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4 min
El asunto del noruego
Suspense |
04.12.06
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Sinopsis

Una vez que matas a alguien no hay marcha atrás. Los muertos nunca resucitan. Sus ojos sin vida se clavan en tu mente para recordarte cada día que es lo que hiciste. Sus pupilas parecen hablarte, no con rencor sino con pena, sabiendo de la soledad con la que vives y vivirás en tus días. Pero supongo que es la vida para la que algunos hemos nacido.
En cierta manera lo que pasó con el noruego no fue todo asunto mío. Al fin y al cabo él sabía que antes o después lo iban a matar. Lo sabía por esa habilidad que los chivatos conocen de su instinto, lo sabía por esa rapidez con que los asesinos rusos pronuncian smersh, (Smiert Spionam). Traducidlo como muerte a los espías, o como queráis, pero todo esto el noruego lo sabía perfectamente.
En cierta manera le había cogido un poco de cariño. Aquel tipo se dedicaba a realizar pequeñas travesías hacia Ámsterdam, llevando paquetes de un lado a otro con su barquito, sintiendo cada mañana el frío que hacía sobre las aguas del canal. Yo no sabía porqué ni me importaba, ya que el Servicio siempre paga bien para que los asuntos se resuelvan en silencio y sin tanto alboroto. De todas maneras yo siempre era así. No me importa decirlo; nunca matar fue tan fácil.
No me importa contarlo. Con el noruego el asunto fue muy tranquilo. Le pedí que me llevara al otro lado del canal a cambio de unos billetes, y el tipo aceptó. Zarpamos del puerto en su pequeño barquito a media mañana, y en media hora ya habíamos cruzado gran parte de la travesía. Eso se siente en las tripas. Cuando vi que era el momento y estábamos solos no había más que mar a nuestro alrededor. Tiré el cigarrillo al agua y me acerqué por detrás del pobre hombre, que estaba en la cabina maniobrando el barco. Le di un fuerte golpe en la nuca y el noruego cayó al suelo como un saco de ladrillos. Apagué el motor. Miré instintivamente a mí alrededor para asegurarme que ningún otro barco pasaba cerca. No lo había. Arrastré el cuerpo hasta el camarote y una vez allí busqué en mis bolsillos el Puma Scout, un cuchillo poco más grande que la palma de mi mano. Comencé por intentar cortarle las venas del cuello, pero acabé por rebanarle prácticamente la cabeza entera.
Cuando terminé no lograba recordar si en algún momento aquel cuerpo había tenido vida. Me quedé sentado en la cama, con las manos empapadas en rojo, viendo como el camarote se iba llenando de sangre. El barco se mecía suavemente mientras los ojos del noruego seguían mirándome. Oía como silbaba el viento. Eran unos ojos azulados, muy claros, empotrados en las cuencas de una cabeza que se mantenía enganchada al cuerpo por los pocos tendones que no había logrado cortar.
Me cambié de ropa según el plan previsto, y agarrando el timón di media vuelta y puse rumbo hacia Ámsterdam. En el puerto abandoné el barco, volví al hotel, recogí la maleta, pedí un taxi, fui al aeropuerto…
Aquella noche intentaba dormir en el asiento 38A de un Boeing 373-800 que me devolvía a Madrid, pensando en el asunto del noruego. Pensando en aquella vida llena de cosas empapadas de rojo, deambulando en solitario por campos de batalla invisibles, disfrazándome de la Parca al servicio de un Estado aún inconcluso.
Traté de dormir, pero no pude. Hice memoria y recordé 13 pares de ojos.
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