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23 min
Él
Drama |
01.12.14
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Sinopsis

Drama y Angustia de un joven sin nombre.

−Solo cinco minutos y ya habré acabado con todo.− Pensó

Llevaba la cuerda, un taburete y el teléfono, en su casa no había nadie así que no habría problema con el ruido. Lo llevaba pensando un tiempo, la cuerda estaba medida, lo justo para no golpearse con la pared y quedarse suspendido entre el balcón y el suelo. Como vivía en un primero la posición era perfecta para su propósito. El taburete lo iba a ayudar a hacerlo más fácil, a visualizar el paso. La vez anterior se había quedado aferrado a la barandilla con la soga al cuello dudando y al brotar las lágrimas, abandonó.

−Esta vez no fallaré.

Desde el taburete solo será un paso, la caída y el golpe provocado por la tensión de la cuerda que supone le partirá el cuello. Era mejor eso que morir ahogado, pataleando, con la cara casi azul y las manos aferradas al cuello, estaba convencido de lo que quería hacer pero sabía que su instinto le haría luchar si sobrevivía al golpe, y si se salvaba era lo peor, la gente lo sabría y podría tener secuelas.

La primera vez que decidió acabar con todo únicamente subió a lo alto del edificio y miró al vacío, cuando quiso saltar sus pies a penas se elevaron medio palmo y rápidamente se precipitó hacia atrás, con el corazón a mil por hora. Se alegró de no haberlo hecho en esa ocasión, se imaginaba a su familia asomándose por la ventana alertados por el estruendo, viendo su cuerpo destrozado por el asfalto. Le asaltaba la imagen de la cara de su madre desencajada gritando con lágrimas bajándole por las mejillas, intentaba no pensar eso, esta vez estaba todo previsto, ella no lo vería, si su plan salía bien solo le verían los policías. Para eso era el móvil, cuando todo estuviese preparado y nadie pasase por la calle, cosa que de madrugada era sencillo. Llamaría a la policía, avisaría de haber encontrado un cuerpo colgado de una cuerda en su dirección y saltaría. Al colgar el teléfono ya sabía lo que tenía que hacer y en pocos minutos, que sería lo que tardaría en llegar el primer coche.

Pensaba mucho en el momento tras el salto, la liberación de la caída, lo había imaginado cientos de veces siempre sonreía al verlo en su mente, esa fracción de segundo en la que nada lo sostenía, ese paso que lo hacía dejar todo atrás sentirse flotando antes del violento final. Había pensado otras maneras pero el fin era el mismo y no aseguraba quien o como lo iban a encontrar. Abrir el gas de una bombona de butano y encerrarse era fácil, además se dormiría plácidamente según dicen, aunque nadie que lo haya hecho bien ha vuelto para contarlo. Pero ¿Dónde? ¿Y si alguien pasaba fumando o saltaba una chispa? No, no quería llevarse a nadie más consigo. Es como un accidente con el coche, no sabes si va a resultar, si habrá otros heridos, alguien que pasaba por allí y no  te diste cuenta, el primer coche que pasa después… Irse por un camino y ahogarse dentro del coche con el motor encendido, pero eso aumentaría la agonía de los que le conocen, el tiempo desaparecido, encontrarlo en el coche vete a saber en qué estado. Pensó hasta en envenenarse pero era mucho más complicado de lo que creía y dudaba de la efectividad. Esta era la manera, rápido, solo le verían los policías, era un mal trago para ellos pero se lo ahorraría a su familia y ellos cobraban por esas cosas tan macabras.

Iba a soltar su llave para que pudiesen subir a soltar el cuerpo en cuanto lo viesen. Quizá no lo bajasen directamente, y tendrían que esperar a los forenses, pero prefería no pensarlo, como ocurría con la cara de su madre, debía concentrarse.

Oyó el ruido de unos pasos al final de la calle. La chica de la que provenían giró en la siguiente esquina y por su mente pasó la idea:

–“Todo despejado”.− Salió al balcón, no había nadie a la vista.

Colocó el taburete, amarró lo mejor que pudo la cuerda a la parte baja de la barandilla. Se dispuso a hacer la última comprobación, soltó la cuerda –“Perfecto.”− El nudo era resistente, había probado tirar de su coche con el mismo nudo y no se soltaba, había lanzado desde ese mismo lugar la noche anterior dos sacos de cemento y aguantaban, todo listo.

En realidad pretendía hacerlo el día de antes pero no quería fastidiar por completo las vacaciones de su familia, así tienen un día más para disfrutar y él podía aguantar otro día. En principio iba a ser el día de su cumpleaños. Para que sus conocidos no reviviesen el momento dos días distintos. Pero no pudo, quería comprobar si la cuerda y el nudo aguantaban el golpe. Así era, además en unos años suponía que no sabrían el día exacto y se olvidaría si fue en el mismo día o el siguiente.

Su familia no quería irse de viaje precisamente por ser su cumpleaños, pero él insistió. Era su oportunidad, nadie en unos días, justo lo que necesitaba para terminar de ultimarlo todo.

− ¿De verdad que no te importa?− Preguntó su madre

− ¡Que va! Así podré invitar a gente a cenar aquí y después nos damos una vuelta no te preocupes.− Desde que lo había decidido, cada vez era más fácil fingir emociones o inventarse planes.

−Si él se lo va a pasar mejor sin nosotros.− Dijo su padre.

Unos años atrás hubiese llevado razón pero ahora su hijo era distinto. La frustración y el desánimo lo consumían día a día, fingía irse con amigos cuando en realidad paseaba solo durante horas lleno de autocompasión, de rabia. Volvía a su casa, con la excusa de ir al servicio se lavaba la cara y le daba un beso a su madre sonriendo para que no se preocupase por él. Antes era más sincero pero eso solo le había llevado a dar lástima a los demás, a tener envidia de todo y todos, ellos eran fuertes, podían con todo, él no. No tenía una vida difícil en exceso, tenía un mal trabajo, menos estudios que la mayoría y una familia que podríamos llamar normal, pero daba igual, sabía que algo fallaba, que no estaba hecho para seguir en este mundo. Si por él fuese no saldría de la cama nada más que para ir al servicio. Hace no mucho tuvo buenos amigos. Pero estar con ellos solo lo confundía y lo ponía peor. Se llenaba de fuerzas para verlos con cualquier excusa. Y al estar con ellos comentando que tal iba la vida. Le sonaban historias maravillosas de las que él se encontraba alejado.

− ¿Qué tal con el curro?

−Pues muy bien la verdad, ya me he hecho con la rutina y me han dicho que renuevo.

−Bueno pues que bien ¿No?

Contestaba eso a la mayoría de cosas casi sin escuchar. A todos les iba mejor. Al menos eso pensaba. Él aborrecía su trabajo, como todos los anteriores. Empezó con miedo, siguió una pequeña fase de ilusión y como siempre volvió al agobio por todo. A no poder hacerlo bien, a no ser eficiente. Además reponer estanterías no era algo vocacional en su caso. Cuando notaba que no podía fingir más se inventaba una excusa para marcharse:

−Chicos me tengo que ir que mi madre me reclama.

Y se iba lleno de rabia contra las personas que eran sus amigos. No sabía porque sentía lo que sentía en realidad pero ya no podía más. Iba a acabar con todo en breve.

El día de su cumpleaños se despertó decidido a hacerlo al caer la noche, Primero recibió la llamada de sus padres, casi se puso a llorar pero a fuerza de vivir en la misma casa había aprendido a fingir con ellos mejor que con cualquier otro.

−Felicidades hijo ¿Qué vas a comer? ¿Has hablado con tu hermano? ¿Te han felicitado mucha gente?

Conversaciones vacías que pretendían hacerle ver que había gente que se preocupaba por él. Después recibió las felicitaciones de sus conocidos y a medio día, su hermano le invitó a comer en su casa, Le regaló una chaqueta preciosa que tenía pinta de cara. Realmente le hizo ilusión. Por esa tontería se planteó posponerlo.

−No me entiendo ni yo. – Pensó mientras se la probaba y se veía sonriendo de manera sincera frente al espejo.

Lo que más le dolía era la cara de su hermano, ilusionado por haberle animado. Él intentaba mentir todo el tiempo fingiendo estar bien pero algunas veces fallaba y su familia tarde o temprano lo notaba.

−Pues ya puedes tirar esa cosa fea que te pones siempre.− Su abrigo tenía tiempo, fue de su padre pero aun así no lo iba a tirar.

Él admiraba a su hermano Pablo. Era unos años mayor, los suficientes como para parecer una fuente de saber cuándo eran pequeños, su hermano era el que le ayudaba a lidiar con las peleas de sus padres, a cómo comportarse para pasar desapercibido cuando había tensión en casa. Ahora él vivía con su pareja.  Alguna vez habían discutido él y Pablo y pensó cosas horribles, su hermano tenía mucho genio y era algo cabezón pero realmente le apreciaba, había conseguido independizarse antes de los treinta, estaba ya pensando en montar una familia. Tenía un proyecto de vida que envidiaba, se sentía pequeño comparándose, realmente no tenía motivos para querer morir pero solo pensaba en eso.

Él miraba a Pablo desde lejos, intentando ocultar la tristeza que lo llenaba y escondiendo el plan de esa misma noche.

–Me voy ya, que me están esperando­– Dijo para romper el silencio tenso que se estaba formando.

– ¿Es con esa amiga tuya con la que te vi el otro día?–

–No, es con mis amigos querían tomar un café–

–Muy bien tío, pásalo genial, ya nos vemos otro día– Se levantó para darle un abrazo.

–“Esta es la última vez que te veré, no quiero hacerte daño pero no me queda otra salida no aguanto más yo no valgo para esto…– Todo eso pasaba por su cabeza mientras hacía fuerza por contener las lágrimas.

Salió de casa de su hermano y lloró en cuanto cerró la puerta. No podía más, quería que todo pasase, que llegase esa noche de una vez.

Mintió a su hermano, en realidad si había quedado con quien había dicho, insistió en verle, el imaginó que le haría un regalo, pero le era indiferente, no quería verla ni a ella ni a nadie. Efectivamente era esa la razón, ella le dio una camiseta como cualquier otra.

−Hoy salimos ¿No? Ya no te veo el pelo.

−Bua no puedo. – Se inventó que tenía un compromiso familiar y que luego lo celebraría con ella “y los demás” –Disculpa pero tengo prisa, he de preparar cosas para esta noche. A ver si organizamos algo y nos juntamos todos, estaría bien ¿He? –

–Pensaba que íbamos a dar una vuelta o algo– le dijo ella con una cara mezcla de decepción y tristeza. 

–Otro día, y así estreno la camiseta– Pronunció esas palabras sin mirar su cara, no podría haberlo soportado. –Te invito al café, que es mi cumple–.

Lo de que tenía que preparar cosas en realidad no era mentira. Ese día iba a ser “el día”. Le dijo que quería quedar con los demás otro día aunque ya no quedaba nada de pandilla. Cada día la gente era más independiente. Frecuentaban otras compañías más acordes con los intereses de cada uno. Sabía que ella sentía algo por él pero no podía mostrarse como era, un niño cobarde y llorica en un mundo de adultos. Ella merecía algo más y él no iba a esta a la altura, como otras veces, conoce a una chica, se gustan, todo es precioso y un buen día no sientes nada, solo sigues porque es más cómodo que cortar, hasta que la cosa no aguanta más y todo se va a la mierda. Ella se enfada, te odia o ignora y a otra cosa. Solo había tenido una novia. Pero los demás encuentros con el sexo opuesto no habían sido realmente satisfactorios, había intentado hablar con chicas que le miraban con un desprecio que dolía. Como si estuviesen muy por encima. La verdad es que no era nada del otro mundo se consideraba alguien “del montón”. Había tonteado con alguna conocida y lo que había conseguido era perder la poca amistad que consiguió. Aun así se notaba cansado para intentar empezar nada, como si supiese lo que iba a pasar de antemano. Pensando en la angustia de existir, en la falta de fuerzas para enfrentarse al día a día.

Llegó a su casa a media tarde pensando en todo eso otra vez, ya no era solo un pensamiento a evitar, desde que decidió lo que iba a hacer, todo giraba en torno a lo malo que es estar vivo.

− ¿Qué va a conseguir alguien como yo? Eres una mierda, no vales para nada.− Se decía eso frente al espejo casi a diario.

Lo pensaba cuando veía a algún conocido por la calle y no era lo suficientemente rápido para evitarlo, siempre le contaban algo bueno de sus vidas, o por lo menos con una sonrisa que parecía sincera, algo como que estaban luchando por encontrar trabajo, por ganar dinero. Alguna cosa interesante que había ocurrido desde que no se veían…

−No te había visto ¿Qué tal? – Quizá si lo había visto pero preguntaba eso fingiendo una sonrisa y mintiendo.

−Pues nada peleando el día a día, estoy a ver si me coloco o hago algo con mi vida.− Si no le decían algo así sonaba algo como –Pues en la empresa que no paramos. – o –estudiando a ver si termino­.− Le contaban algún amorío que no le interesaba o alguna tragedia que él no veía desde el mismo punto.

−Bueno pues muy bien, que tengas suerte, perdona pero llevo prisa.− Era mentira, no tenía nada que hacer, se alejaba pensando que él ya no tenía fuerzas para pelear. Que estaba agotado, no podía seguir en esa autocompasión. Casi cualquier contacto con algo fuera de la rutina que le hacía encerrarse en esos malos pensamientos era un repetido:

−Lo voy a hacer, lo voy a hacer, lo voy a hacer.

Si en ese encuentro, fortuito o no, le contaban algo que le diese realmente envidia, o que le hiciese sentir muy por debajo de donde normalmente se situaba llegó a autolesionarse. Antes, en ocasiones se cortaba con un cuchillo. La primera vez se llenó de cicatrices el brazo izquierdo, la gente le preguntó, suerte que era ya una estación  fría cuando ocurrió y no tuvo que justificarse delante de mucha gente.

− ¿Y eso?

−Nada, me caí con la bici y justo estaban las zarzas, soy un patoso− Algunos reían y los menos le miraban extrañados con caras que decían.

−“Chiflado”.

Después de eso aprendió que debía cortarse donde no lo viesen, durante un tiempo eso le ayudó. Cuando la ansiedad lo superaba se encerraba cogía un cuchillo con sierra y empezaba a cortarse la pierna a la altura del muslo, lo aliviaba, el dolor, el castigo por ser como es, débil, ignorante, por no valer para este mundo como los demás. Paraba cuando veía muchos cortes y se cansaba, se secaba las lágrimas, Fregaba el cuchillo bien para que nadie sospechase y a seguir con la rutina. Una vez cogió una de las cuchillas de afeitar de su padre, pero el corte limpio no era la sensación de castigo y dolor que buscaba. Lo que él quería era la sierra rasgando su piel, notar la fuerza del brazo bajar, subir, bajar, subir. Ese escozor posterior y las pequeñas gotas de sangre. El cansancio físico que venía después y la inexplicable sensación de bienestar que le llegaba cuando notaba sus heridas por debajo del pantalón. Cuando al moverse sentía la molestia de la piel tirante.

Había dejado de cortarse hace unos meses. Le iban a descubrir tarde o temprano y la sensación de bienestar se esfumó. Él ya no pensaba en hacerse daño. Pensaba en acabar con todo, y lo tenía decidido. Ese era el día.

Entró a su habitación y preparó el nudo. Le asaltó la duda de si aguantaría el golpe de todo el peso de su cuerpo

− ¿Y si caigo se rompe y me quedo minusválido? Imagínate el resto de tu vida tildado de suicida y siendo cuidado por las personas a las que has insultado.− Duda otra vez.

Fue por eso por lo que compró el cemento. Total ya no iba a necesitar el dinero. Y no podía dejarle mucho a su familia. Esa noche  de madrugada visualizó todo desde el Balcón. Amarró los dos sacos de cemento con cuerda haciendo un fardo para que no se rompiese y le puso el nudo alrededor de un cacho de cuerda de la forma como lo habría hecho con su cuello. Lo alzó como pudo apoyándose en la pared, llegó al borde de la barandilla y lo vio caer.

 ¡CLANK! – La cuerda se tensó y retumbó la barandilla metálica.

− ¿Oiré eso o sucederá antes de que llegue a mis oídos?− Pensó mientras veía el saco oscilar.− ¿Por qué no lo hago ya? – Volvió a imaginarse la cara de su madre desencajada cuando se enterase de la noticia probablemente por su hermano o una llamada de la policía. Se quedó mirando el saco abajo, balanceándose de un lado a otro con ese sonido de la cuerda, tan parecido a como lo había imaginado que le ponía los pelos de punta. Marcó la cuerda por donde debía atarla. Había medido bien. A la primera había acertado. Lástima que algo que se le estaba dando bien, planear su propia muerte, solo pudiese hacerlo una vez.

−Un día más, así ellos pasarán un día agradable allí.− Lo dijo en voz alta, en medio del balcón, con la calle desierta. Le asaltó la vergüenza y empezó a tirar de la cuerda, todo lo rápido que se podían subir cincuenta kilos de cementó a pulso. No podía.

Se agobió, el nudo era un nudo de ahorcado ¿Cuánto tardaría alguien en pasar por su calle e imaginar lo que pretendía? No supo que hacer, paró, iba de un lado para otro del balcón nervioso y sudando. Intentó tirar otra vez, nada. Paró y pensó. Llegó a la conclusión de que soltando la cuerda podría bajar a por los sacos. Las manos no le obedecían, se imaginaba a alguien doblando la esquina. Tras unos cuantos intentos consiguió aflojar el nudo. Soltaba cuerda poco a poco hasta que los sacos tocaron el suelo. Cogió sus llaves y bajó a por ellos primero aflojó la cuerda que los rodeaba y llevó uno al contenedor y después el otro. Ya habían cumplido su función y había tenido suerte. Nadie pasó mientras los bajaba y se deshacía de ellos. Recogió todo y subió a su casa, mientras guardaba la cuerda la miró y se la puso alrededor del cuello ajustó el nudo y fue a mirarse en el espejo. Su mirada cargada de rabia con los ojos vidriosos se clavaba en sí mismo. Se soltó una bofetada.

− ¡Cobarde! ¡Imbécil! Hazlo de una vez. –Gritó.

Salió disparado hacia el balcón abrió la puerta, ató la cuerda con la marca de la medida que había realizado antes. Miró al frente. Los mismos edificios que había visto durante toda su vida, levanto una pierna y la apoyó en el borde de la baranda, cuando iba a hacer fuerza para poner la segunda se lo pensó. Logró sacar fuerzas e intentó el salto.

− ¡Hijo puta! ¡Ven cabrón! – Sonó en la esquina de su calle. Un chaval perseguía a otro. Cuando lo pilló le dio un manotazo.

− ¡No te pases Luis tío!− Exclamó el otro antes de que se riesen los dos. Tras el encontronazo entre ambos aparecía el resto de la pandilla doblando la esquina. Un grupo de chavales seguramente borrachos que parecía estaban regresando a sus casas.

Los vio trastabilló y calló al suelo, pudo amortiguar la caída. Ellos oyeron el ruido que provocó al caerse. Pero  no vieron lo que pretendía.

−Ese se ha metio una hostia− Uno lo vociferó y los demás se rieron. Empezaron a señalar el balcón y a gritar insultos entre risas.

Él estaba de rodillas con una mano en el suelo y la otra en la parte baja de la barandilla. Se escondió donde la barandilla terminaba y empezaba la pared baja del balcón. Se hizo un ovillo y empezó a llorar. Quería morir más que nunca, desaparecer, pensó saltar de una y morir frente a ellos como una retorcida venganza. Pero su cuerpo no respondía estaba abrazando sus rodillas pelado de frío oía los insultos y las risas más abajo, se encogió tanto como pudo y cerró los ojos. No quería pensar, quería que todo pasase de una vez.

Se despertó en un par de horas acurrucado en su balcón. Se había dormido casi como un  mecanismo de defensa, sin pensar se fue a su cama y durmió lo que pudo. Dormía y se despertaba todo el tiempo. Vio el sol y no quería salir de la cama. No lo hizo hasta por la tarde.

−Mi último día… Otra vez. – Se dijo incorporándose.

 

Se duchó pensando en morir limpio y pensó que debía hacer en sus últimas horas. Empezó a escribir para su familia. A pedirles perdón por todo lo que les iba a hacer pasar, justificando que no aguantaba más su propia decepción. Pero no encontraba las palabras. Arrancaba las hojas y las rompía entre insultos a sí mismo. Salió de su casa y repitió el mismo paseo que hacía cuando simulaba que daba una vuelta con más gente. Se sentó en un parque y miró a los niños con sus padres.

− ¿Cómo aguantan tanta responsabilidad? – Pasaba esa idea por su mente mirando a las familias jugando con sus hijos. −Yo apenas puedo aguantar unos insultos. Esta gente forma familias. Educa a sus hijos y son responsables de sus actos. Ellos van hacia delante no como tú subnormal− Otro insulto, ya estaba bien, estaba anocheciendo iba a tomar su última cena, y meter todas sus cosas en cajas para que no tuviesen que pasar por eso sus padres. Después esperó hasta que no oyese ruido en la calle.

Ahora ya estaba todo preparado. Él solo frente a los mismos edificios que la noche anterior, sentado en el taburete con el móvil en la mano, metió la cabeza en el nudo y lo ajustó a su cuello. Marcó el número y se preparó para hablar.

−Comisaría de policía nacional− Se le cortó el aliento al oírlo. Ya estaba hecho tenía que hacerlo. No había saltado pero sabía que se enfrentaba a sus últimos minutos − ¿Hola? ¿Ocurre algo? ¿Está usted bien? – Tenía que decir algo.

−Sí sí…. Disculpé heee esto… hay… hay…. Un muerto aquí….− Lloraba, se le entrecortaban las palabras. No lo podía creer, si hablaba ya no había vuelta atrás.

−No le entiendo relájese ¿Un muerto? –

–Sí… un tío… ahorcado, aquí. Me voy…– No podía aguantar la conversación ya se le acababa el tiempo. Dijo su dirección dos veces. La segunda casi gritando claramente alterado.

−Mandamos a alguien no se muev…− Colgó de golpe. No había vuelta atrás.

Miró a su alrededor a ver si había despertado a alguien pero no veía a nadie por las ventanas. Se subió al taburete, la brisa le dio en la cara. Notó las lágrimas y miró abajo. La distancia no era mucha. Pero él moriría del golpe en el cuello no tocaría el suelo. Subió la cabeza y contempló el cielo, ese color anaranjado del cielo de una ciudad iluminada artificialmente. Le hubiese gustado mirar algo natural. Algo que lo relajase.

−Lo haré mañana en las afueras. Así miraré un cielo bonito antes de marchar.− Mientras se le pasaba eso por la cabeza levantaba una pierna y la ponía sobre la barandilla.

Cuando su pierna se apoyó, se quedó mirando sus pies. Ahora lloraba a borbotones. Jadeaba como un niño.

−Lo siento− Pensó mientras todo su peso se levantaba por encima de la barandilla y daba ese paso fatal el que tanto pensaba.

Dio un saltito para hacer más larga la caída que tanto anhelaba. No la pudo disfrutar. Enseguida estaba colgado.      

 ¡CLANK! – Sí que lo oyó.

Notó ese golpe en el cuello pero no lo mató. Le esperaba la agonía, se llevó las manos al cuello intentando respirar. Los ojos llenos de lágrimas no le dejaban ver bien pero vio una figura borrosa en la ventana de al lado de su casa señalándole. Notaba arder la cabeza pinchazos en todo el cuerpo y unas piernas mucho más pesadas que las suyas. En esa ventana estaba su vecina. Ella sí se había despertado y gritaba pidiendo auxilio mientras lo miraba forcejear. Solo duró un minuto antes del abatimiento.

Él no vio a su vecina si no a su propia madre señalándolo, con la cara desencajada y los ojos a punto de salir de sus orbitas. Su último pensamiento fue para ella.

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