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4 min
El bálsamo
Varios |
29.01.15
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Sinopsis

La vida de un hombre depende de un objeto; en realidad, el objeto y él parecen ser un sólo ser.

El bálsamo

El ungüento hecho con veneno de abeja y aceite de víbora era siempre colocado por Don Matías en el taburete que estaba al lado de su cama. Este lugar parecía un altar improvisado. Junto al pequeño pomo de color amarillo reposaban también un rosario, una veladora y una foto antigua del rostro de su madre.

Todas las noches, Don Matías tomaba una pequeña cantidad del ungüento y se lo aplicaba en las articulaciones dando un suave masaje. Luego, diseminaba una delgada capa sobre su cara. El olor que emanaba era algo parecido a estar oliendo gasolina, cuero viejo y mentol.

Matías se bañaba muy de vez en cuando, así que conforme pasaban los días, el olor del ungüento se hacía penetrante al mezclarse con sus jugos corporales. Los niños del pueblo le habían apodado: “Don Zorrillo”.

La única mujer que tuvo, lo había dejado por este hábito.

─ ¡Decide, esa cochinada o yo!

¿Qué se habría creído esa mujer?, pensó Matías. ¿De verdad pretendía que hubiera renunciado al único recuerdo que guardaba de su madre?  Lo que evocaba de ella  eran precisamente sus manos morenas que calentaba con la flama de una vela para que no estuvieran frías al momento de untarle el bálsamo. Desde niño sufría de dolores musculares, y eso, era lo único que lo aliviaba.

Al terminarse el bote, Matías lo metió en una caja de cartón que apiló encima de otras.  No se atrevía a deshacerse de ninguno de ellos porque sentía que estaría tirando una parte de su madre.

Un día, llegó a la tienda donde vendían toda clase de hierbas y remedios naturales. Desde hacía muchos años le surtían el ungüento. El encargado, en cuanto lo vio, le mencionó que ya habían discontinuado el producto, pero le mostró otros similares. Matías empezó a exigir que le vendieran el mismo y levantando su bastón tiró por descuido unos paquetes que estaban en el mostrador.

─ ¡Lárguese de aquí, viejo loco!, le dijo el vendedor, mientras le arrebataba el bastón. Seguidamente, lo sacó a empujones del establecimiento.  Los intentos del anciano fueron inútiles, pues era una brizna comparada con la fuerza de aquél hombre.

Esa noche, el viejo se acostó con un gran pesar. Sentía que su piel estaba estirada y seca. Soñó que al levantarse de su cama se había desprendido de su cuerpo toda la piel como un gran cascarón disecado.

Al día siguiente se despertó con padecimiento en todo el cuerpo. Nomás se levantó para usar la bacinica.

Por primera vez, en muchos años, sintió deseos de llorar, y así lo hizo. Cuando recobró un poco el ánimo, pensó que un poco de manteca de cerdo podría aliviar la tirantez de su piel, pero lo único que logró fue engrasar las sábanas al acostarse. Se le metió la idea de que no había funcionado porque la piel no estaba preparada, así que la frotó enérgicamente con cloro diluido y después se volvió a untar la manteca. A medianoche, una insoportable picazón y ardor lo despertaron.

Lo peor, vino después. Sentía que por dentro se estaba quemando y que llegaría un momento en que se pulverizaría como las historias de combustión humana que había escuchado alguna vez.  A pesar de que no le gustaban los hospitales ni los doctores, esa tarde se encaminó lentamente hacia la clínica del pueblo.

El médico, después de auscultarlo, le dijo que en realidad lo preocupante era su alta presión y la taquicardia; que tenía que quedarse esa noche para estabilizarlo.

En las penumbras del cuarto del hospital, una silueta femenina se acercó a Matías.

─Mijo, va a ver cómo se sentirá mejor con esta pomadita que le voy a untar.

─ ¿Eres tú, mamá? ¿Ya es hora?, preguntó el anciano con la voz quebrada.

La enfermera lo tranquilizó como si fuera un bebé y empezó a darle un masaje. Matías cerró los ojos disfrutando por última vez como el bálsamo lo nutría y se hacía parte de él.

 

 

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Muchas historias las he descartado por miedo a que no fueran lo suficientemente buenas. Entonces me di cuenta que tenía que vencer esa inercia: no tengo que escribir cuentos perfectos para publicarlos. El deleite está en compartir.

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