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10 min
EL ACCIDENTE
Drama |
17.02.14
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Sinopsis

Un accidente y dos historias.

            La luna se reía del correcto y eficaz abogado en el que me había convertido. No llevaba ni seis meses en aquel cuchitril lleno de inútiles que creían que podían representar a la ley y ya era uno de los mejores. Desde que había comenzado mi trabajo mis años de ensueño habían acabado; no más ensayos con el grupo, no más fiestas ni borracheras, no más mujeres fabulosas... Si uno quiere cambiar se debe cortar por lo sano. Aunque un viernes a las nueve y media de la noche después de una semana de trabajo duro, era un viernes de relax y de diversión, de diferente manera pero diversión. Empecé a reír como un estúpido y eso que todavía no había bebido. Con aire relajado crucé a la otra acera. Al pisar el asfalto de nuevo sentí una ráfaga de aire súbito en la espalda. Me giré y pude comprobar que se trataba de un coche que a toda velocidad, a demasiada para lo permitido, que rugía en línea recta. Antes de que el coche desapareciera mi instinto de abogado se disparó. Olvidando mi premio semanal comencé a correr en la dirección contraría a la del vehículo; un impulso me dijo que me volvería a encontrar con el coche. El instinto no me traicionó. Mientras mis piernas me impulsaban hacia delante, el automóvil culpable derrapó metros más lejos. Miré con atención, y pude ver que dentro había un hombre. Estaría borracho o sería un suicida; esas fueran las dos opciones que mi mente barajó. Cuando el coche se disponía a moverse en línea recta de nuevo me encontré como obstáculo en su carrera extrema con los brazos en cruz. Todo fue muy rápido: antes de lo previsto el coche llegó donde me encontraba y yo raudo y veloz salté de nuevo sobre la acera con el tiempo preciso para descubrir que dentro del coche se encontraba una cría de unos doce años de edad. Entonces recordé: la tarde anterior se había denunciado la desaparición de un niña que no había vuelto del colegio. La descripción de la policía era similar a la de la joven que acababa de ver y estaba seguro de que era ella. No me levanté del suelo si quiera, si no que cogí mi maletín y lo lancé con todas mis fuerzas. El objeto voló hacía la parte delantera del auto y lo golpeó con fuerza. El conductor perdió  el control y dio un peligroso derrape. Una de las puertas del coche se abrió de golpe. Mi aullido de terror no llegó a salir de mi boca al ver el cuerpo inocente de la niña salir disparado y caer metros atrás. Quise incorporarme pero mis ojos estaban fijos en el coche que se precipitaba contra un edificio. De repente las ruedas comenzaron a arder súbitamente. Un segundo después aquel coche parecía un infierno particular, una bola en llamas que ardía sin tregua. Aquella bola candente se elevó un tanto en el aire e hizo una pirueta magistral. El cielo se tiño de un rojo mezclado con el humo más espeso que hubiera visto antes. Y entre garras ardientes y fuegos artificiales el proyectil colisionó contra la estructura abandonada. Al instante las llamas lo envolvieron todo y el vehículo desapareció en un estallido mortífero. Mis pupilas se dilataron y durante un instante se volvieron rojas. Al volver en sí vomité sin poder remediarlo y tosí violentamente. Luego sin esperar a que la cabeza dejara de dar vueltas corrí hacía la niña. La alcé en brazos y la tomé el pulso. Mi corazón dejó de latir con tanto ímpetu al descubrir que seguía con vida, inconsciente y magullada pero viva. Con su cuerpo mecido entre mis brazos miré hacía donde se había producido la explosión. Alguien llamaba a la policía y otros gritaban. Pero, solo yo había sido testigo del frió del infierno. Mi mente de pronto recordó al secuestrador. Miré donde la gente estaba agrupada y pude ver su cuerpo tendido el en suelo, atendido por unos paisanos. Tenía la pierna derecha cubierta de sangre y algo me dijo que cuando abriera los ojos no la volvería a ver donde recordaba. Miré el cuerpo de la niña y luego mire al firmamento. La luna ya no se reía, lloraba amargamente por el abogado que sabiendo de leyes y siendo un defensor de estas, había estado a punto de acabar con dos vidas. En ese momento supe con certeza que aún siendo fuerte y sensato cualquiera puede cometer un crimen, incluso el que siga las leyes y las respeta. Estas le castigaran de la misma manera.

 

           Anoche, cuando me subí a mi rojo Ford Fiesta, jamás imaginé que jamás podría volver a conducirlo. Me encontraba agotado y sabía que no hacía bien en conducir en esas condiciones. Sin embargo necesitaba hacer algo urgentemente, algo que olvide al salir del garaje y presionar el acelerador. Me froté los ojos enrojecidos por el cansancio con sumo cuidado por no perder la concentración ni el control sobre el coche y yo mismo. Dejando en la lejanía mi acogedora casa, me interné en la oscuridad de la ciudad con la única compañía de la luna y de mi acompañante. Miré para atrás durante unos segundos; tenía que asegurarme de que no corriera peligro alguno. Ella dormía placidamente, con los ojos cerrados y las manos descansando sobre sus piernas. Sonreí y volví a posar mi mirada en la carretera oculta por las sombras. Pisé el acelerador con rabia al recordar todo lo que había vivido en las últimas horas. Había sufrido tanto, había llorado tanto, había sentido tanto miedo... Sin poder evitarlo mis ojos se llenaron de lágrimas y la vista se me empaño. En ese instante mientras mi “ bebé” rojo corría en dirección recta alguien cruzaba la carretera, un joven de unos veintipocos años. La sorpresa fue tal que cuando el muchacho  pisaba el asfalto la corriente de aire que produjo mi "pequeño" hizo que se girará. Instintivamente comprobé que iba a demasiada velocidad. Por el retrovisor pude ver su rostro analizador que observaba mi carrera con recelo. Anonado como estaba, giré con el propósito de volver a  observar al joven. Al hacerlo lo hice bruscamente y mi acompañante abrió los ojos ,confusa. Tal y como esperaba él estaba esperando como si hubiera adivinado mis movimientos. De repente los recuerdos me invadieron y aceleré casi sin quererlo; mi Ford Fiesta obedeció al instante, rugió expulsando gasolina y se lanzó hacia delante. Mientras todo pasaba a mi alrededor como si se tratara de un borrón sentí un dolor agudo en el pecho y no me percaté de que desde mi espalda una voz femenina gritaba con miedo. Mi pierna apretó de nuevo y la velocidad aumentó a la misma velocidad en la que un dolor lacerante y profundo me perforaba por dentro. Tan solo tuve fuerzas para abrir los parpados y comprobar angustiado que el cuerpo del joven intentaba hacerme parar. De nuevo escuché el grito de pánico de mi acompañante y aunque quise no pude aplastar el freno. Al ver que iba directo a por el muchacho, quise gritarle e insultarle para que se apartara, más mi cuerpo no reaccionaba y mi mente se encontraba mani-atada por los viles recuerdos. Desesperado me golpeé voluntariamente contra el volante y esperé. Esperé y el golpe no se produjo. Con fuerzas sobre humanas vi por el rabillo del ojo que el automóvil seguí su rumbo extremo y que no había ocurrido nada. Ignorante de que lo iba a pasar probé a sonreír. Entonces pasó. Como si de un gran pájaro se tratara algo cuyo color no pude distinguir golpeó el cristal. El susto fue tal, que el vehículo enloqueció y mi cuerpo se despidió contra el asiento, con violencia. Una de las puertas se abrió. Antes siquiera de que la persona que se encontraba en la parte trasera gritara de terror y se precipitará ,como una muñeca, lejos del abrigo del calor, las lágrimas de dolor cayeron por mis mejillas y mi llanto se quebró en mi garganta.

No paré el coche, ni reduje la velocidad ya que nada tenía sentido. Pude llegar a oler el rastro de la llamas que inundaron mis poros y me obligaron a toser. El dolor se volvió tan intenso que me llevé las manos a la cabeza. Quería que el mal abandonase mi cuerpo, que me dejara ser libre de nuevo. Rápidamente el fuego se apoderó de mi coche y empezó a derretir su bello color rojo cambiándolo por un negro mortal. Se me nubló la mirada y empecé a ver doble. Me sentía tan mareado que cuando el auto se elevó peligrosamente estuvo a punto de devolver. Completamente ido me deslicé como pude fuera de mi Ford Fiesta y salté hiriéndome por todo el cuerpo. Al caer al suelo pude ver como mi auto se estrellaba engullendo un edificio en ruinas. Luego cerré los ojos. Lo último que sentí fueron unas manos firmes sujetándome y lo último que escuché y comprendí fueron sus preguntas sin respuesta. Antes de sumirme en el mundo de los sueños pensé que lo último que me hubiera gustado sentir hubiera sido su abrazo y la última voz la suya, la voz de la hija a la que tanto quería, y a la que habían echo daño, un desalmado que cuando salió de clase la había capturado y maltratado, un mal nacido por el que había vivido en una pesadilla una horrible pesadilla que había acabado al ver como mi niña caía desde el coche... Uno de mis  últimos pensamientos fue para mi inocente criatura, para que siguiera con vida después de que yo despertara, para poder mirarla a los ojos y ver que seguía siendo mi dulce niña. El último pensamiento fue para el cabrón que la había echo sufrir, para aquel ser repugnante por el que desde aquella noche no volvería a conducir mi. coche. Ni mi Ford Fiesta ni ningún otro.

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