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4 min
El anciano cuántico
Reflexiones |
14.11.16
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Sinopsis

De lo que somos y de lo que dejamos de ser.

 

Lo recuerdo perfectamente, eran las cuatro de la tarde, minuto más, minuto menos, y la cerveza helada que había sacado de la nevera, se había puesto tibia en tan solo cinco minutos. Hacía mucho calor y al llegar del trabajo, sin haber comido, abrí una lata de cerveza, y salí al balcón esperando que una brisa me refrescara el cuerpo.

Las vistas de Barcelona desde mi casa, un décimo piso, son espléndidas, abarco desde el Tibidabo hasta el mar, y miro la calle a vista de pájaro. Estaba alucinado por la pericia de un hombre para sacar material vendible de un contenedor de basura, ayudado de un palo de escoba rematado con un alambre, y, entonces, lo vi; vi al anciano de los dos bastones, uno rojo y otro verde, caminando muy lentamente por la acera, y, al erguirme para dejar la cerveza en la mesita, dejé de verlo. Desapareció. Me asomé más, mirando a uno y otro lado, pero nada, ni rastro del anciano. Me quedé quieto, pensativo, inmóvil ante el estupor, y una sombra furtiva y lenta que sujetaba dos bastones, apareció por el rabillo del ojo, unos metros más adelante, se mantuvo borrosa durante un par de segundos, hasta que volví la cabeza y el anciano desapareció de nuevo.

Intenté recordar dónde lo había visto antes. Seguro que era del barrio; y sí, había coincidido con él en el autobús, cuatro o cinco veces, todas ellas sentado, quieto, en el asiento reservado, sujetando sus dos bastones, el rojo en la mano izquierda y el verde en la derecha; recuerdo haber pensado que el anciano era como un buque antiguo y los palos sus luces de navegación.

Al día siguiente me senté en el balcón, esperando, y respirando despacio para no moverme. Apareció una hora más tarde, pero más nítido; lo seguí con los ojos durante unos diez segundos y volvió a desaparecer. Bajé a la calle lo más rápido que pude; a la velocidad que caminaba el anciano no podía estar lejos. Ni rastro de él, pregunté a unos niños que jugaban a pelota, nada, a la dueña del bar de la esquina y a las personas que estaban sentadas en su terraza, nadie había visto nada.

— ¡Oiga! — dijo uno—. Con esa descripción solo puede ser un hombre que veo a veces en el autobús. Por si le sirve, en la línea 3. Pero no debe ser de aquí.

—Gracias —respondí.

En casa hice un boceto de su cara y de su aspecto, y el sábado salí a preguntar por el anciano misterioso. Me estaba obsesionando con una nadería. Me llevé una sorpresa, mucha gente lo reconocía, muchos decían haberlo visto fugazmente por la calle, o en el autobús, sentado inmóvil en el asiento reservado. Supongo que mi extravagancia llamó la atención de los vecinos y una mujer morena se me acercó.

—Ese hombre es Manuel, pero usted no puede haberlo visto porque desapareció hace seis años, tras la muerte de su mujer, cuando el hijoputa de su hijo se largó, dejándolo solo. Esos que dicen haberlo visto mienten, le están tomando el pelo. La urbana lo dio por muerto.

—Oiga, pero es que yo lo he visto. Lo he visto en el autobús y caminando por la calle, pero es una imagen fugaz que desaparece en cuanto te mueves.

—Bobadas.

La mujer se dio la vuelta y se alejó balanceando la cabeza.

 

Han pasado cinco años de aquello y hoy he vuelto a verlo, o casi; desde mi atalaya del décimo piso he visto aparecer brevemente los dos bastones. Es como si el anciano estuviera existiendo en una frontera, en un horizonte de sucesos, como me explicó mi hijo Iván, que es físico; como si lo que yo veía fuera una especie de radiación de Hawking proveniente de un ser, de un anciano que, en su soledad, hubiera quedado apartado en el horizonte de sucesos de un agujero negro. ¿Habrá un horizonte de sucesos para toda la gente que se encuentra sola? Todas esas personas que ignoramos, que no tienen a nadie, ¿caen en una frontera cuántica en la que deambulan tristes para siempre? ¿Existe un plano espacio temporal diferente lleno de descartados de la especie humana? Ahora me preocupa encontrarme de repente viejo y sin nadie, alejándome de esta realidad para instalarme eternamente en el horizonte de sucesos de la indiferencia ajena.

 

 

 

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