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2 min
El agujero
Reales |
02.07.12
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Sinopsis

Ojitos nació cuando una guerra se hacía un día y a la mañana siguiente se olvidaban los soldados y los generales muertos en una tierra todavía más o menos cercana. Te preguntarás que hoy existe el olvido. Te preguntarás si hay agujero para tantos recuerdos.

Me entierran aquí mismo. Así lo dejé dicho. “Si hoy muero, aquí quiero ser enterrado. Si un hijoputa del general Arroyo me dispara o me escupe o mira de mala manera y caigo fulminado, que nadie me lleve a la capital. No quiero funerales, coño. Quiero estar aquí. Este campo de batalla es hermoso. Un buen sitio para que reposen los huesos, y el alma se entretenga dando paseos mientras espera no sé qué. ¿Recibida la orden?” Mis soldados son hombres asustados, sabedores de que la derrota llega hoy, no mañana. A lo mejor la derrota se nos abrazó al inicio de esta soporífera guerra. El presidente me dijo: “Oiga usted, Acevedo, aquí el que manda, no lo olvide, es el pueblo, y el pueblo, no lo olvide, está en este despacho cómodamente sentadito y con todo el poder en las manos”. El soldado que soy, obedeció la orden. Luego cayeron como planetas las preguntas de los otros soldados a mis órdenes, y tuve que esquivar el cabreo, la pereza, las ganas de coger al presidente y al pueblo y hacer con ellos lo que hace mi mujer con el conejo cuando me recibe los domingos en la casa de mi suegra. Ya está. Me entierran sin honores, El agujero. Y dentro un general más. Me llamaban Ojitos. Una vez una muchacha en Madrid me dijo que tenía los ojos más bonitos de la calle más pobre de la capital. “¿Sabes para lo que sirven los ojos?”, le pregunté. Ella respondió que para ver las cosas. “No, putita. Los ojos sirven para meter en ellos lo que todavía está por llegar”. Me gasté una fortuna en putas. Los soldados echan la tierra suficiente. Al darme la espalda el último de ellos, ya me pudro en el olvido.  

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