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10 min
EL CAMINO DE LOS CONDENADOS
Fantasía |
16.04.08
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Sinopsis

      Él no era más que un ladrón de poca monta. Uno de esos que ven la oportunidad de negocio en todas las cosas vendibles enteras o por piezas. Vivía en el típico barrio que todos eludían cada vez que tenían que ir al centro, aún con el rodeo tardasen el doble. Era territorio prohibido. A él le gustaba pensar que pocos se atrevían a cruzar el umbral de aquella mini civilización decadente, plagada de delincuencia, drogas y prostitución. Ahora bien, si a alguien le preguntaban cual era el lugar más seguro para vivir era probable que mencionaran aquel. Era la zona de la ciudad dónde menos robos se cometían. Por otra parte lógico, todos se conocían allí. Solamente los turistas salían malparados cuando pisaban aquellas calles por despiste. Tono, al que todos apodaban el Montana por su gran afición a la película de Al Pacino, era un muchacho de baja estatura, sin grasa en el cuerpo y muy mala leche. Quienes le conocían presagiaban para él una visita precoz al cementerio o, cuanto menos, daría con sus huesos en la cárcel tarde o temprano. Era una suerte que aún no hubiese pisado siquiera los calabozos de comisaría. Corría como una liebre, fumaba como un cosaco y, cada quince días, cambiaba su atuendo habitual, manera de andar y hasta de color de pelo. Le gustaba llamarse a sí mismo profesional y, dado que había salido victorioso de todos y cada uno de los actos delictivos cometidos, podía calificarse como tal. El destino, sobre todo ese del que se habla en las caravanas, el que barajan con la española las gitanas ancianas de mirada torva, ese se forjaba a golpes de karma y no tardaría en tomar partido en la vida del joven. Presta siempre a sacar un euro allá donde pudiese, la Ginesa echaba las cartas boca abajo y perdía los ojos en el infinito cada vez que alguien la visitaba. Tono bromeaba con ella y ésta siempre le decía que si se cogía lo justo para vivir, el destino hacía oídos sordos y pasaba de largo. Decía que era algo que se comprendía y que no albergaba ambición ni desmesura. También advertía a Tono tras estas palabras que llevara cuidado, que la bola que uno lanzaba hacia un extremo se rebotaba y volvía con más fuerza para estrellarse sin miramientos contra uno. Y Tono la llamaba vieja bruja y escupía al suelo mientras le sacaba un dedo a la gitana.

      Tono llevaba estudiando una nueva zona para atacar. Acababa de salir de la peluquería y había cambiado la media melena parda por un corte a cepillo con mechas rubias. Cambió su pendiente de aro por una cruz con calavera. Y, de vestir con chándal y zapatillas viejas, había pasado a un toque más moderno y menos chabacano. Aprovecho esta nueva imagen para atacar en una nueva zona. Vida nueva por quincenas. Se regodeaba con su inteligencia. Jamás le pillarían. Luego no tenía más que volver a los lugares donde actuaba al principio y ya nadie le reconocería. Tenía en el currículum varios asaltos a mano armada, una veintena de robos de vehículos, más de un centenar de pequeños hurtos... y apenas un par de muertes involuntarias. Gajes del oficio. Paseó distraído mirando escaparates. Tal vez antes de cambiar de nuevo hiciera algunas compras por allí. Oteó el panorama en busca de víctimas. Dos ingleses achicharrados cayeron ese día, dándole un buen botín consistente en ciento cincuenta y dos euros, varias joyas, unas gafas de sol y un reloj de oro que podría vender muy bien al usurero de su barrio.

      A mitad de semana se dio cuenta de un detalle. En una de las calles cercanas a la principal, había un flamante coche que debía ser americano. Tono, experto en el tema, ni siquiera conocía la marca y aquello llamó su atención. El Montana quería americanizarse como Pacino en el film. Sería un buen paso coger aquella preciosidad y lucirse por el barrio. Desde que lo descubrió el segundo día de faena, se había percatado de que el coche no se había movido de su sitio. Algo raro y que, al tiempo, daba cierta ventaja al chico a la hora de planear el robo. Y fue a mitad de semana, cuando analizó esto y se dio cuenta del detalle, que llegaba el momento de actuar antes de perder la oportunidad. Esa misma noche de ese séptimo día, Tono se deslizó por las calles de madrugada y probó suerte con una palanca experta ya en abrir las puertas más difíciles. No hubo problema para entrar en el vehículo. Tampoco para puentearlo.

      Cuando lo arrancó, el motor le deleitó con una melodía susurrante llena de matices seductores. Se pasó la mano por el pelo y pasó la lengua por los labios. Luego, en un par de minutos, estaba circulando por las calles de la ciudad. Orgulloso de su nueva adquisición, quiso vacilar. Bajó la ventanilla para apoyar un brazo, se encendió un cigarro y levantó la cabeza con aires de ganador. Puso la radio. Sonaba uno de esos grupos de moda que a Tono le encantaban. Eran los Shadows Theory con su tema I Am. El Montana no sabía mucho inglés, pero conocía la letra y la canturreaba entre calada y calada. I am the lost piece who came to break the spell cast far years away (Yo soy la pieza perdida que vino para romper el maleficio lanzado hace años). No tenía ni idea de lo que significaba la letra, pero igualmente la cantaba. Tono era aficionado al Rock duro y este grupo estaba despuntando desde hacía meses. Subió el volumen y acompañó la música a gritos. We’ll try to set this on fire and fly. Tonight, I hope you want to come with me (Intentaremos prender fuego a esto y volar. Esta noche, espero que quieras venir conmigo). Dio un par de vueltas a la ciudad y luego se dirigió hacia las afueras.

      Vio la salida hacia su barrio y giró el volante a la derecha. No respondió. Lo intentó con más fuerza. No consiguió más que comenzar a sudar. Pisó el freno entonces. Sin embargo, éste se hundió sin resultado. Trató de cambiar de marcha. La caja de cambios estaba bloqueada. De repente, se vio atrapado en un féretro andante. El cristal se subió solo y casi le aplasta el brazo. La radio aumentó sus decibelios y Tono creyó se quedaba sordo. Ahora sonaba una de las partes que más le gustaban de los Shadows. Sacrifice, darkness in our way. We are the damned (Sacrificio, sombras en nuestro camino. Somos los condenados). El muchacho no se había dado cuenta, pero la canción se había estado repitiendo una y otra vez sin descanso. Embebido de su ego y exaltado por la posesión de aquel magnífico coche, había perdido la noción de muchas cosas.

      El volante tenía vida propia y giraba a su antojo. El acelerador aumentaba las revoluciones y, si Tono quería evitar llamar la atención, a cincuenta kilómetros por encima del límite poco podía hacer. Probó con el freno de mano y se quedó con la palanca sujeta entre sus dedos. Gritó todo lo que pudo pero fue inútil. Romper el cristal tampoco fue una buena idea, ya que, además de no conseguirlo, acabó con la mano amoratada. El coche fue hacia la autovía sin dejar de acelerar. Con pesadumbre, Tono comprobó que el marcador de gasolina estaba al máximo. Eso significaba muchas horas de carretera. La música estridente se proclamaba en la carretera como un vahído melódico que se acercaba y se alejaba en fracciones de segundo. Después de media hora, cansado y sabiendo que no había nada que pudiera hacer, se resignó y acomodó en el asiento del piloto. Se abrochó el cinturón, una práctica poco usual en él, y se permitió relajarse cuanto podía. Tarde o temprano se agotaría el combustible.

      No obstante, el menor de los problemas hubiese sido permanecer encerrado en un coche maldito. Lo que pasó después empeoró las cosas y es que una figura etérea se materializó justo al lado de Tono, en el asiento del copiloto. Tenía el aspecto de un hombre corpulento, de facciones anchas y cabeza bien poblada. Sonrió al chico enseñando sus dientes negros y sus ojos vacíos. De una de sus orejas vio nacer un gusano y a punto estuvo de vomitar sobre la tapicería. La radio se apagó y una voz chirriante y quejumbrosa salió de aquel esperpento que no paraba de mirarle.

      -      Hola chico... – dijo. - ¿Pensabas robarme el coche? – Dijo socarrón.
      -      Yo... yo... – balbuceó Tono. – Creía que no era de nadie...
      -      Ah, claro... como no vienen a por él me lo llevo ¿no? – Sus cuencas emitieron un destello y los dientes se apretaron mientras se acercaba a la cara del chico. – Robar está mal... Tono – Al decir su nombre se le heló la sangre y se acordó de la vieja gitana. - ¿Acaso creías que robarle el coche a un muerto no tenía repercusiones? – Amplió la sonrisa sin dejar de apretar los dientes podridos. – Me parece que te equivocaste... To-no – recalcó su nombre.

      El chico se meó encima y comenzó a llorar. Arañó el cristal desesperado. El espectro se acercó a él y lo rodeó con sus brazos desgarrados. Apretó bien su garganta. El día comenzaba a despuntar. La cara roja del muchacho estaba ahora pegada al cristal, buscando una esperanza, tratando de aferrarse a la realidad, al aire que no podía respirar, al perdón y el arrepentimiento. El coche siguió acelerando, esquivando coches. Tono permanecía sin vida, apoyada la cabeza entre la ventanilla y el respaldo. Su último cambio de imagen sería para su propio funeral. Un traje desgastado que en nada se parecería al del escaparate de la tienda.

      Al día siguiente encontraron el coche aparcado en la cuneta y a un chico amoratado con los ojos abiertos como platos en el interior. Su expresión era de puro horror. Desconocían lo sucedido. Tampoco les importaba. Un pequeño titular en el periódico regional era todo lo que merecía Tono. El barrio no lo echó de menos, la ciudad tampoco. La anciana le dedicó una plegaria mientras leía una mano en su caravana. Apenas fueron unos segundos. Y eso fue todo lo que obtuvo Tono el Montana. Eso y un susto de muerte. Quienes le conocían presagiaban para él una visita precoz al cementerio... No se equivocaban.
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