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3 min
El anillo del nibelungo (IX)
Fantasía |
05.08.06
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Sinopsis

Escena IX

Freia, Loge, los gigantes, e incluso las flores del prado parecieron agachar sus cabezas y torcer sus tallos ante Erda. La luz y la paz que aquella figura maternal inspiraba en todas las criaturas, era comparable a una rendición incondicional del alma a la vida. Erda era el aliento de la vida, el inicio y el fin de todas las cosas.
Avanzó por la alfombra de la hierba, que parecía florecer en un ataque primaveral bajo sus pies, hasta llegar ante Wotan y le alargó las dos manos, como la madre que reclama un juguete que su hijo ha tomado sin permiso. Wotan titubeó. Se quitó el anillo del dedo, pero lo encerró en su puño.
-Debe volver a su dueño –dijo Erda.
Wotan pensó “Yo soy su dueño”, y lo era. Pero no pudo decirlo. ¿Había olvidado quizás las palabras?
-Las hijas del Rhin lo reclaman. Debes devolvérselo.
Wotan miró de reojo a los gigantes. El Walhalla, pensó. Ellos… yo… Erda alargó una de sus manos hacía el rostro del Dios, y acarició el parche que cubría el ojo ciego que Wotan había perdido tiempo atrás. Pudo ser un gesto afectuoso, pero Wotan lo percibió como una amenaza. Ya perdiste un ojo por tus imprudencias de juventud… sintió en su interior. El anillo, repercutía en su cabeza, debe volver al Rhin sino…
Erda retiró la mano de repente. Antes de darle la espalda y desaparecer tan sólo dijo:
-Devuélvelo al Rhin.

La oscuridad planeó de nuevo sobre el bosque, como si una amenaza envolviese a los Dioses. El viento volvió a soplar con ira. Wotan vio como Fafner y Fasolt esperaban. No se irían sin el anillo. Él y los demás dioses no podían prescindir de Freia. Y Erda había dicho… y la nube sombría se le acercaba y sintió envolverse en ella. Debía urdir algo… quitárselo a los gigantes, recuperarlo… lo apretó en su puño cerrado. ¿Cómo? A menudo el camino más fácil es el único que no se puede tomar. Había un pacto. No podía romperlo. No podía robarles el anillo, lo tenía en su mano sí, pero ya era suyo. Y a la vez tenía que devolverlo. Al Rhin, o sino… esa nube sombría se cerraría sobre él, sobre todos. Sintió un escalofrío en el alma.

Un par de paso por detrás, Loge observaba atento. Se podía decir que hasta leía los pensamientos de Wotan.

Wotan dio un paso hacía delante.
- Maldita sea –dijo, y lanzó el anillo a la montaña de oro.
- Ya es nuestro –dijo Fasolt.
- No – dijo su hermano.- Es mío.
Y Fafner se lanzó al cuello de Fasolt.



Continuará.
Leo Bennacker
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