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4 min
Dragones y mazmorras
Varios |
27.10.10
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Sinopsis

Intuí sus ojos debajo de las rayban, de nuevo, mirándome la entrepierna otra vez, y me confundí. De forma torpe crucé las piernas cuando sentí una pequeña chispa de encanto, resbalando por mi espalda. Era anatómicamente brillante, solo comparable con una fantasía sexual, aquel cuerpo de ensueño era tan perfecto como surreal. Me noquearon sus glaciares populares, a través de las lentes oculares. Me entorpeció ese manojo de hilos de oro, espesos, enrevesados como mis enajenados pensamientos. Por eso, me dolió el pene al cruzar las piernas, bueno, por eso y por intentar ocultar una erección de poderío notable. No hizo falta, que me volviera a mirar, para que de rodillas me arrastrara hasta sus pies.

-¿A qué obedece tu belleza, vida mía?- pregunté.

-A la desbocada catarsis que tus sesos folla.- me respondió. Acarició los muslos pintados con sus ajustados vaqueros, y cuando la puerta del vagón se abrió, tiró el bolso carolina herrera por la ventana. –he perdido las llaves de mi casa, poeta, tendrás que llevarme contigo.

-De tu palacio, dirás, insensata; a mi mundo, te referirás, princesa.
Ella sonrió y asintió. Se desgafó, dejando liberados sus ojos para mis ojos y para el mundo, bendito regalo del azar, magnífico trofeo para el soñador.

-Fóllame el alma, corazón.- me susurró al oído. Y yo, que me tomo los aspectos espirituales, con incomparable seriedad. Yo, arrodillado a sus pies, le mordí la fría tela, muerta tela, de sus putos pantalones. Tiré de ellos, comí de ella, compusimos un solo acorde, que resonó en el tren con armónico eco.

Besé primero su cintura, a sabiendas de que podría contener una vida, con constancia, de que en su interior ardía mi vida. Lamí su ombligo puro, sus muslos desnudos, su vagina depilada al servicio de mi patología coronaria. Chupé, de lo más profundo de su carne, para beber la sabiduría, que contienen los elementos mundanos, nacidos para otorgar de belleza al mundo. Me regocijé, vida mía, de estar vivo, y abusé haciendo flexiones con mi lengua en tus labios inferiores de forma reiterada y desmesurada, como quién ha nacido, para alimentarse de tal preciosismo.

Luego la anciana sentada en el rincón, se levantó con rapidez para sentarse en un lugar distante de la escena ardiente. Los chicos próximos sonrieron, los fantasmas cercanos lloraron, nostálgicos por sus vidas; otras parejas, que había cerca, siguieron nuestro ejemplo y se corrompieron. Dios negó con la cabeza, desde el cielo, haciendo pendulantes movimiento con el dedo, de su mano derecha: “no…no…no…”.

Me introduje luego en el interior de la chica, por mi parte corporal más grosera, pero homenajeando de forma definitiva, a todos mis versos.

-Este es mi mejor poema, en versión original.- pensé mientras bailábamos desnudos, al son, del traqueteo del endiablado tren. Luego la besé en la boca, ella me chupó la lengua, volví a penetrar su húmedo agujero con afanado interés: besé su cuello, chupé el lóbulo de sus orejas, y le susurré al oído que aguantara el orgasmo, toda una vida. Sincronizamos el corazón, con los movimientos de cadera de aquel baile, pero cuando llegó el tren a su destino, ella se vistió, se peinó, y bajó erguida las escaleras, como Kate winslet en Titanic; con un desagradable tono de superioridad, que me obligó a quedarme, sentadito en el lugar, donde minutos después tuve que ceder mi sitio a una señora embarazada.

Tengo prohibido desde entonces, subir a los trenes; pero no me importa, mientras me dejen sentarme en las vías. Tengo un pelo tuyo, entre los dedos, espero que vengas a buscarlo, huele a tu boca todavía. Sueñan mis dedos, cada noche, con tu coño; como si de impensantes células, pudieran surgir unas desmesuradas motivaciones impulsivas por devorarte de forma desmedida. No he vuelto a nacer, todavía. Contengo el orgasmo, pero cuando nadie me ve, me siento a cantar, sobre las vías, a ver si tuviera la suerte, de que viniese tu tren, y me atropellara otra vez…otra vez.
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