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4 min
Dos palabras
Amor |
19.03.21
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Sinopsis

DOS PALABRAS

          La jornada de trabajo había resultado tan agotadora que, luego de concluida, se sintió completamente exhausta, hasta el punto que fue llegar a casa e irse sin más demora al dormitorio, decidida a meterse en la cama sin siquiera cenar. Había tomado un ligero tentempié a media tarde y su estómago no exigía por el momento ningún otro suministro adicional; todo lo que le pedía el cuerpo era reposo.

           Sentada en la cama, comenzó a desprenderse de la ropa. Primero fueron las botas, que proyectó hacia adelante con indolencia, yendo a caer la una sobre la otra en una especie de aspa donde descollaban los ajados tacones, esos que cada día la alzaban por encima del mundo para impedir que la salpicase demasiado la acequia del desengaño, cuyas turbias aguas habían ido formando bajo sus pies charcos glutinosos desde la tarde en que él, asfixiado a su vez por el mar de las dudas, decidiera abandonarla.

           Desatado por el recuerdo, el agrio sabor de aquella decepción se mezcló con la saliva del paladar mientras, uno a uno, iba desabrochando los botones de su chaqueta de punto, gris oscura, como dicen es el color de la tristeza, esa tristeza cenicienta que, como los charcos, llevaba también meses instalada en su vida.

           El algodón del vestido se deslizó por la seda de sus muslos hasta morir en la moqueta. Estiró entonces las piernas con cierta voluptuosidad, las mismas piernas que, desde los tobillos hasta las ingles, tantas veces acariciaran las manos de él, generando en cada recorrido tal cantidad de sacudidas eléctricas que en más de una ocasión sufrió su sistema nervioso verdaderos cortocircuitos. No pudo dejar de preguntarse si alguna vez volvería a percibir semejantes sensaciones.

           Junto a la almohada colocó el sujetador, pensando mientras lo hacía que, además del destinado al pecho, necesitaría también otro para sostenerle el ánimo, caído a lo más hondo tras el inesperado adiós del hombre al que tanto amara, y, finalmente, ubicándolas junto a aquél, se quitó la última y más íntima de sus prendas, la que sirve de custodia al profano santuario de los goces, esas braguitas rosas estampadas con infantiles ositos que tanto le gustaban.

           Vestida sólo con las ropas del desencanto decidió darse un baño caliente, a cuyo fin llenó la bañera hasta casi su sumidad y vertió sobre la líquida superficie una ingente cantidad de gel con la que producir grandes cúmulos de espuma. A medida que las caldeadas aguas maceraban su carne, los cálidos vapores que desprendían iban anegando sus poros hasta provocarle un balsámico sopor por el que se dejó acunar con molicie. En su mente emergieron entonces los recuerdos como fantasmas surgidos de ondulantes sepulturas, etéreas estampas que flotaban en el vaho y de las que comenzaron a brotar palabras, tanto las que en su momento irrumpieron de su garganta enardecida como aquellas otras que omitidas fueron por el miedo o la reserva, cercenadas bajo el destral de silencios afincados tras los sellados labios, silencios que, sin embargo, resultaban a menudo más expresivos que toda una encendida soflama. ¡Había quedado tanto por decir!

           Salió del baño dispuesta a exfoliarse el corazón de tanta palabra retenida, por lo que, tras cubrir la desnudez corporal con una toalla, tomó papel y lápiz con intención de escribirlas, convencida de que al hacerlo quedaría al fin liberada del peso que sobre su lacerado espíritu continuaban ejerciendo aquellos silencios. El cabello, aún mojado, iba dejando sobre su nuca húmedos regueros. Tras la ventana podía ver cómo la luna llena pintaba de plata las sombras. También ella quiso pintar con palabras el papel, pero a la postre fueron sólo dos las que logró escribir antes de sucumbir al empuje de una legión de impetuosos sueños y quedarse dormida sobre el escritorio, caída la cabeza hasta encontrar apoyo en su brazo derecho; dos palabras que al día siguiente, cuando la aurora extendió una vez más sus dedos hacia la tierra bostezante, se perfilaron nítidas en el folio en blanco: te amo. 

 

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  • Buena historia y muy bien escrita.
    Es difícil describir sentimientos, pero lo logras deteniéndote en unas rutinas a las que exprimes significado. Muy bueno. Saludos
    Buenas noches Mario. Nada mejor que regresar a la página a leer a los amigos escritores y encontrar esta "perlita". Impecable relato. Muy conmovedor y humano. Un gran abrazo. Gracias por compartirlo.
    Excelso. Leerte Mario produce un efecto adormecedor, donde las prisas no son válidas, hay que percibir y deleitarse a fondo de la prosa tan maravillosa colmada de detalles y bellas imágenes. Un saludo afectuoso.
    Excelente ! Hacía tiempo que no leía algo tan bueno .
    Cuanto sentimiento retenido, cuanta necesidad de ser amada... Un gusto leerte querido Mario, lo disfrute!
    Un relato con una descripción impecable, que lo adorna una carga erótica, sutil y bien llevada, cuyo final expresa el sentimiento universal, en "dos palabras". Felicitaciones Mario, saludos.
    Esta es la palabra mágica que todos esperamos escuchar de la persona amada. Pero muchas veces, estamos tam influidos por las frases estereotipadas, que nos olvidamos de lo esencial. A veces parece que tenemos miedo de expresar lo que realmente sentimos. Es un magífico relato, descrito con una gran maestría como es habitual en ti. Platón quería una República muy elitista porque él era un aristócrata gobernada por filósofos, y no creo que tú te sintieras cómodo en ella. La utopía es una rferencia simbólica para ir a mejor, pero si se toma en un sentido literal es como creer en los Reyes Magos y te das un trompazo. Hay que ser realista. Y con los mitos pasa igual.
    Mario, dos palabras, una de ella lo dice todo, a pesar de la decepción continuaba amando. Muy bien escrita
  • ¿Y si aquello no hubiese sucedido tal y como nos lo contaron?

    Reflexiones sobre la vida al compás de versos muy conocidos

    Este es mi particular homenaje a Jorge Luís Borges, en mi opinión el mejor escritor (junto a Cortázar) de cuentos fantásticos. Este breve cuento lo escribí inspirado por el relato "Tigres azules" del argentino. No sé si a él le habría gustado, pero desde donde quiera que esté, confío en que al menos no me lo repruebe.

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Parafraseando a Benedetti, puedo decir que escribo porque me resulta imposible no hacerlo. En realidad, escribir es el único medio con el que consigo exorcizar esos puñeteros demonios que se empecinan en colarse por debajo de la piel para darle bocados al alma. Serán cabrones

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