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6 min
El adios
Reales |
17.08.12
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Sinopsis

Gracias por tantos y tantos momentos vividos

 

Allí estábamos en la clínica, esperando en la sala el veredicto del doctor. Mis hermanos, mis padres y yo sentados en unas sillas de color azul, unidas unas a otras en forma de” L”. La sala se encontraba  algo alejada de la zona en la que le estaban haciendo el reconocimiento. Todos estábamos tensos, nerviosos, con pocas ganas de hablar. Mi hermano movía convulsivamente la pierna, mi padre miraba el reloj a cada instante como si pensara que podría hacerse más llevadera la espera, mi madre intentaba entablar una conversación con mi hermana sobre una noticia intrascendente que estaba leyendo en el periódico y yo no aguantaba sentado, ni tan siquiera miraba a mi familia, ni el reloj, ni el periódico, ni los sonidos que salían de esa sala de reconocimiento de ella.

Estaba nervioso y preocupado, tenía una tremenda congoja que me hacía tragar saliva con dificultad. Mis latidos del corazón no llevaban un ritmo acompasado, más bien su frecuencia se movía entre rápida y muy rápida. Mis manos estaban frías, tanto que me costaba moverlas y mis ojos brillaban, aunque no precisamente de felicidad. Imploraba a dios para que las noticias fueran buenas, positivas, para que pudiera seguirla teniendo en casa muchos años más, para que el doctor saliera de su sala con una sonrisa y con un pronóstico muy favorable.

Todos en mi familia seguramente la echarían de menos, pero indudablemente la relación que tuvo conmigo fue especial. Desde pequeña tan rubia, tan delicada, tan graciosa y tan inteligente que hacía que llamara la atención de todo el mundo que la veía. Se paraban en la puerta de casa y quedaban maravillados por su extremada belleza y simpatía. Pronto supe que iba a ser su favorito.

Sé que todos la querían, pero conmigo tenía una relación especial. No en vano yo la duchaba delicadamente con un suave jabón especial, la daba de comer fuera de horas, aunque mi madre me regañaba por ello, jugaba con ella casi todo el día en el jardín de la casa, hablaba y la contaba mis batallitas del día aunque no sé si me llegaba a comprender del todo, la sacaba a la calle, al parque,  para que jugase con sus amiguitos con los que había hecho unas buenas migas y además sabía que cuando llegaba a casa del cole, ella siempre era la primera que me recibía y se abalanzaba con alegría fundiéndonos en un abrazo.

Pasaron los años, tiempos felices, hasta que un día empezó todo a torcerse. Cada día me maldigo por lo que ocurrió aquella tarde primaveral de infausto recuerdo. Como tantas tardes la llevé al parque a jugar, para lo cual debíamos atravesar una calle de doble sentido cuyo semáforo quedaba algo alejado. Equivocadamente siempre “atajaba” por un paso indebido, pensando que nunca podía pasar nada, pero ese día ocurrió. Miré a un lado, a otro, no vi a ningún vehículo, la sujeté y nos dispusimos a cruzar con tan mala suerte que una bicicleta que llevaba una velocidad considerable y que viajaba pegada a la acera  la atropelló brutalmente , saliendo despedido el ciclista varios metros más adelante , así como la bici. Afortunadamente el infortunado ciclista sólo tuvo unos rasguños en su cuerpo, la bici no sufrió daños irreparables, pero ella sí, ella se quejaba de la pierna. La llevé y me confirmaron que tenía el fémur roto. Gracias a dios la fractura fue limpia y no tuvieron que operarla, solamente tuvo que llevar una escayola que le inmovilizó su pequeña pierna durante un periodo de casi 6 meses.

Tras este percance ya nada fue igual. Quizás la pérdida de masa muscular la hizo ser más vulnerable a todo. Sufrió factura en un dedo del otro pie, infecciones víricas constantes y muchas enfermedades más que la hacían encontrase triste y enferma.

Y así llegamos al día de hoy, en el que todo es más grave que una simple factura.

Una puerta se abre. Es la consulta del doctor. A lo lejos se le ve con la cabeza agachada y con un paso muy lánguido. Nos imaginamos lo peor. Una negación con la cabeza según se va acercando confirma las peores sospechas. Nos ponemos de pie esperando el veredicto ya imaginado por todos. Sus palabras nos retumban y se clavan como dagas en el corazón.

  • Nada podemos hacer ya. Lo tiene extendido por todo el organismo. Lo mejor para todos y sobre todo para ella es que deje de sufrir. Lo siento mucho. Si lo desean pueden pasar a despedirse.

Aunque lo imaginaba no pude reprimir las lágrimas. Deseaba darla mi último adiós. No podía imaginar que ya no volvería a verla. Nos encaminamos con tristeza mi madre , mi hermano y yo a la sala. Mi hermana y mi padre no tenían ni ganas ni fuerzas de ver la escena. Cuando entramos allí estaba ella en la camilla, con los ojos medio cerrados y el cuerpo inmóvil. Se acercó mi madre, ella agachó la cabeza y la acarició con ternura, lo propio hizo mi hermano, cuando llegó mi turno levantó la cabeza me miró, la miré yo a ella en unos segundos de incontenible emoción,  esperó que la acariciase y volvió a cerrar los ojos.

En ese momento supe, intuí que  mi querida Neska, mi perrita del alma, sabía perfectamente cuál era su destino. Esa mirada me dio a entender que quería dejar de sufrir y que me agradecía todo y cuanto la había dado. Quizás no sabía lo mucho que la había querido, los maravillosos momentos que habíamos pasado juntos, la alegría que me daba verla siempre que llegaba a casa moviendo la cola y lanzándose con sus pequeñas patas hacia mí, esos bocadillos que repartíamos en el jardín, esos partidos de fútbol en los que hacía de defensa y me mordisqueaba las piernas y tantas y tantas anécdotas.

Valga este escrito para quien fue mi perrita favorita en mis años de juventud. Se llamaba Neska y era un Mastín de los Pirineos. De cachorro era una preciosidad. Patas anchas,  pelo rubio y cara preciosa. Llamaba la atención. Desgraciadamente no creció como esperábamos, por lo que simpáticamente decíamos que era un Mastín Pigmeo.

Gracias por todo Neska.

 

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