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10 min
Durán (I)
Drama |
07.02.15
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Sinopsis

Durán es un niño que pierde a su familia y se queda perdido en un mundo que le parece un infierno, azotado por la invasión árabe que está por llegar a la península ibérica...

Algarinejo era un pequeño pueblo al sur de la península ibérica. Allí vivía Durán, un joven de 10 años que ayudaba a su padre a trabajar en el campo todas las mañanas. El trabajo realmente era agotador. Todos los días se tenían que levantar al amanecer y recorrer 2 millas hasta llegar al campo que tenían alquilado a Don Diego Caro, señor de toda la comarca de Córdoba. Algarinejo era una aldea de unos 600 habitantes. Todos vivían en casas de madera, unida una tras otra. El pueblo se dividía en cuadras. Tardaban desde su casa hasta el campo más de media hora. El camino era bastante arenoso y costaba al andar por lo que cuando venían cargados con la cosecha, llegaban a tardar horas. Para Durán y Fernando, su padre, era un trabajo bastante duro. La madre, Berta, se dedicaba a cuidar de Fabila, la hija menor de tan solo 3 años y de todas las tareas del hogar. De un mes para otro, llegaban a estar algunos días sin comer, sólo gracias a la caridad de artesanos  del pueblo, pudieron salir adelante. Rodrigo, era uno de los mercaderes más prósperos de Algarinejo, tenía una mujer y dos hijos varones. Era un hombre alto, moreno de piel, con los ojos verdes y  de cabello escaso. Podía permitirse el lujo de poder estar bastante acomodado comparado con la familia de Fernando. Su trabajo consistía en comprar gran cantidad de productos del pueblo o cercanías y venderlos en otros lugares. Él tenía contratado a 4 ayudantes que eran los que le hacían los envíos de un pueblo a otro y le traían el dinero. Cada semana, él regalaba a Fernando y su familia comida y agua en abundancia. Él era un hombre honrado, uno de los motivos del cuál podía destacar sobre los demás.

 

 

Un día, llegaron al pueblo noticias de que los árabes habían llegado a la península y todos entraron en pánico. Don Diego Caro, no permitió que nadie se alterara. Obligó a todos los varones a enviarlo a adiestramiento para luchar contra los árabes ya que le quedarían algunos meses para llegar hasta Algarinejo. Fernando tuvo que dejar a su familia y entonces se quedaron Berta, Fabila y Durán. La situación de la familia fue decayendo hasta el punto que Durán tuvo que ver como su madre se prostituía con mercaderes, nobles, etc para conseguir comida. Durán desde entonces se sentía en el infierno. No le gustaba nada ver la situación de la familia y cómo su madre sufría. Durán se tuvo que hacer cargo la mayoría del tiempo con Fabila, que lloraba mucho. Él muchas veces no la soportaba y la dejaba llorando sin parar horas y horas. Él pensaba que tenía sed, pero no había agua. Si tenía hambre, tampoco había comida hasta que su madre no la trajera a casa. A Berta le pegaban. Llegaba a casa muchas veces con el cuerpo lleno de moratones y sangrando por la nariz. Durán tuvo que ver ese paronama muchas veces en su vida hasta que un día, Berta llegó a casa, llamó a Durán por su nombre. Se arrodilló para ponerse a su altura y le dijo con lágrimas en los ojos: “lo siento cariño, os tengo que dejar por un tiempo, pero no os preocupéis por mí, dentro de unos días volveré” Berta le dio un abrazo a Durán y después, cayó al suelo. Durán auxilió a su madre, la cogió por el cuello y se la puso en su regazo. No respiraba y veía que los labios los tenía morados y la boca, entre abierta, muy seca. O se envenenó o la envenenaron. Un dilema que no sabía Durán. Se había quedado solo, sin ingresos, sin poder comprar comida y teniendo que cuidar a Fabila. Durán, aun pesar de la edad que tenía, sólo tenía una idea en mente. Cogió a su hermana y se largó de su casa. Llegó a casa de Rodrigo, llamó y tiró a su hermana hacia adentro y salió corriendo. Corrió y corrió hasta que llegó a un pequeño monte donde habían dos árboles, parecían naranjos y se sentó a la sombra de ellos. No podía parar de llorar y sentía una gran angustia que comprimía su pecho. Echó un vistazo con los ojos llorosos y cogío dos naranjas que cayeron al suelo y se las comió. Pensaba que el hecho de encontrar las naranjas quería decir que había hecho bien en dejar a su hermana con la familia de Rodrigo ya que era un hombre muy honrado y él creía que la iba a cuidar como su propia hija.

 

 

Durán, estuvo debajo de aquellos árboles alimentándose de naranjas hasta que se acabaron. Después pensó que debía de irse de allí. Andando durante una semana se encontró con un anciano. Telmo se llamaba. Era chapado, canoso y su vejez era palpable con la cantidad de arrugas que tenía. El hombre llevó a Durán a su pequeña casa donde tenía una granja con seis gallinas y tres cerdos. A los cuáles le tenía puesto nombre. El anciano le dio de comer y de beber. Telmo le dijo que él era del más del sur, en la costa, pero al enterarse hace un tiempo del peligro de invasión de los árabes, se fue un poco más al norte. Dijo que desde donde él vivía, se podía ver el continente de donde procedían los árabes y que parecía que estaba muy cerca. Comentó que vivir en la costa era lo mejor. Decía que en su juventud, cogía su barca y se adentraba en el mar a pescar y sacaba unos pesces muy grandes, de los cuáles sacaba un buen pellizco de su dinero.

 

 

Durán se quedó con el anciano durante un par de semanas. El anciano, estaba todo el día contándole historias de su juventud, las cuáles a él le gustaban bastante. El anciano le regaló una gallina y 4 huevos de está. Le explicó como se debía desplumar a una gallina y como hacerla para comérsela. También le indicó el camino que debía de seguir para no ir hacia el sur.

 

 

Caminó durante semanas hasta llegar a una aldea. En la aldea no había nadie. Algunas frutas o verduras que se habrían caído de algúna carreta estaban por los suelos y él las cogió todas y se la guardó en una bolsa de cuero que le dio Telmo. Abrió puerta por puerta y no encontró ningún alma. Todo estaba como si lo hubieran saqueado. Un cosquilleo le entró por la columna y decidió entrar en una casa y quedarse ahí durante unos días. El primer día no salió de debajo de la cama. Al segundo ya si se mostró un poco más valiente y salió. Fue entonces cuando se escucharon ruidos de caballos. Se asustó, cogió todas sus cosas y se metió debajo de la cama. Escuchaba muchos caballos y a personas a hablar. Intentaba escuchar lo que decían pero no conseguía oir muy bien las voces. La bandada se largó a los tres días, de los cuáles, Durán no comió ninguno y del cuál también, se mantuvo todo el tiempo en la misma posición para no hacer ningún ruido. Cuando escuchó que se fueron, salió de debajo de la cama y abrió la puerta de la casa sin hacer ruido. Echó un vistazo y no vio a nadie. Salió de la casa y efectivamente, allí no había nadie. Sólo había marcas de pisadas por todos lados.

 

 

Ahora no sabía para que dirección ir, se le había olvidado lo que el anciano le dijo, tal vez por el miedo o porque no podía concentrarse así que decidió tirar por un camino al azar. Caminó durante unos días hasta que llegó a una granja. Se veía bastante acomodada. Llamó a la puerta y le abrió una mujer, bajita, rubia, guapa y joven. Se quedó callado. Detrás de ella sobresalía un hombre muy alto. Recio, musculoso y con los ojos saltones. Le invitaron a pasar y le dieron algo de comer. Durán, le ofreció todo lo que tenía para que le dejaran quedarse algunos días más y ellos aceptaron. La joven se llamaba Olaya y su marido Jaime. Era una pareja acomodada ya que los padres de cada uno lo eran y aquellas tierras era un legado del padre de Jaime. A Jaime le gustaba blandir la espada y decidió enseñar a Durán a blandirla. Salían al campo y allí, Durán cogió una espada, apenas podía sostenerla. Pesaba bastante para él. Pasaron las semanas y Durán ya aprendió a sostener la espada en sus manos, pero no sabía blandirla muy bien, por lo que le faltaba mucha práctica.

 

 

Un día llegó a la casa un mensajero a caballo que informaba que los árabes estaban al llegar allí. Jaime, le dijo a Durán que se podía quedar con la espada pero que lo sentía pero no podía ir con ellos. La pareja partió y dejaron a Durán en la casa con suficiente comida y bebida para un par de meses o más. Durán decidió que a partir de ahora, se iba a dedicar íntegramente a practicar con la espada.

 

 

A los 4 días de la partida de la pareja, Durán visualizó en el horizonte caballos y soldados que iban a pie. Encontró hacía ya dos días un pequeño escondrijo debajo de la casa donde era prácticamente imposible que lo encontraran. Cogío casi toda la comida y el agua y lo metió en el escondrijo. La espada también la llevó y se escondió. Derribaron la puerta y él escuchó que hablaban pero, no lo entendía, eran árabes. Los árabes ya habían llegado. Estaba muy aterrado. Los árabes lo registraron todo y cogieron todo lo que veían con valor ya los cinco días se marcharon de allí.

 

 

Cuando Durán salió, se encontró con la casa prácticamente destrozada, como la aldea que había visitado previamente.

 

 

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