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5 min
El Aire Pintado
Varios |
14.04.15
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Sinopsis

El arte es a veces tan inalcanzable como el aire. Dependemos de su capricho.

Tenía la habilidad de emanar color del dedo. Si juntaba dos, más cantidad surgía. Así, hasta la palma de la mano. Cuando niño, garabatos flotaban por doquier para morir en partículas tras ser marañas de rayas y círculos. Con el tiempo supo dejarlos inmóviles, y con un poco más ya comenzaban a parecerse a las formas en su cabeza. Ya nada pareció imposible.

Los años fueron dejando su marca y el habilidoso fue cogiendo la costumbre de resoplar. Llevaba un mal cúmulo dentro que expulsaba desde los pulmones. Como con todo fue cogiendo práctica y la fuerza de su pecho aumentó. No se percató de las finas líneas borrosas que iba dejando en sus creaciones, otra clase de marcas que en un principio las impregnaba de cierta originalidad, y que a la larga se convirtieron en vagas ideas de lo que se pretendiera.

La frustración fue en aumento y los nuevos vientos de su boca desvelaron lo que yacía bajo las creaciones. En una descubrió una roca con forma de cuatro lados lisos, más alta que él, mucho más, y de la que fríos agujeros indicaban que se podía pisar por dentro. En otra halló otra especie de piedra poco natural, llena de estrías que se unían y completaban en círculos alrededor, acabada su parte superior por un gran agujero que, a pesar de ser la forma de poco tamaño, parecía simular a la perfección lo más hondo de un pozo. Pero de todas las pinturas aéreas, la que más le afectó al borrar y descubrir fue la de una figura similar a él mismo, salvo porque era más delgada remarcando las caderas, abultados los pechos, de piel seca hasta lo gris, sin pupilas ni pezones y con un estado de ánimo lejano, bastante neutro. Con ésta última se dejó llevar y dio una sacudida con los brazos, lo que desmoronó la nueva piedra. Se hizo añicos y su forma ya no pudo volver a ser recordada con exactitud.

En esos días no supo controlarse. Como si sus ojos hubiesen mejorado, empezó a percatarse que todo su hogar estaba pintado por el don. Salió fuera tras recordar que las casas tienen puertas y observó el paisaje con colores de su esencia, acorde al gusto de su alma. La ira tomó el control y empezó a soplar y palmear; a mover el aire con la rabia de su cuerpo; a desvelar y apartar la capa para descubrir los grises de donde habitaba. Su hogar era de un tono a madera muerta, llena de agujeros producidos por la carcoma. No tenía parqué, y las ventanas eran casi opacas, descubriendo que el paisaje del que presumían también había sido pintado por él. No recordó el resto, la culminación de su rabia, despertando horas después en un lugar destrozado que le fue imposible reconocer.

Pasaron más años y sus pinturas ya no fueron lo mismo, así quiso verlo. Se volvió más descuidado, apenas delicado como ya hubo olvidado. Si una pintura se borraba por un soplido a mitad del trabajo no le importaba, continuaba y la obra quedaba a medio realizar desde la mitad. Sus colores antes eran honestos, y ahora eran menos cantidad, como si hubiese olvidado que existen millones. Sus líneas eran más rectas que curvas, y su profundidad de luces y sombras se intuía. Si antes no se preguntaba, ahora ya no hacía otra cosa, y eso le desviaba y restaba atención con respecto a su tan peculiar arte. “Peculiar”, no recordaba que una vez presumió de esa palabra...

Se asumió a sí mismo y se levantó para andar, alejarse de lo que fuese aunque supiera que siempre le acompañaba. Dejó de pintar y se centró en caminar y cavilar, centrarse en las pequeñas piedras en el camino y en apartar aquellas que bloquearan. Con malicia y bondad, se fueron definiendo nuevos pensamientos hasta el punto de no reconocerse. Las preguntas también cambiaron.

Llegó a una casa al borde de un precipicio. Se acercó con respeto y asomó. Parecía un lugar como si al creador del mundo se le hubiese olvidado terminar, o acaso acabó cansado y dejó el trabajo a mitad. En eso apareció una chica desde la casa, curiosa por el extraño. Él se fijó que no era agraciada, que el concepto de belleza nunca iría con ella, pero no mostró tal impresión ante ella. La chica le preguntó qué hacía y éste respondió que situar los pies en el suelo. Ella hizo igual y asomó a la nada. Creyó comprender. En eso fue pillada desprevenida y colores surgieron a su alrededor para cubrirla. La oscuridad tomó tonos y fue que se dejó llevar por aquel mago. El pintor parecía en otro estado, o mas bien había regresado a un estado familiar. Dejó que sus dedos mandaran y poco a poco se formó alrededor de la mujer la figura rota que fue hecha añicos, ahora con pupilas y esencia. Ambos se maravillaron y, por primera vez, él sopló a conciencia, con permiso de su voluntad para que la pintura flotara y fuera lejana con el viento del precipicio. La chica no salió de su asombro, observando cómo los colores caían como plumas hacia el abismo. Lo miró. Se vieron más allá y una nueva historia impregnada de colores surgió.

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