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15 min
Ejercicio: Me Acuerdo de
Reales |
24.09.17
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Sinopsis

A partir del libro Me Acuerdo de George Perec, uno puede realizar el siguiente ejercicio, donde comenzamos cada línea con un "Me acuerdo de" para ir recordando detalles de nuestra vida.

Me acuerdo de cuando tenía cuatro años y jugaba con un tren de juguete que se movía y emitía luz. Cuando se acercaba a un obstáculo giraba sobre sí para esquivarlo. Es lo más antiguo que recuerdo.

Me acuerdo de que solía ir a la tienda de Todo a Cien a comprar muñecos, como los robots de plástico duro que se convertían en letras o números.

Me acuerdo de que solía ver todas las películas de monstruos que echaban en la tele o había en el videoclub.

Me acuerdo de poner casi todo los días la película en VHS de Los Gremlins. Un día mi madre dijo con sentido del humor que no iba a poner la cinta, pues la echaban en la tele. La vi, con la emoción añadida de tener anuncios de por medio.

Me acuerdo de la noche que pasé miedo por culpa de una película. Trataba sobre un bebé que nacía con colmillos y que era capaz de matar. Ahora me río.

Me acuerdo de la escena de El Resplandor de cuando Jack mira al fondo y ve a los dos hombres en la habitación, uno disfrazado con complementos de perro. Estaba medio dormido porque era tarde y esa escena me despertó, o casualidad me espabilé justo ahí. De eso ya no me río tanto.

Me acuerdo de que me enfadaba con mis padres porque no eran capaces de distinguir si en la tele echaban en ese momento una película o una serie. Les explicaba que se podía saber por el tipo/calidad de imagen, pero siguen sin enterarse.

Me acuerdo de hacer el tonto en parvulitos con las pinturas de cera, de hacer como que me las comía. Mis compañeros no me entendían.

Me acuerdo de en ese mismo lugar criticar a una compañera por pintar a una ballena de color rosa. Le expliqué muy seriamente y enojado que la ballenas son azules.

Me acuerdo de ir a los recreativos. Había dos en mi pueblo, justo en la misma calle. Solía pasar horas allí.

Me acuerdo de “Jony el Consolas”, un chaval capaz de completar cualquier máquina recreativa con sólo cinco duros.

Me acuerdo del primer videojuego que jugué nunca. Era del ordenador ZX Spectrum, exactamente uno de disparar con una pistola a unos cerdos punki.

Me acuerdo de la primera consola que tuve: la Master System II. Estaba en casa de mi abuela.

Me acuerdo de la casa de mi abuela, del ambiente que tenía para mí. Reinaba cierta armonía que en mi casa no había.

Me acuerdo de mi abuela. Hablaba sola, en valenciano. Tomaba a diario unas pastillas. Solía ver telenovelas y me daba de merendar y cenar. Recuerdo sobre todo el lenguado que preparaba, de uno de los pocos pescados que me gustaba por entonces junto al emperador. Le echaba limón.

Me acuerdo de pasar las tardes solo porque mis padres tenían que trabajar. Me cuidaba mi abuela o a veces mi tía. Sabía que algo no iba bien, pero nunca me contaban nada, solían ignorar mis preguntas.

Me acuerdo de preguntar mucho, y que la única que sabía responder era mi madre. Ella suele leer y ver documentales. Quería y hubiera sido una profesora de historia y geografía excelente, y por entonces no entendía porque no lo era si tanto lo deseaba.

Me acuerdo de la época de mi madre trabajando en casa con la máquina de aparar. Horas y horas cosiendo forros de zapatos. Recuerdo el traqueteo de la máquina cada vez que pulsaba el pedal.

Me acuerdo de trastear una vez la máquina de aparar y cómo me dio corriente.

Me acuerdo de tocar una vez un enchufe y recibir una descarga. Recuerdo hasta el destello azulado que se produjo dentro, a través de los dos agujeros. Le cogí miedo a enchufar ladrones.

Me acuerdo de tiempo antes cómo me caí rodando por unas escaleras. Nunca se lo conté a nadie. Pensarían que estaba jugando a hacerme el mareado.

Me acuerdo despertarme un día y comprobar una erección. Me asusté mucho.

Me acuerdo de un suceso que debió ser el primer sueño que tuve, aunque está tan mezclado que pareció real. Iba por la calle de mi abuela y de repente vi una especie de nave espacial muy brillante ocupando el cielo. Comenzó a dolerme mucho el oído, me pitaba. La nave se marchó.

Me acuerdo de un sueño que tuve con dos muñecas que tenía mi hermana. Una de ellas no me gustaba, y la golpeaba. De repente me miraba y arrugaba el rostro con rabia. Entre las dos muñecas me agarraban y metían la cabeza en una máquina trituradora. La primera pesadilla que recuerdo.

Me acuerdo de un cómic que tenía mi madre: “Cimoc”. Era para adultos, pero más o menos entendía sus historias. Se me quedó en la mente una de una madre sobreprotectora que no dejó a su hijo crecer, convirtiéndose éste en un adulto bebé. La madre era atropellada y nunca volvía a casa. El niño-hombre salía a la calle gateando, asustando a todo el mundo como si fuese el monstruo de Frankenstein. Tras la historia había un cuestionario en plan “¿Quién es el más monstruo de esta historia?”, que si la madre, el bebé adulto o la gente al verlo.

Me acuerdo un día que no fui al colegio. Había venido un circo al pueblo, y aprovechando la excursión que estaba realizando un curso de niños de otro colegio, salí y me infiltré entre ellos. Hubo niños que me señalaban para indicar que no era de su clase, pero la profesora no les hizo caso. Vimos la función de un payaso mago.

Me acuerdo de jugar en el descampado enfrente de casa de mi abuela. Cogí una hormiga y tontee con ella entre los dedos. Se levantó viento y se la llevó. Me comenzó a picar la nariz, y creí que se me había colado ahí dentro. Me hurgué hasta que me hice sangre. Por entonces solía salirme sangre de la nariz, pero aun así me monté la historia sobre que la hormiga buceaba por mis venas en esos momentos.

Me acuerdo de una piscina de plástico que tenían en la terraza unos amigos de mis padres, donde en verano jugábamos los niños de ambas familias. Fue la primera vez que vi a una niña en bañador. Me resulta curioso recordar ese detalle.

Me acuerdo de ir a buscar a mi padre a los bares. Se alegraba y me compraba una Coca Cola. Lo veía jugar al billar o al ajedrez.

Me acuerdo de entrometerme en una partida de billar y colar con la mano una de las bolas, en plan queriendo ayudar a ganar a mi padre. A mi padre le tocó pagar una nueva partida. Me hizo sentir mal.

Me acuerdo de lo diferente que era mi otra abuela. Una vez fui con mi prima a verla, y yo llevaba un muñeco que era un dragón de un plástico súper duro. Mi prima me pidió que me lo escondiera en la espalda para no asustar a la abuela. Me pareció una tontería, del mismo modo a cómo la reverenciaban.

Me acuerdo de cómo esa abuela me contaba que se arrepentía de haberse casado con mi abuelo. A mí me dio rabia porque demostraba no valorar a los hijos que había tenido y a su vez a los nietos. Me dio la impresión que sólo sabía quedarse con lo malo.

Me acuerdo de la cantidad de niños de clase que venían a veces a jugar a casa. Eso enfadaba mucho a mis padres.

Me acuerdo de cómo me robaron un juguete que me gustaba mucho. Me confíe y se lo dejé a jugar a unos niños porque tenía que irme un momento.

Me acuerdo de que prefería jugar con niñas porque eran más calmadas y me parecían más listas. Los niños jugaban mucho al fútbol y a mí no me gustaba, me resultaba violento y me hacía daño.

Me acuerdo de niño las noches en que me dolía el oído. Una noche hasta me salió sangre.

Me acuerdo de encontrar un coche moderno de juguete en mitad de un descampado. Me lo lleve a casa. Tenía luces y abría compartimentos. Al rato vino a casa una madre con su hijo a por el juguete.

Me acuerdo de un pequeño coche rojo que se abría y servía para rebobinar cintas VHS. Creo que me daba el mismo placer verlo encenderse para rebobinar que el hecho de acabar de ver una película.

Me acuerdo de cuando íbamos al Carrefour (por entonces Continente) a pasear y comprar. Solían comprarme una película.

Me acuerdo de la primera vez que vi a una niña desnuda. Fue con mis primas mientras nos quitábamos el pijama para ponernos la ropa.

Me acuerdo de las magdalenas mojadas de leche, de las napolitanas rellenas de crema, de mi madre preparando natillas, donde yo abusaba de la canela. Recuerdo las meriendas de pan con aceite y chocolate de onza, de la textura de las lengüetas y de las fresas bañadas en zumo de naranja con azúcar. También recuerdo el arroz con leche.

Me acuerdo de la primera vez que vi Los Simpson. Estábamos en otra casa, y lo echaron por la TVE 2 (ahora La 2). Era el episodio de la babysitter ladrona. Cuando volvimos a casa mi madre preparó crepes. Era la primera vez que los probaba, y me encantaron. Desde entonces relaciono esta serie con algo muy bueno, y ya no me perdí ningún episodio.

Me acuerdo de la rabia que me daba que la gente se enterase de algo que yo ya sabía desde mucho antes. Por ejemplo el hecho que todo el mundo comenzase a hablar de Los Simpson cuando yo llevaba años viéndolo. Recuerdo que al principio eran criticados y a nadie le gustaba.

Me acuerdo de ese tono “extraño” que emanaba la TVE 2. Desde niño me gustaban sus películas, cortometrajes y dibujos animados para adultos, concepto que me parecía imposible. Sentía una diferencia que hasta que no fui mayor no supe identificar, con lo que al final deduje que era una cadena de televisión que no te trataba de tonto. Algo similar me pasaba con el Canal +, que estaba pirateado en toda la comunidad de vecinos.

Me acuerdo de la noche que mi padre llegó a casa borracho. Me despertó agarrándome del pie. No paraba de reírse y decir tonterías.

Me acuerdo de los fines de semana en Alicante en casa de mis tíos. Tenían más dinero que mis padres, y me impactaba lo que se gastaban en la compra semanal.

Me acuerdo de que en casa de mis tíos la televisión emitía más cadenas, de la cantidad de consolas y juegos que tenía mi primo, o ese armario lleno de juguetes y muñecos. Me preguntaba por qué en mi casa no era así.

Me acuerdo de cuando mi tía me mintió diciendo que la caspa del pelo son huevos de piojo, y que por eso hay bañarse a menudo. Me enfadé con ella porque mi madre solía bañarme y aprendí pronto a ducharme. Comprendí tarde que mi madre no caía bien en la familia de mi padre.

Me acuerdo de las discusiones de mis padres. Una noche regresé tarde a casa aun siendo un niño. Estaba la puerta de casa abierta y aprecié las siluetas de mis padres riñendo.

Me acuerdo de la separación de mis padres. Coincidió en el año de mi Primera Comunión.

Me acuerdo de la primera historia que escribí, en una libreta de tapa naranja. Estaba basada en una aventura gráfica que solía jugar: Simón el Hechicero.

Me acuerdo de ir escribiendo y escribiendo en esa libreta con un bolígrafo plateado que me regalaron en la Comunión. No me costaba escribir, y aunque fuesen ideas sacadas de videojuegos, me inventaba la mitad de los sucesos.

Me acuerdo de cómo crecí y ya no podía montar en ciertas atracciones de la feria. Pero vinieron otras, como el Stun Laser, especie de laberinto donde te metías con un chaleco a disparar con pistolas láser a los demás. Al barco sólo monté una vez, igual que al Mono Loco, que fue como mucho tres veces.

Me acuerdo siendo adolescente de pasear con mi primo y sus amigos por Alicante. Las luces y los edificios de la calle me hechizaron. Era verano y hacía un tiempo agradable.

Me acuerdo de cómo con unos amigos ganamos en la tómbola de la feria un balón. Justo después nos quedamos atrapados en un ascensor durante media hora por culpa de un corte de luz. Uno de los amigos lanzó el balón a un descampado al pensar que estaba maldito.

Me acuerdo de la primera vez que me masturbé. Entré al baño y fue por puro instinto, como si ya supiese que de ahí iba a surgir algo. No me asusté.

Me acuerdo de mi primer Hentai, descargado por eDonkey. Antes de eso había encontrado una carpeta hentai oculta en un CD de una Minami o de la Dokan, revistas sobre Anime y Manga de la época.

Me acuerdo de la primera vez que jugué a Pokémon. Fue en japonés a la edición Verde en un emulador. Mi obsesión fue tal que me compré para la Game Boy Color la edición Plata en japonés y me lo completé. Ponía motes a los Pokémon al no saber sus nombres, y deducía o memorizaba los ataques.

Me acuerdo de cuando entré al instituto, que desde el primer minuto me enfiló un abusón porque me confundió con una chica. Repetí curso, aun siendo capaz de sobra. A ese abusón lo mataron de un escopetazo años después. Todo el mundo decía que era buena gente, lo típico, pero no era así, era una persona mala de verdad.

Me acuerdo de mi primer beso. Infidelidad por parte de ella de por medio.

Me acuerdo de cómo con esa misma chica perdí la virginidad varios años después. Éramos ya solteros. Sin ponernos de acuerdo, nos metimos en la habitación y nos dejamos llevar. Nunca volvimos a hablar de lo sucedido, los días continuaron como siempre. Supongo que nos lo debíamos.

Me acuerdo de mi primera experiencia homosexual. Sigue siendo de mis mejores besos.

Me acuerdo de cuando confesé mi bisexualidad a dos de mis mejores amigos. Estábamos a oscuras charlando, iluminados por un calefactor que giraba de forma automática. Ese ambiente me animó a contarlo.

Me acuerdo del CD que me pidió y le grabé a mi madre con música de los sesenta y los setenta. Así aprendí a que me gustaran también esas épocas, abriendo mi gusto musical.

Me acuerdo de los días que paseaba por Toledo. Me ponía los auriculares entre medias de ir dando currículums en cada empresa y tienda. Por entonces escuchaba música más ambiental, y fue una época de soledad que me sentó bien.

Me acuerdo de lo diferente que era vivir en Valencia. Allí nunca me sentí solo, y trabajaba. Su arquitectura era muy diferente, y cambiaba en cada calle. La misma música no provocaba el mismo efecto.

Me acuerdo de una sensación que jamás me ha vuelto a suceder. Iba de noche por una calle bien iluminada. Aprecié el conjunto, la combinación de tonos y entré en lo que creó que fue una “epifanía”, a falta de otro nombre. Fue como un estado alterado donde apreciaba todo al detalle y me fascinaba de un modo elevado. Era en la época en que me dio por dibujar y me fijaba en toda forma y color por la calle, quiero pensar que hay relación. Por mucho que lo he intentado ya no he conseguido de nuevo ese momento.

Me acuerdo de cuando me compraron una guitarra. Me costó pillar la costumbre, pero me sirvió para ser bajista en varias formaciones años después hasta el día de hoy.

Me acuerdo de cuando publiqué por Amazon mi primera novela. La sensación me hizo creer que era capaz de todo, y que todo sueño es posible. Ahora tengo los pies un poco más en el suelo.

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Músico, escritor y guionista de cómics. Y, por fin, con primera novela: http://bit.ly/UnDiaPerfectoparaElis

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