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16 min
duelo 2: "Mnemotecnia"
Varios |
05.02.17
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Sinopsis

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duelo 2: “Mnemotecnia”


relato A

Los primeros rayos de sol empezaron a calentar la cara de un hombre que se encontraba tumbado en el banco de un pequeño parque. Su cuerpo estaba completamente inerte, no mostrando apenas ningún síntoma de vida, salvo un ligero movimiento de su pecho. Cuando el sol comenzó a calentarle la cabeza, el cuerpo empezó a moverse poco a poco, como la actuación de un mal mimo, hasta que con mucho esfuerzo abrió los ojos.
En un primer momento, no sabía dónde se encontraba ni qué demonios había pasado. Sentía dolor en todo su cuerpo, aunque donde sentía más dolor era en la cabeza y en el brazo izquierdo. En un acto reflejo se tocó la frente, sintiendo una textura viscosa que no podía ser otra cosa más que sangre, la cual le recorría parte de la cara. Al mirarse el resto del cuerpo, se quedó perplejo al comprobar que estaba en peores condiciones de las que podía imaginar. Le faltaban los zapatos, su pantalón vaquero estaba completamente roto y la mitad de la camisa que le quedaba, estaba tan manchada que era imposible averiguar su color original.
El dolor agudo del brazo le sacó de su perplejidad, y tan rápido como permitió su consciencia, intento ver el motivo de ese sufrimiento. La parte de la camisa que aun envolvía su antebrazo, era de un color marrón oscuro, del color que tiene la sangre al secarse. Se lo fue destapando lentamente, dando pequeños tirones en las partes en las que la tela se había pegado en la piel. Cada tirón que daba a la tela le proporcionaba un terrible dolor que se acumulaba a su ya dolorido cuerpo, hasta que finalmente consiguió destapar por completo su antebrazo. En un principio, no entendió muy bien lo que estaba viendo. Aun se encontraba desorientado, y lo que estaba mirando no era una ayuda precisamente. Fijó más la vista y con claridad pudo ver escrito en su antebrazo: CAPO
- ¡Pero que mierda es esto!
Para él no tenía ningún sentido esa palabra, y lo que tenía menos sentido aun, es que estuviera escrito en su piel con algo cortante, de ahí el dolor tan insoportable que sentía. Mientras se tocaba la sangre seca, intentaba recordar lo ocurrido sin éxito.
- ¡Piensa joder!
Su mente analizaba todos los datos que tenía: Le faltaban los zapatos, su ropa estaba destrozada y mal oliente, no recordaba lo sucedido, y lo más importante, tenía una brecha en la cabeza y tenía escrito en su piel la palabra CAPO. Tal y como fue encajando las piezas, sus facciones fueron cambiando de la perplejidad al terror. Estaba llegando a una conclusión que le asustaba mucho…
- ¡Mierda, me he peleado con el mismísimo Capo de la Mafia!
Su nivel de nerviosismo aumento considerablemente, dando pasos sin dirección mientras venía a su mente todo lo que había visto y leído de la mafia en películas, libros y periódicos. Aunque no recordaba cómo había podido pasar, estaba seguro de que tenía que ser eso. Seguramente le habrían golpeado tan fuerte la cabeza que había perdido la memoria. Las piernas le temblaban y el sudor se mezclaba con la sangre que aun goteaba de su frente.
Se encontraba completamente bloqueado por el dolor, el cansancio y el miedo. Si su deducción era correcta, estaba en serio peligro, ya que la mafia nunca dejaba cabos sueltos (o al menos eso había leído), así que lo primero que tenía que hacer era encontrar ayuda. Empezó a alejarse del parque, y no muy lejos de allí, vio un coche patrulla con un agente de pie en la puerta del vehículo mientras sujetaba algo en su mano.
Sin dudarlo, fue corriendo como pudo hasta donde se encontraba el agente de policía, que sin soltar la radio le miraba extrañado. Cuando logro llegar hasta él, necesitó unos segundos para recuperar el aliento. Sin darle tiempo al agente para que preguntara, le dijo:
-¡Necesito que me ayuden! ¡Mire lo que me han hecho. Me han drogado y pegado, y estoy seguro que quieren matarme!- Le decía nervioso mientras le temblaba la voz.- Lo último que recuerdo es estar en un bar y….
Justo en ese momento, le vino de golpe a la memoria casi todo lo que había ocurrido la noche anterior. Como habían bebido más de la cuenta con varios de sus amigos y como, tras coger el coche, habían tenido un accidente (haciéndose la brecha de la cabeza), y como había acabado cayendo al rio, logrando llegar después al parque donde se despertó.
El agente, que no había cambiado su postura en ningún momento, le continuaba mirando con incredulidad, y le dijo:
- Disculpe una pregunta. ¿Usted no será el Sr. Ernesto Fuentes, propietario de un vehículo que está cortando la circulación del puente desde anoche, verdad?
La mente del hombre  volvió a sus recuerdos. Vio como su madre le enseñaba a recordar las cosas con reglas mnemotécnicas cuando era pequeño, y acto seguido recordó lo que significaba la palabra CAPO escrita en su brazo con un cristal después del accidente: “Coche Aparcado Puente Ordoñez”
Tras asentir avergonzado, el agente lo esposó y se lo llevó arrestado. Para Ernesto, el día no había hecho más que comenzar.

relato B

Han pasado los años, toda una vida con sus alegrías y sinsabores. Ahora soy una anciana que contempla el paso del tiempo desde la distancia. Atrás quedaron los lustros de una brillante carrera como Magistrada en el Tribunal Supremo. Conseguí hacerme respetar y lo más importante, que respetasen mis ideas. Siempre me destaqué por defender pensamientos avanzados para la época en que vivía y no me arrepiento. Cuando la opinión mayoritaria defendía la aplicación de la Pena de Muerte como elemento ejemplarizante y, por qué no decirlo, como una suerte de venganza, que no justicia, de la sociedad hacia individuos más o menos indeseables, yo sostuve siempre la postura contraria. Hacerlo siendo mujer y en aquellos tiempos era todavía más difícil. Al final la evolución natural de las sociedades terminó por darme la razón.
Hoy habría cumplido los cuarenta. La vida es cruel en ocasiones y nos quita lo que más queremos. El paso de los años ha levantado un velo nebuloso en torno a mi memoria. Los recuerdos se me escapan, me cuesta retener los hechos y las imágenes del pasado. Pero hay dos cosas que jamás olvidaré. Me he encargado de que así sea. Al menos de que así sea hasta el momento de cumplir al fin mi cometido. Después ya nada importará.
Recurro a métodos para fortalecer la memoria, recursos mnemotécnicos que en la Asociación nos enseñan para no olvidar, al menos para no olvidar demasiado. Ya no me queda nadie de los que compartieron su vida conmigo años atrás. Unos se fueron cuando tocaba, otros antes de tiempo.
Hoy hubiera cumplido los cuarenta.
Un rostro alargado, la nariz algo torcida, cejas pobladas de espeso pelo, una cicatriz en la barbilla sobresaliendo por debajo de la barba recortada. No olvidar, no debo olvidar, no puedo olvidar, no quiero olvidar. Mnemotecnia.
¿Me habría dado tal vez algún nieto? Ello ayudaría a mitigar mi soledad, la soledad de mis últimos días en este mundo. ¡Me hubiera gustado tanto verlos corretear bajo un sol de primavera! Hoy cumpliría cuarenta años y a buen seguro que su sonrisa, su imborrable sonrisa, seguiría brillando como entonces. Porque nada podía robarle nunca la sonrisa de los labios, nada salvo aquello, nada salvo lo que fatalmente terminó por ocurrir. Tan sólo la muerte es irreversible.
Las manos huesudas, el porte atlético, delgado aunque de contornos fibrados, alto, muy alto. No olvidar, no debo olvidar, no puedo olvidar, no quiero olvidar. Mnemotecnia.
Hoy es el día. He esperado mucho, casi toda una vida. Nunca había hecho esto antes, pero siempre hay una primera vez para todo. O para casi todo. No dudo, no quiero dejar ningún resquicio a la duda. Antaño lo hubiera hecho ante la titánica labor que me espera, pero hoy ya no tengo nada que perder.
He salido de casa con las últimas luces de la tarde. Hace frío y me arrebujo bajo el abrigo. Llevo calzado plano y ropa cómoda, no deseo llamar la atención. Aún he de caminar un par de kilómetros, pero tengo tiempo. No saldrá hasta las siete. He ensayado el recorrido más veces. Los contactos que aún conservo en la judicatura me han facilitado información valiosa. Incluso sé que nadie irá a buscarlo. Deberá callejear varios cientos de metros hasta la parada de taxi más cercana.
Por fin llego a mi destino. Allá a lo lejos se recortan las cuatro torres sobre un muro impenetrable. La edificación ofrece una vista desoladora, triste como el lugar que es, triste como los personajes que la habitan. Me aposto en un callejón desde donde tengo una buena perspectiva, en el lugar en que comienzan las primeras casas. Por fuerza habrá de pasar por aquí. Al cabo de unos minutos lo veo aparecer tras la puerta en la distancia, puntual como un Lord inglés. Contemplo de nuevo su figura espigada después de tantos años. Ha envejecido también, el tiempo no hace distinciones.
Comienza a caminar en mi dirección. Tan sólo porta un macuto que parece pesarle como si arrastrase el peso de toda su existencia. Su silueta se define cada vez más nítida bajo la luz mortecina de las farolas que ya han empezado a encenderse. Al fin le contemplo el rostro, su expresión siempre indiferente, desprovista de emociones. Esa cara alargada, de cejas pobladas, la nariz un tanto torcida, una cicatriz asomando bajo la barba ahora desaliñada.
Ha llegado el momento. Reprimo un ligero temblor en la mano. No dudo, no puedo permitirme hacerlo. Tres tiros a bocajarro son suficientes. El hombre me mira tumbado sobre el asfalto, ensangrentado, sin comprender todavía lo que ha sucedido. Dejo que contemple mi rostro y una expresión de terror se le dibuja en la mirada. Por lo visto me ha reconocido, hay cosas que son difíciles de olvidar.
Escucho sirenas en dirección a la Prisión, aquella que mi víctima acaba de abandonar después de cumplir su condena, a buen seguro habrán escuchado los disparos. Pero en mi memoria, en lo que queda de ella, tan sólo hay un pensamiento para Ana, mi pobre niña a la que aquel desalmado asesinó en un portal de una decena de cuchilladas con tan sólo veinte años. ¡Si no eres mía no serás para nadie! el hijo de puta nunca aceptó que lo dejara. Mi niña pagó con su vida semejante osadía. Hoy hubiera cumplido los cuarenta.
Me siento sobre la acera mientras contemplo como la muerte se acerca. Pronto llegará la policía, les contaré toda la verdad. La Sociedad debe hacer justicia, siempre debe ser así. Lo contrario nos convertiría en animales, en seres incivilizados en pleno siglo XXI. Nunca he renegado de esa convicción y jamás hasta mi último aliento renegaré de ella.
Pero yo hoy no he venido buscando justicia, sino venganza.

relato C

Lento el pasar de los días cuando ansías.
Impacientemente observas el reloj, como si el tiempo se fuera a apiadar de ti.
Bien estás cuando no lo miras.
Entusiasma tu postura.
Ríete de la desesperación absurda.
Tu temor todo lo controla y crees tener una vida.
Aduéñate de la palabra albedrío.
Diviértete cuando caminas descalza entre pétalos y espinas.
Hace veintitrés días un hombre intrigante, elegantemente vestido y de finas maneras estuvo frente a mi oficina durante la jornada más ajetreada de la empresa ¡Vaya, que día! Por momentos, cualquier asiento era para mí un lugar ansiosamente anhelado, pero inalcanzable. Estaba exhausta. Sumado a eso se rumoraba entre pasillos que la policía había recibido advertencias importantes sobre la famosa persona que asesinaba mujeres en la localidad. Es natural que lo que menos me preocupaba era aquel hombre distinguidamente sentado, sin embargo, me inquietaba su presencia, las paredes de vidrio aunque dan a la empresa un toque moderno, restan privacidad, me desconcentraban y eran propicias para murmullos y sandeces. Al finalizar el día, cuelgo por fin, la última llamada de la lista de clientes con los que debía acordar las ventas de las propiedades más caras de la ciudad, tengo un reconocido nombre por la riqueza que he ganado con el negocio de bienes raíces.
Al abandonar mi precioso sillón de cuero blanco y alcanzar mi cartera para retirarme, comenzó a aproximarse aquel sujeto que sacaba de su gabán de terciopelo negro una pequeña hoja, se inclinó extendiendo un brazo para entregármela; cuando me dispongo a recibirla, dibujó una mirada satírica, inmediatamente pensé que el asunto sería peculiar.
El sujeto sin decir palabra dio un largo y divertido salto hacia atrás mientras me miraba, movió abiertamente sus largos brazos para dar vueltas, parecía que danzaba con su extenso abrigo para salir de la oficina. Ya estando sola y sorprendida por ese acto disparatado, abro la hoja doblada en el medio, y allí estaba éste acróstico, ocho líneas y una palabra que las dirigía: libertad. Sentí gusto por lo escrito, pero cuando noté en una esquina la pequeña y nítida firma ¡Chity! se despertó un viejo e insoportable malestar, comenzó de nuevo esa aceleración cardiaca que me empalidece, congela mis labios y me impide respirar ¡Chity…! Aparente cándido nombre que consolidó la angustia de mi juventud.
De manera instantánea mi mente hizo un viaje al pasado, se detuvo en ese lugar de paredes blancas, reducido espacio, impecable y ordenado, su silencio me torturaba y  jorobaba. Estaba cautiva. Un gran reloj colgado en la pared frente a mi angosta y rígida cama me indicaba permanentemente las once en punto, las agujas no se movían, pero insólitamente las escuchaba, creo que lograba saber la hora real. Por supuesto, no se lo decía al Dr. Harris, él era el único que cuando me visitaba hacía que me perdiera en el tiempo.
Recuerdo que nuestros encuentros eran ocasionales y breves, después, se volvieron continuos y prolongados, vivía aterrorizada. Siempre teníamos un diálogo demencial:
-Hola Chity, mi jovencita favorita ¿cómo amaneciste hoy?
- Ese no es mi nombre. Mi nombre es Sophia.
- A mí me gusta llamarte Chity, ya deberías retenerlo en tu cabecita. Hoy vamos a jugar un rato.
-¿Lo mismo de siempre?
- Sí claro, hasta que lo memorices.
-¿Para qué?
-Para que seas libre.
En ese momento era una pequeña ingenua de trece años frente a un hombre envejecido y arrogante. Me perturbaba, lo hacía mediante un manojo de barajas, barajas perversas que originaban una dinámica caprichosa. Las etiquetadas buenas, tenían dibujos geométricos de colores fluorescentes; otras, catalogadas malas tenían ilustraciones de pelvis, bustos, labios color rojo y cuerpos femeninos pintados con deseosas maneras, éstas eran las menos angustiantes, muchas más eran las inesperadas trampas. Situaba concienzudamente en mi brazo izquierdo unas pinzas de metal frío que conectaba a una máquina pequeña de botones estremecedores, cuando la encendía, decía, empezó el juego.
-Vamos Chity, llevamos meses en esto, observa todas las cartas, extrae once malas, luego doce buenas y al final escoge una, cualquiera, la que más te guste. Ese día no recibí ninguna descarga eléctrica, fue la última vez que vi al Dr. Harris, finalmente no caí en las trampas. Todavía rememoro sus palabras, aseguraba que los antiguos griegos y romanos utilizaban diversas técnicas para memorizar asuntos sustanciales, las más comunes eran las vinculadas a los acrósticos, las imágenes y los números, pero que si se le colocaba una sensación satisfactoria o agobiante, el aprendizaje sería permanente. No sé cuánto tiempo estuve ahí, pero me entretenía revivir la despedida de mis padres en la oficina del doctor, me prometieron que me buscaban cuando cambiara mi forma de pensar desviada, mis preferencias e inclinaciones torcidas. Jamás volví a ese lugar.
Pese a eso, mírate hoy Sophia, con arrugas en las manos y estás cautiva de nuevo, parece que tan sólo cambiaron las paredes y los uniformes de quienes te conducen. Si tan sólo hubieses sospechado de ese hombre que te observaba, él sabía tu secreto. Ahora estás rodeada de grises, sucias y frías estructuras de concreto y barrotes ¿Qué culpa tenían esas mujeres? Ni siquiera sabes por qué las asesinabas, parece que sus últimos lamentos eran tus únicos momentos de libertad. Es curioso, pero cuando cierro los ojos me siento otra persona, recuerdo aquel juego, aquellas descriptivas y provocadoras once cartas, once posibles descargas eléctricas, y un reloj que, a pesar de mis intentos mentales por hacerlo avanzar, me hacía presa de la misma hora. Eliminé a diez mujeres, y justo en mi decidida última oportunidad, luego de salir de la oficina ese atareado día, haya llegado la policía a arrestarme diciendo que mediante una llamada anónima avisaron que Sophia Bracho, la famosa vendedora de bienes raíces era la persona que buscaban, y que, estaría con una posible victima en un cuarto de hotel de la conocida pequeña avenida, registrada con el seudónimo Chity.
Se salvó aquella pobre mujer... ¡Aunque! ¡Vaya! pensándolo bien me queda una oportunidad, unos segundos más de libertad...

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