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4 min
El Blanco también puede morir
Amor |
31.07.15
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Sinopsis

De mis lecturas de Jack London y Joseph Conrad

 Había pasado poco más de un mes desde que Otto, Franz y David, el inglés, hubiesen desembarcado en la enfangada orilla de la aldea desde un destartalado esquife a vapor, del que, tras unas breves frases chapurreadas en dialecto con el reyezuelo de la tribu, unos cuantos nativos procedieron a ir descargando unas pesadas cajas de madera, conteniendo víveres en conserva, además de otras más pequeñas de municiones para las armas de los tres europeos y unos cuantos bidones de agua potabilizada con pastillas de cloro, tras lo cual la pequeña nave emprendió su regreso a través de la cenagosa agua del río.

Quedaban aún dos meses de espera para que el mercante fluvial de la compañía arribase por el río a hacerse cargo de las quinientas toneladas de caucho en bruto que la aldea se había comprometido a entregar a la compañía y que serían pagadas en relucientes marcos de oro al jefe de la tribu tras la entrega. La presencia de los tres aventureros se limitaba simplemente a garantizar que el trabajo se realizara con diligencia para que la entrega del caucho estuviese lista a la llegada del barco de la compañía.   A los ocho días de su llegada, David, el inglés, forzó a una adolescente, hija del jefe de la aldea, la cual acudió con los muslos ensangrentados y llorosa a la choza familiar, de la que salió su hermano mayor armado de una lanza que clavó en la garganta del inglés sin que éste hubiese tenido tiempo de sacar su revólver.  Una descarga de las armas automáticas de Otto y Franz dejaron tendidos en el suelo de barro al vengador y a cinco nativos que presenciaban la escena, y, a continuación, los dos aventureros se dirigieron con las armas preparadas a la choza del jefe, de la que sacaron a éste y a la aún ensangrentada muchacha, a los que procedieron a amarrar en sendos árboles, descargando sus armas sobre ellos en una burda parodia de fusilamiento, ante una aglomeración de atónitos y espantados indígenas.   El incidente provocó que una parte de la población de la aldea, asustada de la perversidad del hombre blanco, huyera a esconderse en la selva, aunque un número mayor de ellos volvió al día siguiente, con ojos cabizbajos, a clavar sus machetes para sangrar el caucho de los árboles cual si nada hubiese sucedido, aunque todo lo acaecido trastocó completamente la actitud de Otto y Franz, que a partir de ese día se aplicaron únicamente a vigilar sus propias espaldas, y sus provisiones, de los nativos, en espera de la llegada del barco de la compañía, dividiendo esa vigilancia en turnos de doce horas en el que uno de los dos dormía, así hasta el día en que Otto comenzó a sentirse enfermo, siendo ineficaces las tabletas de quinina del botiquín para bajarle la fiebre, y tomando al final Franz la decisión de, cargándose de agua y provisiones para varios días, emprender a pie a través de la orilla el viaje hasta el  puesto civilizado más próximo y volver con ayuda para el enfermo.  

 En su estado febril nunca llegó Otto a saber cuantos días y noches transcurrieron en aquella duermevela constante, que pasó con el fusil de repetición sobre las rodillas ante un conglomerado de indígenas que de lejos lo miraban con recelosos ojos de miedo. Un día volvió Franz. Regresaba andando por la orilla, solo y con claros síntomas de haber contraído él también la enfermedad. Cayó a los pies de Otto, intentando decir algo que los borbotones de sangre que salían de su boca le impedían.  Los nativos comenzaron a acercarse y contemplaron la escena en silencio. En sus manos llevaban ahora los planos machetes que habían ido desclavando del tronco de los árboles del caucho. De sus ojos había desaparecido el reflejo del miedo.

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