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20 min
Dorth
Fantasía |
13.05.14
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Sinopsis

El Reino de Dorth, donde lo real es irreal, el sueño lo eterno.

El filo de su espada resplandecía al contraste de los últimos rayos de sol que aquel atardecer, perdido de la mano de un Dios olvidado sobre colina ajena a toda civilización contemporánea, regalaba a la vista y los sentidos.

Apenas hubo suciedad, triste desgracia como él habría pensado y deseado, nunca se había detenido a pensar el porqué de su gusto por ello. A lo lejos, el mar mantenía su calma acunando varios barcos de pequeño tamaño que salían a faenar a última hora de la tarde, bajo sus pies, el césped aún verde, con un mantenimiento natural, resguardaba unas pequeñas gotas de agua de mar arrastradas y alzadas por las cortas, aunque intensas, rachas de viento. Por el momento, no hubo ninguna eso sí.

Él, consciente de sus habilidades, apenas percibía lo que el temor causaba en la mayoría de las personas, ¿Qué era el temor o siquiera el miedo? no conocía sentimientos que mermasen sus capacidades de supervivencia, ninguno por encima del otro. Porque, al fin y al cabo, eso era él, un superviviente en un mundo atemorizado; atado de pies y manos. Nada que su afilada acompañante no pudiese hacer olvidar, a sí mismo y a quien desease ser acariciado por un fino pedazo de metal frío cual témpano de hielo ártico. La belleza del paisaje, cielo al fondo; océano relajando su luz y color, mientras, el oleaje acuna algunos pesqueros de tamaño menor, era plácido. Encandilaba los sentidos. Le daba un extraño aire que no sentía desde tiempo atrás. No eran sentimientos encontrados, ¿O sí?.

Durante años, décadas ¿Siglos tal vez? su vida tomó rumbos alterados por sus actos carentes de un sentido acorde a lo humanamente viable, hoy era diferente. Aislarse de la sociedad le hacía sufrir las dolencias de la marginación, pero. quizás no exista un ‘pero’. Lo que en realidad siente su alma rota, es el pasar del tiempo que se escapa cual granos de arena entre sus dedos, incapaz de retenerlo o disfrutarlo, éste es indolente ante sus sentimientos. Sea a´si, se dio muchas veces. Sea así. Muchos creyeron conocerme, muchos creyeron amarme, nadie salvo yo supo de mi mismo más que mi reflejo en un claro de luna.

Entre los resquicios de una gema incontratable en el tiempo y el espacio, he luchado cual titán por recorrer el mundo perdido de Dorth y cuando estuve a sus puertas, me dejaron padecer el más terrible de los dolores ante la mirada inalterable de los llamados ‘Sabios de Doén’ que no fueron más que simples viejos con ropas teñidas de oro y sangre. Entre ellos y los Dioses Profundos, acabaron con mis pesares y la realidad se presentó cual cruel compañera de viaje, obligándome a emprender un exilio forzado frente a las dudas que no pudieron ser resueltas por aquellos llamados ‘Sabios’. No lo eran, siempre lo supe y hace poco pude cerciorarme de ello, y añado que me costó. Me costó, pues sus campañas de pronunciación han sido profundas en los mundos por los que he viajado, sus garras dominan con mano de hierro las tierras de las que sigo huyendo y, en ocasiones, entro cual proscrito. ¿Y que debo hacer? he optado por sonreír, sí. Sonreír.

Por supuesto, a sus pies el contraste era mayúsculo respecto al tema central de una escena bucólica que parecía haber sido vomitada por cualquier pintura de Eugene von Guerard. Aquel cuerpo sin vida permanecía allí sin un ápice de serenidad en aquel rostro aterrorizado. Vulnerable, como lo había sido cuando la chispa de la misma vida permanecía por sus venas y arterias, otorgando unos simples momentos más de respiro antes de que su garganta fuera cercenada de este a oeste -cortar la carne era una sensación considerablemente gloriosa, un lujo al alcance de muy pocos- para dejarse caer como lo que realmente era, un peso muerto sin nada que aportar a cualquiera de los mundos que pudiese querer para sí ni para nadie.

Era repugnante.

No es que disfrute con la muerte -qué pensarían los niños ¿Verdad?- era un simple pasatiempo por el cual tenía algunos ingresos para mantenerse alejado de todo. No. Disfrutaba cercenando la posibilidad de acabar con aquella transición hacia algo que tendría que llegar y llegaría para todos, pero había momentos en los cuales él decidía para quienes llegaba primero y para quienes había unos minutos más de ¿Gozo? si es que sus miserables existencias podrían catalogarse como tal. Los años en los cuales sus decisiones movían... Nada. Simplemente daba de bruces a la realidad de la escoria más miserable con el destino que tarde o temprano les iba a llegar. Él se encargaba de que el 'temprano' fuese ley y el 'tarde' jamás llegase a suceder.

Aún cuando tus dudas entornaron en mi camino empedrado, no has sido capaz de otorgarme los conocimientos que tanto he ansiado.

Cae a mis pies, cual ser inerte, y a mis pies su vida se evapora.

No se buscan los motivos del renacimiento, pues dichos motivos me han demostrado que lo verídico carece en realidad de algo que deba ser tomado en serio, no. Lo real es lo que vemos como ley tangible.

Entornó sus ojos al horizonte... era bello enviar a un alma descarriada a los brazos de aquella vieja dama que siempre reclama su tributo. A lo largo de su existencia fueron muchas, tantas para lograr la inmortalidad. No pudo evitar sonreír con aquel pensamiento La inmortalidad… al final acabas por ser esclavo de la vida, y no vives para vivirla; simplemente vives por el hecho de hacerlo.

No merece la pena.

Hacía días que tenía sentimientos encontrados, entre ellos ¡Sonreía!. Algo resucitado , ¿Del pasado, de otra vida? que creyó muerto le acosaba el corazón, logrando que sus latidos fuesen más intensos ¿Se acercaba? no, era imposible. Se había alejado lo suficiente, quizás no físicamente, pero el cambio fue demasiado drástico. Los lazos que le ataban a aquel pasado fueron cortados mucho tiempo atrás. Pero -El sentimiento era el mismo que alguna vez hizo girar su vida alrededor de ello- No podía ser, la simple creencia de aquella tontería le hacía pensar que la estupidez no era ajena a él. No caería en aquellas trampas tan simples y banales, lo hizo demasiadas veces y simplemente fue la disculpa para ser objeto de ira, ya no solamente de todos aquellos que fueron de su propia carne, sino de una sociedad que no merecía más que su desprecio más profundo.

Era mejor perderse entre divagaciones para lograr tener unos minutos de calma y reposo antes de regresar a la realidad. Unos minutos más no harían daño a nadie. Eso ya había sucedido unas horas atrás.

La brisa acariciaba sus cabellos con aquella familiaridad tan bien conocida por sus recuerdos -encontraba esa sensación demasiado tonificante y excitante- para ser lo que siempre tuvo que ser ¿Era así?. Suspiró con pesadumbre y observó su mano derecha. Aquel pedazo de metal sangrante aún permanecía allí, agarrado con firmeza esperando órdenes concisas, deseaba su tributo, otra vez. Su gula era equiparable al dominio que ejercía sobre su ser en aquellos días -Por hoy no habrá más-. La rebelión no era una opción válida, la obediencia siempre debía ser por lo que se rigiese cada existencia. -Fuera- Y la obediencia se hizo patente envuelta en una nube de fino humo negruzco que cubrió su mano durante unos breves instantes. Ya no había nada.

Dio la espalda al horizonte y comenzó a caminar en dirección contraria, debía ir allí. -Tanta falta de ello... que se había olvidado- sus ropajes, siempre blancos e impolutos, bailaban al son que marcaba la tenue y suave brisa acelerada por sus pasos. Algo más intensos a cada momento -

Espera- siempre se olvidaba, tanto tiempo que... idiota.

Dorth es mi tierra, la que me vio nacer y hoy se encuentra perdida entre sombras y tinieblas que nadie consigue disipar. No soy un héroe, mucho menos un Dios, lo único con lo que cuento es mi espada, fe y corazón, ante magias de antigüedad tal, que el mundo siquiera fue mundo cuando éstas ya conocían el futuro entrelazado. Luchar por Dorth me confiere la voluntad de luchar por mi propio destino, sellar mi alma castigada con la eternidad por esos mismos que con sus triquiñuelas han segado la ilusión de aquellas tierras.

Mi vista se torna cansada, pero las puedo reconocer en la lejanía del norte acongojado. Alzadas cual reinas imperantes, sin rendir cuentas a nadie más que a las nubes y estrellas, en su conquista de los cielos.

Ahí están, la cadena montañosa que separa Dorth del resto… del resto. Cadena impenetrable por tierra para quienes no gocen del permiso de los Doén. Permiso que, por supuesto, yo no tengo. Y miento si digo que ello será un impedimento para culminar mi venganza, mi sino en una vida que ya no es mía pero continuó usando cual irrelevante parásito sin vida propia. Me he apegado a ella por una obligación maldita, y hay que darle un fruto acorde a la misma contra aquellos que tomaron entre sus manos el sentir de tantos, jugando con sus corazones y sueños para convertirlos en simples tinieblas infernales.

Parto cual guerrero de leyenda sin serlo, pues en el fondo en el mañana, nadie hablará de mi. Yo no existo.

Una llamarada inundó de luz por unos breves momentos aquella semioscuridad. Y ya no había nada, salvo la carencia de vida reflejada en el sol dando su último adiós contrastando con aquel cadáver ya irreconocible.

Otro día más, simplemente.

 

Quienes en su escuadra raquítica interponen las defensas a la batalla, caen sin gloria ante mi espada.

No peleo, impongo. No lucho, conquisto. Dorth es un bosque muerto en medio de un mundo floreciente, cuando el reino conquistó sus dominios pasados mediante la verdad, los ‘Sabios de Doén’ llegaron para atenazar. Hoy caen, caen cuales moscas ante los que deben ser dictados de la razón que dominan el sentir de mis actos, ellos no luchan, se quedan sin vida esperando su ejecución, pues en lo único que deben pensar es en sus pecados. Pecados que han teñido sus existencias en jarrones vacíos… puede que, en algún momento, su magia fuese pura. Puede ser. Pero en un camino tenebroso y repleto de ambiciones desmedidas, sus conjuros se convirtieron en lastres para sus actos, y dichos pesos acabaron por hacer ceder sus almas ante las almas perdidas.

Siento el temblor de la muerte en mis sudorosos brazos. Encaramado en mis hombros, el peso del destino que cargo con pesar y maldito, entre los lazos que atan mis recuerdos al mundo ficticio que he de defender.

¡Dorth lo vale!

Lo grito, lo grito aunque nadie lo pueda oír, pues el grito infunde en mi ser una esperanza arrolladora en la pelea por el único fin posible, ver la caída de esos mismos Doén. Lo alzo a los cielos, lo dejo volar entre los vientos del norte que acunan mis cabellos con su brisa incesante. El norte, Doén, Dorth… todo bajo un mismo sentir, pero con un solo final en el túnel del destino inquebrantable de mi espada.

¡Dorth lo siente!

Porque es así, lo siente. Dicho reino, tiempo atrás paciente de los placeres de la vida, hoy adolece del pecado quebrado de sus conquistadores errados. Problemas por doquier, con la solución llegando a lomos del caballo del destino, sumido en las brumas de la incandescencia única de los pesares macabros. Dorth es el reino, mi reino, su reino, nuestro reino. Mundo perdido que merece final, pero no ha tenido aún principio. Ese es mi deber, el único, por el que debo batallar, guerrear.

Por Dorth.

‘No seas estúpido’ me dicen. O gritan, o graban en la memoria, pocos saben si dicen o hacen. El caso es que allí está, el eco de sus dictados eternos.

Los Doén intentarán minar mis capacidades, pero Dorth caerá bajo mis ansias de libertad. Los Doén, con sus libros y actos malvados, regirán el destino de tantos pero se han olvidado de regir el suyo propio. Su ego, pagado de osadías, acabará por cercenar su vida, pues su destino está ya en mis manos. Ese monstruo que crearon, al que con una maldición lanzaron por las fronteras de la cadena montañosa, interesados en verle fallecer de pena, hoy retorna para reclamar lo que es de Dorth de su gente, pero ya no suyo.

Tiempo atrás, cuando llegaron a Dorth, se ofrecían como simples monjes Flakianos, sin comida ni labor, en busca de algo que poder llevarse a las bocas. En su propia ambición, el Rey Kijur toleró su entrada y permitió prosperar a su orden. La historia, después, dejaron de escribirla los dorthianos para ser redactada por los ‘Sabias de Doén’, sabios que acorralaron el gran reino de Dorthk, aislado del mundo, y convirtieron sus gentes, sus costumbres y su propia existencia, en una leyenda que pasó de boca en boca, acabando por ser un cuento para que los niños de la tierra dorada, durmiesen plácidamente.

Dorth no existe pues Dorth es una ilusión en el concepto del tiempo, del sentir, de la historia. Dorth es una creación Doén, como yo mismo.

¿Y cómo luchar si tal concepto de lucha no merece objetivo?, la realidad no es lo que ven, la realidad es el recuerdo que permanece vivo en el interior de la memoria perdida, que recuperas con esfuerzos titánicos para intentar construir la base de tus recuerdos sobre algo tangible en el tiempo. Dorth es un concepto, pues los Doén lo han convertido en un concepto, una irrealidad para quienes no lo ven, pero un infierno para quienes lo viven dentro. Dorth es una ilusión dentro de una mentira prefabricada y tejida con sumo cuidado, gracias a los hilos del destino oscuro que los Doén han incubado durante miles de años. Esos mismos que han absorbido otros reinos por el simple hecho de hacerlo, causando revuelo como una simple orden religiosa en un mundo con abundancia de ellas, pues la carencia de amor propio no fue tan solo un mal que padecimos en Dorth. No. Pero como Dorth, mañana serán otros, y seguidamente, otros. Nunca se estará a salvo cuando la magia arcana en la rama de la oscuridad, continúe sumiendo al mundo en sus absurdos delirios de grandeza.

La única razón, es la verdadera; pues esa verdad nos hace ser razonables.

Les siento, pero no les veo. Y sé que están allí, protegidos bajo el cúmulo mágico del velo negro, ocultos a la vista y la razón humana, pero alimentándose de los sentimientos de aquellos que alguna vez fueron compatriotas. Prosiguen en su lecho de muerte en vida, dándose unos pocos segundos más, para su existencia vacía.

Voy, Dorth. Voy.

 

Mis pies cansados, no se han detenido desde que la idea se materializó en mi cabeza, dándome el único objetivo que me queda como propio en esta vida sin eso mismo, ni sentido. Recuerdo los momentos y aplico los cambios constantes de los intervalos del tiempo, y aún así no he conseguido éxitos que puedan revolver y sacarme en este pesar con el que tengo que cargar desde hace tantos años, décadas, siglos, ¿Milenios tal vez?, es algo inconcebible para lo que nadie debe estar preparado cuando comienza una vida mortal.

Camino sin detenerme.

A lo lejos, o ni tan lejos, mis ojos visualizan la bruma que cubre la inexistente Dorth. Entre las montañas, cual valle rocoso con el brillo diamantino del eterno amanecer, su belleza aún se dibuja en mis sueños reconciliándome por breves instantes conmigo mismo. Los riachuelos del ocaso que con su acuoso cantar, nos hacían divagar entre cantares de aves ya extintas. El azuzar de las hojas entre los vientos del sur, convertían a Dorth en un paraíso en mitad de las rocosas nevadas de la cadena que estoy por cruzar y he cruzado. Navegando entre sus atardeceres, contemplaba aún frente a mi, los años de disfrute, pues Dorth era un oasis en un mundo negro, siendo hoy todo lo contrario. Las risas de los niños entre los árboles y pequeños arroyos, fueron sustituidas por lúgubre canto de los cuervos y otros animales carroñeros que perecían ante la falta de almas que llevarse a sus moradas montañosas, los seres de luz cayeron ante la noche mientras los Sabios de Doén, fluían de entre las brumas para cazar cual bestias a los pocos que osaron hacer frente con sus lanzas empuñadas.

Yo fui uno, mucho tiempo atrás, de aquellos luchadores -no sé si valeroso, no he de juzgar mis acciones yo mismo- que osaron enfrentar el destino de su final. Hoy en la consecución del fin, mi espada no encuentra descanso mientras mi alma sufre en su prisión inacabada.

He de volver y de retornar a la lucha.

Noto mis pasos, oigo el crepitar de las lejanas llamas de mi fantasía, cayendo sobre un manto negro de dudas. Doén domina, Dorth intenta la supervivencia en un mundo que duda de su existencia. La soledad, compañera eterna de mi vagar, hoy será algo que pueda usar para el fortalecimiento propio ante la pelea.

Siendo que me aproximo, siendo que ya estoy cerca de sus fronteras. Puedo ver los vellos de mi piel erizarse con timidez ante la sensación que abriga mi cuerpo, de la magia oscura que cubre todo sin pesar en su reacción ni esfuerzos por limitar su ya de por si, gran poder. Encuentro a mi paso enjambres de hoths, dispuestos a taladrar mis pensamientos con su aguijón cargado de dudas envenenadas, el arma preferida de los Doén para que la locura insana embriague a sus víctimas dejándolas totalmente dispuestas… a su absoluta merced.

Entrar en sus memorias será difícil, pero la lucha no puede llevarse a cabo sin la posibilidad de debilitar sus habilidades para el control de nuestra disposición salvaje y común.

No, luchar.

Resuenan los chillidos disfrazados de lamentos cuales ecos del pasado, en cada callejuela invisible del antaño, hermoso Reino de Dorth. Cubren las esferas del recuerdo los cielos enlutados que con presencia incierta, muestran las carencias de una población abandonada en su propio olvido, cuando no consiguen los miembros Doén sus argucias, incrementar la presencia de éstos, llegados los ‘Últimos Días de Marnéel’, cuando la catástrofe acabó por hacer sucumbir nuestra historia en las humedecidas páginas de nuestra existencia.

No oigo nada, pues mis oídos no existen, entonces, ¿Existo yo?, en Dorth, la niebla que nos trastoca es la misma que nos presiona para que nuestra realidad física acabe con las creencias más absolutas de los dominios del cuerpo interte.

¡Espadas en alto!, cuando Dorth vuelva a rugir mi esencia se perderá entre los vientos del Sur, ese día podré volver a ser un ente que sepa lo que el descanso le reserva a su alma ya no eterna, no. La eternidad deja de serlo cuando tus piernas vagan por el mundo arrastrando tu cuerpo e intentas retornar a tu antiguo yo. No es simple, pero es posible… hemos de suponer, pues creer no va con aquellos que piensan en la razón.

Cuando Dorth cayó, mi alma se fue con él.

Los truenos del recuerdo restallan en el cielo. Iluminado por los Dioses, las nubes me señalan el camino que he de seguir, Dorth está próximo. Ya está allí, cuando llegue entre mis límites y posibilidades, volveremos a continuar cual espíritu errante de alma candente. Llegado ese día, Dorth volverá a gritar al sonido y amparo de la libertad, controlada. Ya no está lejos, y está próximo. Puedo oler la esencia de mis gentes entre los tintes de muerte que alcanzan mis fosas nasales, el gusto de mi paladar me recuerda que entre el ambiente todo cambia, pues los cuerpos sin vida; en vida ya, vuelven de la pesadilla al recuerdo, dentro de las etapas de la existencia.

Cruzo el umbral de piedra caliza que separa el Reino de la realidad, y en mis más profundos adentros sensoriales, contemplo el sentir del pesar por la pérdida de lo que un día fue mi propia vida. Cual emblema de sangre, se abre ante mis ojos la gran extensión que alguna vez fue la principal avenida de la rota capital del reino; quebrada como el reflejo de mi corazón. El castillo de impone sobre el horizonte cual resto indeleble de una alcurnia que se perdió cuando el primer Doén cruzó este mismo umbral que hoy yo, con mi espada en mano, traspaso con el atrevimiento de un foráneo y el dolor de un local. Aquí estoy, y aquí debo permanecer cuando todo acabe… Dorth y su alegría no existen, pero Dorth es más que ese retazo de memoria que tantas veces contemplé como leyenda y el mundo hoy asimila como historia o cuento infantil.

Estoy en casa, estoy en Dorth… es mi casa, pero no existe y a la vez es palpable tal lo es la espada que sostengo entre mis dedos.

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