cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

19 min
duelo 11: semifinal 2/3
Varios |
07.04.17
  • 5
  • 10
  • 2534
Sinopsis

Vota por uno de estos dos viejos lobos de mar, solo uno pasa a la final (con tu voto) y pelea contra los otros dos titanes.

duelo 11: semifinal 2/3

 

relato A: Café amargo


Tiene las mesas de plástico, de esas patrocinadas por la Coca–Cola, que al llegar las nueve de la noche se apilan unas encima de otras y se les ata con una gran cadena a la reja de una de las ventanas de la cafetería. Sillas de plástico de un tono azulado patrocinadas por Kas y que una vez apiladas son retiradas al interior del recinto, porque estas son ya más apetitosas que las mesas, y alguien podría pensar en sacarle más rendimiento lejos de allí. Es invierno, pero da igual, en el Sur a la temperatura se le combate desde todos los frentes, con tal de respirar aire de la calle y los clientes prefieren pasar algo de frío en la amplia acera exterior, que permanecer en el interior donde las palabras rebotan en las paredes y columnas, se mezclan unas con otras y al final se produce un galimatías, que muchas veces no sabe uno si está en la conversación que está o en la de la mesa de al lado.
Además este invierno el café tiene la novedad, de unas estufas de butano con un sombrero a modo de paraguas, que te dejan la cocorota como si llevases un gorro de lana. En la mesa más cercana al aparcamiento de coches, y próximo a un aligustre que aún conserva el vástago que le ayudó a crecer, se sienta un hombre mayor enfundado en su abrigo y con un cigarro entre sus dedos. Un café con leche humea en la mesa junto a un servilletero de plástico patrocinado por la Pepsi. En las servilletas en uno de sus ángulos puede leerse “Café Estepona, gracias por su visita”. Más allá tres marroquíes parlamentan en torno a un refresco y unas cuantas pastas de coco; a veces da la sensación de que están peleándose por lo altisonante de sus voces, pero fijándose en sus rostros enseguida se ve que uno de ellos sonríe, con lo cual debe ser la forma de hablar.
En otra mesa dos ciudadanos bielorrusos se muestran papeles uno a otro, y parecen estar rellenando una solicitud o algo por el estilo. Los mofletes destacan enrojecidos sobre su clara piel de muñecas de escaparate. Visten bien y los modales parecen finos. A su lado una reunión más amplia que ocupan dos mesas repletas de vasos y tazas, ríen a carcajadas ante las ocurrencias de una señora entradita en carnes, que no sabe cuanto tiene que abrir la boca para que le entre de una vez una suculenta mojama. El caballero que tiene frente a ella y que se presume su marido, zapatea con sus botas de media caña, dándole más énfasis si cabe a sus ganas de partirse de risa; tiene poco pelo pero una graciosa trenza rubia le cuelga desde la nuca sobre su chupa de cuero. Unos cuantos chiquillos corretean alrededor del grupo irritando sobremanera al caniche, que permanece atado a una de las sillas y que ladra como un condenado cada vez que pasan cerca de él. Dos jóvenes retan las leyes físicas, a lomos de una moto de pequeña cilindrada, con la que procuran hacer el mayor ruido posible, pasando una y otra vez por la proximidad de las mesas. Otras señoras muy metidas dentro de sus abrigos y bufandas, saborean el café mientras se tocan con las manos aquella parte de su anatomía donde tienen ese dolor clavado desde hace un mes por lo menos, y la cita del especialista sin llegar, puede que sea cosa del correo, -apostilla una de ellas-, pero las demás niegan con un gesto. La otra dice que ya se ha acostumbrado, y que lo peor es arrancar por las mañanas en frío, pero luego una vez que baja para buscar el pan, parece que se va calmando y hasta el otro día.
Cuatro sudafricanos entretienen su tiempo en torno a unas bebidas de vasos largos y móviles de última generación. Cuando abren la boca se perfilan los dientes nacarados y la sonrosada lengua; llevan ropa elegante y zapatos de puntera fina, uno de ellos cubre su cabeza con una gorra de cuero negro. Hablan con sonidos graves, rápidos y en un idioma que ninguno de los convecinos de café logra entender. Lo que parece una madre y un hijo hacen acto de presencia por entre las mesas, suplicando unas monedas para dar de comer a algún familiar y seguramente a ellos mismos. Ella es la que chapurrea algunas palabras sueltas en español, mientras que el mozo —algo desaliñado— teclea un instrumento musical del que salen unas notas enlatadas que suena a popular. No obtienen demasiado éxito, pero a ellos les gusta pasar por este Café, porque aquí no hay camareros que le recriminen su actitud, invitándoles a que dejen a la clientela en paz. Han llegado de centroeuropa, pero aún no consiguieron encontrar un trabajo regular que les permita abandonar la tarea de mendigar.
La gente en el Café Estepona entra y sale con los vasos en la mano, y tan sólo de vez en cuando una muchacha de origen indio viene con la prisa reflejada en su rostro recogiendo las mesas, depositando todo el menaje en un barreño de plástico, y pasando a velocidad de rayo una bayeta amarilla por la mesa de turno. Aunque el cielo amenaza lluvia, la clientela permanece en su sitio cada cual enfrascado en la conversación que corresponda; si finalmente apareciera el agua, ya habrá tiempo de levantar el campo y dejar la charla para mañana, que tampoco es cosa de solucionar todos  los problemas en una tarde, y además si lo hablan todo hoy ¿qué van a dejar para mañana? En una de las puertas de acceso a la cafetería existe un caballito mecánico que de vez en cuando relincha, al tiempo que se encienden unas luces de colores en la base donde se apoya su tronco, acompañando de fondo el sonido de un galope vigoroso, que deja con la boca abierta a un crío vestido de blanco y verde, mientras su madre mece el carrito donde duerme su hermano menor. No se pierde detalles de los movimientos del brioso corcel de mirada azucarada, y junto a él una niña de color, con la cabeza llena de tirabuzones hábilmente sujetos por cintas de arco iris, parece que se le van a salir los ojos de las órbitas. Dos metros más allá una mujer de piel oscura, vestido de tubo y tocado en la cabeza a base de una especie de turbante colorista, la vigila sin parar de hablar en agudo, con otra mujer de su misma raza, que lleva en la mano una bolsa del Lydl.
Un grupito de peruanos espera en la puerta de la cafetería, la llegada de dos mujeres cargadas  con grandes bolsas, de esas que luego abren magistralmente en cualquier esquina y ofrecen sus jerséis, gorros, bufandas y ponchos de llamativo colorido. Lo que más llama la atención de ellos es su estatura, son bajitos de tez tan morena como si se hubiesen pasado toda la vida a pleno sol. Se les nota moverse como con miedo y sus voces apenas son perceptibles, salvo que uno se encuentre muy cerca de ellos, la Cafetería Estepona de hace unos años no se parece en nada a ésta de hoy en día; antaño se hablaba español, con acento andaluz, por cada una de las mesas y de vez en cuando aparecía una gitana con el niño en la faldiquera ofreciéndote una ramita de romero, que verá usté la suerte que le va a dá —le dice Joaquín a su amigo José María, saboreando un delicioso farias—, ya lo desía yo hase trej verano: daquí unoj año Ejpaña ej Africa —responde José María acomodado grácilmente en una copa de coñac—. Como el agua no acaba de llegar, el bullicio va en aumento en torno a las mesas y en el interior, tras de la barra sudan como cosacos los tres camareros que son sutilmente controlados por la dueña del negocio, sentada junto a la caja y con unas lentes bifocales colocadas a media nariz.
El caniche termina por zafarse de su atadura, y en su veloz carrera tras de los chiquillos asusta a la niña de color, que sin saber que hacer se precipita al filo de la calzada, en  el preciso momento en que los jóvenes motoristas ejecutan una de sus cabriolas. El alboroto, los gritos y la confusión convierten a ese punto de la calle en un hormiguero. Al poco uno de los marroquíes corre calle arriba con el cuerpo de la niña cruzada en sus brazos, mientras las cintas de arco iris son pisoteadas por la multitud.

 

relato B: El vagabundo
                     
“—¡Mi reino por un caballo! ¡Mi reino por un caballo!...”
Bruno Cifuentes, abogado de cierto renombre en la capital, recordó de pronto la famosa cita histórica mientras conducía por una solitaria carretera de La Mancha bajo un sol abrasador.
Ciertamente, él no necesitaba un caballo en ese momento, con el potente Range Rover se las apañaba perfectamente, pero sí que pagaría lo que fuera por unas gafas de sol.
—Abra bien los ojos y no parpadee—le había ordenado el oculista justo antes de depositar dos frías gotas en cada ojo.
Eso había sucedido un par de horas antes. Los rayos ardientes seguían castigándolo sin misericordia. Sus ojos lagrimeaban copiosamente. Por momentos, la larga recta reverberante difuminaba sus contornos convirtiéndose en un nebuloso y palpitante río de plomo.
Transitaba una zona absolutamente inhóspita, no se intuía rastro de vida en varias millas a la redonda.
—Mi reino por unas gafas—seguía implorando el abogado Cifuentes.
Y, de pronto, tras un acusado cambio de rasante, nuestro atribulado protagonista se encuentra un hombre con una mochila a la espalda, haciendo auto-stop.
El tipo, de edad indefinida, barbudo y desaliñado, vestía de manera desastrada y se tocaba con una gorra negra. Además, el singular vagabundo de carretera lucía unas flamantes Ray-Ban que contrastaban vivamente con su descuidado aspecto general.
—Hola, amigo, —el abogado trató de que su voz sonara campechana, aunque no lo logró del todo—¿Quiere que le lleve?
—¿A usted qué le parece? —replicó el vagabundo sin moverse— ¿o acaso cree que me dedico a practicar el mimo autoestopista?
—¿A dónde va? —Bruno decidió ignorar su actitud impertinente.
—A cualquier parte, dónde me lleve.
—Yo voy hasta Toledo, pero si quiere le dejo antes en cualquier sitio…
—No, Toledo está bien—sentenció, lacónico, el vagabundo, y acto seguido se montó en el vehículo.
—Esas gafas que lleva parecen buenas—el abogado señaló las Ray-Ban—Vengo del oculista y esta luz me está matando. ¿Usted puede arreglarse sin ellas?
—Claro, no hay problema—replicó el individuo, al tiempo que se las quitaba.
Sus ojos, oscuros como una nube de tormenta, lo escrutaron con inquietante fijeza.
—¿Cuánto quiere por ellas? —El abogado apartó la mirada.
—No están en venta—declaró el vagabundo—Son un recuerdo de familia.
—¿Me las presta, entonces? —Bruno señaló sus ojos, llorosos y enrojecidos—si no, me temo que no podré seguir conduciendo.
—De acuerdo—asintió el vagabundo, al tiempo que le entregaba las Ray-Ban—pero, con la condición de que me las devuelva, ¿eh?
—Claro, hombre, faltaría más…un millón de gracias.
Bruno se las puso, experimentando un alivio tan enorme y tal grado de repentino bienestar, que se vio en la necesidad de añadir:
—¡Uff!... Caramba, amigo…Me ha venido usted como caído del cielo, no sabe lo mal que lo estaba pasando.
A continuación, reanudó el viaje, ansioso por llegar a casa.
Después de unos largos cinco minutos de incómodo silencio, el abogado carraspeó sonoramente e interpeló a su impasible pasajero.
—Ya sé que va a cualquier parte, pero, ¿de dónde viene?
—De ninguna parte, amigo, de ninguna parte. Y, en cualquier caso, ¿qué más da? ...No hay punto de partida, no hay meta, sólo hay un camino sin principio ni fin. El camino es lo único real, lo único que importa—recalcó, apuñalando el salpicadero con su dedo índice.
—Vaya, ésa es una frase muy profunda—se admiró un sorprendido Bruno Cifuentes—Está usted hecho un auténtico filósofo.
Por toda respuesta, el supuesto discípulo de Sócrates estalló en una sonora y estridente carcajada, que murió sepultada por un violento acceso de tos.
—Filósofo, dice…—articuló, al fin, con el rostro ferozmente congestionado—ésta ha sido buena, amigo, apúntese un tanto.
Bruno Cifuentes conectó la radio. Una balada country emergió como un soplo de aire fresco entre el asfixiante bochorno del mediodía manchego. A ambos flancos del vehículo la planicie, desolada e interminable, continuaba desfilando veloz.
En ese momento, el abogado Cifuentes cayó en la cuenta de que aún no se habían presentado.
—Por cierto, mi nombre es Bruno Cifuentes y soy abogado…—tras una breve pausa valorativa y ante el silencio de su pasajero, continuó con cierto embarazo—si algún día precisa de mis servicios…
Ahí se calló, reparando en lo absurda que resultaba su preposición. El vagabundo confirmó su impresión con otra escandalosa risotada que sonó como si tuviera la garganta recubierta con papel de lija.
El letrado lo miró de reojo. Aquel tipo no parecía estar del todo en sus cabales. Inquieto, comenzó a escudriñar el horizonte buscando algún signo de civilización.
—¿Y usted?—interpeló con creciente irritación—¿Cómo se llama?. Quisiera conocer el nombre del tipo que rescató mis pupilas del fuego.
—Llámeme Tom, si quiere—contestó el aludido, sin dejar de mirar al frente.
—¿No es ése su verdadero nombre? —
—Eso qué más da—su tono se volvió cortante, denotando un mal disimulado hastío—. Es un nombre tan bueno como cualquier otro, ¿no le parece?
Una luz de alarma comenzó a parpadear en el cerebro de Bruno. 
—Sí, supongo que sí—el abogado adoptó un aire conciliador, tratando de apaciguar la oscura impaciencia del otro—Tom…está bien…es un nombre…eeh…rotundo y sonoro…Tom…por supuesto…está muy bien…—Cifuentes se enredó en un balbuceo incoherente. Aquel tipo comenzaba a ponerlo realmente nervioso. Así que, respiró hondo y remató con decisión, buscando infundirse ánimos y espantar absurdos temores.
—Pues nada, amigo Tom, encantado de haberle conocido, hombre.
—Lo mismo digo, abogado, lo mismo digo—el vagabundo lo palmeó con fuerza en el hombro.
Cifuentes no se lo esperaba y a punto estuvo de perder el control del Range Rover.
La señal de alarma aumentó en frecuencia e intensidad. Cuando el supuesto Tom pronunció la palabra “abogado”, Cifuentes se acordó de Robert de Niro en “El cabo del miedo”.
—¿No tiene a nadie de su familia? —Bruno continuaba tanteando, tratando de penetrar la bruma de acero que envolvía a su extraño pasajero—hermanos, padres...
—Soy hijo único—proclamó Tom con un leve deje de orgullo—y mis padres fallecieron hace años en un accidente de tráfico.
Esto último lo dijo en un tono neutro, como el que anuncia que va a llover esa noche.
—Vaya, no sabe cuánto lo siento—se apresuró a exclamar Cifuentes—una experiencia terrible…
—Venga, abogado—Robert de Niro regresa a escena—no me sea hipócrita. Ahórrese su compasión de mierda. ¿Qué demonios va a sentir, si ni siquiera lo siento yo?...
—¿No tuvo pena por ellos? —el aludido trató de ignorar la dura reprimenda—No me lo creo.
—Lo que usted crea o deje de creer me la trae floja, amigo—Sus modales y su lenguaje se deterioraban por momentos—Pues no, no sentí pena, ¿sabe lo que sentí de verdad?...
Bruno Cifuentes se cuidó, muy mucho, de arriesgar una opinión.
—Libertad, amigo, libertad—gritó Tom, eufórico, alzando los brazos. El abogado se felicitó por haber callado—una abrumadora, casi dolorosa, sensación de libertad…
Increíblemente, comenzó a berrear la célebre canción de Nino Bravo, mientras parodiaba los gestos de un demente director de orquesta. 
A estas alturas, Bruno Cifuentes se encontraba más que arrepentido de haberlo recogido. Al final, las malditas gafas podían costarle muy caras.
Y cuando ya comenzaba a desesperar, divisó una estación de servicio a lo lejos, resaltando su oscuro perfil contra el azul lechoso del cielo.
Rápidamente, comenzó a elaborar un plan de sorpresivo abandono para conseguir librarse de aquella especie de psicópata ambulante. Por suerte para él, Tom pareció dispuesto a colaborar. Nada más divisar la gasolinera, comenzó a hacer gestos ostensibles exigiéndole a Bruno que parase porque se estaba meando encima.
El abogado Cifuentes aguardó a que el trotamundos entrara en los servicios. Con las prisas, se le caló el todoterreno, con lo cual perdió unos segundos preciosos. Al escuchar el rugido del motor, Tom salió de estampida tratando de abrocharse los pantalones.
Bruno lo vio a través del retrovisor, corriendo y gesticulando, mientras le lanzaba un nutrido rosario de improperios, algunos de muy grueso calibre. Finalmente, viendo la inutilidad de su empeño, Tom se detuvo y colocó las manos simulando unos anteojos mientras gritaba hasta enronquecer.
—¡Mis gafas, hijo de puta, devuélveme mis gafas!
En un primer momento, Bruno no entendió lo que decía. Cuando al fin captó la esencia del mensaje, el vagabundo y la gasolinera quedaban ya muy atrás. De cualquier forma, tampoco le hubiera hecho el menor caso: seguía necesitando las Ray-Ban, al menos hasta que llegara a Toledo.
A la mañana siguiente, ausentes su esposa y los niños, desayunaba plácidamente en la soledad de su chalet de la sierra. Mientras ojeaba la prensa del día, una noticia en la sección de “Sucesos” atrajo toda su atención. Bruno Cifuentes la leyó con el aliento contenido.
“Autoestopista atropellado, ingresa grave en el hospital”
La descripción de la víctima no dejaba lugar a dudas sobre su identidad.
El suceso había ocurrido sobre las nueve de la noche anterior, a unos 30 km. de la gasolinera dónde lo había dejado alrededor de las dos.
“—¡Mis gafas, hijo de puta, devuélveme mis gafas! —“
El rostro iracundo, el gesto rabioso, las manos ahuecadas alrededor de los ojos…Bruno Cifuentes se estremeció recordando la violenta escena.
 Sin pérdida de tiempo, contactó con el centro hospitalario. Se presentó como un familiar lejano.
Tom permanecía en la UCI con un grave traumatismo cráneo-encefálico. Se hallaba en un estado de semiinconsciencia, del que despertaba para gritar de cuando en cuando.
—¿Qué es lo que grita? —quiso saber Bruno, aunque ya se lo temía.
—Bueno, es extraño…—la doctora titubeó brevemente—repite siempre la misma frase: “Mis gafas, ladrón, devuélveme mis gafas…” Seguramente las perdió en el accidente…
—Sí, eso debe ser. —se apresuró a declarar Bruno, antes de colgar.
Las gafas… ¿dónde demonios había puesto las dichosas gafas?…Ah, sí… sobre la mesita de noche. Mañana, sin falta, iría a llevárselas.
Esa noche salió a cenar con unos amigos y regresó ya bien entrada la madrugada. Escuchó los mensajes del contestador. Había cuatro. Los tres primeros eran de la familia.
El cuarto era de Tom.
Su voz colérica se oía alta y clara.
—¡Mis gafas, cabrón de mierda, devuélveme mis gafas! Las necesito. Ahora. Si no me las traes, iré yo mismo a buscarlas.
El vagabundo había hablado con rapidez telegráfica, como si dispusiera de poco tiempo, y había terminado de forma abrupta, como si alguien, o algo, hubiera interrumpido la comunicación.
Volvió a escucharlo.
Curiosamente, no se percibía ningún ruido de fondo.
Miró la hora. El mensaje había sido enviado a las 12.45, hacía una media hora escasa. No había quedado grabado ningún número.
Sufrió un violento sobresalto. El tipo debía haberse largado del hospital, aunque… en su estado…no lograba entender cómo…
Definitivamente, allí había algo raro, algo que se le escapaba. Llamó de nuevo al hospital y les explicó el caso.
—¿Y dice usted que es familiar suyo? —Bruno percibió un cierto matiz de extrañeza en la voz de la mujer, y se apresuró a confirmar el imaginario parentesco.
—¿Y no le han avisado, señor? —el tono denotaba ya una franca incredulidad.
—¿Avisado de qué? —Bruno sintió que su corazón daba un vuelco—¿Qué ha pasado?... Es que me acaba de llamar hace una hora, y me preguntaba...
—¿Hace una hora?... Eso es imposible, señor. Debe tratarse de un error. Su pariente falleció hoy, poco después del mediodía. Lo recuerdo perfectamente porque murió profiriendo alaridos acerca de unas gafas que le habían robado o algo así…
La chica continuó informándole de que el cuerpo se encontraba en el tanatorio, y quiso saber si él iba a hacerse cargo del entierro.
Pero, Bruno ya no la escuchaba. Todos los sonidos del mundo se apagaron. Sólo quedó una voz:
“—Mis gafas, hijo de puta, devuélveme mis gafas…Si no me las traes, iré a buscarlas…Abogado…Abogado… ¿Estás ahí, abogado…?”
Y justo en ese preciso instante, comenzó a sonar el timbre de la puerta del chalet. Quienquiera que fuese, a esas horas, parecía encontrarse en un estado de furiosa impaciencia…

     FIN

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Felicidades a los dos mistriosos participantes!! Dos enormes relatos de nuestros titanes, viejos lobos de mar. Que lastima que el duelo 4 "La historia de las palabras" lo gano Joan Miguel Arias porque le dio flojera escribir el relato de la semifinal y quedo incompleto este duelo 11. Ni modo, asi hay gente. Esto ha pasado antes en la primera ronda, es la primera vez que sucede en la semifinal y espero que no se repita.
    B. El primero es un excelente ejercicio de descripción que aprueba con sobresaliente: cada detalle, persona, rincón... es una cámara contando, pero el fondo es tan natural que no me evade de la vida, por lo que la ficción falla. El segundo abusa del lector, pero tiene una trama clara que se va encaminando. Los dos relatos no inventan, pero son excelentes de leer a pesar del exceso de palabras. Escojo el segundo por contener más trama y objetivo, lo que se busca en un relato a pesar que el primero es superior técnicamente hablando.
    B
    Dos buenos relatos. El relato A, siendo muy descriptivo y extenso en detalles, bajo mi humilde opinión, necesitaría corte en los párrafos, resulta denso en sus explicaciones, a pesar de su excelente narrativa. El relato B su lectura es más amena, mejor construido, crea expectación, y aunque su final se deja ver, consigue un buen cierre. Felicidades a los dos autores. Un saludo.
    B
    Dos buenos relatos de dos escritores con oficio. El A tiene unas excelentes descripciones y un lenguaje cuidado, retrata a la perfección todo lo que rodea a la cafetería y los personajes que van apareciendo y rompe la placidez de la escena con ese último suceso dramático, quizás como única pega se le puede poner que se hace denso en algún momento y no se adivina un objetivo claro a lo largo del relato hasta el último párrafo, no obstante un gran trabajo. El B maneja bien la intriga y despierta el interés del lector de forma que se lee con agilidad, los diálogos son originales y bien construidos con el acierto de la actitud arrogante del pasajero lo que hace que el lector se interese en el personaje, el giro de la gasolinera y el atropello dan una perspectiva nueva a la trama, sí es cierto que a partir de ahí el final se ve venir. Dos grandes trabajos, había que elegir uno y me quedo con el B por la construcción de la trama y el manejo de la tensión narrativa. Felicidades a ambos autores.
    B
    A. Al segundo le falla el diálogo, poco creíble y extenso, además de que no aporta un distinto final del previsible.
    Es muy difícil decidirse por uno. El primero tiene algo de cinematográfico. Parece una cámara que va captando el ambiente del Café Estepona. El segundo seduce con la intriga que despierta desde el principio el vagabundo. Votaría los dos. Me quedo con el primero por haber captado tantos personajes tan bien caracterizados en tan pocas líneas.
    A
  • Vota por el relato que más te guste. Todos pueden votar.

    Todos pueden votar.

    Vota por el relato que más te guste, todos pueden votar.

    Todos pueden votar en este torneo. Escribe la letra del relato que más te guste.

    Vota por el relato que más te guste. Escribe la letra en los comentarios.

    todos pueden votar en este torneo de escritores. Escribe la letra del relato que más te guste.

    Todos pueden votar en este torneo de escritores. Escribe la letra del relato que más te guste.

    relato A por Javier Guerra, relato B por Sacha Marisco. Ganador relato A.

    Escribe la letra A o la letra B para votar por el relato que te guste.

    Vamos, participa. Yo sé que quieres... Hasts ahora contamos con la presencia de Ana María Madrigal, Javier Guerra, Antonio Perez, rayo de luna, Lucio Voreno, Paco Castelao, purple, y otros 10. Unos nuevos, otros veteranos.

Bienvenidos al Segundo Torneo de Escritores de tusrelatos.com Puedes participar comentando y votando. El ganador de cada duelo lo eliges tú.

Tienda

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
10.03.20
13.08.19
Encuesta
Rellena nuestra encuesta