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13 min
El Atardecer
Fantasía |
06.12.14
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Sinopsis

Prototipo del primer capítulo de "Sueños y Pesadillas", una historia que comencé a fraguar hace poco. Acepto comentarios y tips para mejorar mi redacción o algún otro aspecto técnico del fragmento. Muchas gracias y espero que les guste.

Ya habían pasado 4 meses, el dolor era cada vez menos intenso, pero permanecía vivo en el interior de su corazón. El joven Kristoff Lumsky estaba seguro de poder salir adelante. De cualquier forma, era una promesa que debía cumplirle a su querida Iris, quien ahora lo acompañaba desde el paraíso en el que creyó durante sus cortos 20 años. Era una tarde de otoño como cualquier otra, el amplio estudio lleno de muebles antiguos y un sinnúmero de libros de diversas temáticas y extensiones eran recubiertos con los débiles haces de luz que se abrían paso por entre los árboles del parque. El joven mantuvo su mirada hacia el gran ventanal de más de 3 metros de altura, mientras contemplaba a unos pequeños infantes jugar a lo lejos, más allá del amplio portón metálico que marcaba el límite entre su propiedad y el resto de la ciudad. Sus grandes ojos azules brillaban con la luz del atardecer y una pequeña lágrima comenzó a fluir por su mejilla izquierda. Mantuvo sus manos entrecruzadas en su espalda mientras trataba de ordenar sus pensamientos y darle paz a su corazón. La melancolía se vio interrumpida con el sonido de la puerta. Alguien llamaba al joven Kristoff, quién, secando su mejilla y tratando de esconder el estado lúgubre de su fuente de vida, respondió: -Adelante-. La imponente puerta de caoba tallada se abrió lentamente dejando al descubierto a una mujer pequeña con pelo cano y peinado con un delicado moño que dejaba al descubierto su frente blanca y unos largos cabellos enmarcando su rostro. Era Francine Hoffman, la ama de llaves de la familia por más de 27 años. Llevaba puesto un delantal de cocina y con un dulce tono de voz dijo:

-Joven Kristoff, la cena está servida-

El muchacho pudo notar una mirada de ternura en el rostro de la anciana al final de sus palabras y, tratando de mantener el protocolo de cortesía, respondió: -Bajo enseguida, gracias Francine-. La mujer se retiró sin más que decir, dejando la puerta entreabierta y a un joven melancólico suspirando, dirigiendo nuevamente su mirada hacia el ventanal, en el que, los jovencitos ya no se divisaban, la luz se hacía cada vez más débil, al igual que sus ganas de dar vuelta la página,  al igual que sus ganas de asimilar la realidad. Apoyó su cuerpo sobre el amplio escritorio lleno de documentos, una máquina de escribir y una lámpara. –Preferiría tocar mi piano toda la noche, tal y como te gustaba- dijo para sí, mirando hacia el viejo piano de cola que se encontraba en una de las esquinas de la habitación. Bajó la mirada nuevamente, cerró sus ojos y trató otra vez de darle serenidad a su interior, estaba pasando nuevamente por “la novena del dolor”, así lo llamaba, a ese sentimiento que regresaba todos los nueve de cada mes, que le recordaban la partida de su amada Iris Bentley, la joven de cabello largo y negro, sonrisa permanente, apasionada por la vida. ¡Oh! como la extrañaba, como deseaba nuevamente verla sonreír tal y como lo hacía durante las interminables charlas en el parque Zúrich, corriendo alrededor de las higueras, compartiendo interminables tardes de música acompañadas de abrazos infinitos. Luego de unos minutos decidió al fin dirigirse al comedor donde lo esperaban su madre, sus cuatro hermanos y una jovial Francine, que siempre tenía una dulce mirada para el joven. El comedor consistía en una gran mesa de 12 puestos en cuyo centro se erigía un gran candelabro de plata. Desde el pasillo que conectaba el estudio y el comedor podían divisarse una variedad de platillos preparados por la propia ama de llaves, quién entraba y salía de la cocina acompañada de Edgar, el mayordomo de mediana edad, hijo suyo.

-Te estábamos esperando Kristoff-, dijo su madre, la doctora Johanne Lombard, una mujer distinguida, de cabellera larga y castaña con grandes ojos marrón y una tés blanca inherente a su ascendencia francesa.

-Lo siento madre, estaba contemplando el atardecer- respondió Kristoff tratando de disimular su pesar mientras se sentaba junto a uno de sus hermanos, el joven Gérard Lumsky, viva imagen de la juventud de su padre.

-Te ves algo agobiado Kris, ¿ocurre algo?- preguntó Suzanne, la hermana mayor, figura prometedora de los cellistas del país y cuyos bellos ojos verdes representaban dos brillantes zafíros.

Kristoff se disponía a levantar su mirada para responder cuando en un segundo se escuchó un estruendo proveniente de la cocina.

Desde el interior del lugar se pudo escuchar de la voz de Edgar que exclamaba: -¡Scheiße!-. La señora Lombard se disponía a averiguar que ocurría cuando fue detenida por la anciana.

-¡Por favor no se levante!, lo siento señora, he roto una de sus vajillas, discúlpeme, se la pag…-, fue interrumpida por la dueña de casa, -No te preocupes Francine, que Edgar se encargue de recoger todo, no tienes que pagarme-. Al final de la frase Kristoff se levantó de su puesto y ofreció ayuda a la anciana, quién se negó rotundamente. –Por favor joven Kristoff, vuelva a su asiento, yo y Edgar nos encargaremos- dijo con su sonrisa renovada.

-Quieres hacer tu buena acción del día ¿eh?- dijo Gérard sonriendo y tratando de darle un poco de comicidad a la situación. Todos en la mesa sonrieron incluído Kristoff, por lo que la cena transcurrió de manera amena y acompañado de una larga conversación matizada por diversos temas, desde política hasta música. De los cinco hijos, Kristoff, Suzanne y Gérard eran quiénes se dedicaban a tal arte, por un lado Kristoff era pianista. Empezó a tocar a los 5 años, luego de que su padre le regalara uno antes de irse a la guerra. Por su parte, Suzanne, de 26 años, era la promesa del cello alemán, había cursado sus estudios de música en la Universidad Humboldt de Berlín, pero a causa del segundo gran conflicto bélico decidió dar una pausa a su carrera para estar con la familia. Por último Gerárd, de 23 años, era saxofonista miembro de la sinfónica de la ciudad. Tanto Agatha, gemela de Suzanne, como Heiss de 25, habían estudiado leyes en la misma institución que Suzanne. Luego de servirse el postre, Agatha apoyó el mentón sobre sus manos y suspiró un –lo extraño-. En ese momento todos dirigieron su mirada hacia el puesto de cabecera vacío frente a su madre. –Yo también, todos- respondió la señora Lombard levantándose de su asiento y dirigiendo sus manos a la cabellera de la joven, quién comenzó a soltar un par de lágrimas. Todos los demás guardaron silencio, Kristoff contempló la escena con melancolía, ya al dolor de ese día nueve, se sumaba el del recuerdo de su padre, el aviador militar Edwin Lumsky Van Buhrer, fallecido durante los ataques a la nación soviética, finalizados hace ya cuatro años, y que permanecían en la memoria de toda la nación. Berlín estaba actualmente bajo el mando de los aliados y la familia Lumsky-Lombard se encontraba bajo las órdenes del gobierno Francés, en el distrito de Reinickendorf, en la zona oeste de la capital.

-Tenemos ventaja viviendo bajo la soberanía de tu país de origen madre- dijo Kristoff en un intento por cambiar de tema y con una sonrisa en el rostro.

-Pues claro- respondió su madre con una dulce sonrisa y secando las lágrimas de Agatha, quién también trató de dibujar una en su rostro.

Al ver que todo estaba un poco más en calma, Kristoff se levantó de su puesto, agradeció la comida y se dirigió nuevamente al estudio. Cerró la gran puerta y presionó el interruptor de la luz. El enorme candelabro colgante de cristal brilló en todo su esplendor y Kristoff sintió una tranquilidad en su alma como si en ese momento Iris le hubiese dado un fuerte abrazo. Se quedó apoyado unos momentos sobre la puerta con las manos puestas en el picaporte, y prosiguió luego a cerrar las cortinas del ventanal. Tomó las gruesas franjas de terciopelo violeta y las juntó en un segundo. De repente sintió que algo se movía a sus espaldas. Mantuvo la mirada fija en las cortinas, bajó la mirada, frunció un poco los labios y finalmente sonrió.

-Ludwig, ya estas espiándome otra vez- dijo musitando. 

En ese instante apareció por entre las sombras bajo el escritorio un gato de pelo largo y blanco, con una mancha color marrón que cubría toda la zona de su ojo izquierdo, y un collar de color negro con un pequeño medallón con el nombre Ludwig grabado en él. Caminó en dirección a las piernas del joven, saltó a un pequeño sofá que se encontraba junto al ventanal y fijó su mirada en el rostro de Kristoff.

-Es que sabes que me aburro en este estudio, todo es muy aburrido, no puedo pasarme todas las tardes leyendo a Kafka- respondió el felino con una clara expresión de frustración en su peludo rostro.

-¿Y si te traigo algo de comer?, ¿cambiarías de parecer?- dijo riendo Kristoff mientras se arrodillaba para acariciar el mentón del pequeño animal, quién comenzaba a emitir suaves ronroneos cuando su amo le acariciaba de tal manera.

-No empieces con tus chantajes, aunque he olido el famoso pastel de carne de la señora Francine- replicó el gato saltando del sillón en dirección a la puerta.

-Te traeré un poco, pero debes esperar a que todos se vayan a dormir, no quiero que te regañen por andar asaltando las sobras- advirtió Kristoff sentándose en el asiento del escritorio y revolviendo un par de documentos como si estuviese buscando algo.

Kristoff Lumsky era muy organizado y perspicaz, Ludwig estaba consciente de ello y por eso jamás se abría camino entre las pertenencias del joven ya que cuando lo hacía, se llevaba las manos a su cabellera negra y comenzaba a revolver sus pequeños rizos en señal de que su humor estaba empezando a desmoronarse. Iris era la única persona que estaba al tanto de las “capacidades” del pequeño Ludwig. A pesar de que odiaba a los gatos con toda su fuerza, era la excepción a la regla. Después de todo, era el único felino en la faz de la tierra con el que podía entablar una sólida y real conversación. Además, ganaba puntos por ser la mascota de su amado Kristoff.

-Extraño a la señorita Iris- dijo Ludwig en un tono de tristeza. –Hoy se cumplen cuatro meses desde que, bueno, usted sabe-

-Lo sé mi amigo, me es difícil asimilarlo aún, es lindo saber que la extrañas tanto como yo- contestó Kristoff con una sonrisa, dejando los documentos a un lado y apoyando todo su cuerpo en el respaldo del asiento de cuero.

-¿Cómo está Polleé?, ¿has sabido de ella?- preguntó nuevamente el felino.

-Ella está bien, por ahora está bajo el cuidado de Marion- respondió el muchacho sin despegar la mirada del candelabro de cristal.

Polleé era la mascota de Iris Bentley, una pastora inglesa de cabello blanco y de la misma edad que Ludwig. Curiosamente poseía las mismas capacidades para hablar que el por lo que cada vez que ambos jóvenes se encontraban para pasar las tardes, sus peludos amigos mantenían largas discusiones sobre como adquirieron sus poderes. Según Ludwig, no recordaba la primera vez que habló como un ser humano, solo sabe que lo hizo y que su camada lo desterró por eso. Lo que si recordaba con claridad fue la vez que conoció a Kristoff. Él joven tenía solo 15 años cuando en un cotidiano regreso de la escuela divisó al pequeño gato de entonces 8 meses, cubierto de lodo y llorando en una esquina al lado de un buzón de correo. Kristoff lo describía como “amor a primera vista” ya que era un gran amante de los felinos al igual que su hermano Gérard, y hace poco había fallecido su antigua mascota, una gata siamesa llamada Zaphire, por lo que ambos concuerdan en que fue el destino el que los unió. Ludwig decidió no hablar como humano hasta cumplidos los dos años, cuando se vio seguro de que podía confiar en el cariño y aceptación de su joven amo. Para Kristoff, fue algo realmente maravilloso, pero decidieron guardarlo como un secreto de ambos, que hasta la actualidad mantenían sellado. La historia de Pollée era un tanto distinta ya que como Iris Bentley era gran amante de la lectura, comenzó a inculcarle su pasión a la pequeña perrita, quién al poco tiempo logró la increíble habilidad de leer y convertir sus ladridos en palabras entendibles para Iris. Tal experimento también se mantuvo en secreto entre ambas, hasta el deceso de la joven. Para Ludwig esta historia parecía casi de ficción, pero ya era increíble pensar que ambos pudiesen hablar, por lo que aceptó la historia y trazó una gran amistad con ella. Era de esperar entonces que sintiese una gran preocupación por su querida amiga.

-Quiero ir a ver el lugar donde descansa Iris, puedo llevarte conmigo para que veas a Polleé, pero debemos esperar que la situación en la ciudad se calme un poco- dijo Kristoff mientras jugaba con la base del asiento del escritorio, dando vueltas y manteniendo siempre fija su mirada en la fuente de luz de la habitación.

-La situación del país está realmente patas para arriba- respondió Ludwig con una expresión de preocupación.

Al oír esto, Kristoff se levantó de su asiento y se acercó a la gran chimenea de mármol para encender la leña. Ludwig se recostó frente al fuego sobre la moqueta rojo carmín de la habitación. El joven se recostó a su lado, acarició la pequeña cabeza de su amigo y con un suave tono de voz respondió a sus palabras.

 

-Todo problema tiene su atardecer, ya lo verás amigo-

 

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20 años, principiante en el arte de la narración.

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