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9 min
EL ATREVIMIENTO
Suspense |
14.09.20
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Sinopsis

La vida puede dar un vuelco en el momento más insospechado

Quizás había leído demasiados libros de Pepe Carvalho. Esa fue mi primera conclusión al salir del edificio donde trabajaba como administrativo contable una tarde gris de enero, cuando divisé en la acera de enfrente a un hombre apoyado en la pared “como esperando”. Su aspecto me pareció llamativamente sospechoso: moreno, alrededor de los cuarenta años con buen porte, vestía una americana larga de corte recto con solapas redondeadas, zapatos “achalorados” con cordones abiertos y puntera puntiaguda. Tenía las manos en los bolsillos delanteros y miraba fijamente a mi edificio. Sentí cierta intranquilidad cuando nuestras miradas se cruzaron durante un interminable segundo. Le había descubierto. Súbitamente, se separó de la pared y comenzó a andar calle arriba con decisión. En ese momento,  la cantidad de documentos y facturas contabilizadas durante la semana me nublaron la razón y tornaron mi aburrida vida en una aventura sin un claro final: había decidido seguirle, ¿por qué no?, ¿qué hacía allí y por qué se había azorado al verme? Tenía que investigarlo. Recordé los puntos fundamentales de un buen detective de novelas: el manejo adecuado de las distancias, no perder la visión del investigado y tener cuidado de no ser visto. Con esas premisas comencé a ir en la misma dirección que el hombre del abrigo negro, eso sí, precavido, comencé a seguirle por la acera de enfrente. La calle era larga y ancha, una calle principal con muchos cruces si bien no había cogido ninguno de los siete que ya habíamos rebasado. Intentaba acompañar su paso veloz, sin acercarme demasiado ni mirar descaradamente a mi presa. Por ahora, parecía que no se había fijado en mí. Lo estaba haciendo bien. De pronto, dobló una esquina en dirección contraria a la mía, y todas las alarmas saltaron. Debía cruzar de manera urgente o perdería al sospechoso. El semáforo estaba en rojo y me lancé como un loco a la calzada esquivando un par de coches que decidieron sonar el claxon en señal de desaprobación. Imbécil fue la palabra que escuché cuando alcanzaba el otro lado de la calle, pero no debía contestar. Estaba obcecado en recuperar la visión de ese hombre y ni los sudores ni el acaloramiento iban a frenarme. Doblé la misma esquina y localicé al moreno tres portales más arriba. Debía frenar mi ímpetu y volver a controlar la situación. Respiré hondo, analicé la situación y tracé un plan. Aprovechando los árboles y el mobiliario urbano, continué su recorrido sin que pudiera advertir mi presencia. Se divisaba el final de la calle, rematada por un edificio dispuesto de manera transversal como un muro impenetrable que desembocaba en un inevitable final. No lo había contemplado. Él me había visto al salir y ahora nos íbamos a volver a ver en su territorio. ¿Cómo iba a justificar mi presencia allí? Sin duda, no lo había pensado, sin embargo, de pronto, un poco antes de alcanzar el edificio, se introdujo en una cafetería adyacente salvando esa posible situación embarazosa. ¿Ahora qué? Era mejor dejar a un lado este estúpido impulso y regresar a mi casa a ver series americanas. No. Si había llegado hasta aquí debía continuar. Esa era mi última decisión. De este modo, me aproximé cuidadosamente a la ventana y, desde fuera, pude observar cómo se sentaba en una mesa con tres sillas mientras posaba un café que debía ser “con leche” por el color marrón claro que percibía desde mi posición. ¡Estaba esperando a alguien! Mi pulso se aceleró, subiendo la temperatura de mi cuerpo unos cuantos grados a pesar de que ya caía aquella noche fría de invierno. Debía esperar un rato para ver con quién se reunía. Seguramente me daría pistas para saber por qué ese hombre estaba vigilando las puertas de mi oficina y, al parecer, a mí. Un poco más de tiempo, solo eso. La adrenalina inundaba todo mi cuerpo. Continué en mi posición.

Conseguí evitar sus miradas al exterior cuando, de repente, conseguí ver que estaban llamando a su teléfono. La conversación fue breve y una sonrisa se esbozó en sus labios. Colgó y en ese preciso instante…

  • ¡Hola Mario! – escuché de pronto detrás de mí mientras daba un respingo- me estabas esperando, ¿verdad?

Me di la vuelta y vi a una mujer, debía estar alrededor también de los cuarenta años, con pelo castaño largo, abrigo de cuerpo entero marrón y botas altas a juego con un pequeño tacón que me miraba de manera divertida. No la conocía de nada, aunque no me era del todo extraña.

  • Disculpe, ¿nos conocemos? – pregunté educadamente.
  • Nadie nos ha presentado, pero yo te conozco muy bien – respondió con seguridad.

Esa frase me descolocó completamente. Qué estaba pasando. Nunca había estado en una situación como ésta y me sentí paralizado. Ella, por el contrario, continuó hablando con naturalidad, sin imposturas. Sabía lo que hacía.

  • Ya veo que te he puesto un poco nervioso. A veces soy demasiado impulsiva y no es bueno en mi profesión. Mira, mejor entramos dentro, nos tomamos un café y dejamos atrás este frío que me está congelando la nariz.

Como un corderito seguí sus indicaciones sin mediar palabra. Abrí la puerta, el calor nos rescató de la helada que se avecinaba y entré en el local sabiendo que todo esto no podía acabar bien. Maldije mi decisión de seguir a aquel hombre y de todos los libros y películas de detectives que había leído. En qué lío me había metido. No lo sabía, pero lo iba a descubrir muy pronto. Presentía que las dos sillas libres eran para mi acompañante y para mí, así que no demoré con falsas dudas mi destino acercándome a la mesa del hombre moreno. Al vernos sonrió.

  • Os he pedido un par de cafés. Para Mario con leche y azúcar moreno, como a él le gusta. Para ti, americano sin azúcar. No sé cómo puedes beber eso. Está tan fuerte – comentó con un gran manejo de la situación el hombre al que perseguía mientras se levantaba quizás por educación.
  • Cuando en la próxima revisión tengas trescientos de azúcar, ya te acordaras de mí y mi café – contestó ella con indisimulado enfado.
  • No te pongas así. Sentaos y aclaremos todo esto. Mario lo está pasando francamente mal.

Separamos las sillas y nos sentamos los tres con expectación. Mis nervios impedían que articulara palabras, así que decidí que ellos tomaran la iniciativa. Estaba a su merced. El hombre rompió la baraja.

  • Es divertido jugar a detectives, Mario. He visto que tienes ciertas habilidades. No te vi en ningún momento mientras me seguías. Hiciste un buen trabajo.
  • Sí, aunque te falta experiencia. No te percataste que a ti también te seguían. Es una profesión complicada – intervino ella mientras apuraba su café.

Decidí decir algo. No sabía el efecto que podía tener, pero en ese momento, fue lo único que se me ocurrió.

  • No quería molestaros, la verdad.
  • No te preocupes. Todo se va a aclarar en un santiamén. Explícaselo tú que tienes más literatura – comentó el hombre sonriendo a su compañera.
  • Siempre me dejas lo más difícil. Bueno, terminemos con esto. Suena mal decirlo, pero hemos provocado este encuentro. No sabíamos si iba a salir el plan, sin embargo, hemos acertado con el perfil.
  • ¿Sabíais que iba a seguirle? Nunca lo había hecho antes – interrumpí incrédulo.
  • Sí, sí. Todo ha sido provocado. Poco a poco convenimos una estrategia para que estuvieras incitado a hacer de detective. Por cierto, ¿no te sueno de algo?
  • Es extraño. Tengo la impresión de que te conozco. Ahora mismo no caigo.
  • Durante las últimas dos semanas, me has visto en el metro sentada enfrente tuya, en la compra con dos números posteriores en la pescadería, en el cine en la misma fila en el otro lateral cuando fuiste a ver la película de detectives y en algún sitio más.
  • ¡Es cierto! No te ubicaba. Me teníais controlado– exclamé con enojo.
  • Solo yo. De vez en cuando, colaboro con este sujeto, para misiones concretas – interrumpió ella abortando mi enfado.
  • Sí, es el momento que te digamos para qué todo este paripé – continuó el hombre – procede.
  • Soy detective privada. Si bien, normalmente me dedico a prestar mis servicios a empresas para descubrir posibles fraudes de clientes, trabajadores o directivos, de vez en cuando, la policía requiere mis servicios para algún asunto concreto. Este es el caso.

Estaba siendo investigado por la policía y no lo sabía. Pensando, solo había algo que les pudiera interesar de mí. Si lo habían descubierto personalmente estaba acabado. No había cometido ningún delito aunque era bastante reprobable.

  • No te preocupes. No es nada personal hacia ti – sentenció mientras me miraba con cierta complicidad. Me estaba diciendo que conocía mis pecados, pero que no era eso por lo que estaba allí sentado – Es sobre tu empresa. Puede que esté blanqueando dinero y necesitamos tu colaboración.

Respiré por dentro. Me acerqué la taza de café y comencé a escuchar sus planes para desentrañar la trama financiera. Era arriesgado lo que me proponían, seguro, sin embargo, qué es la vida sin un poco de emoción.

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