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5 min
El Asedio de Numancia I
Históricos |
08.02.15
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Sinopsis

Ningún pueblo puede oponerse al Poder de Roma. Ninguno. No hay forma de escapar a su mano poderosa, ni forma de esconderse de su mirada penetrante. En Numancia lo sabían cuando decidieron oponerse a Roma. Lo sabían, aunque no sabían sus consecuencias. Roma era tan grande que se escapaba de sus pobres mentes...

Numancia, amanecer del 16 de mayo de 132 a. C.

Era temprano cuando comenzó el bombardeo.

Como cada día los romanos hacían llover sobre la ciudad un sinfín de bolas de fuego desde las máquinas de asedio que coronaban las torres de piedra que rodeaban la ciudad.

Los hombres corrían hacia los muros, las mujeres corrían a sofocar los fuegos, y los ancianos y niños corrían a resguardarse lejos del alcance de las catapultas. Estaba amaneciendo cuando comenzó el ataque, y al cabo de unos minutos una vez más las casas más cercanas a la muralla de piedra estaban ardiendo.

Los gritos de los vigías llamaban a todos los hombres a las murallas: Roma avanzaba una vez más.

Indortes corrió cuanto pudo hasta su puesto, recogió su armadura de cuero cocido y se la ciñó al pecho, envainó su espada y recogió el arco y los dardos. Junto a él se arremolinaban la mayoría de soldados que no habían hecho guardia durante la noche, corriendo de un lado a otro, calzándose botas y togas, yelmos, escudos, espadas y lanzas. Se podía ver el nerviosismo recorrer sus caras huesudas, mientras sus desnutridos cuerpos se preparaban para el inminente combate.

El celtíbero los dejó a un lado y se encaramó en cuanto pudo a la muralla, recorriendo con su mirada cada campamento romano apostado a su alrededor. Desde su privilegiada posición podía observar con detalle cada piedra que formaba el muro romano, los fosos escavados delante de éstos, las balistas y catapultas situadas en las torres, las tiendas de los soldados y las hogueras para cocinar el desayuno… Aquello le recordó que llevaba varios días sin probar bocado.

Desde hacía más de un año, los romanos sitiaban la ciudad. Al principio se habían abastecido de los vacceos del norte, y poco después, cuando aquel general romano quemó sus campos, de los pueblos íberos del sur hasta que los invasores cortaron el paso del río. Desde entonces, y a pesar de las raciones, la comida escaseaba más y más. Y lo poco que tenía era para el pequeño Isbataris.

-¡Todos preparados para cargar contra los romanos!-exclamó Varain, uno de los jefes de la ciudad y que acostumbraba a organizar la defensa de las murallas.-¡Que todos formen en la puerta antes de cargar!

Idortes temía una reacción como aquella. Varain era así de loco y temerario.

Por mil veces habían intentado atravesar las defensas romanas, y por mil veces los romanos, sus compatriotas íberos del sur, y los numidas de piel oscura los habían rechazado por completo. Apenas una vez consiguieron atravesar la muralla que protegía el Campamento del Sureste, donde se hospedaban las tropas auxiliares y los mercenarios de Roma. Muchos buenos hombres habían caído en aquel enfrentamiento, hacía apenas un mes.

Corriendo junto a sus compañeros, Indortes se sumó al grupo de valientes que se juntaban tras la puerta del sur de la ciudad. Algunas casas seguían ardiendo y otras más humeaban. Gracias a los dioses no hacía viento y el fuego no se propagaba con facilidad. Los apenas mil soldados que restaban en la ciudad fueron juntándose y ordenándose para salir a combatir a los romanos. Varain los apremiaba a voces mientras trataba de organizar una fila decente para cargar contra los muros de Escipión Emiliano, ataviando a sus soldados con sogas de esparto y escaleras con tablones roídos. Mientras se preparaban para una nueva masacre, llegaron los restantes jefes de la ciudad, entre los cuales se encontraba Maranor, un viejo celtíbero de clase noble cuya mayor virtud era el sentido común. A paso acelerado corrió sobre Varain y lo retuvo por el brazo.

-¿Qué locura es ésta? ¿Vas a mandar a un grupo de soldados hambrientos contra Roma?

-¿Y qué hacer si no? ¿Permanecer aquí y morirnos de hambre? ¡Ya hemos devorado hasta a los perros! Ya sólo nos falta devorarnos unos a otros como animales.-exclamó Varain soltando la sujeción que ejercía Maranor en su brazo.-Caraunio está muerto y su cuerpo lo devoraron las aves de carroña. Y es hora de que tome el mando alguien con su valor y temeridad.

Dicho ésto se giró y dio la espalda a su semejante. Maranor, sintiéndose despreciado, lo imitó y regresó por donde había venido. Varain se dirigió entonces a los numantinos.

-¿Estáis listos para hacer temblar a Roma? ¡Que sus dioses se apiaden de ellos, porque nosotros no lo haremos!

Dicho ésto, y tras una calurosa ovación mezclada con insultos hacia Roma, Varain mandó abrir las puertas y comenzar el ataque. Indortes, maldiciéndole por bajo y encomendándose a sus dioses, trató de mantener la calma, se afianzó el escudo, mantuvo en alto la espada, y se lanzó junto a sus compañeros numantinos por la escarpada cuesta que descendía de la ciudad. El ataque había comenzado.

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  • Me fascina la historia, sobre todo la mía y, aún más, si tiene tintes épicos como ésta. Escribes con fluidez y soltura, lo que facilita la lectura. Vamos a ver cómo sigue la historia. Hasta muy bien. Cautiva Sólo una única crítica constructiva. Repites a menudo los mismos verbos. Juega tal vez un poco con los sinónimos. Pero, en fin, es sólo una opinión personal. Te saludo.
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    Ningún pueblo puede oponerse al Poder de Roma. Ninguno. No hay forma de escapar a su mano poderosa, ni forma de esconderse de su mirada penetrante. En Numancia lo sabían cuando decidieron oponerse a Roma. Lo sabían, aunque no sabían sus consecuencias. Roma era tan grande que se escapaba de sus pobres mentes...

    Todos nos hemos sentido alguna vez así, con más o menos normalidad de por medio.

    Ser y no ser, dejar de ser sin saberlo.

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