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4 min
El Ascensor
Amor |
25.11.13
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  • 1811
Sinopsis

Fantasía y realidad se dan cita en el interior de un ascensor.

Mientras desayunaba miró por la ventana de la cocina, sin enfocar nada en concreto. Con los codos apoyados en la mesa, le envolvió el aroma áspero y dulzón del humeante café con leche que sostenía entre ambas manos. Evocaba extrañada el inquietante sueño que le hizo pasar parte de la noche con la sensibilidad a flor de piel. Luchó por mantener en la memoria el recuerdo huidizo de unos enigmáticos ojos claros, verdes, atravesándola, mirándola tan de cerca que podía sentir el aliento de una boca entreabierta, sensual y el sabor de una saliva diluyéndose armoniosamente con la suya. Evocó el olor intenso y perfumado del jabón espumoso y del agua caliente que lo envolvía todo. Intentó retener esos momentos de ensueño, hacer suyos esos instantes, fijándolos en el recuerdo. El extremecimiento que le invadía era una experiencia sorprendentemente nueva y sobrecogedora. Dió el último sorbo y cerró los ojos; arqueó levemente las cejas emitiendo un suave suspiro de resignación para volver al mundo real.

 

Inmersa en la densa circulación conducía como una autómata. Súbitamente parte del sueño volvió a revelarse en su memoria; se veía a sí misma reflejada en el espejo del retrovisor, abrazando el cuerpo de un hombre alto, clavando sus propias manos en unas espaldas anchas. Éste la acometía con potencia animal, penetrando en sus entrañas, abriéndose camino en movimientos acompasados, retrocediendo y avanzando en ella una y otra vez, colmando su cuerpo con la intensidad misma de una tormenta desencadenada. Podía ver en el cristal la imagen de sus piernas desnudas, abiertas, como se abren las nubes al calor del sol, como las flores se abren a las abejas, ofreciendo su interior, como quien ofrece su propia alma para inundarse de vida.

 

El claxon de un automóvil la despertó de su trance, el semáforo estaba verde y debía reanudar la marcha. Las mejillas se le habían cubierto de un ligero rubor; sintió los labios hinchados. Intentó recuperar sus pulsaciones y devolver la respiración a un ritmo normal. Bajó un poco la ventanilla e inhaló una profunda bocanada de aire fresco. Apretó las piernas juntándolas, en un intento de retener esa electricidad que le había provocado una humedad turbadora. Continuó su camino.

 

Antes de entrar al edificio volvió a leer el papel donde había apuntado la dirección: “Consulado de Japón. Avda. Diagonal 640, 2ª planta D”. Alzó la mirada para abarcar la impresionante majestuosidad del edificio acristalado. Se dirigió a uno de los ascensores y esperó pacientemente. Acercó la barbilla al pecho en actitud pensativa. Sus labios rojos carmesí volvieron a sonreir. Aprovechó para observar su atuendo: su blusa blanca motedeada con minúsculos motivos azules ofrecía un escote generoso. Notó que sus pezones se contraían dentro del sostén. Echó un poco más la cabeza hacia adelante para admirar su larga falda ibicenca a juego; balanceó ligeramente sus caderas para hacerla bailar. Con la imaginación pudo ver el tanga blanco que complementaba perfectamente su atuendo veraniego. Se sentía atractiva, volátil y muy seductora.

 

Entró, sola. Mientras se cerraban las puertas admiró divertida cómo los espejos del ascensor devolvían su luminosa hermosura. Se miró de cerca para comprobar el rimel. Pulsó distraida el 7º piso. Se dió cuenta del error y con leve impaciencia volvió a pulsar varias veces el botón del segundo. Tendría que llegar primero al 7º, eso si alguien no detenía antes el ascensor en otro nivel intermedio. Empezó a subir lentamente. Resignada se entretuvo observándose en los espejos que reflejaban picaramente su imagen turbadora. Le volvió a invadir el rubor erótico que le había abordado en el coche. Se sintió muy excitada, mojada. Se mordió el labio inferior, acarició sus senos y apretó las piernas comprimiendo su sexo. Levantó con su otra mano la vaporosa falda y se acarició superficialmente a través de la minúscula braguita.

 

Advirtió que ya llegaba al 7º piso, se recompuso. Se abrieron las puertas y apareció frente a ella un caballero alto que hizo ademán de facilitarle la salida. El hombre ofreció una sonrisa contrariada e interrogativa al comprobar que la única ocupante del ascensor no hacía gesto alguno por salir. Se quedó boquiabierta; sólo pudo balbucear: “¿Eres tú, verdad, el del túnel de lavado?. Ël contestó: “Sí”; accedió al interior; las puertas se cerraron y ella pulsó STOP.

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