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20 min
Eddy
Suspense |
09.06.15
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Sinopsis

Extracto de mi futura novela.

Todas las personas tienen secretos, y Eddy no iba a ser menos. Se mortificaba por ello, y eso le hacía preguntarse por la constante ironía e hipocresía de la vida por ocultar algo que todo el mundo posee.

La primera vez que tomó droga fue con una compañera de trabajo. Ésta, poco agraciada y marimacho, repudiada además por su comportamiento, se rió de él por descubrir que a su edad nunca se había drogado. Le preguntó si acaso también era virgen. Eddy prefirió callar. La compañera se compadeció de él y lo obligó a que la acompañara a una de las salas donde guardaban pruebas u otros objetos confiscados. Sacaron una enorme bolsa de cocaína y se sirvieron, mostrando la chica una naturalidad que no le gustó a Eddy. Tras la primera raya se dejó llevar, no pudiendo olvidar nunca la sensación que sintió por ver por primera vez transformarse al mundo gracias a una seguridad casi inhumana. Se sintió de hecho como un sobrehumano, y se preguntó si acaso los sobrehumanos no habían surgido gracias a la evolución de primates que tomaron drogas, lo que permitió ensanchar su cerebro. Esa conclusión excitó a su compañera y terminaron haciéndolo allí mismo. Fue la primera vez para Eddy, pero ninguno de los dos lo sintió así.

Se había metido a policía para poder observar el lado oscuro de las personas tras una barrera que se descubrió ficticia. De niño había leído cómics, o más bien mirado. Sus padres no se preocupaban y el quiosquero menos, tan centrado en llegar a fin de mes que le vendía por igual los cómics de sobrehumanos ficticios como los orientados para adultos. Descubrir el erotismo y lo explícito siendo tan joven le hizo verlo como una utopía o mundo aparte. Aunque viese a menudo que en la ficción se trata al tema adulto de una forma natural, era complicado para alguien que tiene la mente desarrollándose y que no distingue del todo realidad de ficción. Hasta que no fue adulto –bastante adulto– no terminó de dejar de relacionar el sexo con los vampiros o las hadas, la violencia y los asesinatos con criaturas y monstruos, a veces violadores. Tuvo que aprender a matar un sexismo del que creía que a las mujeres les parecía natural ser acosadas. El trabajo de policía le ayudó a centrarse y aprender aunque fuese de forma tardía.

En parte también era policía por temor a sí mismo. En el instituto había acosado a una compañera, y ahora ésta no podía ni verle. No comprendía, y cuando lo hizo deseó cortarse las venas. Jamás tuvo valor para nada salvo para fastidiarla. Quiso probar el ejército, pero aún se creía demasiado lo que contaban las películas y prefirió ser policía, como prueba de que podía superar a la tentación y sobrevivir al lado oscuro de todo ser humano. Le quedaba el consuelo de haberlo logrado con creces.

En esos momentos se situaba en uno de los suburbios con más denuncias y percances de la ciudad. Fue preguntando a la gente, que se había acostumbrado a él y lo ignoraban a pesar de saber que era madero. Eddy agradeció poder obtener información con suma facilidad –en parte por eso seguía en el cuerpo, bien lo imaginaba–, aunque nunca la más importante o precisa, eso siempre lo lograba su jefe o muchos de sus compañeros. Suspiró y escuchó una risilla por lo bajo.

Buscaba por Terry, El Halcón Furtivo. Varios de ellos creían conocerlo, y eso conducía a la historia sobre que hacía poco había estado allí Hipergirl en una pelea. Parecían emocionados al contarlo, brillando sus caras cortadas en lo físico o por las drogas. Eddy se sintió molesto por esa vigilante, y centró lo que pudo las conversaciones.

Por esa zona conocía un par de sitios dignos de ser cerrados. La policía no lo había hecho aún porque por ahora interesaba saber quién iba por allí para ir fichando poco a poco a consumidores y personas de interés. El barrio, aun conocido, no era frecuentado por gente de reputación o influencia, salvo por esa Hipergirl de la que ya estaba cansado de escuchar su nombre por doquier. No sabía ni qué aspecto tenía, pero la imaginó altiva y prepotente, como todos los nuevos vigilantes que comienzan a tener éxito antes de la caída.

Terry pareció tener su época de fama, la cual murió de la noche a la mañana. Se preguntó si acaso eso fue lo que le llevó al escándalo del que estaba acusado. Seguían sin haber pruebas claras que lo implicaran en el suceso de una de sus compañeras de trabajo, una vigilante menor de edad con una mente súper desarrollada, digna en madurez e impertinencia. Esa chiquilla, se disculpó Eddy, iba a tener un futuro negro si no cambiaba su comportamiento y prepotencia natural... se odió por pensar así de los muertos.

Siguió moviéndose por el lugar, tentando en lo inconsciente al recordar viejos tiempos. Con algún que otro compañero se había ido de prostitutas, dejándose llevar mientras añoraba la calma de su casa y una buena película. No es que le gustara estar solo, pero estaba cansado de las bromas de sus compañeros. Si no iba con alguna chica de vez en cuando, lo acusarían de maricón para arriba, incluidos los propios gays que había por la oficina.

Recordó un suceso.

Apartó la vista en lo figurado y siguió interrogando. Logró la pista que esperaba al descubrir que Terry había frecuentado en más de una ocasión uno de los locales de prostitución de la zona. Se acercó allí sin demora, forzándose a tener confianza.

Por el camino recordó una de las historias que leyó en uno de los cómics de su infancia. En ella se contaba como unos niños, todos chicos, se colaban en una casa en apariencia abandonada. Uno a uno iban desapareciendo, quedando sólo una onomatopeya de succión en viñetas en negro. El último de ellos era atrapado en el jardín, golpeado hasta sangrar para terminar muriendo bajo los colmillos del vampiro que allí vivía. Éste, sonriente y estúpido, decía que tenían que haber ido con alguna niñita.

A pesar de los años, la historia no se le había borrado de la mente. Le atrajo esa naturalidad de asesino y depredador con el que impregnó el autor al personaje, incluso a pesar de aparecer sólo al final. La frase se le quedó grabada, sucediendo una suerte de inconsciente que le marcó de por vida como si él fuese la próxima víctima, acaso la niñita que tarde o temprano el vampiro obtendría. Algunas veces jugaba con su prima a que era un vampiro que le quería morder el cuello, perdiendo la gracia conforme se hicieron adolescentes. Lo curioso que entonces sí tuvo ganas de mordérselo, más bien chuparlo.

Llegó al edificio, un piso de tres plantas con un aspecto sucio y agrietado, apreciable incluso en la oscuridad de la noche acompañada de dos farolas llenas de polvo y renuncia. Una prostituta quedaba sentada en las escaleras que ascendían a la doble puerta de madera, de aspecto destartalado, doblada por el tiempo. La mujer fumaba para olvidar los últimos minutos sucedidos, dando vida para matar al momento a una mosca de fuego remarcada en la negrura. Se acercó y con mucha educación pidió ver al encargado del negocio. La mujer lo ignoró hasta que enseñó la placa. Conforme entraba con ella, se arrepintió de su acción arriesgada.

Interrogó a una especie de madame venida a menos, entrada en años pero vestida como las demás. Había gustos para todo; “por desgracia”, ironizó al recordar el motivo de su investigación.

Sonsacó que Terry fue un conocido de allí hasta que de una semana a otra dejó de ir sin despedirse. Se llevaba bien con las chicas, y les pareció un detalle desconsiderado. Preguntó entonces por su estilo a la hora de tratarlas, y descubrió que a veces era un poco rudo, nada raro más allá de esas paredes. Preguntó por las conversaciones que solía tener, y la matrona llamó a un par de chicas, de las favoritas del vigilante. Descubrió entonces que sí solía nombrar a la melliza de los River:

–Solía quejarse mucho de ella –dijo una de rasgos orientales–. Yo le decía que se buscara a otro compañero.

–Lo mismo conmigo –aseguró la otra, que bien podía ser sueca–. Hablaba de muchos temas, y nos trataba muy bien aunque en la cama fuera de esposas y esas cosas... –al decirlo, miró a Eddy de arriba a abajo como si buscara por unas. Se fijó mucho en su entrepierna. El policía la ignoró, sabiendo que quería ganarse el trabajo y no un sentimiento real. Eso le ofendió un poco–. Pero cuando le daba por hablar de la criaja esa, ya no había forma de pararlo.

–¿Creéis que se pudo pasar de la raya con ella? Ya sabéis...

Las tres mujeres se mostraron ofendidas.

–Es sólo una pregunta. Con vuestra reacción me es suficiente.

–Terry es un tío legal –la oriental atacó sin miramientos–. No sé cómo la policía puede estar investigando a un vigilante...

–No sería la primera vez –cortó la jefa–. Con todo –se dirigió a Eddy–, Terry se mostraba de sinceridad fácil. Chocaba su ego con el de su compañera, lo normal –miró con acusación a sus chicas. Las ignoró y regresó al policía–. ¿Ha hablado con Terry?

–Todavía no. Estoy esperando a investigar sobre él antes de abordarlo.

–Ya veo. Dele recuerdos cuando le vea.

–No creo que pueda.

El silencio fue afirmación. El policía se adelantó a preguntar:

–¿Suelen venir vigilantes por aquí?

–Vaya que sí... –la sueca retorció el cuerpo con un baile sensual. Seguía intentando convencer a Eddy.

–¿Muchos?

–No te imaginas... –insistió la sueca.

–Por lo normal viene todo el mundo –adelantó la madame–. Hombres, mujeres, policías, vigilantes, políticos de bajo y alto nivel... ¿qué le vamos a contar, agente? Este sitio es un templo sagrado donde la gente tiene derecho a olvidarse de quién es, al derecho de dejar de jugar tan duro por unas horas al juego de la sociedad.

Eddy se mantuvo escuchando atento, bastante interesado.

–Aquí todo es posible –prosiguió la dama mayor–, incluido brindar delincuentes con policías como si nada más importara. Así debería ser la vida.

–Si alguien comete un delito es cuestionable...

–Usted me entiende.

Eddy calló y quedó pensativo. Se fijó en que las dos prostitutas jóvenes habían arrimado sus cuerpos y lo miraban con falsa inocencia. Se balancearon la una a la otra:

–¿Se anima? –dijo la oriental. No debía de irles bien la noche.

Con suma educación, Eddy se despidió de las mujeres y se marchó.

No tenía que haber ido a ese sitio. Notó áspera la garganta y los calzoncillos se le habían manchado un poco. Le quedaba pasar una noche solitaria frente a alguna película clasificada. Su colección la tenía vista, por lo que podía rebuscar por Internet por alguna que brindara algo nuevo...

El recuerdo fugaz regresó.

Se detuvo en seco y quedó mirando el suelo. La luz de una farola con el cristal roto iluminaba sus restos alrededor. Le recordó a la nieve. Eso le hizo pensar en pillar un poco de cocaína para desconectar y montarse su propia fiesta solitaria en casa... dejó de engañarse, la droga sólo serviría para negar cierta realidad.

Salió del barrio y anduvo sin dirección. Sacó el móvil y miró los contactos. Por supuesto que aún lo tenía.

Adoraba a las mujeres, sumada la admiración por lo idílico que en gran parte de su vida le habían supuesto. Una noche tuvo la casualidad de conocer a una bastante especial. Sólo tardó un minuto en percatarse que era un hombre disfrazado. Discutieron y lo ignoró. Poco a poco hicieron las paces para dejar de llamar la atención en aquel pub. Descubrieron que tenían cosas en común. Aprendió de paso que no se disfrazaban, sino que se vestían. En Eddy fue creciendo una admiración secreta que desveló no ser negativa. Sus defensas mentales fueron cediendo a las palabras de mujer de aquella boca con una barbilla capaz de desprender una barba y, casi sin darse cuenta, acabó en el baño dejando que aquel ser le hiciera una felación. No le disgustó, pero decidió olvidar el tema cuanto antes. Le fue imposible cuando acabaron en su casa.

Con el pulgar tembloroso, se centró en desviar los recuerdos, pero el dedo ya estaba pulsando el botón. Tartamudeó al iniciar la conversación, y eso le pareció encantador a su interlocutor.

Quedaron en un local nocturno de música baja para así poder charlar y ponerse al día. Eddy no se pudo creer que hubieran pasado nueve meses desde la última vez. Susan, el travesti dueño del rincón más apartado de su mente, parecía animado porque pronto tendría dinero para la siguiente operación, la más importante. Se fijó en la cara que puso el policía:

–No parece que te guste que me vaya a cortar la...

Sonrió para animar a su amigo.

–No te preocupes –prosiguió–. Eddy, peque, en realidad te la meten por dentro.

El policía la miró y pestañeó. Ambos comenzaron a reír de forma nerviosa. Eddy no pudo evitar sentir un dolor ausente en la entrepierna. Apretó las nalgas al analizar las palabras.

–¿En qué casos estás ahora?

–En uno del que habrás escuchado, seguro –se detuvo y dudó. Ignoró a la incomodidad en el pecho y habló–. El de la melliza de los River...

–Putos vigilantes.

Lo había dicho en voz baja, pero a Eddy le chocó como si lo hubiese exclamado.

–No sabía que te cayeran mal –dijo el agente–. Es porque también se disfr... –cortó a tiempo al percatarse de lo que iba a decir.

–No seas idiota. Es por un par de malas experiencias.

Eddy quiso dejarlo pasar, pero se le notó incómodo y eso activó a Susan.

–Es porque van por la calle presumiendo y marcando como si fuesen superiores. Quise darle una oportunidad a uno y no le importó romperme el culo. Como hacen el bien y salvan el día, se creen con derechos –la futura mujer alzó el vaso y apuró su bebida. Quedaba más de la mitad–. Me convencí que era cosa de ese tío y probé con otro. Más de lo mismo. Con dos oportunidades es más que suficiente.

–Vaya.

–Pues sí. Cuando eres la escoria de las calles es normal que te restrieguen por el suelo.

–Para eso estamos nosotros.

–Claro que sí, cariño, y os vemos por las noches, pero no donde deberíais estar.

El policía apartó la mirada. Eso hizo reaccionar a Susan. Eddy tardó en comprender que la acusación no iba por él y se apresuró a preguntar:

–¿Conoces entonces nombres de vigilantes?

–Por desgracia para la memoria soy buena.

–¿Te suena El Halcón Furtivo?

Susan no dijo nada, mirando como si viese un paisaje remoto, indefinible. Cogió su vaso y rebuscó por restos, toqueteando un hielo con el dedo.

–Conozco a un par de amigas que se lo han zumbado, sí.

El hombre echó un poco la cabeza hacia atrás.

–¿Estás segura?

–Recuerda en qué he trabajado –dejó el vaso y alzó los dedos para realizar unas comillas–. Lame-esquinas. Empotrada en las esquinas mas bien –rió con buen humor.

–¿Segura que se fue con...? Ya sabes.

–Sí, colega, con Frankensteins como yo.

–No era mi intención, Susan. De verdad.

–No pasa nada, sé que no lo haces a mal. ¿Qué pasa con el vigilante ese?

–Terry es a quien investigo.

–¿Quién?

–El Halcón. ¿Iba con una niña cuando os visitaba?

–En una ocasión sí, pero la despachamos enseguida a que se fuera a dormir. Queda claro que no íbamos a permitir que conociera esas cosas, aunque ya parecía enterarse de que íbamos nosotras...

–Esa es la niña que fue asesinada.

El travesti abrió los ojos hasta el límite. Tartamudeó un momento y se levantó. Fue a la barra a por otra copa. Se quedó allí un buen rato, tratando a Eddy como si no existiese. El policía suspiró y se centró en terminar su bebida.

Cuando ella regresó, estuvieron un rato sin hablar, pensativos. Al final fue Susan la que se animó:

–Si llego a saber que mis amigas se han dejado tocar por un asesino... por Dios.

–No está demostrado que fuera él, así que calma. Por eso lo investigo.

–Yo creo que sí lo hizo.

–¿Por qué piensas eso? –dijo Eddy y adelantó el cuerpo desde el asiento.

–Porque es vigilante, y todos son detestables. Si hubieras vivido en las mismas calles que yo, lo comprenderías. Hay zonas que parecen un carnaval entre putas, travelos y vigilantes que no se quitan el traje ni para cagar. Si añadimos a los yonkis, esos van de zombis. Eso sí que es un Halloween a diario, y no la película esa.

–Por eso luchaste, para salir de ahí.

–¿Y qué me dice que ahora estoy mejor? Comienzo a tener dignidad, pero a veces...

Se calló. Eddy prefirió no agobiarla.

Dejaron pasar los minutos, más relajados gracias a la música, una suave en la que destacaban la batería y el bajo. Creyeron reconocer “Night in White Satin” de The Moody Blues. Las mejores canciones no tienen tiempo.

–Me encanta que me hayas llamado –dijo Susan. Parecía inspirada–. Por mi parte ya no suelo quedar con mucha gente.

–¿No? Eres bastante sociable...

Cortó al percatarse de la sonrisa sardónica de Susan. Sabía que ella en un principio se había prostituido para poder pagarse los pechos. Cansada de la mala vida, decidió ganarse el resto trabajando en algo más honrado (mejor visto). Eddy se alegraba de haberse enrollado con ella cuando ya no ejercía. Más que por lo obvio, por haber querido por una noche a una persona con un objetivo claro en la vida, lo que a él siempre desorientó en la suya.

–Sigues siendo de comerte la cabeza, ¿eh? –dijo Susan para sacarlo de su ensimismamiento–. Qué envidia, cómo me gustaría poder hacerme yo también una auto-felación.

Tardó en llegar, pero ambos rieron con sinceridad. Varios del local, los restos, los observaron por un momento.

–He oído que hay gente que es capaz –dijo Eddy.

–Yo me muero de envidia cuando veo a una contorsionista de esas de circo. Se deben de pasar el día comiéndose el coño como animales.

–A lo mejor fue por esa ansia que lograron ser tan buenas contorsionistas.

Rieron con ganas, al tiempo que el estruendo final y sinfónico de la canción. Se miraron y callaron. En más de un momento así lo habían hecho.

–Oye, Eddy –inició Susan y adelantó el cuerpo. Colocó su mano sobre la de él. Era grande, poco fina–. Hablando de eso, ¿recordamos viejos tiempos? –entonces señaló con la cabeza la puerta del baño.

Una vez allí, Eddy cerró los ojos y se dejó llevar.

Qué idiota había sido, no podía odiar a Susan bajo ningún concepto. Le había dado la noche en que conoció a su oscuridad. Dedujo que como las sombras no tienen forma, estas pueden tomar la que deseen, pero una vez hecho, ya no cambian. Cuando era niño aprendió de fetiches demasiado pronto, y Susan se parecía demasiado al personaje de una de las historias, llena de colores y diálogos profundos que lamentó no entender en su momento. Le faltó una espina por sustraer, y cuando lo consiguió un reguero negro de oscuridad le hizo descubrir el lado que definía su temor por las mujeres. Le gustaba mucho hacerlo con ellas, pero las había idealizado tanto que siempre que las viera le resultarían alienígenas... recordó a Hala River, y eso hizo que terminara antes y sin avisar. A Susan no pareció importarle. Era imposible que no se hiciese de querer.

Como en la otra vez, terminaron en su casa. Por el camino Eddy era acariciado mientras conducía, y por un momento podía hacerse una vaga idea de lo que significaba ser feliz o, al menos, ser querido. Hablaron de tomar antes una última copa, pero fue cruzar el umbral que actuaron sin mente para desnudar a la cama cuanto antes.

Eddy recordó la diferencia entre el sexo y hacer el amor. Contó el momento como su segunda vez. Se sintió imbécil por pensar así, pero se perdonó al comprender que su antigua alma adolescente tenía derecho a recibir tarde lo que le hubiera correspondido en su momento.

Cerca del amanecer seguían en la cama. Eddy miraba hacia la ventana. El edificio al frente se iba pintando de forma gradual, matando el calor al frío en imitación a lo que habían hecho. Sentía el cuerpo dolorido al igual que el interior del pecho. Quería llorar pero se esperaría a que se fuese Susan. Como esperaba, comenzó a pensar en ella y sus pensamientos se fueron transformando como esa misma alba. Acabó recordando una de sus fantasías con la que llegó a tocarse. La tenía encerrada, y era cuando visitaba los lugares oscuros como ese barrio o la piel del travesti que le sobrevenía. En su mente había inventado una continuación a la historia del vampiro, donde una niña visitaba el lugar y era atrapada. El pronto asesino descubría que en realidad era un niño puesto con un vestido, y eso parecía gustarle más. Eddy había eyaculado pensando en eso, y durante noches estuvo martirizándose en silencio, golpeando la almohada en vano con la cabeza y el puño.

Al otro lado de la cama, Susan pudo escuchar “...monstruo...” susurrado, tan distante como la mente que lo pronunciaba. La mujer se incorporó con intención de abrazarlo por la espalda y consolarlo, pero en eso vio su propio reflejo encima de una silla debido al espejo que habían traído al cuarto con intención de juego. Se tocó los pechos y fue bajando por su barriga de la que cualquier día podría olvidarse de depilar.

“Tú qué sabrás...” concluyó.

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