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5 min
El arce
Amor |
11.05.15
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Sinopsis

Un hombre bajo el árbol, el color que tiñó su vida.

Bajo las hojas sanguíneas, al atardecer, encontré la paz. Todo había acabado hacía ya tanto tiempo. Su sonrisa se había desdibujado. Los trazos de su cuerpo borrados por la goma de la vida, cuando pensé que estaban impresos en tinta indeleble. Como lo es el viento que mece las hojas de mi ataúd. Sobre mis uñas sucias y rotas, el horizonte es rosa, y se degrada hasta imitar el naranja del Sol. Él tras las montañas desnudas se esconde, esas que imitan sus senos de porcelana.

Se bajó del tren a la segunda parada. Allí donde una delgada anciana desdoblaba el periódico del día con tiento. Taconeó bajo el reloj de cuerda, su vieja gabardina ondeaba al viento. Me miró, no como aquella que vuelve atrás la vista, sino como la mujer que mira al hombe que está en su mismo andén.

El viento no se llevó ninguna palabra. Ahora desliza los suspiros de mi vida. Gotas de sudor recorren mi barba, no sé si están frías. No tengo miedo. El arce mece sus hojas del color de la sangre. Cerca, muy cerca, mi mano ha rozado una gruesa raíz. Sale de la tierra, verde y fértil. Sigo sin saber dónde han quedado mis raíces. Quizá en la casa bajo la colina que hoy me ve morir. Quizá en la hija que tuvimos.

Siento que este parpadeo es un sueño. Las briznas de hierba me hacen cosquillas. Visto el traje negro, el que usé el día de nuestra boda. Quizá hoy la vea, de todas formas, voy a morir. Bajo el arce rojo, que se nutre de la sangre de mis venas. Es el último color que veré, el último color que deseo ver, el color de su pelo.

Vienen a mi mente imágenes de la fachada, era beige. El mismo viento que acuna mis párpados se mueve en mi pasado. No está ella, ni mi hija, pero se mueve un columpio, delante del roble. Nuestros nombres están tallados en la corteza. Vivimos nuestro hogar a la sombra del segundo árbol que conocimos. El primero suelta una hoja que baila sobre mí, juega con los destellos que de entre sus picos se escapan. Veo el cielo, y luego nada, y de nuevo el cielo, sobre el enramado de venas que traduce el cielo en sangre, en vida. Quiero morir, la vida se escapa de mis muñecas heridas, viaja hasta mis dedos y los calienta, y después cae sobre la hierba, que se nutre de mí, de mi pasado.

Mi madre no está en estas ramas, nunca lo ha estado. Se fue, como cada mujer en mi vida. Llevo al cuello el colgante que me regaló, por eso no he podido vestir hoy la soga. Es tarde, el reloj de mi padre hace tic, y luego tac. El Sol no quiere demorar su descenso. Estoy tumbado, sobre la hierba, bajo el rojo que fue mi universo, sintiendo cada pulso que llega del mundo a mis venas abiertas.

El pelo de nuestra hija es rubio, del olor de la azucena y se mueve con vida propia. Sus ojos son azules como el mar que la vio nacer. La tarde en la costa de la muerte que trajo una vida. El regalo más maravilloso del mundo. Nos amamos aquella noche ante el árbol, entrelazamos nuestros cuerpos al son de una garza. Yo así su mano, y herí la corteza para dibujar nuestro futuro. Pero en el futuro de los padres los hijos no pierden el pelo.

Sus rizos de oro, la riqueza de mi vida, se apagaron. Sus ojos de mar profundo se sumergieron en las olas. Murió al quinto mes, con un alfiler en su brazo de papel, girando el cuello para mirar al mar. Pensé que aquel barco bramaba por ella.

El amor es palpable, y puede morir. En la lápida de su tumba no pudimos grabar futuro alguno. Yo sostuve su mano fría, mientras la lluvia limpiaba los rostros de lágrimas. Pero ella no lloraba, no podía llorar. Tenía demasiado dentro como para que unos ojos estrechos lo pudieran expulsar. Cuando posó su mano sobre mi hombro, y me susurró al oído, sentí que el vaho de sus pulmones sustituía la calidez del Sol. Pero se congeló en una nube gris, ella se dio la vuelta.

Las paredes de mi casa eran beige, como ella quiso. A mí me horripilaban, pero terminaron por encantarme, sobre todo cada vez que mi hija las ensuciaba con sus pequeños dedos empapados en pintura. Mi hija está muerta, la pintura se ha apagado con el tiempo. Las ventanas se han vuelto opacas. Ella se fue, cargando en la maleta su dolor. El único color que jamás se apagará será el rojo.

Bajo el arce de la colina, muero en paz. Una última hoja cae desde la rama más delgada. Suplico a Dios, si existe, que la luz que veo sean los destellos de su pelo. Y cuando descubro que así es, lloro, y sonrío como había olvidado.

Es de noche, el arce se dobla, yace sobre mi cuerpo. Mi eterno guardián, símbolo de mi vida. Estoy viendo el rojo, detrás de las hojas, detrás de la Luna. Bajo el testigo de mi vida, morí sonriendo y llorando. Como ella me hizo sentir las noches de otoño.

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