que encima venga su ente malvado —declaró otro.
Ruth suspiró, apoyando el pie en los mugrientos azulejos del metro, con las mangas del uniforme entrecruzadas.
—Sea como sea, la ley nos impide atomizar a una persona hasta que el test no demuestre una disociación de la realidad en sus recuerdos, y que yo recuerde el test sólo lo pueden impartir los Demediadores —dijo desafiándolos con la mirada.
   Los uniformados se dispersaron murmurando que estaba equivocado y que deberían de atomizarlo, ya que el rostro del sujeto era un molde del presidente de Estados Unidos.
 Hans y Ruth trasladaron al hombre al ala de interrogatorios del edificio central de Demediadores. El hombre del maletín seguía asustado, ignorado hasta el momento a pesar de sus preguntas y súplicas. Miraba alrededor desubicado, peor que un animal enjaulado.
—Procedamos —dijo Hans una vez lo tenían sentado en la sala acondicionada con un espejo unidireccional.
—Miren, no sé cuál es el problema, pero tengo que asistir a una conferencia…
—Tranqui, viejo, ya estás allí —dijo Ruth, mostrándole una video-proyección donde un hombre enfundado en un fino traje llamaba indios a los mexicanos.
El hombre empalideció al ver a su doble.
—Esto tiene que ser una broma. Yo nunca diría eso.
Hans soltó una bocanada de humo y dejó el cigarro en la mesa. Ruth se fijó y lo recogió. 
—Tienen que detenerlo —aseguró el hombre—, es un estafador. Yo iba a firmar la paz con el presidente de México.
Hans olió el humo. De un zarpazo le birló el cigarrillo a Ruth y lo partió por la mitad. Luego, empujó hacia ésta un formulario digital. No hace falta describir el desprecio palpable que tenía en sus ojos.
—Procedamos —repitió en un tono impasible.
El hombre pasó los brazos por encima de la cabeza, donde el cabello ya mostraba un tono grasiento.
—Nombre.
—Ha-arrold Collins —balbuceó.
—Profesión. 
—Actual presidente de Estados U-unidos.
—Ruth, lee el formulario.
—¿Cómo te gusta hacerte el chulito y después endosarle el trabajo al otro? ¿eh?
Hans le devolvió una mirada glacial.
—Ya va, ya va… hay que joderse. A ver —enalteció—, Señor Collins, qué color ve en el círcu… No jodas, ¿es un test para daltónicos?
—Ruth, ajústate al protocolo.
—Señor Collins, que color ve acá —dijo desganada.
Pasaron de los colores a los hechos históricos sin encontrar discrepancia alguna. Procedieron entonces a preguntar por detalles de su vida privada.
—Señor Collins, ¿por qué un personaje como usted decide ir en metro a la conferencia?
—Últimamente, la demanda de exportación de producto de interior bruto va mal, por lo que pensé privarme de algunos lujos.
—¿En qué parada pensaba bajar?
—En la octava.
—Señor Collins, esa parada es un cambio de vías; la estación no existe.
—¿Qué está diciendo…? Es una pregunta trampa para comprobar mi reacción, ¿verdad?
—Me temo que no.
—Si fui allí por lo menos seis veces…
Hans desenfundó el arma que llevaba en el interior de la chaqueta del traje. El señor Collins produjo un espasmo conforme el agente quitaba el seguro.
—Ha sido sencillo —habló para sí Hans—. Es el maldito clon del presidente, después de todo.
—¿Qué, qué hace? ¿Esto va en serio?
—Calma, viejo —Ruth desvió la pistola de Hans hacia abajo—. Si no te arde, quisiera comentarte algo.
El veterano la vio alejarse junto a la puerta. El espejo devolvió la imagen de dos Ruths a la espera. Giró como un reloj preciso y se acercó:
—¿Qué pasa?
—No parece mal tío. Apenas pone resistencia, ¿no se le puede meter al trullo y hablar con el presi antes de fragmentarlo a cachitos?
—Todos los Doppelgänger se atomizan.
—Ya, pero en este caso no es malo, es mil veces mejor que el tipejo ese.
—Nosotros defendemos a la gente nacida en esta realidad, así lo dicta la ley.
No sabía qué memeces estaba diciendo. Si la gente se enteraba que los Doppelgängers podrían ser incluso mejores que los auténticos, cambiarían a sus amantes o familiares.
Se escuchó el sonido de la silla al derrumbarse. Ambos apreciaron cómo el doble se había levantado y comenzaba a correr hacia la puerta. Hans giró al tiempo que apuntaba con su arma. Una pequeña onda expansiva transparente explotó desde el cañón. El doble gritó al tiempo que la onda impactaba cerca de su costado. Cayó desplomado. La explosión no produjo nada en la pared, al contrario que en la espalda del sujeto que quedó en carne viva.
El doble dio un alarido. Se arrastró con velocidad hacia una esquina, acurrucándose en la misma. Enmudeció conforme vio a Hans acercarse. 
—¡Van en serio! —vociferó el doble—. Se están equivocando, es un error…
—Esta no es su realidad, es usted el que está equivocado, señor Collins.
—Escúchenme, por favor. Escúchenme. ¿Qué hay de sus leyes? ¿No tienen juicios justos?
El hombre consiguió relajarse y mostrar templanza a pesar de la herida. Ruth no dejaba de mirar esa zona.
—Me siento perdido. ¿Privan de derechos a personas por ser diferentes? Están yendo hacia atrás —Collins formó una sonrisa llena de miedo con sus incisivos de roedor. Su gesto temblaba—. Necesito volver, me necesitan para llegar a ese acuerdo, o todo empeorará. El país confía en mí, ¡ustedes lo entienden, trabajan para el país!
—No entra dentro de nuestra legislación.
—Que no es de su incumbencia, querrá decir —dijo el doble relajando la cara. Sus ojos se tornaron brillantes—. No, no tiene sentido, esto es una pesadilla. ¡Estados Unidos no puede estar en manos de ese lunático! La gente me vota, confía en mí —las lágrimas no esperaron más al distinguir en Ruth un símil familiar—. Mi esposa, cuánto la extraño. Tiene los mismos ojos azules que usted.
—Está divagando —concluyó Hans al tiempo que volvía a apuntar.
—Hans —dijo Ruth con voz distante.
La réplica les miró empequeñecido en su traje de paño medio atomizado y manchado de sangre. Sus ojos lucían hundidos, cada vez con la muerte más asumida. Entonces, oprimió los párpados.
—Esto ya resulta patético —dijo Hans.
Su compañera no pudo soportar la escena. Bajó el arma de Hans, el cual volvió a alzarla con rudeza.
—Uno de los dos tiene que desaparecer —dijo Hans—, la ley no respalda a las réplicas.
—Por una jodida vez, ¿podrías dejar de actuar como dicta el reglamento?
Hans chasqueó la lengua.
—No tengo el porqué escuchar las memeces de una yonqui ex-convicta.
En realidad Hans no quiso decir eso, pero era tarde para rectificarse.
—Haz lo que te dé la gana —contestó Ruth, tajante, volviéndose hacia la puerta.
Ruth se cruzó con su propia mirada en el enorme espejo unidireccional. Observó la espalda de Hans, que dominaba en el reflejo sobre la figura menguada del otro Collins. Por un segundo cruzó la mirada con el hombre. 
En la estancia resonó un portazo al unísono con el disparo. Los átomos que antes eran moléculas terminaron de separarse. Quedó la vaga impresión de la presencia de un hombre que había acabado en el lugar equivocado.
Estaba apunto de destensar el brazo, cuando su reflejo le devolvió una cara de desprecio. Hans se asustó al verse apuntado asimismo en el espejo. Fue como si al otro lado del reflejo, su yo pareciera superior a él. Un pensamiento le ennegreció la mente: quizás soy yo el que no está en el universo original. La sombra de un peón negro salió de sus pies. 
Quizás nosotros somos los malos del tablero...

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