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20 min
El amanecer, las grullas, el filósofo y la joven Kemona
Amor |
09.01.14
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Sinopsis

En construcción. La verdad es que no sé por qué me empeño en escribir un cuento japonés. Creo que es solo por practicar, para no perder la costumbre. A ver si algún día consigo resolver los dos o tres problemas que tiene el maldito relato. O a ver si alguien los descubre y echa una mano. Si me dan el Pulitzer prometo citar en los agradecimientos a los generosos coadyuvantes. Ah, la categoría es mezcla de géneros, pero amor está bien a falta de otro mejor. Esta vez tiene un final (la anterior alguien me reprochó, con razón, la abrupta interrupción).

El amanecer, las grullas, el filósofo y la joven Kemona

 

            El rumor de las grullas se adelgaza cuando la mujer finge que se inclina a recoger los lotos de la orilla y el kimono de seda se desliza sobre sus muslos desnudos. El filósofo Kemas Kisiera, que ha salido a intentar comprender la madrugada, compara el pálido rosa de la piel entrevista con los reflejos del sol al amanecer sobre el estanque  y no puede decidir cuál es más puro. El rosicler se funde con el temblor crural —propiciado por el soplo del céfiro de la mañana— de la joven en cuclillas, casi sentada sobre sus calcañares; dejando la marca de sus nalgas sobre la arena; haciendo surcos donde se mezclan las humedades y los remolinos. Pasan pocos segundos antes de que el fulgor de las ondas lacustres ciegue su mirada o los chorros de oro enturbien sus ojos. Cuando se repone, la joven ha desaparecido y solo quedan las hondas huellas de sus pies que se llenan poco a poco de agua, ácido resol y nenúfares.

            Día tras día, durante todo el verano, Kemas volverá al mismo lugar, a la misma hora, repitiendo su indiscreción. No han dejado de interesarle los misterios del alba, pero algo más le preocupa ahora. Al principio ha pensado que la visión de una mujer ensimismada en la primera micción tras despertar no es algo tan importante como para inquietarlo (se la imagina saliendo al gekan apresurada, poniéndose el vestido sobre la piel desnuda, para no perder la posibilidad de unir al goce del paisaje el otro placer, el más crudamente fisiológico). Después, desconfía de sus sentidos, pues más de una vez, habiéndose concentrado en observar el efecto de los primeros rayos de sol sobre las aguas, ha vuelto su mirada a tierra y ha creído percibir entre los juncos los colores vivos, rojo y azul, del mismo kimono que ella lleva cada día. No puede perseguirla, no habrá de intentarlo hasta que la repetición del fenómeno, por cuarta o quinta vez, inocule el desasosiego en su cansado corazón. Poco dado a dejarse llevar por alucinaciones, trata todavía de encontrar una explicación y sólo entonces recorrerá el humedal en todas direcciones, con peligro de quedar atrapado en sus arenas cenagosas en varias ocasiones. Nada ocurrirá hasta el otoño, cuando las hojas del ginko se desprenden de sus ramas llenando el pantano de infinitas barquichuelas pedunculadas y las grullas deciden partir a la lejana isla de Kobe, donde él nunca ha estado.

            El mismo día que las palmípedas levantan el vuelo, Kemas recibe un recado escrito en esmerado silabeo hiragana:

“Honorable señor Kisiera:

            Por una venturosa casualidad hemos llegado a saber que somos vecinos desde principios del verano. Mi esposa Kemona y yo estamos deslumbrados por esta feliz coincidencia. Hemos seguido con toda la atención de la que somos capaces, dentro de nuestras humildes posibilidades, sus brillantes estudios sobre las ocultas conexiones entre la naturaleza y el alma humana. Discutimos a menudo, cierto que pobremente, acerca de sus estimulantes hallazgos y seguimos intentando con constancia experimentar esa comunión espiritual que intuimos que propone en sus clarificantes escritos tanto con seres vivos, fauna y flora, como inanimados. Aunque indignos de su talento, nos atrevemos a ofrecerle nuestro pequeño bungalow de vacaciones y desearíamos fervientemente tener el honor de contar con su presencia a la hora del té o en el momento que sea de su mejor conveniencia. Quedamos a la espera de su respuesta, y, ni qué decir, en todo caso, que muy agradecidos por la difusión que ha dado a sus perspicuas ideas.

Suyos,

Kemona y Keroyo”

            Kemas releerá la nota dos veces. Algo le intranquiliza. En todos sus paseos y persecuciones de la sombra de Kemona no ha detectado la presencia de ningún vecino. Comprende que la mujer del lago tiene que ser la esposa de Keroyo. Ahora sabe su nombre, aunque sigue sin estar seguro de dónde encontrarla. Pero hay algo más: los delicados trazos de los caracteres hiragana contienen siempre un mensaje oculto. Como bien sabe, ese sistema de escritura es sobre todo femenino y entonces está pleno de dulzura e insinuaciones, pero es usado también por hombres brutales para expresar amenaza y reto. El acabado de las líneas verticales, la forma en que se adelgazan y difuminan con el pincel de veintisiete pelos pueden querer decir: “Deseo verte, amado, tan pronto como creas posible, en el pabellón de bambú, bajo la nueva luna de septiembre”. Pero si el grosor es excesivo, si se ha usado la masculina brocha de treinta y tres cerdas, también puede significar: “Has visto a mi mujer desnuda y la has perseguido por los tremedales. Has mancillado nuestro honor y mereces seppuku”.

            Kemas dudará entre las dos interpretaciones. Sus conocimientos sobre la caligrafía hiragana son altos, como corresponde a un filósofo interesado en todos los saberes del arte, la técnica y la naturaleza, pero no lo suficiente como para deslindar algunas de las sutilezas que se agazapan en las largas retahílas de rayas, máculas y virgulillas, entrecruzadas, superpuestas, embastadas en la trama del papel, no tan satinado como para evitar el deslizamiento indeseado de la tinta, ni tan grumoso que pueda cambiar el mensaje original sin mediación de la voluntad del autor. Finalmente, decidirá enviar el escrito a su amigo, el eminente experto en shodou de ascendencia china, como el origen de su especialidad, Pin-Ze-Lin, que vive de forma solitaria en la provincia de Yamanashi, en las estribaciones del monte Fuji. Con tal intención depositará el rollo en su arqueta de correo. Sin embargo, la fatalidad quiere que, tan pronto su atención se desvía a otros menesteres, una grulla rezagada considere que el papel de morera y arroz puede ser un buen alimento para el camino y se lo lleve prendido en el pico.

            Tres días más tarde Kemas comprende que no habrá respuesta. Su inquietud aumenta. Quizá Pin Ze no contesta porque el mensaje es todavía más enrevesado de lo que él creía. O quizá todo son imaginaciones suyas y su amigo no comprende la gravedad del asunto. O puede que esté haciendo gala de la calma y el estoicismo que solo un artista dedicado profundamente a una técnica ancestral puede poseer. ¿Es apropiado que un filósofo comprometido con la naturaleza tome el teléfono y desvele el misterio sin más? Algo de sentido práctico le queda aún a Kemas. La seguridad con la que marca el número le sorprenderá a él mismo.

—Hola, Lin.

—Kemas-san, ¿qué te preocupa?

— ¿Has descifrado el manuscrito?

—Sí —El calígrafo reanuda una vieja conversación con su amigo sin comprender realmente a qué se refiere. En su mesa de trabajo hay varios legajos y su mente está absorbida por uno de ellos. El sabio habla de su sabiduría.

—¿Qué significa?

 

—Hace trescientos años un samurái y su joven esposa son desterrados por el daimio de la provincia de Kai. La mujer ha mentido para salvaguardar el honor de su familia. Cuando es cortejada violentamente por el señor feudal, para librarse del acoso, decide contarle que su marido, el fiel guardaespaldas, no lo es tanto. Cada vez que se le ha encomendado la misión de servir de correo, ha traicionado la confianza de su amo alargando los rabillos de uno de cada tres palotes en las cartas que han sido enviadas al Emperador. El significado de tal modificación es desacato y eso explica las frecuentes incursiones del ejército imperial en los dominios del disipado gobernador. La única solución es expulsar a la pareja que partirá hacia tierras lejanas. El guerrero, desconociendo los pormenores de la trama y convertido en un despreciado ronin, se sentirá tratado injustamente y acabará con su deambular atravesándose los intestinos con su katana. La desesperada esposa, viendo el mal resultado de su maniobra, se suicidará a continuación mezclando leche de higuera en el té. La leyenda dice que desde entonces ambos vagan por el país buscando hombres excesivamente desenvueltos en los que vengar la antigua afrenta.

—Entiendo— contestará Kemas.

* * *

            Interludio de profundis: "De las profundidades ha clamado mi corazón, sin embargo tu corazón no contesta, y mi alma no descansa". ¿Qué papel juegan en la vida y en los cuentos los malentendidos? Pin Ze se sentirá feliz de haber podido explicar la misteriosa historia a su amigo y Kemas ha recibido la solución al enigma (aunque en forma de cruel parábola). Sin embargo, ambos hablaban de cosas distintas. ¿Un ave hambrienta puede cambiar el curso de los acontecimientos? No, si hemos de creer en la fatalidad. Lo que ha de pasar, pasará.

            Kemas se preguntará si la naturaleza y el misterio son compatibles. Todo lo que entra por los sentidos es real, se dirá, pues basta con definirlo así de forma apodíctica, con el propósito de partir de una verdad incontestable. El bosque, la ciénaga y los manglares existen. Así como el Sol y la Luna y la fauna que puebla el lago mil veces visitado. Todo eso penetra por sus ojos, nariz y oídos y hace mella en su espíritu. Puede tocar las hojas del bambú y mascarlas para sentir su amargo sabor cuando le apetezca. Hundir sus pies en la arena y mojar sus manos en el agua. ¿Ocurre lo mismo con la joven entrevista bajo la bruma de la mañana? ¿Entra en la definición de real la leyenda que Pin-Ze-Lin le ha contado?  Las dos cosas han desatado la zozobra en su alma. No puede dudar, por tanto, de que ambas pertenecen al mundo de lo sensible. Pero, ¿deben clasificarse en el mismo orden natural que la materia?, ¿o hay que abrir una nueva categoría diferenciada? Sólo existe una forma de responder a esas preguntas. Kemas reflexionará sobre el problema durante tres días antes de decidirse a actuar.

            La acción, se conminará a sí mismo, sólo la acción pura y ciega, sin ningún respaldo reflexivo que la corrompa, resolverá la contraposición del deseo y el temor. Kemas comprenderá que la tendencia contemplativa que tanto ha propugnado y que forma la base de su filosofía no le sirve en esta ocasión. Se enfrenta a un problema que no tiene solución en los principios que desde siempre ha defendido. No escapa a su percepción que esta vez la naturaleza le ha jugado una mala pasada, pues es sin duda una extensión del mundo sensible, corporeizada en una aparentemente inofensiva invitación de sus vecinos, la que constituye la amenaza. Y es, por el contrario, una fantasía poco probable, la leyenda de los desterrados, lo único que de forma paradójica podría salvarle en la medida en que la ficción construye una barrera manejable para un hombre que confía en el poder de la meditación.

            Kemas no acaba de conseguir sustraerse al  análisis y a continuar sopesando sus oportunidades. El desarrollo de los acontecimientos no debe demorarse más.

Fin del interludio.

* * *

            No importa cómo Kemas llegará a descubrir el lugar donde viven sus vecinos: lo situaremos directamente llamando a su puerta.

            Kemás tirará suavemente del llamador dispuesto en el portón del jardín, lugar desde donde la casa apenas se adivina entre la espesura de los árboles. El sonido de la campanilla se amortigua por la distancia y no es posible saber si ha funcionado correctamente. Repetir la llamada sería una grave descortesía, por lo que la única opción es esperar. Pero no puede hacerlo durante mucho tiempo, en caso de que la campanilla no haya sonado, sin parecer un merodeador o pecar otra vez de indiscreción. Diez, quince, quizá veinte segundos es el límite que le impone el decoro. Sin embargo, si la llamada se ha producido y se retira antes de que le contesten podrían tomarlo por un atrevido y un frívolo. Los dueños de la casa lo tienen en sus manos antes de entrar. Debe demostrar su temple desde el primer momento, antes incluso de iniciar la confusa relación.

            En el momento en que la incertidumbre está a punto de volverse insoportable, Kemas oirá un chasquido, el cerrojo de la cancela se descorrerá, impulsado por un ingenioso mecanismo compuesto por un contrapeso y un cordel que va hasta la casa, y el acceso quedará franco. Pero atravesar el jardín Sakutei-ki, más de cien pasos sobre las losas de lustroso espato, sintiéndose observado por los moradores del bungalow, constituye una nueva prueba a la que debe enfrentarse. Como les ha ocurrido a todas las personas con cierta sensibilidad desde que el mundo es mundo, le asaltará la tentación infantil de caminar evitando pisar las junturas del irregular embaldosado. Por fortuna, caerá pronto en la cuenta de que eso le obligaría a dar largas zancadas en unos casos y cortos pasitos en otros, haciendo que su marcha se vuelva ridícula e incomprensible hasta el punto de que pudiera hacer dudar de su estabilidad anímica a los que le esperan bajo el alpende.

            Sin embargo, Kemas dispone de una ventaja. Una ventaja que a un occidental no iniciado puede parecerle muy pequeña. Durante el trayecto hasta la casa, Kemas tendrá la oportunidad de observar el jardín que la rodea. Según el tipo y la disposición que tenga podrá extraer algunas conclusiones sobre sus habitantes. Es cierto que no está seguro de que sean los dueños puesto que han podido alquilarlo para pasar el verano, pero quizá no hayan resistido la tentación de hacer algunos cambios mínimos. No es inhabitual en la tradición japonesa que los inquilinos no se sientan cómodos en su aposento hasta que han hecho algunas modificaciones y el maestro del orto confía en que su ojo experto en paisaje natural podrá distinguirlas. No le cuesta comprobar que se trata de un jardín de té (roji), que siempre incluye un sendero hasta el pabellón de bambú (como el mensaje parecía insinuar en una de sus versiones) en cuyas losas enmarcadas por el musgo se deposita el rocío de la mañana.

            Cuando lleva recorridos una veintena de pasos hace un descubrimiento sorprendente: “no se cumple el deseo de las rocas” (Kohan ni shitagu) en gran parte de los casos. La posición que adoptan contraviene el requisito del equilibrio inestable propio de este tipo de jardines. Eso revela una personalidad extrema en alguno de los moradores. Pero ¿quién?, ¿él o ella?, ¿cómo podrá averiguarlo?, ¿se trata de la fogosidad de la pasión amorosa o de la agresividad que provoca el odio y el afán de venganza?, ¿se dará la vuelta Kemas o arrostrará el peligro?

            El mundo está lleno de extrañas coincidencias. En el mismo momento en que Kemas da el paso número veintiuno, lejos de allí, un perillán de corta edad y costumbres poco refinadas deja exánime de un estacazo en la cabeza a una grulla que intenta comerse un papel repleto de delicados caracteres hiragana. En el paso veintidós una irritada madre, por casualidad experta en tal código de escritura, le arrebata de las manos el escrito a su hijo al tiempo que le afea su conducta. En el veintitrés lo leerá y se echará a llorar profundamente entristecida. En el veinticuatro Kemas sentirá un escalofrío y sabrá que ya no puede volver atrás sin desdoro.

           En un lugar lejano, buen Kemas, una mujer, a pesar de estar desbordada por las sangrientas travesuras de su retoño, se preocupa por ti sin conocerte. Se trata de un resquemor intelectual, basado en lo que acaba de leer, pues no puede poner con certeza, al principio, cara al destinatario para apiadarse de él ni sabe nada de los autores de la nota para intentar detener sus planes, si es que hubiera alguna posibilidad. Su compasión es abstracta, como las desviaciones insidiosas de los trazos en la sílaba tsu que tanto la han impresionado, quizá mezcladas en su retina con la reciente imagen de la grulla muerta. Su azoramiento no tiene nada que ver con la pasión, sólo con la bondad de su alma.

            Pero los sentimientos puros no pueden salvar la distancia y el tiempo (“esos fantasmas que ofuscan a los hombres” como ha escrito Kemas en uno de sus libros; “Disquisiciones sobre la línea del horizonte y el individuo estático”, p. 270, Editorial Tokio Shoseki, 2005).

            A menos que se disponga de un teléfono móvil.

            Y así es como llegará a sonar, justo ahora, en el bolsillo del filósofo.

            La doctora en lenguas japónicas Shumano Tendida, directora del departamento de Kana en la Universidad de Osaka, quizá la mayor especialista en hiragana del país, si Pin Ze Lin, con el que ha tenido algunas diferencias profesionales, no se considera ofendido; mujer de cabellos negros como las aceitunas en diciembre y algunas canas que se tiñe; entrada en la cincuentena; de cintura frágil y nervios templados; madre de un hijo preadolescente y poco dado a la meditación contemplativa; aficionada al shusi; y a las saunas para depurar la piel; algo abrumada por el mundo que la rodea, pero capaz de reaccionar cuando parece que va a invadirla la melancolía; es la doctora Shumano, la que ha marcado el número que Kemas anotó en el remitente de la carta a Pin Ze con la esperanza de obtener una respuesta rápida.

—¿Kisiera-san? (por supuesto, tras reflexionar un instante, que ha oído hablar de él y ha leído sus libros, aunque no comparte sus ideas y hasta, desde su actitud vitalista, siente cierto rechazo por lo que ella considera algunos aspectos demasiado románticos de la base ontológica).

—Lo siento. Ahora no puedo atenderla.

—Soy Shumano Tendida. Es urgente.

—Estoy a punto de hacer una visita importante.

—Dios mío. ¿A Kemona y Keroyo? Es justo eso. No acepte la invitación. No debe hacerlo.

            Paso veinticinco y silencio desconcertado de Kemas.

—No puedo explicarlo en pocas palabras. Soy especialista en hiragana y he leído la carta a Pin Ze Lin.

—¿Se refiere a la leyenda de los desterrados de Kai? La conozco.

            Ahora la desconcertada es Shumano.

            Paso veintiséis.

—¿La leyenda de Kai? No sé de qué me habla.

—Pin-Ze-Lin interpretó el texto y me la contó.

—Yo tengo la carta en mi mano ahora y no veo nada de lo que me dice.

            ¿Puede dos personas inteligentes, apremiadas por el tiempo, deshacer un malentendido que los hados han tejido en su contra?

            Aunque poco decidido, el paso veintisiete se sumará a los anteriores. Los inquilinos de la casa, de pie en el gekan, harán un leve movimiento que no pasa desapercibido a Kemas.

            La profesora Shumano repasa a toda velocidad los caracteres hiragana. No es posible que se haya equivocado. Ese estúpido de Pin-Ze-Lin chochea. Pero la ciencia de la interpretación caligráfica tiene sus dificultades. Kai, Kai, se repite, los desterrados de Kai, ¿dónde ha oído eso antes? Su pensamiento se desborda como el lago Biwa durante la estación de las lluvias y su alma se llena de angustia.

            Y ahora, una precisión (detengamos el tiempo, ya que entre tú, lector, y yo podemos hacerlo): ¿Qué pesa más en su desazón: el orgullo profesional herido o el deseo de salvar a un desconocido de un peligro incierto? Es posible que nunca sepamos la respuesta. El poder de un cuento es insuficiente para averiguar este tipo de cuestiones. Quizá si seguimos con la acción, el lector por sí mismo pueda llegar a una conclusión. O puede que los motivos profundos sean irrelevantes y que solo importen los resultados (lo que coincidiría con las reflexiones de Kemas sobre las cualidades de la acción desnuda, despojada de motivaciones)

—¿Puede aplazar la visita?

—No sin cometer una grosería.

—Se trata de su vida.

—¿Cuál es su interpretación?

—¿Tiene conocimientos de hiragana subtextual?

—Rudimentarios. ¿Dónde está el problema?

—En la sílaba tsu —duda, sigue dudando Shumano

            Quizá el lector tenga curiosidad por ver cómo es la sílaba tsu que tanta importancia está adquiriendo en esta historia:

          Parece poca cosa, vista así, pero los grandes misterios se esconden detrás de pequeñas cosas (proverbio japonés, desde luego).

            El filósofo contemplativo debe tomar una decisión rápida mientras ya Keroyo, que se ha adelantado a recibirlo, quizá para cortar las vacilaciones de su huésped, estrecha su única mano libre. La inconveniencia de estar hablando por teléfono cuando recibe la calurosa acogida de su admirador durará unas décimas de segundo. Las justas para percibir la inclinación cortés de Kemona algunos pasos detrás de su marido, descubriendo, o rememorando, el calor de sus muslos y permitiendo adivinar su postrera prominencia, la doble horma que, no ha mucho, dejó sus marcas en la arena. Las mismas fracciones de segundo que Shumano necesita para recordar la historia de Kai, para comprender que Pin Ze la ha vencido a través de la distancia y los días, para hablar atropellada... a un teléfono apagado por el honor y la difícil elección de buenas maneras, con un escueto gracias para despedirse, entre quien...

[Fragmento en construcción: es muy difícil de resolver]

—¿Keroyo-san? Sumimasen (discúlpeme). Soy Kemas Kisiera. He recibido su amable invitación.

            Tras la cena, Kemas se despedirá y fingirá que abandona la casa. En lugar de hacerlo, se dirigirá al pabellón de bambú, donde ha sido citado por su anfitriona en un pequeño aparte de la conversación que la ausencia de Keroyo, yendo a buscar su ejemplar de "Disquisiciones..." para pedirle una dedicatoria, ha propiciado.

            Bajo la luna de septiembre, en el jardín de las piedras que sufren sin alcanzar sus deseos, Kemona desatará la cinta que sostiene el pantalón de Kemas y tomará con su mano fría el sexo del filósofo. Tirará de él, primero con suavidad y después con fuerza, tendiéndolo, disponiéndolo en todo su elástico alcance, para que Keroyo, el ronin, salido de las sombras, lo cercene de un solo tajo con su katana, cumpliendo, una vez más, la venganza de los desterrados de Kai.

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  • Felicidades, este relato forma parte de la ANTOLOGÍA de tusrelatos.com este es el link: http://www.tusrelatos.com/relatos/antologia-de-tusrelatos-dot-com-tienes-un-buen-relato-que-mas-gente-deberia-leer
    Ya veo porque umbrio recomendo este como el mejor cuento de la red. Yo disfrute cada linea en una primera leida, sin fijarme en la historia (me perdi, es demasiado para mi). Me quede a la mitad y ahora no se si leer la segunda mitad (disfrutando como niño palabra tras palabra) o volver al principio y enfocarme en la historia.
    ¿Qué sonido se produce al aplaudir con una sola mano? Así preguntaba el aprendiz al maestro, así aplaudo a este relato de samurais del conocimiento, que me ha hecho evocar películas de Ozu y Kurosawa, Haikus de Batshuo, caminos del Zen, el juego del Go, Kemonda de nombres, (¿cuantos luchadores de Sumo hay en Japón: cien a lo sumo)ceremonias del te, jardines japones, meditaciones trascedentales, Gheisas dulces -y vengativas-... Tanta sabiduría que tenía algo olvidada
    Un placer leerte de nuevo, y más con una filigrana tan bien montada. El juego de la fantasía hecha realidad o de una realidad hecha de fantasia seduce, la reminiscencias japonesas le ponen el toque exótico permitiendo ir más allá en el juego con el lector occidental, dándole a la ironía subyacente un halo de naturalidad. Nadie que lo lea pensará "en construcción", creo. Excelente relato.
    Es tan bueno que dan ganas de conocer el "detras de camaras", de conocer la primera version. Me lo lei a esa hora maldita en la que Shariar se dispone a ejecutar a Sheharazada y que la esposa del kimono deslumbra al contemplador. Leyendo El Enigma de Qaf de Alberto Mussa, supe que la legendaria esposa es tambien un espiritu maligno cuya unica manera de conjurar es retandolo a contar historias sin repetirse. Aqui el sabio prefiere vivir la historia a que se la cuenten y tiene su merecido. Al privilegiar el tacto al oido, la voluntad a la representacion queda expuesto al ridiculo y a la crueldad. Heroe del deseo que como el escritor se "desgarra" para traerle al lector una excelente historia.
    Caramba, creo que es el mejor comentario que he recibido nunca. Y llevo ya unos años por aquí. Muchas gracias. Y yo que pensaba que tenía un par de defectos graves, como apunté en la sinopsis, por lo que esperaba un palo.
    Es un cuento extraordinario, he quedado impresionado y he gozado a rabiar de la lectura. Los nombres de todos los personajes son la monda, y en el interludio no he podido evitar recordar lo que Julio Cortázar dijo en numerosas ocasiones (por ejemplo, en Berkeley, clases de literatura, 1980): "Desde muy niño lo fantástico no era para mí lo que la gente considera fantástico; para mí era una forma de la realidad que en determinadas circunstancias se podía manifestar, a mí o a otros, a través de un libro o un suceso, pero no era un escándalo dentro de una realidad establecida. Yo vivía en una familiaridad total con lo fantástico, porque me parecía tan aceptable, posible y real como cualquier cosa real, con lo cual creo que ya en esa época yo era profundamente realista, más realista que los realistas puesto que los realistas aceptaban la realidad hasta un cierto punto y después todo lo demás era fantástico. Yo aceptaba una realidad más grande, más elástica, más expandida, donde entraba todo”. Te darás cuenta que Cortázar habla de lo fantástico en su condición de hombre perceptivo, pero es una disposición que sirve perfectamente para los cuentos. En el tuyo se trenzan y deslían lo que en el interludio llamas malentendidos, comunicaciones abortadas seguidas de interpretaciones y conclusiones gratuitas que sin embargo le dan a esa situación equívoca que parece como descuadrada, una textura de realidad que finalmente se impone en la conclusión del cuento. Lo repito, he disfrutado mucho con la lectura. Feliz año y saludos.
  • Para hacer compañía a los divertidos cuestionarios de León27. La primera vez que se publicó esto no se entendió que era una autocrítica o, al menos, una advertencia dirigida a uno mismo. Aunque si alguno se las quiere aplicar, no hay inconveniente.

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Soy casi como la sombra gris. Me he acicalado un poco. Domar la guedeja canalla llevará más tiempo.

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