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11 min
I La Hacienda Paraíso / Edípico
Reflexiones |
10.09.21
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Sinopsis

La noche lluviosa alardea lustrando el asfalto. El limpiaparabrisas acelera y apenas controla la visibilidad. Un nuevo destello de luz alumbra los rostros en la 4 x 4. Se espera por la algarabía del trueno que relincha y asusta. Las reflexiones silencian la realidad de la tempestad. El presentimiento de abandono está latente en la mente. El cuerpo se estremece. Es temprano en años para coordinar y manifestar con holgura el pensamiento. Es una desilusión no tener suficiente habilidad para comunicarse a esa edad. La madre presiente la angustia. Lo lleva sentado en el regazo. Él solloza buscando solidaridad y un cambio de propósito. Se requieren al besarse con la mirada y luego se abrazan con fuerza. De soslayo busca el rostro del padre retando su celo. La relación quedó frustrada desde la condición fetal. Le había estropeado los planes de estudios universitarios. Una ingratitud paternal. Empezó a despreciarlo a causa de ello. El resquemor había dimensionado cuando a escondidas rondaba la alcoba matrimonial v creía verlo o imaginaba, que entre sábanas montaba a su madre para maltratarla, haciéndola gemir y gritar. Ahora, la rabia rebelde es invasiva al sentirse perdedor. «Mamá me abandona. Te la llevas. Me quedo sin el amor de mi niñez»

Dormía cuando llegaron. No tiene recuerdos de despedida. Cuando se fueron, aún reposaba los lloros de la tarde anterior. Tampoco tuvo interés en indagar. Ya no importaba. Desde una cortina de nubes blancas, Ella había bajado al balcón de la ventana. Velaba su sueño porque al despertar corrió hacia él. Lo cobijo entre sus brazos. Los labios recorrieron las mejillas y acamparon para cantar al oído “mi niño lindo, te quiero”. Por años no olvidó eso.

Sin importar la edad que grada el tiempo, la búsqueda incesante de  suplentes marcará su existencia. La primera pesadilla angustiosa con sólo siete años concluye por ahora.

***

Que tarde se hacen los años vividos cuando ya no tienen devolución y se hace imprescindible no dejar dormir la memoria. Es que con el paso del tiempo, los recuerdos se vuelven  cada vez más crudos y pesados. Pareciera que quienes se despiden y abandonan, dejaran a las espaldas la carga de aquellos años habitados juntos y que al recordarlos parecen siglos.

Aquellos primeros siete años, fueron cuando mayor tiempo pudo disfrutar los amorosos afectos de su madre, porque más tarde, los espacios se abrieron y lo posible se hizo lejanía. De la memoria extrae el recuerdo de un momento ya muy lejano. La imagen de su querida madre suspendida de movimientos, sobre una calzada de asfalto bordeada de cayenas y arbustos de hojas rojas, que comunicaba la entrada de la casa con el trazo de la calle. Tenía sus manos extendidas invitándolo al  abrazo. Llevaba encima sus primeros treinta y estaba más hermosa que nunca. Su cara redonda se adornaba con esa cabellera negra siempre suelta, que resaltaba sus ojos color de caramelo. Ya esos abrazos empezaban a ser de un amor maternal eterno y secreto. Estaban signados por aquel olor a ciruela que exudaba la piel al contacto con su hijo. Por aquel entonces, recién mudados a un campamento petrolero y con seis años, regresaba del colegio. Calzaba un guardapolvo blanco que cubría su uniforme. Era  su primer día de clases en primer grado, de aquella su Escuela Guaraguao.

Hacía una semana que el ciclo escolar había comenzado, cuando la maestra Carmen Dolores lo presenta en el salón de primer grado de su colega Erika Matute, luego de recibirlo en la Oficina de la Dirección del Plantel. Nunca pudo olvidar aquellas caras sarcásticas o más bien pícaras de quienes serían sus compañeros de clases. A través de los ventanales del aula habían visto cuando su papá lo conducía casi a rastras, halado de una oreja. El sempiterno terror al padre.  Aunque algunos lo confundían con un síndrome edípico.

 

***

Luigi tendría unos seis años cuando sus padres se fueron a la Capital para continuar sus estudios universitarios, interrumpidos a causa de su nacimiento. Lo dejaron en la Hacienda Paraíso a cargo del abuelo. El abuelo Carlo, con la mejor intención, le metió en la cama a Nancy, una joven mulata muy hermosa que ayudaba con los quehaceres de la Casa Grande. Pensaba que, a esa edad, a falta de los afectos de una madre, todo niño tenía necesidad de compensarlos con la cercanía de una mujer para el sostén emocional de sus sentimientos. Y, —se decía— que la falta de una madre, muchas veces, produce ciertos problemas de tristeza, incertidumbre y miedos, que, posteriormente, se activan dando lugar a intentos de escape a una soledad emocional inconsciente.

—Buen día, patrón —saludó Nancy— ¿Usted me mandó a llamar?

—Buenos días, Nancy —le respondió el abuelo Carlo— necesito encargarte a mi nieto.

— ¿Y qué necesita el niño Luigi, patrón?

—Los padres de mi nieto están en la Capital, pero todo niño, a temprana edad, necesita de la educación afectiva y amorosa de una mujer y he pensado en ti. A pesar de que aún eres muy joven, creo que en las noches podrías acompañarlo en sus momentos más inquietantes, que es a la hora de dormir.

—Uhm, jajaja

— ¿Y se puede saber de qué te ríes?

—Es que recordé unas palabras en boca de mamá, “Quien con niño se acuesta, amanece mojado” y disculpe usted, patrón, no era mi intención ofender.

—Tranquila Nancy que mi nieto no tiene esas mañas. Solo tienes que pensar la forma en que se duerma lo más rápido porque sufre de insomnio —dijo el abuelo—

—Será como usted mande, patrón

—Tú harás el papel de su nana y estarás pendiente todo el tiempo de su aseo, comida, juegos y de su buena relación con la peonada y sus familias. Para tus quehaceres personales, tendrás una habitación al lado del cuarto de Luigi.


Pero Nancy con dieciséis años, le gustaba desnudarse toda para dormir y, a su edad, ya al niño lo atacaba el síndrome de fatiga a causa de sus desvelos y vigilias. No tenía una rutina para dormir y regular su ritmo de sueño. Ella, muy inteligente y atrevida, encontró el remedio. Le adosaba la cara a su cuello y le abría la mano para que con los dedos jugueteara con cualquiera de sus pezones. Enseguida, él sin goce alguno, se dormía con placidez, mientras ella procedía a bajarle la mano y se volteaba para tomar su sueño. Con su viveza, una mañana le hizo levantar su mano derecha para que enlazaran ambos sus dedos meñiques, en señal de que sería un secreto bien guardado entre ellos.

Ese "piscolabis nocturno" le duró a Luigi hasta llegar a los once años, cuando el negro Benito, que ya cortejaba a Nancy, la raptó y se la llevó a una de las cabañas de la Hacienda, para que lo acompañara a dormir en su hamaca, algo que el abuelo nunca aprobó porque pensaba que Nancy merecía un hombre de mayor nivel intelectual. 

A pesar de la edad, esas imágenes de formas y olores con aroma de mujer ajena, se le quedarían prendados a Luigi en la piel. Seis años después, Nancy, con marido a quien atender, haría realidad la primera fantasía sexual de Luigi, poco antes de cumplir los catorce años. Sus padres habían regresado, pero él había decidido tener la Hacienda Paraíso, como vivienda principal.

 

***

Un día cualquiera, el abuelo partió para realizar un largo viaje por mar. La madre de Luigi se encargó por cierto tiempo de la Hacienda Paraíso. Nancy que por ahora dormía en la Casa Grande, andaba realenga. Benito su hombre, había decidido acompañar al abuelo en su travesía. Luigi ahora con catorce años, transitaba por la edad en que el pensamiento no le pone freno a las sensaciones. Aparecen las primeras fiebres del delirio y la excitación de una pubertad en declive. Sentía una sensación de calor entre las piernas. La leyenda sobre el castigo de Dios a Onán por el desperdicio del semen lo confundía. Tenía temor y hasta terror de recurrir a la masturbación. Pero sentía curiosidad por lo del acto sexual, el acto generativo con una mujer.

Fue entonces cuando un día temprano en la mañana, su mamá decidió hacer unos trámites legales en la capital del Estado. Solicitó al ama de llaves que la acompañara y dejó libre de salida a las otras empleadas del servicio de la Casa Grande. Al calcular que regresaría ya entrada la noche, encomendó a Nancy hacer la limpieza normal de la casa y con la ayuda de Luigi, realizar la mudanza hacia una habitación, de unos baúles, armarios y objetos en desuso.

Eran aproximadamente las tres y media de la tarde cuando al fin terminaron el traslado. Cansados y sudados se tumbaron sobre una colchoneta con la idea de descansar y dormir un poco. En la penumbra del cuarto y sin ninguna intención, Luigi buscó con la mirada a Nancy. Ella miraba con fijeza hacia el techo. Sostenía en su mano izquierda el pichón de una perdiz. De pronto recogió sus piernas y al doblar las rodillas su faldita bajó hacia la entrepierna, dejando al descubierto aquellos torneados muslos. El calor estival insoportable y el calor corporal de la excitación se juntaron al mirar la semi desnudez de la muchacha. Luigi ilusionó la oportunidad de acostarse por primera vez con una mujer para ahogar sus fantasías eróticas. Inesperadamente, ella se puso de pie para quitarse no solo la blusa sino también la deslucida falda. Se quedó en pañales con un sostén de tela que hacía notar los botones de sus senos y una enagua que por el sudor se plegaba a su esbelto cuerpo. En evidencia dejaba unas bien moldeadas caderas. Ella se acostó de nuevo y con inocente indiferencia dice:

—Quítate esa franela y los pantalones, no sientes que te cocinas con este intenso calor.

—Me quitaré la franela, pero no los pantalones porque no llevo puesto calzón

Ella enmudeció y quedó en silencio con la mirada vuelta al infinito.

Sigilosamente y con atino él levantó su enagua y la tocó.

—El coño de tu madre —y le lanzó un fuerte golpe a la cara— Ay niño Luigi, ¿Usted cómo que quiere dejar de ser niñito?

Siguió acostada sin mirarlo y algo pensativa. Y sucedió que de repente tenían los cuerpos atados con sus brazos. Las manos de Luigi se aferraban al fragor de las carnes de Nancy que hervían. Se aceleraba el ritmo de los cuerpos dentro de ese paroxismo de querer morir de gusto y placer. Un bramido reptiliano irrumpe en la habitación. Al regresar del letargo, Luigi notó que Nancy aún gemía con los ojos cerrados. Su corazón latía apresurado y en una de sus manos yacía la perdiz asfixiada. Luego, ella abrió sus ojos, lo miró y se sonrió.

—Muchachito del carajo, que ni el negro Benito carga un machete panga tan afilado, ni corta maleza con tanta furia.


Pero el abuelo no era tan tonto y sometió a confesión a Nancy. Ella hablo al abuelo de una conducta desvariada de Luigi. Decía, que luego del acto sexual, Luigi lloraba abrazándola y besándola con tal ansia y fuerzas que la inutilizaba. Al abuelo no le quedó dudas de una reaparición del Complejo de Edipo, en su nieto Luigi, ahora en la pre-adolescencia. “Difícilmente en su vida superará ese síndrome —se dijo— siempre en la búsqueda inconsciente de la imagen de la madre, en la figura de una mujer algo mayor”

 

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  • Interesante relato Eleachege. Freud, en su teoría del desarrollo psicosexual, afirma que la madre tiene un rol importante en la formación del hombre . Actualmente, se habla, de que si las manifestaciones del complejo de Edipo, no son resueltas, se complica el desarrollo personal del individuo, capaz de fracasar en su relaciones amorosas. Todo un tema.Saludos fraternales.
  • Sobre la quietud del esperanzador mar, se oyen ahora los murmullos lentos del movimiento de las olas al acercarse a la playa y la memoria se deja abandonar para llegar hasta mí, llena de recuerdos de mi querido abuelo. De aquellos días inolvidables de niñez que junto a él aún llevo arraigados en mi corazón. Me llaman Luigi, nací sumergido en el fondo del mar, donde floreció y evolucionó la vida. Sobreviví gracias a su ecosistema de respiraderos hidrotermales. Un día floté y alguien, quizás un delfín, me tomó de pasajero y luego me lanzó a la vera de un malecón. Una familia me acunó en su seno y vistieron mi desnudez social.

    Han transcurrido diez años para cuando mi regreso al país. Luego de bajar del avión y recoger el equipaje, me dirijo a la ciudad para el reencuentro con familiares y amigos. En el taxi, dentro de periódicos y revistas ilustradas, escojo un diario y mis ojos por casualidad rodaron hacia un obituario que reza: “Hoy se cumple un año más del sensible fallecimiento de…” Leí repetidamente todo su contenido, mientras el corazón aceleraba los latidos al recordarme ese escrito, a un amor que me dejo huellas imborrables en la adolescencia de un ayer.

    Su rostro ha vivido en mí por años. Estaba casada. Vecina de un amigo de infancia. Una noche se me acercó. Me encontraba solo bajo un poste de alumbrado frente a mi casa. Llevaba en brazos una niña, quizás su hija. No recuerdo nada más porque a lo mejor no sucedió nada más. Yo tenía diez años. Estaba obsesionado por escribir acerca de Ella. Rompí muchos esbozos. Las últimas lecturas de Proust, Faulkner, Salter, García Márquez, Aline Pettersson, María Luisa Bombal, Filiberto Hernández y otros, me ayudaron en la narrativa.

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