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4 min
Dormir
Amor |
26.11.14
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Sinopsis

Lindos sueños...

Dormir, ese estado inconsciente donde mente y cuerpo descansan no es nada bueno para mí. De lo contrario no hubiese llegado a esta decisión.  La decisión de buscar el sueño eterno, eterno.

Mis primeros síntomas de que algo andaba mal fueron los dolores de cabeza nocturnos, los dolores en mi boca, que apenas podía mover y mis dientes partidos. Primero fue uno, luego otro y finalmente una noche partí cuatro dientes al mismo tiempo. Casi que me quedé sin muelas. Mi mandíbula temblaba, no la sentía, estaba como adormecida.

Todo eso se sumaba a fuertes dolores de oído y a los continuos dolores de cabeza. Continuos, incesantes, desesperantes. Apoyaba mi cabeza contra la almohada y la golpeaba con fuerza creyendo que así, esa máquina que me generaba tanto sufrimiento se detendría. Y no. Sólo era el comienzo.

Busqué ayuda. Todo fue insuficiente. Me terminé abandonando a las consecuencias. Las consecuencias de algo enfermo que despertaba en mis sueños y me hacía daño. Usaba mi cuerpo, lo aporreaba.

Me hice adicto al clonazepam para forzarme a dormir y al principio funcionó pero lo que generaba era que no sentía el dolor porque al despertar, babeando, casi inconsciente, mi cuerpo tenía hematomas, magulladuras. En las piernas, los brazos, el pecho, en todos lados.

Si dormir profundamente no me servía, entonces debía estar despierto, para siempre, o hasta que esto se termine. Conseguí modafinilio, un amigo me lo trajo. Pasé del clonazepam, que me dejaba estúpido al modafinilio que me mantenía despierto, en alerta, alterado y cargado de ansiedad. Pero esta experiencia pronto se terminó. Un ataque de taquicardia, vómitos, mareo y el sueño profundo.

Como si ese monstruo quisiera vengarse por haberlo mantenido alejado de mi cuerpo, se tomó revancha. Mis pocos dientes destrozaron mi lengua. El agudo dolor me despertó, gritando y chorreando sangre de mi boca. Cuando intenté levantarme del piso, porque ahí dormí luego de la taquicardia, noté otro profundo dolor, en mis piernas. La tibia y el peroné, partidos. De igual modo me arrastré. Pero hacia donde me arrastraba, hacia donde pensaba ir. Renuncié. Mi llanto era profundo.

Tendido boca arriba pensé. Sí, pensé, a pesar del dolor, de mi caos corporal. Tenía claro que todo el daño me lo hacía yo mismo, motivado por algo inhumano, por algo monstruoso. Eran mis manos las que golpeaban mi cuerpo. Eran mis dientes los que se aplastaban entre sí o los que mordían mi lengua. Eran mis piernas las que se retorcían hasta romper sus propios huesos. Entonces, el arma que utilizaba el monstruo para dañar a mi cuerpo, era mi propio cuerpo. Para vencer al monstruo, debía dejarlo sin armas.

Matarme era la solución justa. Se terminaba el juego. Pero quizás buscaba eso, que me mate. De todos modos, sabía que eso era inevitable, iba a morir. Y antes de morir quería, al menos, cagarle un poco la vida a él, ya que la mía estaba cagada de verdad.

Me arrastré hasta donde tenía las herramientas. Tenía que deshacerme de las partes de mi cuerpo que él utilizaba para lastimarme. Esas partes eran los dientes, las manos y las piernas.

Cuando terminé con los dientes me desmayé. Desperté cuando sentí un nuevo dolor, intenso, profundo. Mis manos estaban dadas vueltas. Las palmas hacia arriba.

Ahí sí supe que esto era el final. Sin mis manos no había forma de hacer nada. Y no hice nada. Esperé el sueño, lo forcé, lo deseé como nunca, esperando que al fin, el maldito monstruo haga girar mi cabeza en ciento ochenta grados para alcanzar el sueño más deseado por mí, el sueño eterno.

 

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