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10 min
El aeropuerto.
Varios |
15.03.16
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Sinopsis

Siempre he pensado que los aeropuertos tienen la capacidad de juntar y separar a personas en tan solo un instante. Esta historia va dedicada para el chico que conocí hace poco en uno. Todo un placer y hasta que otro aeropuerto nos vuelva a juntar.

"Me espera una larga noche" pensó nada más llegar al aeropuerto. El avión de vuelta a casa salía a la mañana siguiente y, como se habían gastado todo el dinero que llevaban, decidieron no pagar otra noche de hotel. Lo estaba asumiendo conforme se acercaba al recinto y cada vez que lo volvía a pensar se hacía más a la idea de que la velada se presentaba aburrida y un tanto incómoda. Sonrió para sí mismo con un cierto grado de maldad que, con la recortada barba que llevaba, le daba un toque atractivo, como si de un modelo se tratara. Si no hubieran apostado en aquellas máquinas tragaperras, ahora mismo estaría durmiendo en una cómoda y suave cama, cobijado de la fría noche londinense. Era algo que podría reprochar a sus amigos en un futuro para sacar provecho. Al pensar en ellos les dirigió una mirada cual depredador a punto de atacar a su presa. Estaban ya haciendo un corro en medio de la entrada del aeropuerto ya que cada milímetro de los laterales estaba ocupado por otros extranjeros que habían caído en el mismo pecado. No habían perdido el tiempo y tenían sus pertenencias a modo de almohada por debajo de su cabeza mientras que él, todavía en pie, no sabía muy bien qué hacer. No tenía nada de sueño así que, tras pensarlo un rato, dejó sus cosas al lado de un compañero que parecía estar ya en un sueño profundo y, después de meter las manos en los bolsillos, se fue a pasear por el durmiente aeropuerto.

Era curioso ver a los viajeros acurrucarse en grupos cual manadas protegiéndose de un posible ataque inesperado y más aún cruzar su mirada con alguna desvelada chica que se le había quedado mirando. Se hizo más el interesante fijando su vista al infinito y continuó con su camino. Sabía de sobra el efecto que producía en las mujeres pero no le importaba mucho, no tenía la cabeza para eso. No desde la última. Ella, la que le hizo creer en el amor. Suspiró mientras que sus dedos jugaban con la funda de los bolsillos. Sintió de repente un golpe a la altura del pecho, esfumando los fantasmas del pasado. Una chica se acababa de chocar de frente con él.

-Perdona- dijo volviendo al presente. - No te había visto.

Ella no respondió. Su cara emanaba una corriente de ansiedad a la vez que se giraba a todos lados como si buscara algo. Movía con nerviosismo las manos que aferraban con fuerza las asas de la mochila colgada a su espalda. Por un instante se cruzó con sus ojos verdes esmeralda pero inmediatamente después la chica seguía mirando a todas partes y a ninguna.

-Oye, ¿estás bien?- preguntó el chico extrañado.

-Sí. No. No lo sé.- concluyó finalmente la joven.- Creo que me siguen.

Era la primera vez que alguien le decía una cosa así y no sabía muy bien que responder o cómo actuar. La observó durante un instante antes de decir nada. Era una chica delgada y bajita con una oscura melena lisa hasta la cintura que contrastaba con sus ojos claros. Unas ligeras arrugas comenzaban a mostrarse en los bordes de los labios dándole a intuir que sería solo un par de años mayor que él. Quizás eso fue lo que le hizo confiar en ella y sentirse obligado a ayudarla aunque probablemente sería una tontería. Parecía asustada y no podía dejarla sola.

-¿Quién?- fue lo máximo que supo decir.

-Lo he perdido.

-Ven.- dicho esto le puso una mano en la espalda y la condujo lentamente a una esquina donde la sentó para intentar tranquilizarla. Estaba seguro que todo serían imaginaciones suyas. No acababa de sentarse cuando de repente exclamó:

-¡Ese, ese es!- gritó enderezándose y agarrándolo fuertemente de los brazos mientras se escondía tras él intentando ocultarse. El chico miró en la dirección y vio un hombre alto de mediana edad que cargaba con un maletín negro a juego con su oscuro traje. En la otra mano llevaba algo pequeño que no distinguía desde allí. Parecía metálico y alargado tanto que podría ser una pistola. Se estremeció con solo pensarlo. No estaba tan loca como pensaba. Estaba mirándoles como quien observa una obra de arte, tranquilo y expectante. Ella sin decir nada más, le agarró de los botones de su camisa y echó a correr tirando de él. Pasaron por delante de sus amigos que ni se inmutaron al verlos correr. No pararon hasta que acabaron entre las cabinas de facturación agachados como niños jugando al escondite, intentando que no asomara ni un milímetro de su cuerpo.

-¿Desde cuándo te sigue?- preguntó tembloroso.

- No lo sé - repitió la chica asustada.- Me di cuenta cuando bajé del autobús que me traía al aeropuerto. Desde entonces he estado huyendo de él.

Se hizo un silencio tenso. Ahora que el trajeado hombre le había visto con ella, estaba también en su punto de mira. ¿Qué tendría la chica como para querer matarla? Miró su reloj esperando encontrar la hora de su vuelo y poder escapar bien lejos de allí pero solo había pasado unos minutos de medianoche.

Asomó unos centímetros la cabeza justo lo necesario para visualizar la situación. Desde su escondite podía ver a la mayoría de sus amigos durmiendo plácidamente y otros pocos hablando sosegadamente. Ahí es donde debía estar él y no buscándose problemas. Y ahí en medio de ellos le vio. Estaba pasando por delante de sus amigos justo como habían hecho ellos y ninguno se había alarmado. ¿Cómo podían estar tan serenos ante un hombre que llevaba una pistola? ¿Nadie se había fijado en su mano? Uno de ellos se detuvo a hablar animadamente con el trajeado que en ese momento estaba de espaldas a él. No parecía que fuera a atacar a sus camaradas pero ya no podía volver a juntarse con ellos por su bien. Su compañero mientras conversaba con el trajeado, le distinguió su repeinado pelo desde la distancia y le señaló. El trajeado se giró en su dirección sin dudarlo. El chico asustado, se agachó inmediatamente. "Mierda" maldijo para sí.

-Nos ha descubierto- susurró para que pudiera oírlo la chica. Ésta soltó un pequeño gemido de miedo. Tenían que buscar otro escondite y rápido. Miró esperando encontrar otro lugar más seguro y reparó en un par de puestos de venta de teléfonos que podrían servir. Eran dos mesas un tanto destartaladas pero bien opacas que no dejarían que les encontraran. Sólo tenían que llegar hasta allí. Tocó a la chica y le señaló lo que había descubierto. Ella asintió y le cogió de la mano para volver a tirar de él. No tenían tiempo que perder, necesitaban llegar hasta allí sin que el trajeado les viera. En ese momento llegó al aeropuerto un ruidoso grupo de turistas con numerosas maletas que se apearon cerca de ellos. Era la oportunidad perfecta. Pasaron agachados entre el bullicio sintiéndose observados por los extranjeros.  Cuando llegaron, las mesas eran más pequeñas de lo que pensaban así que se pegaron uno a otro para no ser descubiertos.

- Tengo miedo- confesó al cabo del rato la chica.

- No te preocupes. No va a pasar nada- dijo él haciéndose el valiente y abrazándola intentando que no le temblase mucho la voz.

A través de un pequeño agujero en un borde de la mesa podían ver toda la sala. El hombre estaba preguntando a los turistas que acababan de cruzarse. Dos minutos más tarde, vieron como se aproximaba de nuevo hacia ellos. Cada vez estaba más cerca. Ya no sabían dónde esconderse cuando de repente atisbó una puerta que podría ser a la vez su salvación o perdición. Tenían que arriesgarse.

-Sígueme- gritó y echó a correr con la dirección fija sin ninguna forma de encubrirse. No se dio cuenta de a dónde se dirigían hasta que estuvo dentro.

El baño de las chicas era una sala casi más grande que el propio aeropuerto contando con cientos de retretes dispuestos en columna. No le importaba que las pocas mujeres que a esas horas de la madrugada estaban retocándose el maquillaje delante de los espejos se le quedasen mirando. Solo tenían que huir, salvaguardarse de las garras de su perseguidor. La chica corría delante de él como si se le fuera la vida en ello y, tras girar dos veces a la derecha y una a la izquierda entre tantas hileras, se metió en un baño. Éste sin dudar ni un solo segundo, le siguió como perro a su dueño. Tras él, cerró la puerta con pestillo. Respiraron con miedo a ser descubiertos y agudizaron el oído intentando distinguir alguna pisada que les hiciera sospechar que su perseguidor se acercaba. No se oía nada. Un suave murmullo seguido de una carcajada fue lo único que rompió el silencio.

El baño era diminuto incluso para una sola persona, tanto que sus cuerpos estaban prácticamente pegados. La chica, delante de él, se apoyaba en la pared recuperándose de la carrera. Le había dejado un ligero rubor de mejillas y con la respiración todavía entrecortada, le miró con sus saltones ojos. Sus rostros estaban a apenas unos centímetros y se relajó. Le apartó el mechón que le caía sobre los ojos para poder verla bien y le acarició suavemente la mejilla. Estaba ardiendo. Deslizó un dedo por el mentón y le levantó la barbilla. Se acercó un poco más y la agarró por la cintura. Ella no renegó y posó la mano en su hombro. Dio un paso más y se aproximó hasta rozar su delicada nariz con la suya. Sentía su suave aliento que se escapaba entre los labios deslizándose sobre su cara.

De repente unos golpes en la puerta les devolvieron a la realidad. La joven le agarró asustada al comprobar por debajo de la puerta los zapatos negros del misterioso hombre. Era su final. El de los dos. La apartó lo máximo que pudo de la puerta y la protegió con su cuerpo. Antes de abrir la trampa, se giró para mirarla por última vez. “Por esta pequeña desconocida, ha valido la pena”, se dijo con tristeza. La vio asentir con la cabeza preparada para todo lo que viniera, ya no tenían escapatoria. Lentamente despasó el pestillo y tiró de la puerta. El hombre estaba de pie frente a ellos con la mano en alto:

-Your mobile phone, lady. - dijo tendiéndole su móvil.

Con una mirada cómplice se echaron a reír aliviando todos sus miedos y, tras darle las gracias, cerraron la puerta. Ya no había nada más por lo que preocuparse.

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