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7 min
Dudando del mundo real
Reales |
13.09.19
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Sinopsis

.

Me llamo Olafo y vivo solo, como un lobo en su estepa. La noche está silenciosa y espesas nubes negras, preñadas de lluvia comienzan a cubrir las estrellas de la cúpula celeste; pronto el temporal liberará su llanto furioso, lo anuncian potentes relámpagos iluminando los ventanales, los acompañan truenos cavernosos, y repetidos estampidos.

Sentir la lluvia que azota los ventanales de mi vieja casa de campo es una magnífica experiencia, sobretodo esta noche en que estoy humanamente solo. En la chimenea arden los leños del bosque, liberando en sus llamas el sol acumulado en tantos veranos. Afuera los elementos se desencadenan.

Debo haberme quedado dormido entre los truenos y el rugir del viento, acunado por las danzas del fuego de la chimenea mientras la mente viajaba, tal vez, persiguiendo algún recuerdo dulce, prisionero del tiempo que se fue.

Me despertó el silencio que dejó el temporal, o bien el golpe seco del libro, de tapas negras, que el sueño arrancó de mis manos. Recuerdo se trataba de “Ciclo de aventuras oníricas de Randolph Carter”, o algo así, cuyo autor me era desconocido entonces.

Disfrutaba golosamente de la calma y el silencio nocturno, cuando de improviso rompen mi estado mental unos aullidos angustiosos de mis perros. Creo la noche ya había caminado bastante. Cogí mi linterna y salí al externo a observar esta inédita situación, porque mis perros siempre han ladrado, aullado nunca.

Frente a mi casa había desde muchos años, dos enormes naranjos rodeados por vegetación silvestre. Bajo uno de ellos mi linterna iluminó dos extrañas figuras que en un primer momento identifiqué como dos negros y grandes mirándome con indiferencia.

El asombro del primer momento me hizo identificar esas figuras como perros; pero a una observación más precisa, una desconcertante duda acompañó a un escalofrío verde que viajó eléctricamente por la médula espinal. Un escalofrío verde es un absurdo, o un asunto de literatos, que no armoniza con un racionalista de todas las horas, como yo, Olafo el aterrizado, alcancé apenas a pensar cuando focalicé el hecho que de perros no se trataba del todo, al menos del concepto y la imagen de un perro común y cotidiano. Aquí, debajo de los naranjos, en el silencio de la noche, desde la visión de las dos extrañas figuras  me llegaban elementos contradictorios, no en armonía con el mundo de los perros, mientras el tiempo parecía tener una consistencia gomosa, onírica.  Desde las inclasificables figuras comenzaba a brotar una energía paralizante y no lograba separar mis ojos de ellas y construir una respuesta de algún tipo.

Mientras mi férrea racionalidad parecía comenzar a desmigajarse, observé que los entes no poseían líneas de contorno, eran cuerpos definidos pero como si sus masas emergieran desde una noche material e irreal, donde la potente luz de mi linterna no la eliminó. El punto donde estaban las figuras y su inmediato entorno era lo que se podría definir una singularidad, un centro que no entrega información al mundo real, sólo un temor creciente del observador, yo, Olafo el escéptico.

Los ojos, la mirada de las entidades que se ocultaban en esa figuras tenían una expresión humana, eran ojos humanos, fríos, calmos, indiferentes. Era una mirada entomológica, científica, yo una cucaracha de observar desde el tiempo.

No recuerdo cómo fui y regresé al punto donde estaban las figuras llevando la linterna en una mano y en la otra mi escopeta del 12, dos cañones, cargada con sus respectivos cartuchos, y doblemente gatillada. Me resulta difícil imaginar en este momento, desde el recuerdo, de qué naturaleza era la fuerza que me atraía hacia el punto donde había dejado las figuras nocturnas. Me auxilia la memoria sólo en el hecho que al regresar había proyectado el fuerte haz de luz en dirección a los naranjos y las figuras habían desaparecido. Estuve detenido y silencioso escuchando a mis perros, apegados a mis rodillas y gimiendo lastimeramente.

Pensé en la muerte y en lo simple que es, la muy temida. Cuando nos viene a buscar, el tiempo se detiene, nuestro tiempo se detuvo, pero en los demás lugares continuará a correr sin que yo lo sepa. Tampoco podré tener experiencia de mi muerte.

Mis pensamiento regresaron a la noche que me rodeaba, a la belleza de ese inmenso océano de oscuridad, apenas pincelado por la pálida luz de la luna, filtrándose tenue por entre las últimas nubes que abandonó el temporal.

Decidí irme a dormir, esperando que el sueño viniese en auxilio de mis electrizados nervios, tensados al máximo por esas presencias que mi mente no lograba encontrarles un lugar en este mundo donde vuelan pájaros y las cosas tienen un sentido, simplemente humano.

Después de un largo insomnio el cansancio comenzó a traspasar el umbral de los sueños, cuando me despertaron las carreras y bramidos de mis animales provenientes de los potreros en dirección de un monte de grandes árboles de arrayanes de cortezas rojizas y anaranjadas.

Me dirigí hacia ese lugar, abrazado al frío cañón de mi escopeta. La invasión del miedo es una sensación difícil de manejar y administrar, sobretodo si éste aumenta y supera ciertos límites, acercándose a un punto irreversible.

La luna iluminaba con su luz fría crepuscular los potreros frescos de lluvia y perfumados de menta. Croaban las ranas de un estaño lejano y algunas flores de galega parecían acompañarme, apenas movidas por una sutil brisa helada.

El espectáculo que se presentó ante mí era insólito. Los animales corrían en círculos, despavoridos,  los ojos desorbitados brillaban licantrópicos, al reflejo de la luna. Sus lenguas babosas pendían cansadas de sus hocicos. Al centro de ese particular aquelarre estaban las dos entidades perrunas, sentadas como se sientan los perros, siempre inmóviles e indiferentes.

El escalofrío verde tornó recorrer veloz mi vapuleada médula espinal. Los animales al verme llegar en compañía de mis perros pastores alemanes, se reagruparon cerca del monte y las figuras los observaban, dándome sus espaldas. Ni siquiera la luna marcó sus contornos. Creo no tenían cola, sí fuertes lomos de oso. No percibían mi presencia, al parecer.

Lentamente me fui acercando hasta tenerlas a tiro. Apoyé, con extremo cuidado la culata en mi hombro, alcé el doble cañón en dirección del blanco. Pude comprobar, con satisfacción, que a pesar que me invadía un miedo cerval, mi pulso de avezado ex-cazador no temblaba.

El silencio y la tensión del ambiente eran irreales, pienso que se callaron hasta los grillos del campo. Hice los puntos con precisión y disparé ambos cartuchos a la vez. Retumbaron sordos los disparos, desgarrando la calma de la noche. El monte devolvió el eco. Los animales escaparon despavoridos buscando refugio entre los arrayanes.

Cuando se extinguió la potencia del sonido, el olor a la pólvora se disipaba en el aire circundante y  la vibración en mi hombro se aplacó, las entidades permanecían exactamente en el mismo lugar, pero esta vez vueltas hacia mí, observándome con ojos humanos que brillaban fijos como ascuas de carbón. Me invadió el terror, paralizándome.

De algún modo debo haber llegado a casa. Aticé los leños de canelo en la chimenea, y me dejé caer desarticulado sobre el viejo diván de cuero. Ignoro cómo transcurrió esa noche.

Al día siguiente me levanté temprano y mientras bebía un café amargo y caliente pensé: quizás lo mío, como lo de Randolph Carter, fue sólo una aventura onírica, un sueño demasiado potente que casi cruzó la frontera de la cordura.

Comprobé que en la escopeta ambos cartuchos habían sido disparados.

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