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6 min
El ajedrecista
Reflexiones |
08.07.17
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Sinopsis

El protagonista, en medio de una siesta, comienza a tener un sueño lúcido en el cual se enfrenta, en una partida de ajedrez, con un fantasmal adversario, rememorando diversos aspectos de su vida en medio de la partida y las emociones consecuentes.

 

Era una nublada tarde de invierno, creo haber despertado de una siesta, llueve tenuemente, veo la tarde gris a través de la ventana de la habitación. Los ojos vuelven a cerrarse.

Me siento distinto, percibo mi cuerpo cargado de electricidad, estoy flotando en un espacio oscuro, pareciera que no fuera la noche, ni la más oscura de las noches de invierno se comparan con la negrura infinita de la nada misma. Sigo flotando, quiero despertar, pero no me es posible, siento cierto temor por una situación tan angustiante.

Definitivamente no estoy soñando, soy consciente de lo que está pasando, floto como en el espacio exterior del planeta, ¡pero eso es imposible!, hace solo un momento vi la tarde lluviosa por mi ventana. Sin embargo, nada de eso interrumpe mi sueño.

De buenas a primeras, se observa, a lo lejos, una figura espectral, voy acercándome al fantasma, no quiero, pero no puedo evitarlo, una fuerza invisible me lleva irremediablemente hacia él.

De alguna forma me poso frente a la figura, no distingo nada de su rostro, simplemente parece una mancha deforme, mueve una de sus manos en señal de que me ponga cómodo, es como si me invitara, desconozco a qué pero, casi sin poder evitarlo, me siento frente a él.

Sin darme cuenta, veo que nos une algo a los dos: un tablero de ajedrez, donde yo llevo las piezas blancas y el espectral ente las negras.

Me doy cuenta de que espera que yo haga el primer movimiento, como es lógico teniendo en cuenta que soy el bando blanco. Hago mi primera movida, llevo mi peón de rey dos casillas adelante. El bloquea el avance de mi peón poniendo el suyo de rey enfrente.

Inmediatamente me invaden recuerdos, mis inicios, mi infancia. Recuerdo que siempre temí no encajar con los demás, sentía el rechazo de mis compañeros de la escuela primaria, de alguna forma no les agradaba.

Siempre buscaba hacer lo más fácil, aun cuando para ello perdiera mi propia esencia, mi propia forma de ser y mi identidad.

Sin darme cuenta, la partida de ajedrez con el ente ya llevaba algunos movimientos, observo en el tablero y veo que busco dar el “mate del pastor”, uno de los más básicos del juego, me pregunto en qué estaba pensando para hacer una serie de movimientos tan básicos y evidentes, seguramente mi adversario lo advertirá y sacará partido de ello. Efectivamente, mueve su caballo y bloquea el avance de mi dama. Estoy en problemas porque ahora movió su alfil y amenaza la pieza más poderosa que tengo.

Luego recordé a mi primera novia, recuerdo que éramos adolescentes, realmente estaba enamorado de ella. No recuerdo bien qué es lo que pasó, pero luego rememoré que, un día, ya llevábamos varios años de noviazgo, conocí a una mujer que me llenó los ojos, la seduje y terminamos teniendo una relación romántica. Lamentablemente, mi esposa conoció mi amorío extramatrimonial. Nos divorciamos.

Vuelvo a ver el tablero, observo que la entidad, a través de su alfil, capturó mi dama, pensé que ya estaba perdido, él ahora tendría una ventaja material que yo difícilmente podría igualar.

Siempre me pregunté el por qué de la forma que tiene la pieza del alfil, su modalidad fálica, erecta, me parece fascinante, llena de masculinidad, me siento, por momentos, identificado con dicha estructura arquetípica.

Recuerdo también mi hogar de la infancia, mi casa, llena de juguetes que mis padres con mucho amor me compraban. No recuerdo por qué, de hecho, era demasiado pequeño como para saberlo, pero un día mis padres me subieron a un automóvil y partimos hacia otro lugar. Es el día de hoy que siento el desarraigo, tengo la sensación de no pertenecer a ningún lugar en especial, como si mi alma se hubiese quedado atrapada en las paredes de aquél viejo hogar.

De pronto, recobro la cordura y vuelvo a darme cuenta de que estoy jugando, tal vez, la partida de ajedrez más importante de mi existencia. Para mi pesar, observo que la entidad ha capturado mis dos torres, ni siquiera sé como ocurrió ni que error cometí para terminar en semejante desastre.

Siempre sentí extrañas emociones a través del ajedrez, la victoria y sus satisfacciones, la derrota y su amargura. Siempre me pareció muy particular como un juego puede ser tan emotivo siendo que solo se trata de mover trebejos en un tablero, simulando una batalla entre dos ejércitos.

¿Por qué esa necesidad de pelear, de confrontar con otro?, ¿realmente existe otro con quien pelear o, simplemente, tenemos la ilusión de que nos enfrentamos a alguien?, ¿será que nuestra existencia se vuelve tan opaca que necesitamos alguien a quien vencer?, ¿pierdo por mis errores, o gano por los yerros de mi virtual adversario?, ¿a quién debe atribuirse, verdaderamente, el éxito o el fracaso de la partida?

Vuelvo a la partida de ajedrez, noto que mi fantasmal adversario ha capturado mis dos alfiles. Instantáneamente, recuerdo los problemas de vitalidad y de falta de apetito sexual que tuve luego de mi divorcio. Ni siquiera sé por qué lo pensé, pero así fue.

También perdí mis dos caballos. Una idea me invadió en aquél instante: mi insatisfacción por los trabajos aburridos que he tenido en mi vida, por el sinsentido de la vida en sociedad y sus injusticias sintemáticas.

Estoy perdido, mi oponente se dispone a darme jaque mate, ya no hay vuelta atrás.

En un inesperado giro de los acontecimientos, mi rival toma su rey y lo derriba, señal de que se retira de la partida, de que se rinde obteniendo, por mi parte, la victoria por abandono.

No entiendo por qué, ¿qué mérito tengo para ganar?, ¿por qué mi adversario, con su partida ganada, se retiraría y me obsequiaría el triunfo?, de pronto, logré observar el rostro de mi espectral adversario, sus líneas de volvieron claras… ¡era yo mismo!

Mi rival se levantó, extendió su mano derecha sobre mi frente, o la suya, ya no estoy seguro de nada, diciéndome… “ganar, a veces, es perder”, esfumándose como la neblina.

Despierto, estoy en mi habitación, mi esposa duerme a mi lado. Veo que ha dejado de llover y el sol se posa en el horizonte.

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Me gradué en la Facultad de Derecho de la UNLZ en 2004, cursé la especialización en derecho penal en la UBA y presto servicios en el Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires, Argentina. Tengo algunos libros publicados de mi especialidad. Soy amante de la filosofía y de la buena lectura. Me agrada incursionar en la literatura, me parece un medio fantástico para reflexionar sin siquiera darse cuenta de ello. Hoy en día, desconfío de toda autoridad erigida y veo, con cierta claridad, que el "orden social" solo sirve a algunos y esclaviza a muchos más. Lucho, pero lucho una batalla que no puedo ganar solo...

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