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6 min
El banco.
Amor |
27.05.15
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Sinopsis

Y es que después de tanto tiempo, nunca olvidó aquella frase, aquellas seis palabras que cambiaron su vida para siempre.

Estaba ella sola. Sentada en su banco favorito, en su momento del día favorito. Enfrascada en sus pensamientos favoritos, imaginando su mundo favorito, pintado con sus colores favoritos, hecho con su más fuerte imaginación, que era su favorita.
Imaginaba que estaba sentada en ese banco suyo, tan favorito, el mismo sobre el que se sentaba en realidad, esa fría y absurda realidad, que se reflejaba en todo cuanto mirara: en un hombre de traje serio, con su oscuro maletín lleno de secretos, en un coche que rueda por las "limpias", alquitranadas calles de la ciudad, en un niño que no sabe despegar sus ojos de eso que llaman tecnología. Ella se sentía sola en aquel lugar. Dejó de querer, de querer todo. De querer hablar, escuchar, estudiar,... incluso sonreír. Dejó de querer aquello que la gente hacía porque le recordaba a ese mundo cruel y sucio al que todos pertenecían. Incluso ella. Por eso se refugiaba siempre en su banco favorito, al atardecer, para buscar ese ápice de belleza que aún nadie había conseguido arrebatarle de su inocente mirada.
Le encantaba ese color que tomaba el cielo cuando la luz del sol empezaba a esconderse, ese color rojizo naranja que de vez en cuando tornaba en un rosa pálido con tonos rojizos claritos y tenues en las delgadas nubes que se posaban sobre el cielo, como mariposas sobre el pétalo de una rosa.
Sus ojos se cerraban cada tarde, cuando conseguía escaparse de su aburrida rutina y soñar con su lugar favorito, en el que nada de lo que caracterizaba al mundo real podía hacerla llorar.
Pero ese día no era un día cualquiera. Ese día ella no pudo sentarse a soñar en su banco favorito. Porque su banco había sido robado. Por un chico. Él estaba sentado sobre su sitio. SU sitio.
Nada en el mundo la había hecho llorar tanto como aquel chico, que tan solo se había sentado en su banco. Entonces se dio cuenta de que odiaba llorar. Quería su banco. Quería volver a su lugar favorito. Quería volver a soñar. Y aunque ya no fuera lo mismo... Lo intentaría.
El asfalto quemaba las suelas de su imaginación mientras lo miraba escondida. Ahí sentado, como ella solía hacer. Como si él supiera nada de aquel sitio, de lo que significaba aquello.
Solo quería que se fuera. Solo quería decirle vete. Bueno. No. No quería decirle vete, solo quería que él comprendiera que molestaba, que... Entonces sus ojos se humedecieron al ver como aquel chico sonreía mirándola. Se escondió como una niña pequeña detrás del edificio tras el que se estaba asomando. Sus ojos estaban vidriosos, su cara roja y su corazón desbocado. Se giró otra vez y él la volvió a sonreír. Y ella volvió a esconderse. Pensó en irse. Pero quería su banco. Quería que él se fuera. No quería perder lo único que le quedaba para sonreír cada día.
Volvió a girarse lentamente. "Bu". Su corazón dio un vuelco cuando sintió el aliento de ese chico a unos pocos centímetros de sus labios. El chico rió y le cogió la mano. Ella titubeó pero finalmente se dejó llevar, sin saber bien por qué. Él se sentó en el banco y ella le siguió. Sin pronunciar una sola palabra cerró los ojos. Sonreía como mirando al cielo, al horizonte. No sabía lo que estaba pasando por su mente. Pasaron unos segundos, ella le observaba ya más curiosa que molesta, esperando una reacción en el chico, un nuevo movimiento que le indicara lo que sucedía. "Confía en mí", dijo mirándola de nuevo. Se sobresaltó un poco, no se lo esperaba. Él cerró los ojos de nuevo y ella le siguió. Empezaba a entender de qué iba aquello. O eso creía. Sus ojos se entreabrieron un poco y vio como él se mantenía en la misma posición, confiando en algo o alguien que ella no podía comprender del todo.
-¿Sabes? Yo también solía venir aquí. Venía todas las tardes, todas y cada una de las tardes de mi vida desde que murió mi madre -ella no supo qué responder, cerró de nuevo los ojos como si hubiera hecho mal abriéndolos. Él prosiguió-. Venía para olvidarme de todo lo que me recordaba a ella, o tal vez venía precisamente para recordarla, para que nunca se olvidara de mí desde allí arriba. Desde donde estuviera. Pero un día llegué a este banco y había alguien que no me dejó sentarme. Una chica -ella se dio por aludida. No tenía ni idea, le hubiera gustado preguntarle mil cosas en ese momento, pedirle perdón por robar su banco. Se sentía culpable, había estado acusando a ese chico de robarle cuando desde el principio había sido ella la ladrona. Se sentía como una más. Una persona indecente y culpable de ese mundo del que huía yendo a ese banco. Se había contaminado del exterior. Comenzó a llorar. Pero no abrió los ojos. Quiso continuar con aquello-. Cuando ella se marchaba a mí se me acababa el tiempo de estar allí y tenía que volver a casa, pero pensé que algún día se iría. Que no volvería a pasar por aquí. Pasó el tiempo, cada vez más convencido de que no se iría nunca, y cada vez más seguro de no querer que eso sucediera. Me había acostumbrado a mirarla cada tarde. A imaginar qué haría allí cada tarde, como yo. Confieso que antes cuando no te vi en el banco me asusté. Aunque por fin podía volver a mirar el atardecer, no podía verla a ella -sintió como su voz se acercaba despacio. Y entonces se hizo el silencio. A ella le pareció eterno, no sabía si abrir los ojos, si esperar, pero antes de poder tomar una decisión se rompió. Él, a unos pocos milímetros (por lo que ella podía, a ojo, calcular) le susurró algo al oído, algo que hizo brillar todo aquello que había perdido la luz en su vida. Algo que recordaría durante el resto de su vida...
Y le besó... Sobre aquel banco de piedra desde el que vio su vida pasar. Una vez más...
Pero ya no estaba sola.
Ahora, por primera vez, en su mano sostenía la fuerza, el amor que la hacía soñar con un nuevo futuro... eterno.

Y es que después de tanto tiempo, nunca olvidó aquella frase, aquellas seis palabras que cambiaron su vida para siempre. "Déjame entrar... en tu mundo favorito".
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