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14 min
Dragon Signs - Capítulo 6: ¡Marchando!
Fantasía |
13.07.15
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Sinopsis

Mi nombre es... Daniel Grey. Yo soy... ¡Dios! Y esta es mi historia. Toda mi vida había sido más o menos normal, o eso creía yo, hasta que llegó el día de mi décimo cumpleaños. Entonces todo se puso patas arriba: mi sueño no era tan sueño, sino que era de verdad, la primera excursión a la que asisto y me caído por un barranco, intentan matarme por tercera vez en aquel día... Vamos, lo que se dice levantarse con el pie izquierdo. ¿Y cuando recupero la consciencia con qué me encuentro? Pues...

— No tenías ni idea de que eso iba a abrir el portal, ¿verdad? — me preguntó Robyn.

— No.

— Y lo de la manguera no lo decías por volver a casa. —continuó ella.

— Lo decía porque me pareció una experiencia divertida, y en realidad estaba pensado que Susan se convertirá en una valiosa compañera. — entonces recordé una cosa — Por cierto,  ¿y las cosas que había en nuestras mochilas?

— Digamos que eso ya es cosa del pasado. — contestó Robyn.

— Mi comida… — Llevaba unas galletas que estaban realmente buenas. ¡Menudo desperdicio! —

— Tranquilo, ya se está cerrando — intervino Tommas — Es un portal, no suelen estar abiertos más de unos segundos.

Tenía razón, la vista de mi mundo disminuía por momentos mientras la imagen se volvía borrosa. Al mismo tiempo la luz se cerraba  sobre como si de una puerta se tratase. En unos segundos ya no quedaba más que un mero destello de la escapatoria a aquella locura.

— Venga, entremos. — dijo Tom.

Allí había mucha ropa, demasiada. Aquel lugar tenía el tamaño de de todas las tiendas de ropa juntas de un centro comercial. SI ya era horrible ir de compras cuando las tiendas eran pequeñas...

            — Bienvenidos. — dijo una voz harmónica y sedosa que me hizo girar la cabeza hacia donde estaba el mostrador, del cual asomaba una cabeza de diablillo. ¿El dependiente era un gremlin? Algo bueno tenía que tener aquella tienda.

            — Vamos, la sección de humanoides está por aquí. — nos indicó Tommas.

Había tanta variedad que no sabía dónde mirar, así que miré a Robyn. A ella tampoco le gustaba nada ir de compras. Ella me devolvió la mirada y sonrió. Si iba a pasar el resto del año en otro me alegraba de que fuera con ella, también me habrían valido David o Eva. No me gustaban los lugares que no conocía y menos cuando todos se sienten tan cómodos menos yo. Quiero decir, explorar lugares nuevos es genial, pero solo cuando soy yo el que marca el ritmo y la dirección, porque sé adónde voy y lo que estoy haciendo.

Volviendo a la tienda de ropa.

— Bueno, por lo menos no hay que llevar uniforme. — dije.

— Es justo por eso por lo que al entrar aquí te dejan comprar un conjunto. Si todos vistiésemos igual sería imposible para algunos distinguir a unos de otros. —  respondió Tommas.

— Exageras.

— Claro que no. Al principio ya de por sí resulta difícil acordarse de las caras de todos, ni te imaginas como es hacerlo con seres de otras especies. O sí. Imagina que cogemos cinco cuervos, les ponemos un nombre a cada uno y luego los soltamos. Si luego te presentase a uno de ellos, ¿serías capaz de decirme cuál es su nombre?

— Si tuviera el tiempo suficiente para ver algo que los diferencie entre ellos sí.

— De eso se trata, a pesar de que son tan diferentes entre ellos como tú y yo, tú necesitas tiempo y verlos varias veces para poder distinguirlos.

— Y no sería más fácil usar una plaquita con tu nombre.

— Creo que es mucho más fácil distinguir a una persona por la ropa que lleva que por una plaquita que solo se vería estando a dos metros de distancia.

Y el nombre en la espalda tampoco sería muy útil. Ni procedería tener tu nombre escrito por toda la ropa. Aunque vestir siempre igual… Vale, reconozco que era una buena idea.

— Espera, tengo que llevar la misma ropa todo el año?

— No, solo hasta que tengas dinero para comprar ropa nueva. Aunque con lo cara que es no creo que el primer año consigas lo suficiente hacerlo. Lo cual le da tiempo al resto de los alumnos a aprender a reconocerte.

— ¿Por qué iba a ser tan caro un pedazo de tela?

— Es ropa especial. No se mancha, es muy resistente y si se rompe se regenera a costa de un poco de tu energía, no más de la que utilizas para tomar una bocanada de aire.

Ropa inmortal que te sorbe la energía. A lo mejor también que la había que en lugar de hacer eso te chupaba la sangre.

            — ¿Hay ropa que te chupe la sangre?

            — No lo sé ­— contestó Tom.

            — Sí que la hay — intervino Robyn. Tommas la miró — Te dije que había ido a la biblioteca.

            — ¿Y tiene poderes vampíricos? — continué preguntando.

            — Digamos que tiene poderes. — contestó ella tras pensarlo un rato.

            — ¡La quiero!

            — No. Es peligrosa. Tiene vida propia — ¿Vida propia? Ahora la quería más que nunca.

            — Imagínatelo. Ropa de mi propia sangre. Jamás se habrá visto una relación tan estrecha entre humano y tejido.

            — Que no, no tienes dinero. Fin de la discusión.

De momento. Conseguiría ese dinero y tendría esa ropa vampírica fuera como fuese. Solo tenía que ser paciente. La paciencia siempre traía recompensa, como en la venganza.

— ¿Y si no quiero ir vestido siempre igual y compro ropa normal?

— La ropa normal no resiste nada aquí. —  contestó Tom — Si quieres arriesgarte a quedarte desnudo en cualquier momento, yo no voy a objetar nada. Eso es tirar el dinero, avisado quedas.

— No puede durar tan poco. Mírame, me he caído montaña abajo y apenas está rota.

— Aquí hay muchos seres que controlan el fuego. Hazme caso, si llevas ropa normal vas a acabar ardiendo, ya sea sin querer o a propósito. Además aún no tenemos claro cuál es tu habilidad. Imagínate que sea transformarte en algo más grande. Estas prendas se adaptarían a ti, tu ropa te dejaría desnudo. — Tommas se detuvo.

— ¿Y si no quiero llevar nada?

— ¡Daniel, elige lo que quieres ponerte y deja de replicar a todo! — dijo Robyn exasperada.

 

Vaya, ya habíamos llegado a la zona de humanos. ¿Por qué no podía ir desnudo si quería? ¿Y cómo se supone que iba a elegir entre tanta cosa?

            — No entiendo que tiene de malo mi ropa, vale que está un poco rota pero no es para tanto. Lo único que habría que hacer es limpiarla cuando se manchara. ¿Para qué complicarse? Tendré cuidado, no se romperá, quemará, explotará, lo que sea.

            — No, y no hay más que hablar. — zanjó ella el tema.

— ¿Puedo elegir lo que yo quiera?

— Claro. — contestó Tommas.

— ¿Cualquier cosa?

— Sí.

Mis padres siempre me compraban ropa como la que llevaban todos, aunque no me gustase. Solo por el hecho de que era lo que estaba de moda y si no lo estaba eso convertía cualquier prenda de vestir en fea. Lo gracioso llegaba cuando un año más tarde eso a lo que llamaban feo se volvía de lo más fabuloso por ser la nueva moda. De lo que no se daban cuenta era que la mayoría de las veces esa nueva moda comenzaba cuando alguien decidía vestir diferente, entonces todos comenzaban a imitarle y ese alguien se convertía en uno más.

¿Pero qué tenía de malo querer no ir a la moda? No por llevar la contraria como hacían algunos, sino por llevar solo lo que te gustase. ¿Por qué hay que vestir, hablar y pensar como si todos fuésemos la misma persona?

Vale, necesitaba unos pantalones, una camisa, zapatos, calcetines y algo de abrigo. Oh, y la ropa interior.

            — Bueno, esperadme por allí - dije indicándoles lo más lejos que podía señalar — no quiero que me juzguéis mientras elijo la ropa.

            — Daniel, por favor, no te descontroles mucho. — dijo Robyn.

            — Tranquila, sé moderarme.

            — Si no fuera porque te conozco diría que eso es sarcasmo.

            — No lo es. Venga, fuera. — dije empujándolos fuera de mis alrededores.

Así que, no sé cuánto tiempo más tarde porque nunca llevo reloj, reuní lo que iba a ponerme. Ropa interior azul claro, no sabría precisar más la tonalidad, calcetines blancos, zapatillas blancas con la lengüeta y el logotipo negros, unos pantalones cortos blancos con cinturón negro y hebilla dorada y... una camiseta blanca con un Sol dorado dibujado en el pecho como el de Benjamin y el encapuchado, no había podido resistirme. De abrigo escogí un chaleco negro, no quería complicarme más. En invierno aguantaba muy bien el frío y aquel lugar no parecía en absoluto de clima polar, por lo que escogí vestuario de verano.

¿Y ahora qué hacía? ¿Iba a avisar a Robyn? ¡Oh! Cuando iba de compras con mi madre siempre me tenía que probar la ropa. Sí, tal vez debería hacer eso. ¿Pero dónde? No iba a pedirle ayuda a alguien, eso estaba claro.

Algún día aprenderé a dejar de ser tan cabezota, encontrar los probadores me llevó mucho más tiempo del que había pensado. ¿Tenían que estar en el fondo de la tienda? En un tienda que era como un campo de fútbol. Cómo me iba a reír cuando tuviera que encontrar a Tommas y Robyn.

Una vez quedé en ropa interior me miré al espejo, no tenía ninguna marca o cicatriz por el cuerpo. Ni de la caída, ni del sueño. Tal vez la regeneración más rápida de lo habitual fuera una de mis habilidades, hecho que explicaría muchas cosas si me ponía a pensarlo. No estaba mal, me habría gustado algo más impresionante pero era mejor que nada, y si a eso le sumaba respirar bajo el agua, lo cual debía asegurarme de que fuera cierto y no solo una coincidencia, entonces no era tan inútil.

La ropa era de mi talla (¡Bien! Había acertado a la primera), optar por el blanco y negro había sido una buena elección y tal vez la camiseta no fuera la mejor combinación para el chaleco pero la elección ya estaba hecha y quería irme.

Al final fueron ellos los que me encontraron a mí.

— ¿Ya estás? — preguntó Robyn.

— Sí.

— ¿Te la has probado para ver si te sirve?

— Sí.

—¿Estás seguro de que vas a ponerte eso?

— Sí — contesté exasperado.

Fuimos al mostrador para "pagar" y resultó que las sorpresas del día aun no habían terminado. El dependiente no era  un gremlin, era una araña gigante con cabeza de gremlin. No es que le tuviera un gran pánico a las arañas, lo que pasaba es que ocho patas, cada una del tamaño de un humano, intimidaban un poco, sobre todo cuando al ser al que estaban unidas no era precisamente un cachorrito. Aunque, pensándolo bien, un cachorrito con esas patas seguiría siendo un tanto perturbador.

Y... estaba juzgando al dependiente por su aspecto, olvidando la preciosa voz que tenía. Era una voz encantadora de verdad. Pero no podía dejar de mirarlo.  Menos mal que Robyn se encargó de todo. Le dio el "permiso de vestuario", se dieron las gracias y nos despedimos. Bueno, yo no, yo aun seguía mirándolo en silencio. Menudo maleducado. Aunque yo nunca hablaba con desconocidos, por lo que tampoco es que fuese algo fuera de lo común.

            — Ya estás preparado para aprender en nuestro colegio. — aclamó Tommas.

— ¿No necesito libros?

— No… si atiendes en clase, bien y si no tienes que apañártelas como puedas. Para eso utilizamos la  biblioteca. Otra cosa es que consigas encontrar el libro que necesitas. ¡Ahora vamos a los dormitorios! — dijo señalando la montaña sobre la que estaba el colegio — ¡Adelante!

Resulta que los dormitorio estaban al otro lado de la montaña, al cual parecía que le hubiesen dado un mordisco, un mordisco enorme. Aunque si lo mirabas con un poco de imaginación, la montaña era como un perro sentado, el colegio estaba sobre la cabeza y el dormitorio era como el juguete que deja a sus pies para que se lo lancen. Me sorprendía que aún no se le hubiese caído la cabeza. ¿A quién se le ocurría poner una escuela en un lugar con semejante riesgo de derrumbe y un dormitorio justo debajo? Fuera quién fuese se aseguró de que todos pudiesen vivir una vida continua al límite, esa persona era un genio.

— ¿Qué es eso? — dije señalando a la cúpula de piedra que estaba pegada a la parte de abajo de la cabeza del perro.

— La biblioteca — contestó Robyn.

— ¿Está boca abajo o es así?

— Boca abajo, dentro la gravedad está invertida. Zorionak, el que la diseñó, tenía sangre de murciélago y le gustó la idea de que estuviera así. Se dice que en una situación extrema de peligro la biblioteca se puede transformar en murciélago y volar a un lugar seguro. — continuó Robyn — Si lo piensas está muy bien, no te imaginas la cantidad de información que se tiene allí recogida.

— ¿Y si falla la gravedad?

— Primero caes, chocas contra el techo y si no hay ninguna ventana abierta, no habrá problema. De lo contrario puedes acabar aterrizando por esta zona de aquí — dijo indicando esa zona de ahí — Los cristales no se van a romper porque te des contra ellos, están hechos de algilamida que puede absorber una cantidad muy grande de fuerza.

Claro, algilamida... El dormitorio estaba en una pequeña península rodeada por un ensanchamiento del río. Que si seguías con el símil del perro sería como un charco de babas.

Por fuera era como un hotel rural, hecho de piedra y madera, solo que este tenía una enorme cristalera en la planta baja a través de la que se podía ver lo que parecía ser el comedor. El comedor, con lo especial que era yo para la comida cómo iba a sobrevivir allí. Bueno, ya se me ocurriría algo cuando llegase el momento.

En la entrada dos estatuas de serpientes gigantes daban la bienvenida, literalmente.

            — Bienvenidos jóvenes aprendices, nos alegra veros de vuelta.

            — Por favor, no generalices, cuanto más pequeños más ruidosos.

            — ¿Es el nuevo el de la izquierda? ¿No ves? No son nada escandalosos.

            — Míralo, su esencia apesta. Salvaje, ese es su pelaje.

            — Menos mal que no sois rencorosos, no sabe controlar su lenguaje.

            — ¡Oh!, pero seguro que sois sabrosos, con vosotros quedaré repleto.

            — Ignorad a este personaje, no sabe ser muy discreto.

            — Ya estoy harto de tanto mensaje, hasta que nos volvamos a ver.

            — No os olvidéis de la habitación, la del mono es la ciento tres.

¿Me acababa de llamar mono? Así pues, mi habitación era la ciento tres. Y allí de camino fuimos hasta que nos vimos interrumpidos. Iba vestido de guerrero griego, con escudo en el brazo y lanza en la espalda. Un chico no muy alto, con la cabeza cubierta por un casco.

            — Lavro. Me sorprende ver a un hijo de Ávinor, ¿por qué te has teñido el pelo? — dijo el chico.

¿Con quién estaba hablando? Miré a los lados, al techo, al suelo y a Robyn, que estaba mirando al desconocido. No había nadie además de nosotros.

            — ¿Te ha devorado la lengua un vargall? ¿O fueron las Cazadoras? — repitió el chico.

Robyn me dio un codazo. ¿Acaso me estaba hablando a mí? No podía ser, yo a ese no lo conocía de nada y no entendía la mitad de lo que decía.

            — ¿Me lo dices a mi? — me atreví a decir.

            — ¿A quién sino, Lavro?

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