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7 min
El barco
Drama |
23.01.15
  • 5
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Sinopsis

Esta historia pasó en un barco de los tantos que surcan el Mar Báltico.

Esta historia pasó en un barco de los tantos que surcan el Mar Báltico. Salió a las ocho de la tarde del puerto de Estocolmo y no llegaría a Helsinki hasta las siete de la mañana del día siguiente.

Nada más embarcar una mujer con una pequeña maleta se me adelantó, se giró y me lanzó una sonrisa un tanto lasciva. Por vergüenza le devolví otra sonrisa, esta de carácter más bien amable y tímida. Mientras iba explorando el barco con cierto asombro, ya que era la primera vez que me encontraba en uno de tales dimensiones, iba pensando en esa sonrisa, intentando descifrar su significado, viendo como mi inseguridad transformaba esa aparente lascivia en simple cordialidad, y empecé a dudar si me había sonreído si quiera.

Al llegar a mi camarote estos pensamientos se evaporaron al instante. Este se encontraba en la parte más recóndita y oscura del barco, mi presupuesto no me permitía otra, justo encima de los motores. ¿Qué fue lo que dejo sin habla a mi mente? Un italiano de unos cuarenta años en calzoncillos viendo una peli porno en su tablet. Cuando me vio tiró la tablet a la pequeña cama plegable, se levantó y me gritó en inglés:

- ¿Qué haces aquí? He reservado todo el camarote. Tienes que irte. ¿Cómo has podido abrir?

Asustado como estaba intente articular alguna frase pero solo salieron gruñidos, así que decidí que las imágenes hablaran y le enseñé el billete. Lo arrancó de mis manos con una rabia absurda y lo examinó durante un buen rato. Con mirada iracunda me lo devolvió y empezó a gritar en italiano. Mi poco conocimiento de esa lengua me bastó para saber lo que decía.

En cuanto dejé mis pocas pertenencias en el camarote me fui lo más rápido posible. Intentaría evitar a ese hombre lo máximo posible. Lo primero que hice fue ir al restaurante a cenar, para poco después pasar un buen rato en cubierta disfrutando de una suave brisa de principios de Septiembre. Mientras contemplaba el mar iba diseñando en mi cabeza lo que haría en Helsinki, haciendo leves movimientos involuntarios con mis manos como si estuviera explicándoselo a alguien.

- ¿Qué haces? ¿Estas bien? - me preguntó una voz a mis espaldas.

Me giré y vi a la misma mujer que me había sonreído, aunque entonces yo ya había descartado esa idea y estaba convencido que me había mirado con asco.

- No, nada. Estoy pensando. No estoy loco - intenté bromear.

Ella se rió y me mostró su sonrisa en toda su extensión. Al observarla más detenidamente pude ver que no era una mujer sino más bien una chica, debía rondar los dieciocho años. Sueca, definitivamente. Por aquél entonces yo tenia veinte años, a pocos meses de cumplir los veintiuno. Estuvimos hablando un rato, poco a poco perdiendo yo la vergüenza y ella la seguridad, para al final encontrarnos lo dos en un punto medio, ya como iguales.

Al cabo de dos horas tuvimos que entrar porque la brisa se transformó en un pequeño huracán y el frío hizo acto de presencia. Nos refugiamos en la discoteca. No estaba muy llena, o igual yo me la esperaba a rebosar como en ese club de Estocolmo. En un pequeño escenario el típico grupo de BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones) estaba cantando un repertorio de canciones de ABBA. Los jóvenes estaban en unos sillones en un rincón hablando apenas y los mayores parecían disfrutar con esas canciones, débiles sonrisas dibujándose en sus rostros, quizás recordando un barco como ese hace veinte o treinta años.

Nosotros estuvimos sentados hablando y riendo, haciendo bromas sobre la gente mayor y sus tonterías. Nos tiramos así otro par de horas. Ya serían la una de la madrugada cuando el grupo se despidió y la gente mayor con sus hijos se fue a sus camarotes y nos dejaron a los jóvenes solos. Todo cambió. La pista de baile se iluminó con luces más vivas y rápidas, y empezó a sonar una canción de un surcoreano, muy típica por entonces.

A mi el baile nunca me había entusiasmado, pero entre su la insistencia de sus ojos y la belleza de su sonrisa acabé por ceder. También ayudó que ya iba por mi quinta cerveza. Bailamos diferentes estilos de música, cada vez más animados, sorprendiéndome de que pudiera bailar durante tanto tiempo sin aburrirme. Sería cosa de la cerveza sueca.

Sobre las tres de la madrugada todo había acabado. Nosotros ya llevábamos una hora sin bailar y nos estábamos enrollando en una pequeño sofá en la penumbra de la discoteca. Cuando vimos que todos se iban y que apagaban las luces nos decidimos a marcharnos. Ella me dijo que no podíamos ir a su camarote porque lo compartía con varías chicas y yo le hablé del italiano. Mientras intentábamos resolver ese urgente asunto vi al italiano. Estaba jugando a una de esas maquinas tragaperras que tienen muchos barcos instaladas en sus pasillos, casi inundándolos. Nos miró, me sonrió y nos gritó en inglés:

- No voy a ir al camarote hasta dentro de un par de horas, no os preocupéis.

Dicho esto, volvió a su maquinita. Le solté un tímido gracias y nos fuimos casi corriendo al camarote. La noche entraba por el pequeño ojo de buey de la habitación. El ruido de los motores marcaba el compás de nuestros cuerpos. Al cabo de dos horas nos despedimos y acordamos vernos al día siguiente en el puerto para explorar la ciudad juntos.

A los pocos minutos vino el italiano tambaleándose. Me saludó alegremente y se derrumbó sobre la cama. Apenas pude dormir.

Los días siguientes sí que exploramos Helsinki, pero después nuestros caminos se separaron, yo tenía ya hostal reservado en Tallin y ella tenía que volver a Estocolmo. Nos dimos los teléfonos, correos y demás datos para seguir en contacto. Le fui enviando mensajes y llamándola durante todo mi viaje por Europa. Poco a poco disminuyendo en cantidad. Para cuando llegué a Barcelona ya apenas nos comunicábamos.

Al cabo de unos meses los mensajes y llamadas cesaron por ambas partes. Yo seguí con mi vida, de vez en cuando preguntándome que sería de ella. Entonces, un día, caminando por el campus, vi a una chica, rondaría los veinte años. Estaba sentada con un grupo de estudiantes extranjeros. Me acerqué sin poder creérmelo. Era ella, sin lugar a dudas. Tres años más mayor, pero ella. No podía parar de mirarla. Ella lo notó y se giró. Cuando vi sus ojos entendí que me había equivocado de persona.

De vez en cuando me encuentro con su mirada por las calles. Me giro de repente, perdiendo de vista una espalda, quizás la suya, en la distancia. Tengo que superarlo. Ya es hora. Hace más de dos años que recibí ese correo de su madre comunicándome su muerte en un accidente de tráfico. Un camión embistió su coche a la altura de los Pirineos, justo en la frontera. En un bolsillo de su chaqueta los médicos encontraron la dirección de una casa particular en Barcelona.

La mía.

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Estudiante de Filosofia con aspiraciones literarias. Más relatos y pensamientos en mi blog: http://sinpalabras.ghost.io/

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