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11 min
Ejercicio: El Fantasma
Terror |
07.04.15
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Sinopsis

"El Arte de la Ficción" de John Gardner está considerado de los mejores libros sobre escritura creativa. Su lista de ejercicios es útil, y aquí transcribo el primero. Trata sobre describir los personajes de una historia de fantasmas. Todo detalle fue importante para crear el relato. Espero os guste.

La Víctima:

Lucas Stillson, 32 años, clase media, sin trabajo. Inseguro y por lo tanto atento, saca de lugar lo mínimo en sus días más tristes. Delgado, alto, pelo corto, moreno, cráneo marcado, mirada oscura, perilla, las manos siempre en los bolsillos. Con su familia va bien, estable dentro de la media, con poco más aparte de las típicas discusiones por el encuentro de un futuro. Círculo de pocos amigos, estables en su tercer intento tras otros dos grupos donde se dejó llevar por no tener aún clara su personalidad. Sin pareja. Vive en una ciudad de tantas, distanciada de lo que entiende un joven por vida o diversión.

El fantasma:

Matías Alleson. 32 años en vida, muchos más en muerte. No es casualidad su misma edad con Lucas, sobre todo el aspecto idéntico entre ambos. Era de clase media alta, centrado y estudioso. Nunca le faltó trabajo ni cargo. Enarbolaba su carácter, lo que le confirió una diferencia con el futuro rostro de Lucas como son cejas marcadas y pequeñas bolsas bajo los ojos que no tenían prisa por crecer. Con su familia tuvo las clásicas disputas de la época, sobre todo tratándose de una de las más holgadas. Tenía un par de amigos acordes que mantenía por costumbre, apenas pudo conocer alguna vez una amistad verdadera. Tampoco le hizo infeliz, puesto que no conoció tal concepto, era imposible que lo anhelara o echara de menos. La ciudad donde vivió se perdió, pero se apunta a una inglesa, el pasado del país donde vive Lucas.

 

La Historia:

Lo había encontrado. Era idéntico y con ello sus amigos tendrían que forzarse a darle la razón. Miserables, ¿veis cómo os equivocáis, que también sois humanos? Tal arrogancia le duraría poco, puesto que no disfrutaba con ello.
La teoría sobre que todos tenemos un doble en algún lugar del mundo le había fascinado desde siempre. Creía en ello y tenía curiosidad por saber qué se sentía; qué sentirían ambos al encontrarse con un espejo de carne. Cualquier persona habría pasado de buscarse, pero él se sorprendió que nadie cayese en la cuenta de aprovechar las tecnologías de hoy, sobre todo el infinito potencial de la red de redes. La magia se estaba haciendo realidad y nadie lo valoraba.
Se dedicó durante semanas a aprovechar un poco de cada día para gastarlo en la búsqueda, tiempo que fue incrementando. Miró infinidad de perfiles en lugares donde poder pedir rasgos específicos. Una vez cansado de ver posibles hermanos bastardos, se centró en usar un programa que analizaba entre miles de miles fotos coincidencias y rasgos en común. Cansado también de compararse con famosos, probó por rastrear foros para explicar y proponer sobre su cometido. Algunos se rieron; muchos pasaron; otros lo imitaron en el silencio de la red.
Convencido que la última opción sería la menos efectiva, fue que leyó un mensaje de un usuario nuevo, que apenas había escrito salvo el obligado texto de bienvenida. El mensaje explicaba sobre que debía mirar webs donde guardaran fotos de archivo, puesto que en el pasado también vivió gente y no debía orientarse sólo a la actualidad. Comprendió y buscó por los foros de dichas webs.
Un usuario le respondió con su propia foto. Resultó entre inquietante y fascinante, con leve dolor en las sienes. Los dos primeros segundos fueron confusos, y al tercero comenzó la asimilación.
Su él pertenecía a ese mundo del pasado donde todo era de un tono gris. Se miraba frustrado e irritado, obligado quizá a hacerse una foto en ese mismo planeta donde ya nadie vivía en los jóvenes minutos actuales.
Las ropas que portaba entonces –así quiso fantasear– eran más serias que formales, de apariencia siempre planchadas y capaces de salvar más de una situación en caso de venderlas. La clásica cadena surgiendo del bolsillo del pecho y una pajarita donde empezaba el cuello, negra como la expresión de aquel hombre con pinta de olvidado incluso en vida.
La foto de archivo pertenecía a la información escaneada de un árbol genealógico, recuperación posible gracias a la unión de las webs dedicadas a tal magnánima tarea... le pareció verlo.
Acercó la cara como si acaso el gesto le permitiese apreciar mejor el rostro del hombre del pasado. Nada. Otra vez.
Alejó la cabeza y frunció el ceño. Miró de reojo. Se centró y entornó los ojos. La expresión de su homónimo se volvió a delatar: él también observaba.
Apartó la cabeza con más violencia que antes. Acusó a la fatiga de tal tarea de semanas y decidió dejar de navegar por un tiempo. Sin embargo sonrió: ya podía enseñar a sus amigos quién tenía razón.
Pero la foto ya no estaba. Les dijo que echaran un ojo en la página y ya no estaba. Figuraba el recuadro vacío como si fallara el enlace, y pidió al usuario que la volviera a subir. Éste ya no respondió y a nadie del foro le importó el caso. Le quedo al menos que sus amigos se lo tomaran a bien y que sólo surgieran unas pocas bromas. Pero sabía que en el fondo no era tanto que así, y los chistes fueron como cuchillos cortando sus retinas, por donde escapó el orgullo, que no pararía de salir a presión hasta que no lo remediara.
Retomó la búsqueda y tuvo la impresión que era más difícil que antes. Si antes los buscadores devolvían resultados, ahora era lo contrario, con otra impresión de que el número de coincidencias había disminuido. ¿Recordaba mal? ¿Sobrevaloraba la investigación? A nadie, salvo a él, pareció importarle tal asunto.
Fue entonces que tuvo la idea. No sería hacer trampas. La foto era real e imitarla no supondría nada; era alcanzar lo mismo por otro medio que nadie sabría. Buscó por una foto suya de tantas que sirviese y abrió el programa de edición. Retocó y manipuló, re-definió el concepto de ínfimo y detalló hasta el último grado. Con obsesión de días, creó una foto idéntica a la que vio en la red, todavía en su mente como una impronta. Miró su obra y supo que no serviría. Tarde se daba cuenta del trabajo entre estúpido y en vano, no aportando nada si acaso demostraba tener razón; más preocupado por haber memorizado a la perfección la imagen y que la nueva lograra mirar más allá del cristal del monitor al igual que la foto original. Cerró el programa. Buscó por los archivos y los borró. El ambiente se cargó y se sintió incómodo.


Llegó la noche y, ya refugiado en la cama, comenzó a sentir unos primeros síntomas de resfriado. El pecho le pareció cargado de escarcha y la espalda llena de una electricidad negra, una impresión metafórica que le rondó la mente sin motivo. Se volteó y quedó con la espalda hacia arriba, un momento la cara contra la almohada como intento de relajarse en otra de tantas posturas, ya falto de imaginación de tanto probar. De normal no le costaba conciliar el sueño, pero la noche estaba impertinente.
Dio más vueltas, atormentado por el hielo negro invadiendo su cuerpo. Más rayos recorrieron su espalda, llegando a las piernas como calambres sin sensación clara. Regresó a la postura de quedar boca abajo contra la almohada y notó como ésta le apresó la cabeza. Forcejeó creyéndose en una pesadilla, con la cabeza dentro de unas mandíbulas; rota la realidad al saber que no había salido de ella en ningún momento. Su cuerpo se tensó y notó una presión en la nuca. Pareció como si unas manos inexistentes presionaran hacia abajo, forzando su cara contra la almohada para ahogarlo.
Forcejeó hasta sentirse fatigado en apenas un momento, agobiado en los momentos que conseguía levantar la cara para dar bocanadas. Era como nadar en la arena misma de un desierto, abrasado por el propio calor de su cuerpo. Notó dolor en las espinillas, como si pies golpearan con manía, rabiados por motivos injustificados tan propios de la ira. Uno de esos golpes le hizo reaccionar a sobreesforzar su cuerpo y conseguir liberarse.
Salió de la cama y se la quedó observando. Sudaba y respiraba agitado. Las piernas le dolían en puntos específicos como manchas, ardiendo al igual que todo su cuerpo y mente, abarrotada de destellos en las sombras del cuarto.
Se volteó al escuchar lo inaudible y se vio en el reflejo de la ventana cerrada. Un movimiento se delato detrás. Se giró y el gesto le dolió. No había nada, como no podía ser de otro modo.
Salió del cuarto dando zancadas, mirando al suelo como si temiera alzar la vista. En el pasillo se detuvo y analizó su respiración inquieta, propia de un moribundo. Los pitidos agudos en su nariz le estremecieron, era la primera vez que escuchaba algo así surgir de su cuerpo. El asma negro quedó relegado conforme alzó la vista.
Una sombra con volumen, una figura humana lejana que se situaba a pocos metros, recortando el cuadrado de luz azulada nocturna de la puerta del comedor. No tenía ojos pero observaba, oculto en la humedad que dejan las sombras cada noche. Todo un mismo cuerpo, tan real que su vista se nubló. Notó que su tensión cambiaba, mareado y presionado su estómago.
Quiso volver a la habitación, impotente por no haber otro camino, de regresar y ser consciente de la trampa. Tras el primer paso notó la presión en su nuca, justo en el hueso que sobresale al finalizar la espalda, la pequeña corona de los omóplatos. Le pareció como si un pulgar presionase por capricho. Después fue por inquina. Terminó siendo por maldad.
Entró en la habitación dando palmadas en su nuca. No había nada, siguió convenciéndose. No había nada... sintió dolor en la cabeza. Introdujo sus dedos entre el pelo y notó arañazos hinchados entre piel levantada de su cuero cabelludo. Bajó las manos temblorosas y se las miró. Realizó lo que se esperaba.
Gritó. No hubo nada más durante el resto de la noche.


Días después había perdido el contacto con los amigos; con su propia casa; con la realidad. Sus pasos de zombie le movían de la cama al baño y viceversa. Tuvo miedo de contar los días, no fuera que el último atisbo de cordura, en algún resquicio, se percatara de cómo estaba su mente, acorde a su cuerpo famélico y rosado, desnutrido y jorobado.
Entró al baño y cayó en la cuenta que ya lo había hecho apenas minutos antes. Esa reacción mental le permitió descubrir al espejo sobre el lavabo. No mostraba ventana alguna, cubierto de una capa de polvo y suciedad de la que intuyó cierto grosor. No podía ser posible, no... no supo que decirse. No podía ser posible.
Salió con mucha calma en busca de un trapo o siquiera pañuelo. Cada paso era delator de un recuerdo. Regresó con ello en la mano y se dispuso a limpiar. Frotó un deslizamiento y entonces sus ojos se abrieron de par en par, como si acaso intentara desencajarlos.
Golpeó con el puño y una telaraña surgió en el espejo. Un lluvia vertical buscó el lógico rumbo hasta mancillar el lavabo. Cayó un trozo de cristal dentro del lavabo. La grieta desprendida devolvía una imagen de él. Devolvió por siempre una imagen del agresor.

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