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31 min
El Arte Exige Sacrificio
Suspense |
22.06.15
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Sinopsis

Relato de misterio y terror, a medio camino entre M.R. James y Roland Topor. En busca de tranquilidad, un artista torturado se muda al piso más alto de un edificio barcelonés. Allí empezará a oír un extraño ruido desconocido que, poco a poco, empezará a influirle de forma artísticamente oscura, y conocerá la demencia y la crueldad de cierta antigua creencia...

~~

 

EL ARTE EXIGE SACRIFICIO


(Lo que sigue es un extracto de la última parte del diario de Karel Sorvam, artista afincado en Barcelona, hecho público por la policía tras su suicidio a los 38 años de edad. Su caso, sin precedentes en los anales psiquiátricos españoles, resulta cuando menos desconcertante; se deja a juicio del lector cualquier consideración o conclusión ulteriores).

 

12 de febrero. – Tras los mil cambios, gestiones y trámites de turno, hoy pude finalmente disfrutar de mi primer día en el nuevo piso. He perdido mucho tiempo con el traslado y casi no he podido dedicarme a pintar. Se trata de un octavo piso –no tengo a nadie encima, que es lo que buscaba desde buen principio– y, comparado con el anterior, ese entresuelo asqueroso en mitad del Barrio Gótico, esto parece el paraíso mismo. Al fin, tras cuatro años, me he librado de tamañas incomodidades (ladridos de perro, niños correteando, humos, un olor repugnante a sardinas fritas cada dos o tres días…), que me negaban la tranquilidad necesaria para trabajar. Espero empezar aquí, pues, una nueva vida, donde tenga la oportunidad de concentrarme y no sea molestado por las estupideces del populacho. Ars longa, vita brevis: ningún artista debería jamás olvidar eso. Por lo demás, la beca que me concedieron hace dos meses no durará mucho, y, si no consigo colar pronto al menos un par de cuadros en alguna galería con algo de proyección, tendré que volver a dar clases, cosa que me disgustaría enormemente.
13 de febrero. – ¡Una maravilla! Acerté del todo. Por la mañana, al despertar, el sol entraba de lleno en el cuarto; una sensación de calidez y ligereza me invadió por completo. El paisaje urbano, a tanta altura, me parece tan interesante que acaso me distraerá demasiado del trabajo –pero al menos ahora seré distraído de una forma fructífera y creativa. Al fondo, entre dos edificios, veo la raya azul del mar, como un símbolo moral y un recordatorio; al otro lado, un gran pedazo de colina verde parece erguirse para recordarme la infinita variación cromática de la naturaleza y su juego insuperable de colores. Acompañados de una tostada con mantequilla y una buena taza de café, este momento y este silencio resultan impagables; sólo por ello ya no me arrepiento nada de haber tenido que pasar por los mil fastidios del cambio de domicilio…
16 de febrero. –Hace un frío y un viento tremendo estos días; la bandera que unos vecinos tienen colocada en un balcón del edificio de delante parece a punto de desgarrarse a cada momento. Sin embargo el cielo está sereno y azulísimo, y eso me infunde ganas y deseo de pintar; y no sólo de pintar, sino de crear, de experimentar, de indagar nuevos caminos y nuevas visiones. He empezado un óleo sobre tela recientemente, y tengo la impresión de que…, pero aún es pronto para hacer conjeturas, debo esperar, dejar que el tiempo lo madure…
19 de febrero. –Estoy tratando de acotarme a una rutina, a una disciplina de actuación. Como poco y sano; mastico despacio; duermo al menos siete horas diarias; fumo tan sólo un purito al día, después de cenar; uno y medio como máximo. En cuanto a relaciones no profesionales, tan sólo veo a mi amigo N.C., que me encuentra “más radiante de lo habitual”, y eso, según él, no pega con mi naturaleza. Creo que sé a lo que se refiere, y acaso tenga razón. Todo marcha bien, grosso modo, y estoy tranquilo; acaso demasiado tranquilo para una persona que se dedique al arte. Hay algo, sin embargo, que debo registrar en este diario, que, por lo demás, tan sólo ejerce de guía o registro general para mí mismo. Desde hace algunos días –no sabría precisar cuántos– oigo una especie de…¿cómo lo diría? No sé si la palabra sea chirrido, porque no tiene la menor estridencia, ni parece provenir de fuera sino de dentro de mí. No sé si será por la altura del edificio, por algún fenómeno atmosférico, o acaso porque me entró algo de agua en el oído cuando me duché esta mañana. Pero en fin, todo esto son nimiedades y acaso revelan demasiado ocio, demasiada molicie por mi parte. ¡Vine aquí a trabajar! ¡Klee, Kandinsky, Chagall…, últimamente paso tanto tiempo estudiándolos…! Y no obstante busco mi propia voz, mi propia estética. Uno aprende con los años; y sólo con los años comprende verdaderamente el espíritu de los grandes maestros. ¡Menos temores ridículos y mezquinos, y al grano!
21 de febrero. –“Temores ridículos y mezquinos”, escribí hace dos días. Nada más lejos de la verdad, mucho me temo; me excedí, sin duda, al escribir eso. Realmente oigo algo, un ruido monótono y muy poco agradable, que recuerda a un chirrido; parece ir y venir, y a veces es más claramente audible que en otras; pero se diría que proviene de dentro de mí, y no de fuera. Es un misterio; pero un misterio que me resulta algo antipático y me impide, en ocasiones, seguir con mi tela. Siempre me acompaña, como un fondo neutro, como un temblor o un rumor lejano; parece oscilar; pero cuando trato de concentrarme y escuchar con cierto detenimiento para definirlo o determinar su origen, esto parece imposible: es escurridizo y huidizo y como irreal…Sin duda he estado demasiado agitado últimamente y mis nervios se habrán visto afectados…
22 de febrero. –Acudí por la mañana a un otorrinolaringólogo, el doctor I. P., que tiene consulta propia no lejos de casa. Estaba llena de viejecitos, como todas las consultas médicas. Los muchos títulos académicos que tiene colgados en su despacho, sin embargo, no impiden que sea un perfecto ignorante. Le expliqué los detalles de mi dolencia y me escuchó con aparente detenimiento; luego me auscultó y realizamos las pruebas auditivas de turno con distintas frecuencias, etcétera. Según él, mi oído funciona perfectamente y capta cualquier señal de onda, incluso los más sutiles; atribuye esas “ligeras molestias” –¿cómo carajo puede llamarlas así?, ¿no se supone que es un experto en el tema? – a un estado de neurastenia, añadido a la gran diferencia de presión por vivir en lo alto de un edificio. Es una explicación ridícula por al menos dos razones. En primer lugar siempre he tenido el mismo carácter nervioso y melancólico, ergo la misma neurastenia diluida pero crónica, y, en cambio, jamás tuve problemas de este tipo, ni similares siquiera; y, en segundo lugar, he viajado en avión en múltiples ocasiones, incluso en viajes transoceánicos, y apenas sentí siquiera las molestias de vías audio-respiratorias que son normales en estos casos: menos, pues, voy a marearme por encontrarme a veinticinco o treinta metros de altura en vez de a diez o doce mil. Todo eso se lo indiqué debidamente y tan bien como supe, pero él tan sólo se limitó a esbozar una sonrisita condescendiente. Ir allí no me ha servido, pues, de nada, y empiezo a pensar que acaso el origen del sonido no provenga de mi interior…No es que yo esté chiflado; es que hay algo en el edificio que no marcha del todo bien…
23 de febrero. –He tratado de obtener información (preguntándole al conserje de la escalera, pues contactar con la inmobiliaria para eso habría resultado extraño y sospechoso) acerca de los anteriores inquilinos del piso. Parece que, poco antes de que yo llegara, vivió aquí un matrimonio joven de mexicanos, gente callada y discreta. La mujer, que era muy guapa al parecer, tenía rasgos completamente indígenas, del tipo azteca. Según algunos vecinos, en ocasiones se acostaban muy tarde, pues podía verse luz en las ventanas del salón hasta altas horas; e incluso a veces, según había oído, se dedicaban a ciertos bailes, pues, tras una cortina translúcida, dos siluetas serpenteantes parecían realizar a veces extraños movimientos casi rituales. “Yo no vi eso, pero, si es cierto lo que me contaron, no era algo agradable de contemplar”, me dijo el conserje. Nunca he estado en México, y todo esto me trae sin cuidado; lo único que me importa aquí es que ellos no llamaron la atención jamás acerca de ninguna clase de disturbio como el que estoy teniendo yo desde que apenas llegué a este piso. En fin, queda bastante claro que no conseguiré descubrir mucho por este lado…
He dedicado la tarde a realizar una indagación acerca del origen del extraño pitido, que, si bien varía y fluctúa constantemente, no quiere cesar. En primer lugar he querido asegurarme de que este fenómeno provenga del interior de mi piso, y no de otro, o del patio de luces que hay en el centro del edificio. ¿Podría ser que algún grillo, algún bicho perdido entre las tuberías y cañerías…? Esa posibilidad, empero, me parecía poco probable; el extraño ruido no parece tener un origen animal. Cerré, pues, la puerta del piso, y, para no llamar la atención, subí arriba de todo. Sentado junto a la puerta del terrado, que está siempre cerrada, me dispuse a escuchar, inmóvil. Curiosamente, el sonido parecía entonces haber cesado del todo. Escuché con toda concentración, pero no percibí otra cosa que los ruidos normales de cualquier edificio de pisos habitables: cocinas, cuberterías, risas sofocadas, algún ladrido. El chirrido parecía, en efecto, haber desaparecido del todo. Al regresar a casa y cerrar la puerta, sin embargo, volví a oírlo de repente, poderoso, insistente, apabullante. No hay duda, pues: sea lo que sea proviene de dentro de casa. Deberé investigar en rincones, armarios, junturas, etcétera. La verdad es que ya empieza a tratarse de algo personal…
24 de febrero . –Ayer tuve un extraño sueño que no quiero dejar de registrar aquí, pues, de un modo u otro, intuyo –y soy consciente de que si alguien leyera esto se echaría a reír, y acaso con razón– que puede estar relacionado con el sonido. Éste pareció remitir anoche, hacia las once; yo tenía sueño y me dormí rápidamente. Recuerdo contemplar un paisaje que nunca había visto antes; era de noche, y un gran edificio piramidal se recortaba contra un cielo palpitante y amenazador. Plumas de colores, altas y delgadas, se agitaban por todas partes; tuve la sensación, sobre todo, de encontrarme en un sitio de duras condiciones atmosféricas, completamente expuesto a la inclemencia de los elementos: la luna brillaba en cuarto creciente, pero intuí, oculto y expectante, un sol violentísimo, gigantesco, abrasador. La danza de las plumas seguía y seguía, silenciosa… El sol, la tierra chamuscada de siglos, el ondear de una serpiente, el horrible vibrar de un alacrán, todas esas imágenes me invadían y parecían querer quemarme vivo…, y en ese momento me desperté con un escalofrío. Tardé mucho en volver a dormirme, presa de extraños y sombríos sentimientos que prefiero madurar antes de poner por escrito.
25 de febrero. –El horrible pitido está empezando a afectarme los nervios de forma seria. Por las noches de algún modo se mitiga hasta casi desaparecer; pero durante el día regresa con toda su fuerza, aunque a distintas frecuencias e intensidades. No puedo dedicarme a mi nuevo cuadro como querría…, un artista requiere, para poder concentrarse, unas condiciones de tranquilidad y silencio que, por supuesto, yo no tengo. ¿A quién podría contarle todo esto sin que se riera…? Extrañas imágenes pasan por mi cabeza últimamente; trazos sin forma, detalles inconcretos, siluetas desdibujadas…, hay algo que se diría que está como tratando de meterse en mi mente, o al menos yo así lo percibo. Bebo más de lo que debería, y me siento extrañamente inquieto…El pitido repugnante parece haberme abierto la conciencia al sufrimiento del mundo, al asco esencial de las cosas…Me han comentado, como de pasada, que tengo mal aspecto y parezco preocupado por algo. Preocupado, por supuesto, no es la palabra…, más bien “obcecado”, pero yo mismo no sé muy bien acerca de qué. Mi pintura, sin embargo, avanza a un extraño ritmo y, cuando pinto, me siento más ligero e inspirado de lo normal. Todo parece transcurrir muy deprisa y de forma tumultuosa, lo que resulta particularmente curioso cuando pienso en mi carácter habitual, ordenado, metódico, analítico... Estoy haciendo probaturas y esbozos aún; pero mi tela ya va tomando forma…Se avecina algo muy creativo y decisivo, y, sea lo que sea, yo sabré encararlo con valentía...
27 de febrero. –Mi amigo N.C. vino a visitar el piso y pasamos juntos unas cuantas horas; me alegra ver que no soy el único a quien le gusta beber en abundancia. Entre los dos nos pulimos una botella entera de whisky, y hablamos acerca de todo lo que hay bajo el sol, de pintura, de mujeres, de lo tedioso y fortuito de la vida... Ahora bien, debo registrar algo aquí: por curioso que parezca, el maldito pitido pareció no existir mientras estaba con él y me divertía; tengo claro ahora que debe de provenir de fuera de mi mente, pero, no comprendo cómo, parece estar en minuciosa sincronización con los movimientos de mi alma, con mis estados de ánimo, etcétera. Parece conocerme, influirme…Por supuesto no le comenté nada de esto a mi amigo, quien me encontró algo demacrado y comentó el aspecto desaliñado de mi cabello; lo atribuyó, sin embargo, a la “vida bohemia”. Poco se imagina él que esto es, precisamente, aquello que yo más firmemente rechazo, pues se trata de lo que menos le conviene a un artista que quiera crear arte de calidad…¡Si supiera él el verdadero motivo de mi angustia! Así, por cierto, he descubierto otra cosa: el ruido indefinible tiene que ver, aunque no sé bien cómo ni por qué, con ciertas ideas que últimamente me inundan, como retazos oscuros, y me proporcionan, a nivel pictórico y estético, un nuevo abanico de posibilidades que tan sólo debo sentarme a plasmar….¡pero no puedo, justamente por culpa del maldito pitido que me persigue y me taladra! ¿Qué dios o qué demonio me obliga a convivir con esto? ¿Es un regalo del Destino o del Infierno, para despertar finalmente a la esencia del pathos? No comprendo nada... Para conocer su opinión, le mostré a mi amigo el cuadro –que se encuentra aún en su fase inicial– que estoy preparando, y me fijé con detenimiento en la expresión de su mirada. Sin embargo, algo pareció…, no estoy seguro, provocarle no interés, sino más bien rechazo o miedo…, acaso por la forma, aún algo basta, o acaso por el contenido, que yo mismo reconozco como poco ortodoxo…En fin, la inspiración poética es cosa de un segundo, de un éxtasis brevísimo, de un arrebato, de una claridad momentánea; ¡y el artista debe obedecerla y callar!
28 de febrero. –Creo que me estoy empezando a volver loco, y escribo esto no sin cierta aprensión y temor. No sé si mis nervios lo soportarán. La angustia, la soledad me carcoman por dentro, se me comen entero. El chirrido no cesa, y ahora parece vibrar de un modo particularmente desagradable y repugnante, como vibran ciertos arácnidos o como tiemblan ciertos enfermos agonizantes antes de apagarse para siempre…No puedo abandonar el piso, en cualquier caso: no conozco a nadie en esta ciudad, y tengo que cumplir como mínimo un año de contrato con la inmobiliaria. Además, ¡qué carajo!, debo enfrentarme a la esencia de lo Humano, al Dolor, a la Visión, a la Soledad, para llegar a crear un arte auténtico y relevante. Lo sé, soy consciente de ello como nadie, y este es el verdadero motivo que me impulsa a permanecer aquí contra viento y marea; en consonancia con esto, mi cuadro adquiere cada vez mejor aspecto…, ya va tomando forma. Todavía, por lo menos, duermo por las noches, aunque a menudo tengo fuertes pesadillas, y la de la última noche me parece particularmente significativa –aunque no sé cuál sea el significado. [Nota para mí: ¿utilizar la idea para un futuro óleo?]
El sueño (que, para estar directamente relacionado con algo de lo que yo jamás fui testigo, y acerca de lo cual yo no he investigado lo más mínimo, era de una exactitud y un realismo atroces) es el siguiente. Me encuentro, de nuevo, delante de la gran pirámide de piedra; pero en esta ocasión es de día, y todo brilla bajo un sol de justicia. Una nutrida comitiva, compuesta por los varones de una inmensa tribu –todos vestidos con plumas de un colorido increíble, por lo que deduzco que debe tratarse de aztecas o de alguna otra civilización precolombina–, se dispone, por su actitud y por lo hierático de sus movimientos, a celebrar algún tipo de ritual delante de la pirámide. Todos visten túnicas blancas con orlas de color rojo; penachos y plumas de ave decoran todas las cabezas. Un muchacho alto, fuerte y de mirada decidida parece avanzarse a los demás y se planta ante la gran escalinata; tendrá dieciséis años, a lo sumo. Empieza a ascender los escalones despacio, la frente muy alta; no hay el menor signo de nerviosismo en él, sino más bien todo lo contrario, una gran paz, una serenidad orgullosa. Yo le sigo; subo con él los enormes escalones de piedra; no oso volver la vista por miedo a sufrir un tremendo vértigo, pues la pirámide es altísima. Abajo, muy abajo, una multitud inmensa llena a rebosar una enorme explanada, así como gran parte de la ancha carretera que conduce hacia ella: a lo lejos, una ciudad de ensueño, una urbe increíble que se diría de trazo y construcción imposibles, se extiende hasta donde alcanza la vista; aún más lejos, azuladas montañas se recortan contra el horizonte. El silencio, un silencio infinito que podría cortarse a cuchillo, se me antoja –no puedo describirlo con ningún otro adjetivo– terrorífico. No sopla el menor viento, no se mueve nada, el tiempo parece haber dejado de existir. El sol, cruelísimo, parece ser mórbidamente consciente de cada detalle de la escena; se diría que, de fallar alguien en su papel, ardería en ira y quemaría vivo el firmamento entero. Tengo miedo, un miedo espantoso a algo que me rodea, a algo que palpita, pero…¿de qué se trata? Sólo se oyen, duras como puñetazos, las pisadas del muchacho ascendiendo pirámide arriba, escalón tras escalón, zambulléndose en el azul incandescente del enorme cielo abierto.
“Al llegar arriba, un personaje atroz, que me crea un horror indecible hasta tal punto que no oso ni levantar la mirada para verle de frente, pronuncia unas palabras que no comprendo con una voz que parece resonar a quilómetros. Entonces el muchacho saca, de un pequeño zurrón, unas cuantas flautitas de cerámica, y se me antoja como si le entregara al otro personaje su infancia o su inocencia; pero entonces, y con enorme furia, las estrella todas contra la piedra. “Estoy preparado: ya soy un hombre”, parece querer decir. Un águila planea sobre toda la escena, muy arriba, trazando círculos gigantescos alrededor del vértice de la pirámide. Pero, por encima de todo, ¡ese Sol!, ¡es el Sol el verdadero asesino!
“Dos hombres echan al muchacho sobre una gran losa de piedra, boca arriba. Sé lo que pasará; pero mi mente está obnubilada, hechizada, como estática; reaccionar es imposible. Un cuchillo enorme brilla al sol un momento, como en complicidad con él; luego oigo un ruido que simplemente no se borrará jamás de mi pensamiento, el ruido de una hoja afilada perforando carne humana con un golpe certero y violento. El chico se revuelve, tiene convulsiones, pero trata de mantener su actitud orgullosa y altiva; prueba de decir algo, según me parece, pero la boca se le llena completamente de sangre y tan sólo se escucha un gorgojeo líquido. El cuchillo sale del cuerpo; el líquido rojizo brota a raudales y va a parar a un agujero descendiente en forma de embudo, al pie del cual han colocado una especie de barreño para no desperdiciar ni una gota. Estoy sobrecogido, y desearía encontrarme en absolutamente cualquier sitio que no fuera ése; pero intuyo, también, que lo peor está aún por llegar. Dos grandes lágrimas ruedan mejillas abajo de la pobre víctima, pero sólo es necesaria una ojeada para ver que no son lágrimas de terror o de lamento, sino, muy al contrario, de satisfacción, de conclusión de un sueño largamente acariciado.
“Entonces el brujo parece usar el cuchillo a modo de pala y se dedica a ensanchar la herida. Algo enorme, bañado en sangre y de aspecto musculoso y frágil a la vez, se convulsiona dentro del torso abierto del muchacho. El corazón, ¡el corazón!, fuente de vida, símbolo del alma, regalo supremo que se ofrece a los dioses para aplacar su ira e invocar su protección… Estoy atónito y no puedo mover un dedo: se trata de un horror fascinante, catártico, podría decirse que incluso…¿bello?
“El brujo introduce entonces su mano dentro de la herida y, ayudándose del cuchillo, empieza a…, pero, ¿podrá ser eso cierto…?…¿pretende sacarlo?
…entonces mi conciencia se apagó, por así decirlo; todo se puso negro. Pocos segundos después desperté, completamente presa del pánico, empapado en sudor; tuve que hacer un esfuerzo enorme para no vomitar.
1 de marzo. –La pesadilla de ayer sigue extrañamente viva en mi ánimo y su impresión me ha afectado de un modo inaudito, y más teniendo en cuenta que el tema de los aztecas en general, y sus sacrificios rituales en particular, jamás me llamó la atención en absoluto. ¿Acaso, digo yo, se trata de una influencia moral, relacionada con mi estado de ánimo de estos días…? Será eso: me fascina el tema del sacrificio, el sacrificio por una causa noble; también el artista –¡y acaso él más que nadie! – debe sufrir el fuego para alcanzar la purificación. ¡Sacrificarse….! ¡Bellísimo ideal! Debo embrutecerme para luego lavar mis errores y debilidades; debo zambullirme en las profundidades oscuras para surgir de nuevo a la superficie…
Por lo demás, busqué toda la información que pude acerca de los sacrificios aztecas, sus filosofías, su ethos. Algunas de sus costumbres eran verdaderamente espantosas; no era extraño, por ejemplo, que despellejaran del todo a sus víctimas, niños incluidos, para vestirse ellos con su piel a modo de posesión del alma de la víctima. También leí algo que, en mi situación personal, resulta particularmente desagradable: a saber, que los aztecas crearon un tipo de silbato de guerra que producía un sonido tan inimaginablemente estridente y espantoso que, al hacer sonar un centenar de ellos en el campo de batalla, cualquier enemigo huía despavorido ya antes siquiera de llegar a ver su adversario. Hubiera dado lo que fuera por oír el pitido de ese silbato. Tengo la impresión, por algún motivo que acaso no me atrevo a confesarme a mí mismo, que no debía de ser muy distinto al sonido que me persigue día y noche; una especie de grito caótico, penetrante, intensísimo, vagamente reminiscente de la voz humana pero con base en algo monstruoso. Psicológicamente resulta un método bélico poderosísimo: destruye por completo cualquier arrojo e ímpetu y crea un terror innato, atávico, casi imposible de superar.
Después de trabajar un rato en mi obra, bebí un par de vasos de whisky y me puse seriamente a buscar el origen del ruido, actividad que he ido posponiendo durante los últimos días, no sé muy bien por qué. Busqué en cada rincón, revisé cada cajón, estantería, armario y recoveco del piso entero. Ningún resultado. Percibí –o creí percibir– que el ruido crecía en intensidad a medida que se acercaba uno al techo; y a veces parecía provenir del pequeño altillo del piso, que por cierto los anteriores inquilinos dejaron vacío y donde yo, por lo demás, no metí nada. Con la ayuda de una linterna, y palpando con cuidado, inspeccioné con detenimiento cada rincón, juntura, grieta, imperfecciones de la madera o del estucado, etcétera; pero sin fruto alguno. El chirrido era perfectamente audible, pero esta vez no me pareció tan definido como antes. Ahora bien, quién sabe hasta qué punto puedo fiarme de mí mismo y de mis sentidos; no paro de beber y sólo cuando estoy achispado me siento calmado y abandono la angustia.
2 de marzo. – Mis nervios aumentan y ya casi no soy capaz de seguir con mi óleo, aunque trabajar en él me tiene fascinado y como hechizado. Mi cabeza bulle de ideas, todas extrañamente violentas; siento un estado de inquietud física y anímica que parece frontalmente enfrentado al que fue siempre mi talante emocional y artístico. Es como si otro habitara dentro de mí y me dijera, de forma tiránica, qué está bien y qué está mal, qué debo o no debo hacer... Por suerte, y a petición mía, mi amigo N.C. ha venido a visitarme y se quedará un par de días en mi casa; odio reconocerlo, pero tengo necesidad de su compañía, o, acaso, de la compañía de alguien, sea quien sea. Tengo la impresión de que si me quedo solo me volveré completamente loco...Y no me faltan motivos. ¡Ahora el chirrido infernal me persigue incluso fuera de casa! Al principio era tan sólo un murmullo, apenas un suspiro audible, pero luego lo percibí claramente, y sin haber siquiera bebido más de la cuenta. Estoy perdido, perdido; esa cosa, esa presencia, sea lo que sea, me ha escogido a mí para que…¿para qué? No sé qué pensar o cómo reaccionar, si es que se supone que debería reaccionar de algún modo. De momento sólo sé que pretende destrozarme, y no sé adónde voy a ir a parar de este modo. ¡Debo ser fuerte…! ¡Sacrificio, sacrificio…! ¡El individuo aislado no es nada, lo que importa es el trabajo, el símbolo…!
4 de marzo. -Tengo muy mal aspecto. En las raras ocasiones en que dejo mi tarea para salir a la calle todo el mundo me mira, y sin duda con muy mala impresión; cuchichean a mi paso. A mí, sin embargo, qué más me da ya estar atractivo o siquiera presentable…¿Para lo que sé muy bien que me espera, qué importancia tienen semejantes fruslerías? Mi amigo dice que en pocas semanas he pasado a parecer “otra persona”; estoy “irreconocible”, así lo dijo él. Y tiene toda la razón, y lo peor es que ni siquiera me avergüenza. Me encuentro algo mejor desde que estoy con él; hablando me distraigo, y me siento acompañado. ¡Si él sospechara siquiera mis íntimos terrores! Pero bebo demasiado y ya he perdido completamente el norte…ni siquiera sé cómo consigo escribir este diario todavía. Sé que terminaré mal, ¡pero sabré afrontarlo! No me asusta enfrentarme a la esencia del arte, del sueño, de la creación, por brutales y crueles éstos puedan ser. Que piense lo que quiera el burgués medio, arrellanado en su cómoda poltrona; yo me enfrento al Mundo, a la Vida, a la Muerte, y, de algún modo, seré superior a ellos. Sé que el alcohol no me ayuda, pero…, es más fuerte que yo. Presiento que en los próximos días, acaso mañana o pasado, algo terrible, algo decisivo me ocurrirá…porque está claro que no podré seguir así mucho tiempo sin reventar anímicamente.
5 de marzo. –Las cosas se están acelerando, y siento que mi vida entera se sume en un torbellino ascendente, siempre ascendente…! ¡Caminar hacia la luz, hacia lo alto, hacia el Sol cruel del destino del artista! ¡Allí, allí me dirijo…! ¡Pero antes, mi cuadro…, terminarlo, acabarlo, dejarlo como símbolo de mi dedicación, de mi cuidado, de mi solidaridad…! No sé cuántas horas llevo ya sin dormir, y no recuerdo la última cosa que comí, pues prácticamente sólo bebo. N.C. ya se marchó; no sé qué aspecto me vio hoy en el rostro, pero puso una cara como de miedo, y quiso reconvenirme de tal manera y con semejante arenga que discutimos con violencia y finalmente le eché a patadas. ¡Ese bobo se cree que puede darme lecciones a mí!, ¡a mí, a quien el pitido ha vuelto el más límpido y visionario de los hombres, y ha sumido en la desesperación más absoluta!
Más tarde. –Todo el día llevo trabajando en mi obra, que acaso sea la última, y, por ello, debe ser la más decisiva. No me arrepiento de nada, de nada…¡Adelante, siempre adelante y hacia arriba, hacia el Sol, pase lo que pase y caiga quien caiga! ¡Me ofrezco como víctima propiciatoria al Arte, a los Hombres…! El pitido me llama y yo debo responder…Ahora ya comprendo su significado, qué es lo que me pide….., acaso porque sabe que yo tengo el don que…, sólo me persigue la idea de la cabeza cortada de la víctima, de su inmolación al Sol, de su éxito, ¡su éxito…!


En este punto, de forma abrupta, termina el diario de Karel Sorvam. Al no mostrar éste señal alguna de vida, y caer en un silencio repentino y total, el comisario de la galería para la que trabajaba y su amigo N.C. trataron de contactarle por teléfono. Al no recibir respuesta alguna en varios días, y al quejarse algunos vecinos de un olor repugnante, así como de un pitido ensordecedor, provenientes del piso del artista, se obtuvo una orden judicial para entrar por la fuerza en el domicilio.
Lo que se encontró allí fue al artista desnudo, medio echado sobre el sofá y degollado de oreja a oreja con un enorme cuchillo que yacía en el suelo junto a él. Una piscina de sangre, que había impregnado la tela profundamente, le rodeaba del todo; el olor era insoportable. Parecía, no obstante, como si el pintor se hubiera dedicado con esmero a cuidar cada detalle de la escenografía de su propia muerte. Encima de la mesa tan sólo se veía su diario, cerrado; en su caballete de pintor se dibujaba la forma cuadrada de una tela, aunque ésta estaba tapada por una gran sábana. Los pasteles, los pinceles y la paleta estaban limpios y colocados en sus sitios con visible cuidado; se diría que el artista había querido marcharse dando la impresión de gozar de plena conciencia y de ser dueño de sus facultades. Él mismo se había afeitado, e incluso peinado, para su final. Su posición en diagonal respecto del sofá sobre el que yacía indicaba mudamente una dirección concreta: el cuadro. Fijaos en él y comprenderéis, parecía declarar desde el más allá. Con cuidado retiraron la sábana. Lo que apareció debajo resultaba cuando menos repugnante e hizo helar la sangre del inspector de policía y de sus dos hombres.
Pintado al óleo, pero con una admirable precisión y exactitud de formas y contornos, el cuadro representaba la escena culminante de un sacrificio humano. Un hombre oscuro y gigantesco, de rasgos cetrinos y demoníacos y cubierto de plumas, se abalanzaba sobre su víctima, en la expresión de la cual se mezclaba un horror sin nombre y algo inefable e incomprensible que acaso pudiera llamarse éxtasis. Con un enorme cuchillo ritual y una minuciosidad más que macabra el brujo le cortaba el cuello y parecía disfrutar enormemente cada instante de tal operación. Hasta aquí el relato pictórico resultaba ya espantoso, pero lo peor, con diferencia, era el aspecto de la víctima, pues su rostro era –no había ningún género de dudas, pues estaba pintado con una exactitud fotográfica que resultaba escalofriante– ni más ni menos que el del propio Sorvam…
Todo el material fue requisado y empezaron a realizarse las pesquisas pertinentes. Había aún, sin embargo, un detalle que quedaba por esclarecer; ¿de dónde procedía el odioso pitido, fluctuante e insistente, que no dejaba de oírse alrededor? A medida que se alejaba uno del piso, el pitido se percibía como un continuum extraño y desconocido, pero al acercarse resultaba sobrecogedoramente horrendo y había algo en él, algo como un caos fugaz, un vibrar satánico, que ponía los pelos de punta. Tras comprobar que provenía del altillo, el inspector se subió a una escalera y, con la ayuda de una linterna, indagó el interior. Estaba del todo vacío, y, no obstante, el sonido parecía allí particularmente insoportable. Con dos algodones metidos en los oídos palpó cada tramo del estucado, viejo y polvoriento y lleno de manchas de humedad. Un sitio en concreto –el rincón más alejado de la trampilla, esto es, el más privado de luz– parecía vibrar muy ligeramente; la vibración resultaba casi imperceptible, pero se hubiera dicho que había algo allí atrapado tras el yeso. El inspector pensó en alguna clase de luciérnaga o grillo de gran tamaño, en algún bicho agonizando; no pudo evitar sentir un escalofrío. Palpando el estuco, notó que un sitio en concreto parecía más blando y menos uniforme que los demás, y parecía ceder, como si alguien hubiera arrancado anteriormente un trozo de pared, guardado algo dentro, vuelto a cubrir con yeso y extendido estuco por encima. El inspector pidió una herramienta para rascar y le dieron la palanca metálica que habían usado para forzar la puerta; rascó cuidadosamente mientras un compañero le alumbraba con la linterna.
En ese momento, de forma súbita y sin la menor transición, el sonido horripilante cesó del todo y un silencio extraordinariamente aliviador acarició el oído de todos los hombres allí presentes. Cedió finalmente parte del yeso, y, con cuidado, se dispuso a rascar los lados para ensanchar el agujero. De repente algo pequeño y compacto, distinto al denso y blanduzco yeso, cayó rebotando por alguna parte. Lo iluminaron; el inspector lo cogió con cuidado y lo sostuvo en sus dedos. Era un objeto en apariencia inerte, de extraña forma, hecho de piedra de un color verduzco muy sucio. Un miedo oscuro y recóndito se apoderó de ambos hombres cuando, al darle la vuelta, apareció una cara espantosa, una calavera de dientes cuadrados y enormes que sonreía de un modo atroz. Encima de la cabeza se alzaba un gran tubo de forma estilizada acabado en un agujero. Aquello era un silbato.

 

 

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  • Relato largo, dividido en cuatro capítulos, donde exploro el mito de Fausto desde un punto de vista posmoderno y caleidoscópico; se mezclan orgánicamente poesía, aforismos, terror, fantasía, violencia...Tres personajes aprenderán, de manos del Demonio, a comprenderse a sí mismos y su tragedia personal...

    Relato histórico de misterio, con una fuerte dosis de terror sobrenatural, en el que he tratado de reflejar el caótico ambiente político de la Cataluña costera durante la época decimonónica de la Primera República. Como siempre, un toque presagioso y "dark" tiñe mi relato por completo...

    Relato de vampiros que, lejos de tópicos y esteticismos, regresa a las raíces antropológicas y míticas de esa leyenda. Un joven viajero se zambulle en una tierra desconocida, donde descubrirá que el verdadero Terror surge de cierta forma de Silencio, de cierta soledad insondable...

    Historia oscura, más sugerida que descrita, acerca de la maldición individual (nunca formulada claramente) que tejen mudamente ciertas fuerzas de la naturaleza cuando se levantan contra un hombre malvado. Abstenerse de leerlo personas que tengan fobia a las aves...

    Relato de misterio y terror, a medio camino entre M.R. James y Roland Topor. En busca de tranquilidad, un artista torturado se muda al piso más alto de un edificio barcelonés. Allí empezará a oír un extraño ruido desconocido que, poco a poco, empezará a influirle de forma artísticamente oscura, y conocerá la demencia y la crueldad de cierta antigua creencia...

soy un joven escritor de Barcelona de 33 años, de tema y estilo eclécticos, con gran interés por los clásicos de todos los tiempos. Disfruto de los libros tanto a nivel analítico como emocional..

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