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18 min
DUELO 23: Inocencia perdida
Varios |
18.03.16
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Sinopsis

¿Disfrutaste las vacaciones (del torneo)? Ahora a leer, votar y comentar con energías renovadas. Dos duelos para terminar la segunda ronda. La votación de este duelo cierra el 20/03 a las 21:00

relato A

 

Sinopsis: No deja de brotar. No deja de brotar. No deja de brotar. No deja de brotar. No deja de brotar. No deja de brotar…

 

El resonar de las ruedas en el pasillo me despierta. Sigo aquí. Siguen los llantos a mí alrededor. Sigue la partida entre la muerte y nosotros.

Levántate. Es la hora de la verdad. Has estudiado 6 años por esto. Es tu gran día, lo harás bien.

Avanzo por la sala de cirugía. Veo al jefe de cirugía Miguel Expósito.

Sírvete el café, concéntrate. Es tu primera cirugía es el día de la verdad.

-          Bueno novato- Mierda, se ha levantado. Su olor a tabaco barato me inunda con una arcada.- Hoy es tu gran día verdad, hoy dejarás de ser virgen en esto ,¿eh?

-          Con todos mis respetos, Don Miguel, no es la primera cirugía en la que participo, la estudié bien anoche en la guardia y no tengo ninguna duda de que saldrá bien.

Se enciende un cigarro. Expulsa su contenido en mi cogote.

-          ¿Has hecho ya un pacto con la parca chico?

-          ¿Cómo?

-          No todos los que pierden la virginidad pierden la inocencia, algunos el hecho de perderla les hace dejarlo, otros se hacen adictos a ella- Su voz es casi tan repugnante como su aliento en mi espalda- Y otros, como creo que es tu caso, no levantan cabeza nunca, incluso alguno la pierde.

-          ¿ De qué cojones me estás hablando?- Mantén la compostura idiota.

-          Hijo,¿ alguna vez te ha visitado la muerte?- Se sirve un Whisky, empapa su asqueroso bigote en él. Me está crispando los pelos, no dejes entender que asusta, es un enfermo. Continúa con tu café, en media hora tienes que estar lavándote.- La muerte cuando te visita, te descentra, te besa como el pecado en el cuello, te nubla, hace que pierdas la concentración, te controla, y hazme caso chico, La Muerte ha sellado este papel, que vosotros llamáis informe de quirófano.

Salgo cagando hostias y cierro la puerta, puto loco de mierda, su risa resuena en el hospital sobre los gritos de angustia, incluso conforme voy caminando al final del pasillo su carcajada se hace cada vez más y más intensa. Me falta el aire. Un cigarrillo. Eso estará bien.

Saco el paquete de “Brain dogs” del bolsillo, me lo echo a la boca, Victoria me lo enciende. ¿Qué coño hace aquí?

-          ¿Qué pasa doctor? Me creías todavía en la cama ¿eh? Hoy pierdes la virginidad, espero que lo hagas tan bien como en otros “tratamientos”- Me agarra el paquete, mantente serio, no sospecha nada de lo de Cristina. Y estas mierdas no te pueden afectar ahora. Me besa.- Voy para dentro. Me prepararé para tu gran día.

Humo, piensa en tu mente solo hay humo.

Ambulancias, sufrimiento, muerte, folleteo, gritos, lloros. En la carrera no te dan una guía para esta mierda.

Llega una ambulancia, me pregunto a dónde va, aunque la cremallera cerrada de la bolsa me saca de dudas. No somos nadie ni podemos hacer nada. La niñata de quince años morirá en 20 si sigue metiéndose todo lo que se mete, yo moriré de cáncer de pulmón si sigo fumando todo lo que fumo, o porque me corten los huevos por ponerle los cuernos a mi novia, este oficio es cada vez agónico y estúpido. Cuanto me la suda ahora mismo, pero no la mirada agachada de Cristina. No sus besos, no sus caricias. Joder, nunca saldré del fondo… No, hoy sí.

Tira es la hora.

Día 14 de febrero. 08:30. Martes.

Hospital clínico de Granada.

Sección: Cirugía general.

Doctor: Manuel Ripoll Jiménez.

Asistentes: Victoria María Hernández López.

                     Víctor Sánchez Espeso

                    Guillermo Espinosa Salgado

Enfermera instrumentista: Cristina Valdeolmillos Rodriguez

                                               

Asistentes de enfermería: Marta Jiménez Campos

                                             Francisco Peregrina Muñoz

         

Anestesista: Martín Ruiz Gómez

Paciente- Marta Jiménez Excusado

Edad: 15    Sexo: Femenino  Grupo Sanguíneo: 0 (-)

Historia clínica: Paciente con cuadros de tos agudos con residuos sanguíneos. Dolores abdominales graves. Grado linham 3. No fumadora.

Observación y diagnóstico: En la auscultación de la paciente no se ha observado patología pulmonar. En el tac y la resonancia ha quedado reflejado un daño en su intestino delgado y parte del colon. Intoxicación por cocaína, alcohol y alimentos cocinados con productos cannábicos. Cirugía urgente.

 

Me lavo a conciencia, una infección abdominal la puede quitar de en medio. Están todos esperándome. El cirujano al igual que el torero, es el centro del espectáculo, y como al torero, la muerte le mira directamente a los ojos. No puedo ni salivar.

Empujo con la espalda la puerta. Guantes. El instrumental está completo. Bienvenidos a mi circo.

-          Caballeros, comencemos. Empezaré por una incisión horizontal paralela al diafragma dos palmos por encima del punto umbilical. Pasaremos al reconocimiento de las zonas afectadas y a su extirpación, seguido de una ligadura de sus extremos.- Miro a Cristina. No sé por qué su mirada me produce dolor.- Como saben esta cirugía es la primera que realizo como cirujano principal. Esperemos que todo salga bien.- Bajo la mirada, no quiero encontrarme con los ojos de Victoria.- ¿Martín estamos listos?

-          Ya está dormida.

Practico la incisión, la sangre brota. Hemostasia. El tacto de Cristina al darme el instrumental me desconcentra. Me hago hueco en el peritoneo. El ruido en el quirófano es insoportable. Las enfermeras no dejan de hablar de gilipolleces.

-Silencio por favor.

Continúan, oigo los gritos de angustia de la gente fuera de estas puertas. Siento un soplo frío en mi cuello. No veo muy claro, serán las gafas. Oigo una risa en los pasillos, en el quirófano. En mi cabeza. Céntrate.

Pinzo las secciones infectadas. Noto el frío en mis manos. Se mueven casi por un resorte. ¿Dónde estoy? ¿Quién opera? He retirado las primeras tres secciones. Falta una. Solo una, pegada a la aorta abdominal.

“Eres solo mío” “Tuyo es mi destino y tu cuerpo”

Miro alrededor, a Cristina, a Victoria, se extrañan. ¿Qué es esta voz en mis oídos? Me tiembla el pulso. Se va la fuerza en mis manos, el bisturí se resbala. La sangre brota. La risa continúa, me satura. Las miradas de Cristina y Victoria me atraviesan. Hay alguien más en la sala. Hay alguien que maneja mí bisturí. La sangre no deja de brotar. No deja de brotar. No deja de br…

 

 

relato B

 

 

Maite vivía en la ciudad, aunque su vocación siempre tuvo que ver con los animales del campo. A ella le daba igual el tipo de paisaje que apareciera en su retina, o los diferentes usos que el hombre le había dado al medio a lo largo de la historia. Del campo lo único que le interesaba eran los seres vivos que lo pueblan, y como no vivía en el campo, convirtió la casa de sus padres en un zoológico, algo ilógico por las dimensiones de la vivienda. De movimientos algo torpes, le hubiera gustado estudiar veterinaria, pero su cabeza no daba para tanto y se tuvo que conformar con un curso de formación profesional que le sirvió, durante un tiempo, para trabajar en una clínica veterinaria donde la explotaban.
Tenía una pata que se llamaba Josefa, a la que metía de vez en cuando en la bañera para que se hiciera a la idea de lo que es un lago. Canela, su perra, era la que marcaba el tiempo que ella y la pata debían permanecer juntas, porque los celos la traicionaban, y no les permitía que estuviesen demasiado rato encerradas en el cuarto de baño. De vez en cuando, Maite aprovechaba la ocasión y dejaba entrar en el cuarto de baño a Dionisio, una tortuga macho que, con aquel ambiente húmedo, se paseaba alrededor del váter y el bidé, y trataba de escalar por los azulejos, siempre con resultado negativo. En su coraza, Dionisio lucía un pequeño cascabel para tenerlo localizado y, al mismo tiempo, como señal de alarma porque cuando sonaba demasiado era porque Canela se estaba pasando y andaba mordisqueando a la pobre tortuga. Maite acudía presta y le daba una buena reprimenda a la perra que, con el rabo entre las patas y la cabeza gacha, parecía reconocer su error. Pasado un tiempo se le olvidaba y vuelta a empezar.
En una jaula que se encontraba en la habitación de la muchacha, vivía un periquito que pasaba por ser el rey de la casa. De vivos colores y más atrevido que nadie, tenía la puerta de la jaula siempre abierta, para que entrase y saliese cuando le diera la gana. Se llamaba Luis y, a excepción de las horas nocturnas, que se las pasaba en su palo hecho un ovillo, el resto del día no paraba de ir de un lado a otro, charla que te charla. Tan solo se callaba cuando se posaba en el hombro de Maite, en el del padre o la madre de ella, porque con la hermana o con la tía no compartía demasiada amistad. Con una porque paraba poco en casa y le resultaba extraña, y  con la otra porque le interesaba más ver la televisión que estar pendiente de las gracias de Luis, aunque Maite se desternillaba de risa cada vez que el pájaro se acercaba por el sillón de la tía. Aquello era un reto. Se miraban a los ojos, el pájaro daba un saltito de aproximación y la señora acercaba su mano al abanico. Un movimiento de cabeza aviar y la mano sobre el abanico. Se hacía el silencio, cada cual mantenía sus posiciones. A partir de ahí, cualquier cosa podía pasar, y lo que pasaba, por lo general, es que la señora nunca acertaba con el intento de sacudirle, y el pájaro terminaba por hacerle un vuelo rasante cerca de la cabeza que la sacaba de quicio. Con la muchacha, Luis se portaba  de otra manera. Era más dicharachero, le daba picotazos suaves en la oreja y en la comisura de los labios, y obedecía sus mandamientos sin rechistar. Durante un tiempo, Luis se tuvo que acostumbrar a la presencia de Mini en la casa, un gato callejero que llegó a manos de Maite desde la asociación de defensa de los animales, con la cual colaboraba. El pobre gato había cogido una infección intestinal y requería de unos cuidados muy especiales, que en la asociación no podían dispensarle porque la actividad era incesante.
Maite se presentó un día en su casa con el gato en una caja junto a una botella de suero que se le estaba suministrando. Ella llegó confiada porque en todo el tiempo que había estado junto al minino, este había estado sedado, y apenas se movía del colocón que tenía. Pero en el trayecto desde la clínica hasta el piso de Maite, el gato se había espabilado y cuando lo colocó en el suelo para cerrar la puerta, el animal se lanzó en alocada carrera, sin importarle el artilugio que llevaba adosado a su cuello, ni la botella de suero. El primero en dar la voz de alarma fue Luis que, cuando vio al felino, empezó a revolotear por todo el piso como si hubiese visto al mismísimo demonio. Los gritos de Luis alertaron a Canela que comenzó a ladrar sin ton ni son, pero por si acaso era necesaria su presencia. Dionisio, en vista de los acontecimientos, abandonó sus minutos de sol en la terraza y dirigió el hocico hacia su búnker privado para casos excepcionales. El asunto presentaba mal aspecto, y se abría paso entre las macetas con las uñas, hasta conseguir meter la coraza. Lo demás era ya cuestión de tiempo. Josefa encontró la puerta del aseo entreabierta y no lo dudó; de un salto, se metió dentro de la bañera, que aunque no tenía agua, siempre había posibilidad de que la tuviese y, además, ella se encontraba más segura allí. La tía de Maite tenía la tele encendida y el volumen adecuado a su oído, así que de momento estaba ausente. La madre había salido de compras, y el padre, que se estaba afeitando, tuvo que abandonar la tarea y, con la toalla liada al cuello, se asomó al pasillo para ver cuál era la causa de tan singular alboroto. Mini, después de recorrerse gran parte de la casa arrastrando la botella, con Canela a la retaguardia y Luis cerca del lomo, terminó por encontrar un hueco debajo del mueble bar, donde no le llegaba la furia de la perra y el terreno era demasiado peligroso como para que el periquito se atreviese a meter baza. Los acontecimientos discurrían a tal velocidad, que a la muchacha apenas le dio tiempo de salir de la misma baldosa. Todo el rato parecía una directora de una loca orquesta, con los brazos en alto y dando órdenes a las que nadie obedecía. La paz llegó con la colaboración del padre de la muchacha, que se llevó a la perra a la terraza y luego tuvo que buscar en la caja de herramientas para ponerse unos gruesos guantes, meter las manos debajo del mueble y extraer al minino que se encontraba en estado de excitación, al borde del infarto.
Maite solía ir al campo con un grupo de amigos que aprovechaban los efluvios primaverales para entregarse al juego amoroso. Ella distraía su mente con el vuelo de una mariposa que se posaba en una flor, justo al lado de un abejorro que cimbreaba sus alas y alargaba la trompa para libar el néctar, y que al rato salía marcado de amarillo en busca de otra  flor que libar. Ahora eran las peripecias de un trepador azul las que enajenaban a Maite: aparecía y desaparecía en el tronco de la encina, dejándose ver pero guardando las distancias. El recuerdo de Luis se le hacía imprescindible. ¡Cuánto disfrutaría su periquito entre tanta rama! Pero ella sabía que eso no era posible. Las aves tienen sus propios instintos y hay que saber hasta dónde se les puede permitir moverse. Las voces de sus amigos le sacaron de su mundo y le animaron a que acuda a la barbacoa, para compartir con ellos esas chuletas que olían que alimentaban. Maite se fijó, durante el almuerzo, en aquel chico que siempre le había gustado, pero mantenerle la mirada o contestar a sus preguntas le resultaba tan difícil, que tenía que desviar la vista y fijarse en el vuelo de la cigüeña o el trinar del pinzón. Cuando vio la actitud de sus amigos, pensó en que por qué no podía ella comportarse igual y dejarse acariciar por alguien. Estaba cansada de ver películas en la tele: a veces no podía contenerse y tenía que levantarse del sofá con un estado de inquietud que no acertaba a comprender... Pero es que en vivo y en directo, ¿qué tenía que hacer ella para que aquel chico se le acercara? No se atrevía a hablar con nadie de este tema, y la vez que Canela quedó preñada por un descuido, lo pasó tan mal que de nada le sirvió el gozo de ver los cuatro cachorros que tuvo. Menos mal que todavía Josefa no había llegado a la casa, y que pudo colocar a las crías antes de que cumpliesen un año. Pero la escena aquella de los dos perros enganchados por la parte trasera, tirando uno para cada lado como si estuvieran pegados con Super Glue, le resultó tan extraña que casi no reconocía ni a su propia perra. Por un instante, le pareció como si se hubiese transformado en un ser deforme de dos cabezas de vértices opuestos. Los documentales de la TV2 eran una cosa, y el directo otra. Así que no tenía nada claro cómo funcionaba eso del himeneo.
Cada vez que salía fuera de la ciudad, llegaba con tal carga de felicidad en sus poros, que luego se pasaba varios días repartiendo besos a diestro y siniestro, su pequeño zoológico recibía mejores atenciones y su trabajo en la asociación de defensa de los animales se volvía más meticuloso. Sus padres se alegraban de ese estado de Maite, pero en el fondo se preguntaban ¿qué ocurriría el día que ellos faltasen? Conseguir un trabajo digno era difícil, encontrar un alma gemela con quien compartir su vida, más todavía, y, además, no tenía la suficiente destreza como para vivir sola, aunque fuese en medio de aquella jauría que tanto le gustaba. Ya no era una niña, su hermana no parecía estar predispuesta a ayudar mucho, y en la tía ni se pensaba, por razones evidentes.
Maite entraba y salía de la casa y era muy bien mirada por todos los vecinos, porque su rostro reflejaba esa bondad que falta en la mayoría de las caras que nos cruzamos en la calle. Tenía siempre una sonrisa dispuesta, y un brillo en los pómulos que parecía recién salida de un salón de maquillaje.
Y fueron, precisamente, esos reflejos vitales los que vinieron a dar un giro inesperado en su vida cotidiana. A la clínica donde colaboraba fue un día un personaje relacionado con el mundo de la televisión para que atendiesen a su mascota, un simpático chucho que enseguida se prendó de Maite. Aquello fue motivo para que, pasado un tiempo, la muchacha terminara apareciendo en los hogares andaluces hablando de su forma de relacionarse con los animales. Ella no tenía buena dicción, pero transmitía tanta humanidad, tanta dulzura, que en unos meses, Josefa, Luis, Canela, Dionisio, y hasta el propio Mini, se convirtieron en rutilantes estrellas de la televisión. La gente aparecía en el plató con sus animales de compañía. Las cuotas de pantalla fueron creciendo, y Maite pudo trasladarse de la ciudad a una casa de los alrededores, donde se hicieron realidad sus sueños, y sus entrañables amigos dispusieron del espacio suficiente para no molestarse los unos a los otros. Incluso aumentó la familia, y su padre, que era un manitas, le construyó una jaula preciosa, de grandes dimensiones, donde pudo criar numerosas especies de aves.
La tía de Maite murió, la hermana terminó por desaparecer de su vida, y sus padres estuvieron junto a ella todo lo que les aguantó el cuerpo. Pero cuando llegó el temido momento de la soledad de Maite, esta había madurado lo suficiente, sin dejar de ser una niña en el cuerpo de una mujer, como para no temerle al destino ni necesitar a nadie a su vera. Tenía gente más o menos cercana que la querían; también solvencia económica para sacar adelante sus necesidades domésticas y, sobre todo, había conseguido, luego de muchos años, vivir rodeada de lo que más amaba en el mundo: su particular granja, sus animales que, desde el día en que nació, le acompañaron, y a los que supo cuidar, trasmitirles cariño, llorarles y no dejarlos nunca abandonados a la suerte. El día de su muerte, conservaba en el rostro el brillo de los pómulos, y esa brizna de felicidad con la que exhaló su último aliento.
 

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