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15 min
duelo 7: "El silencio es el grito más fuerte"
Varios |
26.02.17
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Sinopsis

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~~relato A

Mako, mi hermano mayor, era el más poderoso, el más fuerte, el más rápido y el más inteligente de todos los ninjas del Clan.
Por eso, yo quería ser como él...
Por eso, también, lo mataron.
Nadie supo quién asesinó a Mako. Recuerdo que había sido enviado a liquidar a uno de los hombres fuertes del Shogun, un alto funcionario que distraía su espíritu en prostíbulos de mala muerte en donde geishas de rostros blancos le cumplen a los hombres sus fantasías ancestrales. No tuvo problemas, Mako, para encontrar al hombre encorvado sobre una chica de doce años sobre la que se agitaba con frenesí, y mucho menos le fue difícil atravesar a ambos con su katana en un solo movimiento sigiloso e implacable.
Fue un asesinato perfecto, sin un sólo gemido que delatara su presencia ante los samuráis que vigilaban la puerta, atragantándose con sake. Luego, tan sigiloso como una serpiente, desapareció en las sombras de la noche sin dejar rastro.
No obstante, nunca regresó a casa.
El Jonin del Clan, nuestro gran líder, dijo que mi hermano había sido encontrado a las afueras de la ciudad por un nukenin, un ninja renegado al servicio del Shogun enemigo. A la luz argentina de la luna, ambos hombres sacaron sus katanas y se batieron en duelo despiadado y feroz. Mako era un genio con el sable y si eso fallaba era diestro en el uso de los kunais, pero su rival no era menos ágil.
Al final, el nukenin ganó. El cuerpo de Mako fue despedazado e incinerado en aquella aldea y se puso recompensa sobre todos los miembros del Clan.
Nunca olvidaré que el Jonin, luego de dar la dolorosa noticia a mis padres, se acercó a mí y puso su mano en mi hombro.
-Tu hermano, Mako, ha caído –me dijo-. Ahora, Ryu, tu deber como hermano es convertirte en un guerrero mejor que él y vengarlo.
-¡Eso haré! –dije, sin poder dominar la emoción que me embargaba, y desde ese momento me prometí a mí mismo convertirme en un shinobi perfecto.
Diez años han pasado.
Mi entrenamiento riguroso ha terminado y he probado mi valía como guerrero en diecisiete muertes impecables.
Lo he logrado: Soy un ninja tan poderoso como lo fue mi hermano y ahora el Jonin me ha dado la misión que tanto anhelaba: ¡Matar al nukenin que asesinó a Mako!
-Nuestros espías dicen que se reunirá con otro ninja renegado esta noche –me dijo, aquella tarde, el Jonin-. Esa será nuestra oportunidad.
-¿Dónde? –pregunté.
-En el cruce de caminos del bosque de Harume.
-Conozco el sitio –replico yo, lacónico.
El Jonin nota mi turbación y me envuelve en una mirada indescifrable.
-¡No tengas misericordia! –dice.
Yo asiento. No es necesario que diga tal cosa. ¡La misericordia jamás ha sido un estorbo para mi katana!

***
El cuadro es perfecto:
El cruce de caminos de Harume. La oscuridad de la noche bajo una lluvia torrencial. El bosque agitado por el viento... ¡Y dos sombras, vestidas de negro, cruzando sus espadas con ferocidad implacable!
Una de esas sombras soy yo. La otra, el nukenin que mató a Mako.
El sonido de una katana chocando contra la otra produce un gemido metálico y ensordecedor. Es un guerrero poderoso, lo admito, y su dominio del sable es demoníaco, pero no parece tratar de atacarme.
-Idiota –me dice-,  ¿por qué diablos me atacas?
-He venido por tu cabeza –le respondo.
-¿Eres un imbécil? –replicó el nukenin-. Soy un inflitrado. ¿Quién crees que le ha dado información al Clan acerca del Shogun?
-Mientes como un perro –le grito-. ¡El Jonin me ha ordenado matarte!
Los ojos del nukenin, lo único visible de su rostro, se abren con sorpresa.
-Miserable viejo –ruge el nukenin-. Así que, al fin, mandó a matarme... Ya me lo esperaba.
-No pretendas confundirme con palabrerías –le replico.
-No, espera...
No lo dejo hablar más. Lanzo un tajo con mi katana que se estrella sobre la hoja de su espada. Sin darle un respiro, cambio mi posición y lanzo un nuevo ataque, pero el malnacido es rápido y bloquea todos mis movimientos ofensivos.
La batalla se prolonga.
Las espadas se cruzan, danzando, cortando la lluvia, jugando a pararse una a la otra, hasta que finalmente una hoja de acero acaricia el pecho de un guerrero. El nukenin gime, trata de mantener el equilibro, pero es inútil luchar contra la muerte y cae al suelo, haciendo saltar el fango a su alrededor.
-Malnacido –le digo, quitándome la máscara-. ¡Esto es por Mako!
Mi victoria es completa. El hombre se retuerce de dolor en el suelo, pero  algo en sus ojos agónicos me dice que quiere decir algo con sus últimas fuerzas. La daré esa única muestra de piedad. Me inclino un poco y levanto su máscara. Frente a mis ojos aparece un rostro familiar que no he visto en diez años: Mako.
-¿Hermano? –gimo-. Hermano, no... ¡No!
Él solo sonríe.
De pronto, lo entiendo todo. El Jonin se sintió amenazado por la popularidad de Mako y lo mandó a una misión lejos, una misión de infiltración en la cual se le debe decir a los familiares que el ninja ha muerto para que no hagan preguntas. Fue una gran solución por diez años. No obstante, la misión de Mako estaba por terminar y el Jonin no iba a permitir que regresara al Clan como un héroe.
Por eso mandó a su mejor asesino a matarlo: ¡Por eso me mandó mí!
La sonrisa de Mako se borra por la muerte. Nunca más tendré la oportunidad de escuchar lo que iba a decir.
Aprieto los puños con fuerza . ¿Qué haré? ¿quedarme ante el cadáver de mi hermano y gritar como un loco? ¿Levantar mi espada y atravesarme a mí mismo, como lo hacen esos irracionales samuráis? Eso no es digno de un ninja.
No, yo regresaré al Clan, diré al Jonin que maté al nukenin sin ver su rostro, le serviré por un par de años más, lo alabaré y le obedeceré sin titubeos...
Luego le mataré sigilosamente, como lo hace una serpiente, ¡como lo hace un ninja!, y ese será mi grito de desahogo, ese será mi alarido de liberación, porque el silencio, para un guerrero de las sombras, siempre es el grito más fuerte.


relato B
Calev nunca se hubiera imaginado verse así, uno más en ese rebaño humano, avanzar arrastrando pesadamente sus pies por el embarrado suelo. Los famélicos hombres ya no tienen fuerzas. El hambre comienza a hacer mella. El frío arrecia, pero no es posible el abrigo. No al menos durante las duras jornadas de trabajo a las que se ven sometidos. Su esposa marchó ya hace unos días, con sus dos hijas. Las trasladaron y no ha vuelto a tener noticias de ellas. Eso es lo que más le duele, por encima de las penurias que pasan, pero intenta no pensar en ello.
• Buenos días, Calev. Te veo algo más animado hoy.
• Sean, Amir. Gracias, amigo. No nos queda otra que poner buena cara al mal tiempo...
• Todo acabará pronto. Ten confianza. Volverás a ver a tu familia.
• Dios te oiga— apostilla Calev, separándose del grupo hasta llegar a su lugar habitual de trabajo.
A Amir lo ha conocido allí, en esa endiablada prisión, y se han hecho buenos amigos. Las necesidades suelen hacer que esto ocurra. Esa amistad perdurará cuando estén fuera, porque piensa constantemente en la fuga, porque sabe que su familia no retornará jamás y él está obligado a acudir en su busca, a reunirse con ellos. Pero no es solo esa amistad la que también precisa para su plan. Necesita de la ayuda de los otros, muchos, para cavar el túnel y pasar bajo las alambradas antes de que amanezca hasta alcanzar el bosque. En el fondo del dormitorio, un jergón oculta convenientemente los removidos tablones que dan entrada al agujero. Hace quince días que no para de llover y el suelo está reblandecido, por lo que cree posible que la angosta galería pueda estar terminada en el transcurso de dos o tres días más, a lo sumo.
Pero ahora no llueve. Coge la herrumbrosa hacha y mira de reojo a sus vigilantes, a sus fusiles prestos a ser disparados al menor síntoma de rebeldía, de huida. Quisiera estar en su lugar, aunque él se crea incapaz de matar a una mosca. Y después dirige su vista al cercano bosque, donde se apilan los troncos que varios como él deben seccionar para alimentar las chimeneas. Amir acerca la carretilla, presta a cargar los leños que darán calor solo a unos pocos, entre los que no estarán ellos.
• Esta leña tardará en arder, Amir.
• Que se jodan.
• Pero esto nos es muy conveniente.
• No te entiendo, Calev. Jamás disfrutaremos de su agradable calor.
• No lo digo por el uso al que se destinan. Más bien, por la lluvia, que nos lo está facilitando— hace una pausa y mira de nuevo al vigilante. Los está observando fijamente. No conviene seguir hablando. Conoce la ira que descargan cuando los hombres se entretienen.

El día transcurrirá como todos los que llevan encerrados y amanece uno nuevo, con un tramo de túnel más. Calev se va sintiendo cada vez mejor. No comió nada en el día anterior. Ni tenía hambre por la emoción ni le apetecía comer aquella asquerosidad que llamaban comida. Muchos de los que pasaban la noche escarbando la reblandecida tierra trabajaban duramente por el día en la terminación de un nuevo recinto de ducha y aseo comunitarios mejores que los provisionales de las aisladas y lejanas casetas a las que tienen que ir a hacer sus necesidades, pero aún así se veían con fuerzas renovadas para trabajar en la excavación al caer la noche.
Al tercer día, por la tarde, se reúne a dos decenas de presos y se les comunica que van a estrenar ya las nuevas instalaciones, antes de la cena. Son órdenes gubernamentales, para salvaguardar la higiene y evitar propagación de enfermedades. Y lo necesitaban, en verdad. Todo un detalle de humanidad, piensa Calev. El sol está poniéndose en el horizonte y las nubes grises se tornan rojizas. Si la lluvia no continua los trabajos se retrasarán y el túnel corre el riesgo de ser descubierto antes de tiempo.
El complejo terminado es lo suficientemente grande para albergar a todos, pero la puerta de acceso es minúscula y deben pasar de uno en uno. Una vez dentro, espera inútilmente, junto al resto, a que le den a la llave que haga brotar la preciada agua, quizá tengan suerte y hasta salga templada. Sería mucho pedir que fuese caliente, dadas las escasas condiciones de habitabilidad de la prisión. Todos se impacientan, no sale agua.
Finalmente comienzan a brotar hilillos de humo de un ligero tono verdoso que Calev deduce será desinfectante. Unos pocos se desmayan, y en cuestión de segundos el resto termina por caer, incluyendo al propio Calev. El silencio se apodera del recinto. Los soldados, solo porque deben guardar las apariencias, ahora tienen que proceder a la desagradable tarea de retirada de los cuerpos, dejar vacía la sala para el grupo siguiente que desconoce, al igual que estos desgraciados, que su muerte en Auschwitz está muy cerca, pero que este hecho será, para la posteridad, el grito más fuerte que pueda salir del silencio que ahí reina.


relato C


Apagaba la televisión de la sala de estar. La casa gozaba del silencio después de muchas horas saturadas. Se dirigía a su pequeña habitación, esa que daba al patio. Se molestaba en tener que encender la radio, la que pasaba solo clásicos, es que un ruido superponía a otro. Era mejor así, Gabriel vivía en esas casas donde la privacidad se pagaba muy caro. Era preferible escuchar un solo de guitarra de "The Seeker” de los The Who" que el insoportable ladrido de los perros de los vecinos, los gatos buscaban discordia y la noche era una batalla de maullidos y ladridos. Gabriel sólo buscaba dormir, tener algo de paz, ese momento en el cual uno puede apagarse como ser humano y ceder ante el descanso.
El insomnio era un acérrimo acompañante, Gabriel pensaba como nunca, como siempre, añoraba el silencio, se aferraba a los pequeños instantes de desasosiego diarios, el primer sorbo de café, la seña para que el bus se detenga, la respetuosa solemnidad del metro, la espera en el dentista, el trago de cerveza fría con los amigos, el dolor del llanto de su madre. Esos momentos en que su cabeza se detenía y donde no pensaba, adonde había por fin y de una vez por todas “silencio”. Durante la noche los sonidos se extinguían en un inexplicable sinsentido, o Gabriel caía rendido, sin más remedio.
Las noticias se relataban en los auriculares de Gabriel eran las novedades necesarias para hallarse en su mundo, de camino al trabajo en el metro, aunque nada decían de los perros, los sonidos y su falta de paz.
Su obstinada preocupación por la presencia de ruidos colmaba su pensar, era algo agobiante para él, sus compañeros de trabajo y amigos lo advertían. El  trabajo era eso, y transcurría saciado de encargos, se repetía el sonido del móvil y los teléfonos, los correos electrónicos silbaban confirmando operaciones, el aire acondicionado y su exclusivo protagonismo.
Una de esas mañanas el sonido del agua golpeaba su cabeza, era viernes y todo le daba a Gabriel la oportunidad de un día relajado, desde el “Día Casual” en la oficina, hasta la cita que esperaba por la noche, la mujer de los días, esa que resguardaba lo necesario, la charla, las palabras, la histeria y las miradas, todo sería comunicar y un interactuar del placentero.
Soñaba despierto, cuando sin poder creerlo vio lo inesperado, los perros habían pasado la raya, habían cruzado el límite de lo que nunca hubiera imaginado,  habían cruzado a su jardín tras la pared baja de ladrillos de atrás.
El andar de los perros era curioso, exploradores de un vasto terreno, añoraban la casa de al lado, aunque disfrutaban del césped de Gabriel y el conocer el nuevo lugar era toda una aventura, todo bajo la odiosa mirada de Gabriel, quien no pudiendo creer lo que sucedía, observaba desde la ducha, todo era una película de terror, aunque en su cabeza, donde la falta de un buen descanso, lo llevaba a los extremos de su intolerancia  y nada podía hacer más que cerrar el grifo y llorar.
La impotencia lo abrazaba y con ella la inacción y las dudas, todo era agobiante, todo era falta de paz y de silencio. Los ladridos sonaban como látigos en la espalda y las marcas golpeaban en la cabeza. Respiró como queriendo tranquilizarse, se vistió lamentando la decisión que había tomado salió al patio.
Con el último aliento, sacó de su nevera un pedazo de carne y hizo lo imposible para que los excitados perros entren en la casa, tomó lo necesario, algo de dinero y un abrigo. Cerró la puerta principal y las ventanas también, los perros se encontraban demasiado encerrados para ladrar, la escena era confusa, Gabriel no sabía bien que estaba haciendo y los perros tampoco.
Llegó hasta el kilómetro 125 de la carretera central, al pueblo de “Nogales”, cuando se quedo sin combustible y sin energías, llego a detener su coche al costado del camino y durmió, durmió varias horas seguidas, durmió como hacía tiempo, sin pensar en nada más que dormir. Mientras tanto los perros, desaforados destrozaron su casa, encerrados y violentos, no perdonaron nada a su paso.
La vecina de Gabriel preocupada por la ausencia de sus perros, cruzó la pared que dividía su casa y la de Gabriel. Gritó y llamó al vecino, hasta que se encontró con la ausencia de respuesta, una de las formas del silencio, y ante la desesperación de la mudez rompió el vidrio de la ventana y sacó los perros a la libertad.
El silencio de Gabriel se transformó en ausencia, su historia se cuenta por los bares y las casas, dicen que su grito fue tan fuerte que hasta Dios lo escuchó y lo llevó a un sitio; En donde finalmente encontró la PAZ.

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