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12 min
El asno
Ciencia Ficción |
23.11.16
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Sinopsis

Un hombre normal conoce a un asno normal.

 

Mi auténtico nombre es Álvaro, aunque si les digo que se me conoce como el agitador loco más de uno sabrá quién soy; el apellido y otros datos son irrelevantes. El caso es que sigo en libertad gracias a que se me han anulado todas las posibilidades de poner negro sobre blanco la verdad; al menos por medios electrónicos. Se me da alimento, vestido y refugio, y dejan que vocifere en los parques públicos como una atracción de feria…sí, de feria. Pero ahora estoy escribiendo, no se lo van a creer, sobre un papel; sí, con una máquina de escribir italiana, un artilugio mecánico. Era cuestión de buscar, siempre es cuestión de buscar, si buscas, encuentras soluciones y, tras dar muchas vueltas, hallé un sótano perdido en un lugar que no diré, en cuyo interior florecen folios antiguos, lápices y plumas, máquinas de escribir y un ciclostil en perfectas condiciones. Así que puedo empezar desde el principio con total tranquilidad, sin temer que aparezcan los guardias del Canon. Luego haré miles de copias y las repartiré por toda la Ciudad para que tomen conciencia.

Un verano de hará unos veinte años una amiga me invitó a pasar las vacaciones en una cabaña situada en medio de un bosque de alcornoques propiedad de su familia; un lugar tranquilo y mágico, inundado de ese silencio tan especial que resulta al mezclar el sonido del viento, el de las hojas, los cantos de los pájaros, el roce de las ramas, el croar de las ranas y, en fin, el trasiego de toda la vida que genera la naturaleza. Es curioso cómo todo ese sonido mezclado produce silencio y, en cambio, el de las ciudades genera ruido. Desafortunadamente, a los pocos días, la chica recibió una llamada: Su padre estaba hospitalizado. Insistí en ir con ella, pero me convenció para que disfrutara de las vacaciones; total, no era grave, no tardaría más de tres o cuatro días en volver.

Y así es como empezó todo: Yo sólo y sentado en medio de los alcornoques, gozando de la brisa y totalmente incomunicado. Sí, soy de esos que, aunque reconocen que las tecnologías son grandes herramientas, necesito el espacio íntimo de un monje medieval, y no he tenido nunca aparatos que me inciten a la comunicación excesiva o que puedan invadir mi intimidad cuando menos lo espero.

Cuando apareció él, yo recogía unas bellotas del suelo. Escuché un rozar de ramas y pensé en un jabalí; por si acaso, me puse en guardia: en guardia consistía en ponerme de pie y agarrarme con las dos manos a una rama baja del alcornoque y posar mis pies en el tronco a media altura, en la confianza de subirme al árbol si aparecía la bestia. En esa indecorosa postura es como me encontró el asno, porque era un asno lo que apareció entre las retamas y el matorral, y se quedó quieto a tres metros de mí, mirándome. Lógicamente me solté de la rama, relajado; era un delicioso asno negro, con el hocico claro; pero un asno muy grande, casi tenía el tamaño de un caballo o de un mulo. Me acerqué a él y ni se inmutó, suavemente le acaricié el hocico y un ligero temblor le recorrió el cuello.

— ¡Hola bonito! ¿Cómo te llamas? —dije mecánicamente.

—Depende ¿Y tú?

Es comprensible que al pegar un salto hacia atrás me tropezara con una roca y me cayera a plomo, pálido, sobre una mancha de cardos que se me clavaron por toda la espalda. Pero no sentí dolor, me incorporé y me puse a salvo; esto es, me escondí detrás del tronco del alcornoque.

— ¿Te encuentras bien? —Continuó la alucinación, que parecía preocupada—. Te has dado una buena hostia.

Permanecí callado y quieto tras el tronco, contando números mentalmente al ritmo de mi respiración, buscando la relajación debida para poder asomarme con valor y comprobar que el engaño ya no estaba allí. Al rato asomé medio ojo: «Se te ven las manos —dijo el asno, que continuaba en su sitio—. No tienes ni idea de esconderte. Deja de hacer el indio  y ven a sentarte aquí, conmigo; no seas gilipollas.» Ante la contundencia del borrico, y debido a mi naturaleza dócil, salí de detrás del árbol y me acerqué a él.

—A ver…estábamos en lo de… ¿Cuál es tu nombre? — reiteró el asno.

—…Arturo, me llamo Arturo…y los asnos no hablan —me atreví a balbucear.

—Si tú lo dices. Yo me llamo burro, asno, pollino, rucio, jumento, depende… y te aseguro que los burros hablamos, ¿o es que no me oyes?

—Y los otros animales ¿también hablan? —Yo estaba totalmente desconcertado y ya no sabía ni lo que decía.

— ¡Y yo qué sé! —respondió airado—. Yo solo hablo con burros.

—Y con hombres…—contesté con una media sonrisa. No dijo nada, pero me miró con unos ojos de sorna que no me agradaron.

A ver, yo estaba de vacaciones y no tenía nada que hacer, así que sentarme a charlar con un asno podía parecer una chaladura, pero nadie me veía y no interfería en mis planes. De hecho, al cabo de un rato hablando con un burro te acostumbras y te parece normal. Es posible que con otras especies suceda lo mismo, no sé. Aquél asno, según sus propias palabras, se dirigió a mí porque le pareció extraño que, llevando yo varias horas en el bosque, no se hubiera escuchado ningún sonido de esos que salen de las tabletas y los dispositivos que llamamos inteligentes. Hacía tres años que no le había ocurrido nada parecido y creyó que yo podía pertenecer a alguna subespecie de Homo sapiens. Tras este preámbulo, el asno fue a degüello: «Sois el cáncer del planeta. No hay especie más maligna que la vuestra. Estáis acabando con todo. Sois un colectivo suicida y arrastraréis a muchos con vosotros. El tiempo se está agotando, lo estáis agotando. Deberíais extinguiros y dejar al resto vivir tranquilamente…»

—Sí, yo también te quiero —le contesté con ironía tras aquella diatriba que no parecía venir a cuento—. Pero ¿a qué viene esto?

— ¿Cómo que a qué viene? Te lo digo para que te enteres, porque parece que no sois conscientes del daño que estáis generando. La Tierra se está calentando, desaparecen especies, sube el nivel del mar, aumentan las zonas desérticas, abrís conflictos armados por todos lados que arrasan países y dejáis morir a los vuestros como si no importara nada. Pero ¿cómo puedes preguntarme que a qué viene esto? Si despreciáis a vuestra especie ¿qué puede importaros el resto? Nada, absolutamente nada. Aunque cuatro imbéciles babeen con videos de gatitos amorosos. Y nosotros aquí, aguantando vuestros caprichos de especie dominante…

—Pero… ¿Yo qué tengo que ver? Claro que somos conscientes, muchos lo somos, y hacemos lo que podemos para evitarlo —el asno me estaba empezando a poner de mala leche—. Yo pertenezco a una asociaci…

— ¡Y una mierda de mulo descompuesto! —saltó—. ¡Que los burros, además de hablar, sabemos leer! Todo eso son mariconadas para entretener a unos cuantos. El núcleo de poder de vuestra especie está blindado por los cuatro costados, y se ríe del resto en vuestras narices. Sois unos mierdas.

— ¿Ves? Tú mismo reconoces que no todos somos iguales…

—Sí, también conozco ese dicho: «todos los hombres son iguales, pero unos más iguales que otros.» Je, je, A mediados del siglo XX, estábamos esperanzados, llegamos a creer que acabaríais largándoos del planeta, con todo aquello de la Soyuz, los Apollo, lo de la Luna y, ya sabes. Había hombres sabios que apostaban por esa vía, pero al final…al final, nada; se cortó el grifo económico, el asunto no daba réditos. Y aquí seguís, tocándole las pelotas al planeta.

— ¡Joder! descubro que los burros hablan y lo único que recibo es una bronca descomunal. Me voy —levanté mi culo de la roca y bajé hacia la cabaña. El asno me siguió sin parar de hablar.

—Sí, vete. ¡Eso es! Como todos, ¡Unos cobardes! —decía—. Escondiendo el rabo entre las piernas… ¡Ah, perdón! Ya me olvidaba de que los machos de vuestra especia siempre vais con un rabo entre las piernas, así, de serie. Eso explica muchas cosas. Así es imposible hacer nada bueno ¡Claro! ¿Cómo vais a enfrentaros de verdad al poder? ¡Si sois unos cagaos! Por eso podemos hablar con vosotros, porque sois los auténticos burros. ¿Me escuchas? Los auténticos burros, sí…Cuando os deis cuenta de lo que pasa ya será tarde, ya va siendo demasiado tarde. ¿Es que tú no vas a hacer nada?...Parecías diferente…Oye, no me escuchas. ¿Arturo? Te llamas Arturo, dijiste ¡Arturo! ¡Escucha! ¡Arturo!.. ¿No irás a meterte en la cabaña, no?...pero…

Me encerré en la cabaña y cerré las contraventanas. A oscuras en la cama decidí que todo había sido una pesadilla de buena mañana y dejé pasar el día. Bien visto la alucinación tenía un poco de razón, hacía años que los estudios demostraban que no había trabajo para toda la población, y la conclusión era abandonarlos. Las bolsas de esclavitud remunerada aumentan sin cesar y llegan a los países ricos, y nadie hace nada; bueno, nadie hace nada que de resultado. Y es evidente que estamos dejando morir el planeta porque los beneficios han de ser para ahora mismo, y nadie cree que le toque la mierda antes de su muerte. ¡Qué gracia eso de dejar un mundo mejor para nuestros hijos! ¿A quién cojones le importan nuestros hijos? Lo importante es si pasado mañana podré ver las olimpiadas en una pantalla de ochocientas mil pulgadas o tendré que soportar el ridículo de seguir con la de cuatrocientas mil. Eso es lo importante. Poder seguir disfrutando de los terrones de azúcar que nos dejan los amos.

Me desperté sudando. Abrí las ventanas, estaba anocheciendo y corría un aire fresco que arrastraba aroma de tomillo.

— ¡No jodas! —Con el morro pegado a la puerta estaba el asno, esperando, tenaz como una mula. Ese asno debía ser el padre de todas las mulas.

—No, no jodo; no hay compañeras por aquí, pero ya me gustaría. ¿Qué? ¿Has meditado en lo que te he dicho?

Me rendí ante la evidencia, tendría que seguirle la corriente si quería quitármelo de encima.

—Sí, por supuesto. Y creo que tienes bastante razón en algunas cosas, pero ¿por qué me lo estás contando a mí y no a otros?

— ¡Ah! Buena pregunta. Tú estabas cerca, me correspondes por situación. Otros asnos se lo cuentan a otros burros como tú en otros lugares. Hay que crear una red que pueda difundir la verdad: El Plan. Porque hay un plan, con mayúsculas, un plan para acabar con las libertades definitivamente y que como derivada se llevará al planeta por delante.

— ¡Ya! Una conspiración — me había salido un asno conspiranoico, lo que faltaba.

—No. Una conspiración no, un Plan. El poder no conspira, hace planes.

—Claro, y tú lo sabes de buena tinta —Yo estaba valorando la posibilidad de ponerme a caminar hacia el pueblo, serían dos horas de paseo, porque pensé que el asno no me seguiría hasta allí.

—Mira, los poderosos son tan burros como vosotros y entre sus caprichos está la posesión de animales de todo tipo, cuanto más exóticos mejor, y los asnos nos hemos convertido en una especie exótica, así que tenemos espías por todo el planeta. Sí, lo sé de buena tinta, y dentro de unos años estaréis recluidos en núcleos cerrados, en gigantescas ciudades de las que no saldréis. Fuera, un gigantesco ejercito de desfavorecidos esquilmará el planeta para manteneros, y morirán por cientos de miles, hasta que se necesite mano de obra de las mega ciudades; entonces empezaréis a desaparecer vosotros, poco a poco. Los locos que lo han planeado quieren llegar a un hipotético equilibrio sostenible solo para ricos. Ese es el Plan. Absurdo. ¿Te lo explico más detalladamente y te apuntas como voluntario para expandir este saber?

—Tú lo has dicho. Absurdo — Le respondí—. Tan absurdo como hablar con un asno.

El animal se dio por vencido, dijo que había sido un placer haberme conocido, giró sobre sus cuartos traseros y desapareció entre los alcornoques, por el mismo sitio por donde había llegado.

— ¡Oye! —grité—. ¿De verdad no tienes nombre?

—Depende.

No volví a verlo más.

Cuatro años después un decreto de la Unión Europea, ordenaba concentrar poblaciones para una mejor racionalización de los recursos. Lo mismo ocurría en el resto del planeta. Cuando mi hermana perdió el trabajo y la exiliaron extramuros junto a sus hijos, comencé a agitar las conciencias a través de las redes, dando detalles del Plan y de todo lo que el asno me había contado. No duró ni cuatro meses, me arrestaron, me colocaron el estigma de desequilibrado asocial (El mayor grado de reprobación social.), anularon todos mis accesos a redes y me soltaron por ahí como a un mono de feria… ¡Coño! Se oyen ruidos afuera. Me han encontrado, tengo que salir, pero ¡Ya!..............................................

 

 

 

 

  

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