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10 min
EL ÁRBOL
Terror |
06.08.17
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Sinopsis

Un cuento de terror sobre un hombre muy malo y una venganza...

EL ÁRBOL

            Peter Benton, Concejal de Medio Ambiente de “High Bow”, se adelantó un par de pasos y se encaró con Mr. Limergreen, que le miraba con ese aire de suficiencia que tienen los que creen que el dinero lo puede todo (aunque, en casos como éste, sea cierto)

            ―Esto no quedará así, Limergreen. Usted no puede comprarlo. Ese árbol pertenece al pueblo. Lleva en la plaza desde hace más de doscientos cincuenta años. Antes de que fuera fundado este pueblo.

            ―Tranquilo, amigo Benton. Aunque usted no lo crea, el viejo roble estará mejor cuidado en mi jardín, de lo que nunca lo estuvo en la plaza. Se lo aseguro.

            Benton, impotente, apretó los dientes y los puños y, dando media vuelta, se dirigió a la puerta de su despacho.

            ―Salga de aquí ahora mismo –abrió la puerta, e hizo un gesto al millonario―. Esto no quedará así, se lo prometo.

            Derrick Limergreen, sonriendo con aire triunfal abandonó la oficina del enfurecido Concejal.

            Dos días después de aquella “charla”, el centenario roble, era arrancado del centro de la plaza del pueblo, y trasladado al majestuoso jardín de la no menos majestuosa mansión de Derrick Limergreen.

            ―Perfecto, muchachos, perfecto –el millonario había estado observando, con sumo interés, las tareas de transplante del árbol.

            Mientras, en un bar cercano.

            ―Ese maldito hijo de puta prepotente –Peter Benton, vaso de cerveza en mano, lanzaba graves improperios contra Derrick Limergreen, apoyado en la barra del local―. ¡Pero esto no va a quedar así!

            El barman, con gesto comprensivo, asentía con leves movimientos de cabeza.

            ―Te aseguro, Sam, que haré lo que esté en mi mano para devolver ese roble al lugar donde pertenece –apuró el vaso de cerveza, y se levantó del taburete.

            Sam, le dedicó una sonrisa y levantó su mano derecha en señal de despedida.

            ―¿Qué le pasa a Benton? –Un hombre, vestido con el uniforme azul de la Policía, y una brillante placa en el pecho, caminó hacia la barra―. Parecía a punto de matar a alguien.

            ―Hola, agente Leaf –el barman, sacó una botella de vino tinto de debajo del mostrador y dos vasitos, y los llenó hasta el borde.

            ―Gracias –John Leaf, tomó uno de los vasos, y se lo bebió de un solo trago―. Delicioso. ¿De dónde sacas esta maravilla?

            ―Reserva el noventa y siete. De lo mejorcito de las bodegas californianas –explicó con orgullo el buen Sam.

            Después, volvió a guardar la botella bajo el  mostrador.

            ―Todo es por el asunto del árbol.

            ―¿Qué árbol? –El Policía acercó un taburete a la barra y tomó asiento.

            ―¡Vaya! ¿En serio no sabe nada?

            ―No; cuéntame.

            ―Pues, nada. Que Limergreen, ha hecho trasladar el viejo roble de la plaza al jardín de su mansión.

            ―¿No hablarás en serio?

            ―Totalmente.

            ―Joder –Leaf, se quitó la gorra, y pasó una mano por sus plateados cabellos―. El viejo Derrick no es un buen elemento…, no señor.

            ―Ya le llegará su justo castigo –vaticinó el barman con voz profunda.

            En la calle, Peter Benton caminaba a buena velocidad hacia el Ayuntamiento, situado en el primer piso del viejo edificio de la biblioteca (tristemente famoso, por haber sido el escenario del asesinato de una joven actriz de teatro, llamada Mary Crawford, a manos de John Sallinger, su compañero de reparto, dos años atrás), cuando una voz familiar sonó a sus espaldas.

            ―¡Benton, hey, Benton!

            ―¿Qué pasa? –El Concejal de Medio Ambiente, se giró, y sonrió, al reconocer al joven Mario Limergreen―. ¡Hola, Mario! ¿Qué tal la vida en la gran ciudad?

            “Es una suerte que el joven Limergreen no se parezca a su padre” –pensaba Benton, mientras estrechaba la mano que le tendía el muchacho.

            ―Bien, bastante bien –Mario, apretó con fuerza la mano que le tendía el Concejal―. Pero, añoraba la tranquila vida de “High Bow”.

            ―No creas que es todo tan tranquilo –la expresión de Benton, se ensombreció de repente.

            Mario Limergreen, bajó la cabeza con aire avergonzado.

            ―He llegado a casa, cuando los jardineros terminaban de plantar el roble.

            ―Tu padre se salió con la suya.

            ―Puedo hablar con él –ofreció el joven―. Quizás me escuche…

            Benton, sonrió con aire triste, y movió la cabeza con gesto derrotista.

            ―Haz lo que quieras. Pero tu padre no es de los que escuchan.

            ―Soy su hijo.

            ―Ni a su hijo.

            Aquella noche, en la lujosa mansión Limergreen.

            ―¿Qué tal te ha ido en New York? –El viejo millonario, se dirigió a su único hijo y heredero, sin levantar la mirada del plato de la cena―. Supongo que te ha ido bastante bien, cuando en seis meses, sólo has llamado a casa en –el viejo alzó un dedo de su mano derecha, y luego otro―, dos ocasiones.

            ―¿Acaso crees que era agradable llamar a casa, cuando lo único que escuchaba eran tus quejas y protestas? –Mario se levantó de la silla y, sin terminar la cena se dirigió a la puerta del comedor.

            ―¡Mario, vuelve aquí! –Rojo de ira, Derrick Limergreen apoyó los puños en la mesa, y se alzó de la silla―. ¡Aún soy tu padre, y me debes un respeto!

            ―Ni después de tu último triunfo eres capaz de sentirte feliz. No es extraño que mi madre se largara con Fergusson –Mario salió del comedor dando un portazo.

            Furioso, Derrick Limergreen, cogió el plato de porcelana de Sevres, aún medio lleno de comida y lo estampó contra la puerta de la sala.

            ―¡Mierda, mierda, mierda! –Salió del comedor, furioso.

            En el jardín, algo comenzó a susurrar.

            Y el anciano miró por la ventana de su dormitorio…

            Y el joven miró por la ventana de su dormitorio…

            A la mañana siguiente.

            ―Señorito Mario, es hora de levantarse –María, la joven criada de la casa, entró en el dormitorio ocupado por Mario, caminó hacia la ventana y subió la persiana.

            En su cara se dibujó una mueca de horror, al ver al hijo de su patrón (aunque, no era la primera vez que la muchacha se enfrentaba al espanto ya que, dos años atrás, había descubierto el cadáver de su antiguo amo, en la vieja cabaña de éste), tendido sobre la cama, en una postura incómoda y grotesca: Su cabeza colgaba de un lado del lecho, con los dientes fuertemente apretados en un rictus de dolor, al igual que los puños, uno sobre la almohada de algodón, y el otro, aferrando la blanca sábana.

            Media hora más tarde.

            ―Es lo más extraño que he visto nunca, Derrick –el anciano Doctor Winslow, guardó el estetoscopio en el maletín y, tras cerrar la puerta de la habitación de Mario, se dirigió a Limergreen padre―. ¿Estás seguro de que Mario no ha sufrido nunca un ataque de anemia?

            ―Nunca, William –Derrick acompañó al galeno hasta la puerta principal.

            ―Le he dejado vitaminas en la mesita. Si vuelve a recaer, llévalo al hospital, y le haremos una transfusión.

            El anciano médico salió de la casa y, al hacerlo, sus viejos y cansados ojos se posaron el roble.

            ―¿Qué es eso? –Se volvió hacia Limergreen―. Parece el árbol de la plaza.

            ―En efecto –una sonrisa triunfal, se dibujó en el rostro del viejo millonario.

            ―Vale más que lo devuelvas a donde pertenece –el Doctor William Winslow señaló con la cabeza, en dirección al árbol.

            ―Lo dices como si el roble tuviese alguna maldición.

            Winslow, lanzó una divertida carcajada.

            ―No, lo digo por Benton. No tardará en lanzarse sobre ti, con toda la fuerza de sus amigos de Medio Ambiente.

            ―No temas –Limergreen, alzó su derecha, con gesto tranquilizador―. Todo el mundo tiene un precio.

            Al mediodía.

            ―Buenas tardes, María –el Concejal de Medio Ambiente, dedicó una agradable sonrisa a la joven sirvienta de los Limergreen (de todos era sabido que, entre ellos dos, había algo más que amistad), cuando la chica le abrió la puerta―. ¿Qué tal está el señorito?

            ―Está en su dormitorio –la joven sonrió y añadió, con cierto tono de complicidad―; el viejo Limergreen ha salido y no volverá hasta la noche.

            Como única respuesta, Peter se inclinó y la besó en los labios.

            Después, subió las escaleras, hasta el dormitorio de Mario Limergreen.

            Una hora más tarde, Peter Benton, abandonaba la mansión, con la preocupación pintada en el rostro.

            ―Debe haberse vuelto loco. La anemia ha debido afectarle al cerebro –a medio camino, se volvió, y miró el enorme roble, cuya frondosa copa era visible sobre la tapia de la mansión Limergreen―; no existe otra explicación al miedo que Mario tiene al maldito árbol. ¡Pensar que le está chupando la sangre!

            Pero. Aquella noche.

            El teléfono sonó tres veces en casa de Benton, antes de que lo cogiera.

            ―¿Diga? –Miró el reloj; las doce y media―. ¿Mario, qué pasa? ¿El roble, un hacha?

            Quince minutos más tarde, Peter Benton, se personaba en casa de los Limergreen. Llevaba un hacha en la mano derecha.

            ―¿Qué hace usted aquí?

            ―Mr. Limergreen –Peter, caminó hacia el roble―. Sé que Mario está…, muerto.

            ―¿Cómo sabe usted eso, quién se lo ha dicho?

            ―Nunca me creería si se lo contase –alzó el hacha.

            ―¿Qué va a hacer? –Derrick, dio un paso hacia el Concejal―. ¿Qué pretende?

            ―Le dije que se arrepentiría de llevarse el roble de la plaza –balanceó el hacha―. Y ahora, el árbol se ha vengado de usted.

            ―Tonterías –Derrick, apretó los puños―. ¿Cómo ha podido hacer tal cosa?

            ―Matando a Mario –el filo del hacha hirió la corteza del roble―. Ayer, Mario me dijo que el árbol le había chupado la sangre, como un jodido vampiro.

            ―¡Eso es una estupidez!

            ―También yo lo creía así –de un tirón, arrancó el hacha del tronco del roble―; pero ahora me doy cuenta, de que debí escuchar a su hijo –al desclavar el hacha, un chorro de sangre fresca brotó de la herida abierta en la corteza del viejo árbol.

FIN
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