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13 min
El brillo diáfano del tiempo
Reales |
23.03.15
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Sinopsis

Julián, un joven de 17 años decide salir de su monotonía y realizar una acción que le permitirá liberarse y cambiar completamente como persona.

El brillo diáfano del tiempo

Echó un vistazo afuera de aquella ventana, no habían pasado ni dos días de aquella noche y él no conseguía sacar nada en conclusión. Sentía que algo no iba bien, sentía que algo faltaba. Cogió aire y miró de nuevo, seguía lloviendo, el color del cielo hacía juego con el de la ciudad, con el de sus sentimientos. Llovía, pero él se sentía incapaz de encontrar un ápice de aire puro que le permitiera salir de esa sensación de ahogamiento.

Cogió su chaqueta, se miró al espejo y, tras hundirse durante unos segundos en el negro de sus ojos en el reflejo, abrió la puerta y salió a la calle. Comenzó a andar. No tenía ningún rumbo concreto, se dedicaba a observar cómo sus pies se movían dirigiéndose a cualquier lugar, que ni siquiera él conocía.

Así era como él se sentía, sin rumbo, viendo como sus pasos, su vida, eran dirigidos por otros sin que él tuviera voz ni voto para pronunciarse. Siempre había sido todo lo que cualquier persona habría querido para alguien de su edad. Era educado, formal, respetuoso, organizado, responsable y pulcro. Aún así, o precisamente por esto, nunca había llegado a congeniar con nadie. Había estado rodeado a lo largo de su infancia y adolescencia por una gran cantidad de grupos de personas. Esos individuos hoy no eran más que polvo, polvo que se hundía junto a sus falsas palabras en la lluvia.

Lluvia, entonces despertó de esa sensación de aletargamiento. Estaba en un lugar que le era poco conocido, aunque había oido hablar de él previamente. Cuando había querido darse cuenta, sus pies habían dejado atrás la seguridad de las aceras que habían recorrido durante años, y la habían cambiado por la extrañeza que le provocaba un terreno que no había pisado jamás. 

Sus pies se hundían en el seno del fango, lo que antaño era una colina alegre donde dos niños solían corretear, ahora no era más que una pendiente verde, verde flamante. La hierba parecía alegrarse de haber recibido unas gotas de lluvia que necesitaba como agua de mayo. Nunca había estado allí desde que ocurrió, no desde que cada domingo se resignaba a hundirse en montañas de libros y menesteres en lugar de acudir a ese lugar donde acudía con su hermano a visitar a su abuela.

Julián no había vuelto a pisar aquel camino, había pasado tres años buscando excusas para evadir aquello que consideraba una tradición inútil que sus padres le habían inculcado. Sin embargo, algunos meses atrás esta opinión había cambiado. 

Su abuela falleció y él ni siquiera pudo pasar sus últimos momentos con ella. La había visitado cuatro días antes de que ocurriera, fecha que coincidía con el cumpleaños de Julián. Cuando recibió la noticia notó un cuchillo hundiéndose en lo más profundo de su corazón, el teléfono se resbaló de sus manos y cayó al suelo. Él no se molestó en recogerlo, sentía incapaz de hacer nada. Incapaz de moverse, solo quería hacer una cosa: gritar. Y ese fue el recuerdo que le quedó de aquel día, su cara hundida en su almohada gritando entre sollozos, maldiciéndose a sí mismo, llorando sin poder parar.

Entonces paró frente a un árbol, frente a el árbol que plantó hace quince años en su tercer cumpleaños. El árbol que su abuela y él cuidaban todos los domingos, el árbol que le vio crecer. Tocó su tronco, y entre sus asperezas encontró el recuerdo de todos aquellos días. Se sentía culpable por no haber valorado la presencia de su abuela, culpable por haber buscado formas de dedicar su tiempo a otras cosas en lugar de a lo que de verdad importa, culpable por darse cuenta de lo mucho que su abuela suponía para él cuando era demasiado tarde.

Se sentó bajo la copa de aquel almendro, se preguntó cómo podía seguir así de robusto si hace más de cinco años que nadie le daba cuidados. Pero entonces lo supo, nadie se lo dijo nunca, pero su abuela se acercó cada domingo como de costumbre y siguió cuidando que nada le faltara a ese árbol. Se arrodillaba en su base y agradecía a la naturaleza, a Dios, a aquello que estuviera allá arriba la posibilidad de haberse rodeado de una familia. Se sentía agraciada por haber compartido su tiempo con sus hijos, nietos, primos o cuñados. Ella siempre había valorado a Julián, siempre hablaba de sus logros y, aunque hubieran perdido algo de contacto, en sus últimos años no dejó de mirar la foto que tenía en su mesilla de noche antes de dormir. En ella, los dos enseñaban la más feliz y verdadera de todas las sonrisas que se hubiesen podido imaginar.

Algó destelló los ojos de Julián, el sol comenzaba a salir entre las nubes. Él yacía sentado, apoyado en el tronco del almendro, sin importarle el barro o el frío de aquella tarde gris. Decidió ponerse en pie, echó un vistazo a su alrededor y se dirigió a la entrada de aquel parque, no sin antes comprobar que seguía allí. Comenzó a excavar con sus fuertes manos en el barro, que no oponía ninguna dificultad. Sintió el frío tacto del metal y no necesitó más para saber que seguía allí, la cápsula del tiempo, si es que así podía llamarse, seguía en la base de aquel árbol. En esa caja de latón, su abuela y él guardaron un objeto cada uno, prometiendo no confesar nunca qué habían introducido el uno al otro.

Abrió la caja, y se dió cuenta de que algo había de extraño ahí dentro. En efecto, su muñeco seguía ahí, era un manojo de paja que, modelado con una serie de nudos y vestido con unas ropas en miniatura cosidas a medida, hacía la función de talismán de Julián cada noche. En su décimosegundo cumpleaños, cuando se cumplían diez años de aquel árbol, Julián se consideró lo suficientemente mayor para dejar de dormir con muñecos y por eso introdujo aquel monigote que tanto había significado para él. Palpó el fondo de la caja, allí había dos cosas. Poco a poco las sacó, queriendo saber qué era, procurando tener cuidado. Palpó el tacto suave de la lana, no podía creerlo. Aquella masa de tela no era más que el primer jersey que Julián tuvo. Su abuela lo tejió a mano personamente y le llevó horas de trabajo. Él siempre trató de que ella le viera con el jersey puesto, pero al llegar a casa lo escondía, avergonzado por lo que otros niños del colegio le pudieran llamar. Incrédulo y con un sentimiento de inestabilidad palpó el tacto suave y delicado característico del papel marcado por el paso del tiempo. Abrió con delicadeza el sobre y extrajo una carta, dividida en dos partes, que decía así:

  -     "Querido Julián,  
Hoy has tenido una idea fantástica y ya que vamos a realizarla, quiero que recuerdes la importancia de todo esto. Hoy tienes solo trece años, pero cuando leas esto, estoy segura de que tendrás unos cuantos más, por lo que me dirigiré a ti de forma sincera. Quiero que sepas que el tiempo es de lo poco que merece la pena y está exento de cualquier mercado o coacción. El tiempo de cada uno le pertenece a sí mismo, no dejes que otros lo utilicen o decidan para qué ha de ser empleado. Desde pequeño has sido un chico muy brillante, perspicaz, curioso. Siempre todo ha supuesto una fuente de conocimiento para tu cabeza, siempre has sacado algo en conclusión, y sé que con esto también lo harás. No sé durante cuanto tiempo habré estado a tu lado desde este momento, pero quiero que sepas que sea el que haya sido, estoy segura de que no lo querría de otra forma. Estoy muy orgullosa de tener un nieto como tú, y quiero que sepas que nunca me habrás defraudado, porque sé que habrás encontrado la forma de ser libre y hacer lo que tú quieres, y no hay nada que me haga más feliz. Los años pasan, puedo decirtelo por experiencia, tu cabeza se llena de momentos, de caras, de recuerdos y de sentimientos. Solo quiero decirte que no te reprimas, no reprimas tus ganas de nada. A lo largo de mi vida siempre he tratado de ser socialmente correcta, de no hacerme respetar para no llamar la atención. Quiero que tú puedas levantarte cada día y decir, hoy voy a hacer esto, y lo voy a hacer porque quiero hacerlo. Sé que un día, cuando leas esto, yo no estaré, pero también sé que cuando me haya ido, lo habré hecho contenta, segura de que mi nieto tendrá una vida feliz y gozará de la libertad que yo en algún momento no he podido tener. No olvides que estoy muy orgullosa de ti.

Tu abuela Amparo te quiere y te desea lo mejor.

07/07/2009 "

Julián, con aquel papel entre las manos, no podía parar de temblar. Sentía que caía, que no tenía ningún lugar donde aferrarse, que todo a su alrededor daba vueltas. Sus manos temblaban, de sus ojos no podían parar de salir lágrimas recorrían los rasgos de su  rostro. Decidió tomar un respiro, caminó durante unos minutos, cruzó la puerta de salida del jardín, siguió caminando hacia la colina más alta de los alrededores. Cuando encontró fuerzas para seguir leyendo, se paró en el margen del camino, tomó asiento en una roca que allí se encontraba y sacó el sobre de su bolsillo. Cerró los ojos y palpó ese papel, el mismo que había estado en las manos de su abuela tantos años atrás. Tomó aire, los volvió a abrir y continuó:

  -     "Hola Julián, últimamente siento que mi reloj está a punto de agotarse, que mi función aquí está tocando a su fin. Últimamente no hemos pasado tanto tiempo juntos, porque has dedicado tu tiempo plenamente a tus estudios. Sé que he incumplido nuestra promesa de no abrir esta caja, pero necesitaba acabar el mensaje que en su día comencé. Sé que cuando leas esto sentirás una sensación indescriptible mediante palabras, el vacío dejado por un ser querido, pero quiero que sepas lo que pienso, y lo que pensaré hasta que cierre mis ojos y vuelva en mis sueños a este almendro. Quiero que sepas que no tengo palabras para describir todo lo que has hecho por mí, quiero que sepas que has hecho que mis años de vejez, los cuales suelen ser de tristeza progresiva, hayan estado cargados de luz y brillo. Has hecho que esta anciana que ahora está escribiendo esto se sienta privilegiada. No es necesario haber pasado todos los días contigo para haberme dado cuenta de lo bellísima persona que eres. Me has dado parte de tu tiempo, me has hecho sentir viva cuando mis fuerzas y mi cuerpo ya no eran tan jóvenes como eran cuando me sentía así. Has conseguido que esté segura de que, cuando me vaya, lo haga con una sonrisa sabiendo que al menos he hecho una cosa bien en mi vida. Desde allá donde esté cuando leas esto, quiero que sepas que te miraré orgullosa, con la cabeza en alto, mis ojos brillando de la emoción de saber que tuve un nieto que me hizo sentir dichosa siempre. No quiero que pienses que dejar de sufrir es olvidarme, quiero que sepas que hay otras formas de recordarme, quiero que sepas que, si lo he hecho bien, estaré en un rinconcito de tu corazón con los valores y la enseñanza que espero haberte sabido transmitir. En unos minutos celebraremos tus diecisiete años, y me dirijo ya allí para verte, darte un abrazo y poder sentirme dichosa de tener a una familia tan maravillosa como tú, tu hermano, tu padre y, sobre todo, tu madre, a la cual considero la persona más modélica que podría imaginar. 

Gracias por brindarme tus años de presencia, y no olvides que allá donde vaya siempre te miraré con una sonrisa.

07/07/2014"

El mensaje era de tan solo cuatro días antes de aquel que Julián maldecía siempre que miraba el calendario. Julián había parado de llorar, en su interior la tristeza había dado paso a la melancolía, a la fuerza. Siguió subiendo hasta llegar a la cima de la columna. Se levantó una ligera brisa de aire fresco, cargada del olor de la vegetación floreciente en la entrante primavera. Veía el reflejo limpio del sol sobre la ciudad, veía como la ciudad se volvía a llenar de color cuando todo era gris y ese cambio era impensable. Estaba atardeciendo y el cielo comenzaba a teñirse de dorado, era el momento de volver a casa. No sin antes mirar al horizonte y dirigirse a su abuela para decirle que él sí que estaba orgulloso de haber tenido a una mujer tan luchadora y perseverante a su lado. No sin antes prometerse imitar lo bueno de las dos mujeres que siempre habían sido su modelo, su abuela y su madre. No sin antes prometerse seguir adelante, dejar atrás los sollozos interminables. No sin antes prometerse cambiar como la ciudad con la lluvia, sin prometerse remodelarse, sin prometerse ser suficiente para que su abuela estuviera orgulloso. Encontró la fuerza para comenzar a caminar, aquel día Julián volvía a sentirse él mismo.

por Alfonso Murillo, 23-3-2015 01:54.

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