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16 min
El camino de regreso a casa
Amor |
07.12.14
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Sinopsis

A veces la tristeza nos hace añorar tiempos pasados


 


Cuando bajó del automóvil, a Laura le asaltaron los sonidos y los olores que creía haber olvidado. El zumbido de mosquitos casi invisibles le trajo a la memoria las interminables tardes de verano de su infancia. Entonces, su madre le hacía permanecer en su habitación hasta casi el anochecer, cuando se empezaba a sentir el frescor que bajaba de la montaña. “Es preciso que te eches la siesta y descanses”, le decía, como si pudiera estar cansada después de pasar la mañana en la piscina municipal con Merche, viendo a los jóvenes veraneantes que cada año aumentaban el número de habitantes de aquel pueblo perdido en la nada de Extremadura. Viendo y dejándose ver, también, que a eso iban las dos adolescentes de quince, de dieciséis, de diecisiete... No. A los diecisiete, ella, Laura, ya no quiso volver al pueblo.

Empezó a caminar por la calle empinada que la llevaba a la casa en la que había vivido durante su infancia y primera juventud. Se maldijo a sí misma por no haberse cambiado de zapatos al salir del bufete. Los tacones se clavaban en la tierra de aquel camino con aspiración a carretera y que, tras tantos años de ausencia, lo encontraba como lo dejó: sin asfaltar. Aquella mañana, había salido del apartamento en el que vivía con sus hijas, Clara e Inés, apresurada y agobiada, como siempre que se quedaban con su ex, vigilando para que no se dejasen nada olvidado: “¿Habéis cogido la ropa del colegio?; ¿tenéis los vaqueros para el fin de semana?; no os dejéis las mochilas; Inés, ocúpate del Ventolín para el asma de Clara... “. Y había sido ella la que había olvidado las bailarinas y, por culpa de su negligencia, tendría que estar todo el fin de semana subida a unos tacones vertiginosos que le destrozaban los pies.

Como en los veranos de su infancia, aquella tarde, el aroma del estiércol se confundía con la fragancia de las flores que asomaban a los balcones. No pudo reprimir un gesto de disgusto. Los olores que venían a importunarla le recordaban por qué siempre quiso irse para no volver. En el pueblo no cambiaba nunca nada. Las familias vivían y morían generación tras generación en las mismas casas, se casaban con la misma gente, educaban a sus hijos en la misma escuela a la que acudieron sus padres y abuelos. Los más afortunados iban a Cáceres a estudiar en la universidad, pero luego regresaban para hacerse cargo del negocio familiar. Como hizo Merche, como hizo Ignacio. Mas ella no quiso volver. Aunque su madre la llamase melodramática por ello, (“No seas melodramática, Laura”), sólo podía decir que odiaba aquel lugar desde que nació. El día que abrió la puerta de su primer apartamento en Madrid, cuando supo que entraba para quedarse, fue el más feliz de su vida. Olvidó a Ignacio, olvidó todo lo que había dejado atrás.

Poco antes de llegar a la casa en la que había vivido su madre los últimos años, se detuvo ante la puerta de Doña Encarna. No había posado su mano en la aldaba y la amiga de su madre ya le había abierto. La anciana, sin apenas pronunciar sino su nombre, la abrazó y dejó escapar unos sollozos.

—No quiero molestarla, Doña Encarna —le dijo—, sólo vengo a buscar las llaves.

La mujer se enjugó las lágrimas con la punta del delantal y la hizo pasar a la salita. Nada había cambiado desde que era niña en la soleada habitación y, sin embargo, todo parecía distinto. El tiempo se había llevado los vivos colores de la cretona de las cortinas y el terciopelo de las faldillas de la mesa camilla lucía desgastado en los bordes: ahí donde, recordaba Laura, Doña Encarna se sentaba a coser por las tardes, cuando su madre iba a visitarla con la bolsa del punto de cruz. Como si la mujer hubiese leído sus pensamientos, casi susurró:

—Desde que murió tu madre, ya no coso. ¿Para qué? La costura sólo era una excusa para pasar la tarde hablando de nuestras cosas.

Se hizo un incómodo silencio. Laura no quería alargar por más tiempo la visita. Doña Encarna no pareció ver el gesto que hizo hacia la puerta para iniciar su marcha.

—¿Es verdad que vas a vender la casa?

—A eso he venido, a arreglarla antes de que venga el nuevo propietario.

Estuvo a punto de decirle que había vuelto para deshacerse de los trastos viejos, pero se calló a tiempo: no quería herir a Doña Encarna haciéndola creer que no honraba la memoria de su madre. Como si quisiera justificarse, añadió:

—No puedo hacerme cargo yo sola de una casa tan grande. Ya sabe: después del divorcio, apenas si tengo para las niñas y para mí.

Doña Encarna comprendió que la hija de su amiga no quería seguir hablando de la casa de su madre. Se interesó por las niñas y, cuando la conversación empezó a decaer, Laura se despidió. Antes de partir, la anciana señora prometió enviarle al día siguiente a Gertrudis, su asistenta, para que le echase una mano con la limpieza de la casa.

La casa. Cuando entró en ella, fue sorprendida por el olor a cerrado. No había vuelto desde hacía casi un año, el día que la llamó Vicente, el de la tienda de ultramarinos, para decirle que había encontrado muerta a su madre cuando le llevaba la compra. El médico, que acudió de inmediato, certificó la causa del fallecimiento: un infarto al corazón.

 

—La muerte ha sido fulminante; no ha sufrido —aseguró.

 

Tuvo, a la hora de morir, la suerte que no había tenido en vida. Ella, que había enviudado a los veintisiete años con una niña de tres; que la había sacado adelante y le había dado una educación superior con una exigua pensión; que había sufrido la ausencia del amor sin que nadie la hubiese visto nunca derramar una lágrima; ella, su madre, había muerto sin sufrir.

Laura se dirigió al que fuera su dormitorio de soltera. Pese a ser media tarde, no tuvo fuerzas para descorrer las cortinas del vestíbulo. La casa estaba a oscuras, como si también estuviese de luto, como estaba su corazón desde que recibiera la fatídica llamada. Incapaz de permanecer en la solitaria casa, después de dar varias vueltas por las habitaciones que siempre permanecían cerradas, salió al bar al otro lado de la calle para tomar una cena fría.

Al día siguiente, la despertó Gertrudis, la asistenta de Doña Encarna, antes de que el reloj marcase las ocho de la mañana. Las horas pasaron sin sentirlas para las dos mujeres que iban y venían de la casa a los contenedores cargadas con bolsas en las que rebosaban bártulos que ya no guardaban la memoria de nadie. A Laura se le rompió el corazón cuando tropezó en el gabinete con las gafas de su madre posadas sobre el libro que estaba leyendo antes de morir: “El niño del pijama de rayas”. Hubo de hacer un esfuerzo para no deshacerse en lágrimas. Tras horas de revolver entre las cosas de su madre, su ropa, sus largos collares, las figuritas de la repisa de su habitación, tras horas de aguantarse la emoción, habían sido unas simples gafas sobre un libro las que le habían desbordado el sentimiento de orfandad, mezclado con la culpa, que creía haber alejado de sí. No sintiéndose capaz de seguir adelante, le dijo a Gertrudis que podía irse ya a comer a su casa. Ella medio se recompuso como bien pudo. Mas las paredes de la casa parecían querer hablarle de su pérdida. Se peinó sin apenas mirarse al espejo, cogió el bolso y, como la noche anterior, se dirigió al bar para no enfrentarse sola a la comida en aquella casa vacía.

Se sentó junto a la ventana que daba a la plaza. Encargó una cerveza y unas aceitunas para engañar el hambre en tanto le traían el plato combinado que había pedido para comer. Se distrajo observando a los parroquianos que, aquella hora, abarrotaban el bar. Algunas caras le parecían lejanamente conocidas: el tiempo las había envejecido y los avatares de la vida habían endurecido muchas de ellas. Intentó imaginar cómo habían transcurrido los años para aquellas personas mientras ella se abría camino en Madrid.  Absorta en inventar historias para los lugareños, no vio llegar al parroquiano de mediana edad que venía del otro lado del bar. Le costó reconocer a Ignacio en el hombre que se acercó a su mesa a darle el pésame por la muerte de su madre. Los años no habían sido generosos con él. Lucía un cabello casi blanco, escaso en su frente despejada. Unas marcadas arrugas a los lados de sus labios delataban su antigua tendencia a reírse y a dejar traslucir con sus gestos faciales todos los sentimientos albergados en su corazón. A Laura le complació ver que su mirada conservaba la bondad que, en otro tiempo, la enamoró; mas creyó, o tal vez solo lo quiso, percibir en ella cierto aire de melancolía.

—Siéntate, por favor —le dijo señalándole la silla enfrente de la suya.

Él aceptó la invitación después de pedir en la barra una cerveza para él y pagar la consumición de Laura. Tras unos minutos de silencio en el que se mezclaba la timidez que embarga cuando se encuentran dos desconocidos y la alegría por volver a ver a quien se creía perdido, él se interesó por su vida en Madrid.

—La mía —dijo —transita por los caminos que desde niño había previsto, encargándome de la farmacia que me dejó mi padre y poco más.

—¿Te casaste? —no pudo evitar preguntarle Laura. Aunque conocía la respuesta porque su madre se había afanado por mantenerla al corriente de la vida de Ignacio, quería oírsela a él.

—No. Estuve viviendo con una chica un par de años hace ya tiempo.

Laura fijó en él la mirada para animarle a seguir, mas Ignacio no parecía muy dispuesto a hacerlo y sólo añadió:

—Supongo que la costumbre de estar juntos y la rutina del día a día nos hicieron olvidar la ilusión que al principio nos unió.

Laura no sabía qué había esperado, mas se sintió decepcionada con las concisas palabras de Ignacio. En otro tiempo, se hubiese explayado en contar mil y una anécdotas sobre su relación con la joven desconocida, haciéndola reír con historias reales e inventadas, pero aquella tarde no parecía querer descubrir sus secretos a la que fuera primero su mejor amiga y más tarde la novia que le dejó para ir a Madrid persiguiendo una quimera. Ella tampoco se extendió mucho cuando le habló de su matrimonio, de sus hijas y del divorcio. Se dijeron adiós tras comer juntos como si se separasen dos extraños a los que el azar ha unido por unas horas, pero que no piensan volverse a ver.

A Laura aquella despedida le dejó un amargo sabor: la sensación de enfrentarse a una pérdida más; como si se hubiese roto el hilo que, según había creído, aún le unía a Ignacio. Pasó la tarde vaciando el gabinete de los libros y apuntes de la carrera, con el pensamiento distraído. Un sentimiento de decepción se había apoderado de ella y se confundía con la tristeza que la iba invadiendo más y más. No quería reconocerse a sí misma que, pese al tiempo transcurrido, siempre había creído que, sucediese lo que sucediese, una parte de Ignacio seguía siendo suya. Escondida en un cajón encontró la cinta de cassette que le grabó Ignacio cuando estaban en COU. Sin estar segura de que todavía funcionase, conectó el viejo aparato que aún guardaba en su habitación. Las voces de U2, Sídney O´Connor, Tracy Chapman... se sucedían una tras otra y le traían el recuerdo de un joven desgarbado que se sabía de memoria todas las canciones sin apenas conocer el inglés.

Su memoria voló al último año del instituto, que empezó con los sentimientos encontrados de quien espera con impaciencia salir del pueblo y el anhelo de encontrarse con el primer amor. Ignacio la rondaba cerca, mas ella aún no lo sabía: el intercambio de miradas y sonrisas no empezó hasta pasadas las vacaciones de Navidad. Luego, prestarse los apuntes de clase, las conversaciones a la salida del instituto en las que encontraban la solución para cada problema del mundo, los besos furtivos e inexpertos, primeros tímidos, luego, apasionados y las caricias llenas de ternura... En el cassette se empezó a oír la voz de Bono entonando “with or without you” y se vio sorprendida por el recuerdo de su primera noche juntos, cuando ambos aprendieron a amarse. Por un momento, sintió algo muy parecido a la nostalgia por la joven que fue. Echaba de menos las ilusiones perdidas, las esperanzas frustradas.

Acababan de dar las siete en el reloj del vestíbulo cuando la sobresaltó el timbre del teléfono de la salita. Era Ignacio que la invitaba a cenar. Pasó casi una hora poniéndose y quitándose ante el espejo las únicas tres camisas que había traído: ninguna apropiada para una cita. Al fin se decidió por una color burdeos que en el último momento encontró en el armario de su habitación y que combinó con los vaqueros. Cuando terminó de arreglarse, aún le quedaba media hora de espera. Llamó a sus hijas cuyas voces, pese a oírse con nitidez, parecían venir de un lugar lejano.

 

Ignacio llegó puntual, como acostumbraba a hacer cuando eran novios. Fueron andando hasta la casa en la que vivía, aprovechando las últimas luces de la tarde de junio. Por el camino le iba contando cómo había tratado el destino a las personas que en otro tiempo conocieran. La hizo reír imitando las maneras de gente de otra época y casi la hizo llorar cuando vio el centro de rosas amarillas que adornaba la mesa que, sencillamente adornada, los esperaba para cenar. Rosas amarillas, sus favoritas.

 

Tal vez se debiera al vino que tomaron, tal vez los nocturnos de Chopin que se oían pese a tener el volumen muy bajo, tal vez no fuera más que la nostalgia que la había estado acechando desde que llegara aquella tarde, lo cierto es que a Laura le pareció que el tiempo había retrocedido. Durante la cena, sus ojos buscaban los de Ignacio y las manos cobraban vida para alcanzar las de él, bebiendo cada palabra salida de sus labios. En unos instantes, olvidó a la madre de dos hijas que era y volvió a ser la Laura que en otro tiempo fue: Quizás no fuera más que una impostura la vida de éxito que creía haber vivido en Madrid y su sitio estuviera allí, pensó. Los dedos de uno y otra se entrelazaban sin hacer caso de la conversación. Se preguntó cómo habría sido su vida de haberse casado con el hombre que más había amado. Ya no le parecía tan horrible ser la mujer de un farmacéutico que vivía en un pueblo de apenas cuatro casas.

 

El vino seguía haciendo su efecto tras la cena. Cada gesto les traía el recuerdo de otros tiempos y la pasión de entonces se confundía con la de aquella noche. Terminaron en la cama en la que Ignacio fue concebido, susurrándose palabras que, en sus labios, parecían por ellos inventadas. El tiempo se detuvo y Laura olvidó que al día siguiente había de volver a Madrid.

 

Los sorprendió en medio del sueño el tañido de las campanas de la iglesia llamando a los fieles a la misa de las doce. El pueblo desde hacía horas estaba despierto y había iniciado las faenas de un día más. A lo lejos se oían los cencerros del ganado que iba en busca de pasto, las voces del pastor llamando a las ovejas para que no se desperdigaran. Un carro tirado por un burro pasó por debajo de la ventana abierta del dormitorio de Ignacio. Los gritos de unos niños persiguiéndose rompían el silencio de la calle. Dos mujeres pasaron por delante de la casa hablando, tal vez, de las mismas cosas que hablaran la madre de Laura y Doña Encarna años y años antes. Bastaron unos minutos, mientras Ignacio preparaba el desayuno, para que ella se viese invadida por todo el hastío que, en su juventud, sintiera. No espero al café y las tostadas cuyo aroma alentaban su apetito; ni siquiera se sintió con fuerzas para despedirse de quien la noche anterior le hiciese sentir como si fuera la única mujer digna de ser amada. Se vistió sin prisas; cogió el bolso y salió de la casa. Sólo se detuvo unos minutos en la de su madre para recoger las pocas cosas que iba a llevarse: unos libros, los collares de su madre y la cinta de cassette que Ignacio le grabó cuando estudiaban COU.

 

Condujo despacio en su viaje de vuelta a Madrid, disfrutando del paisaje cambiante que veía a través del cristal. Hizo una única parada en Talavera de la Reina, sólo para comer y, después, prosiguió su camino. A media tarde, llegó a su destino. Cuando introdujo las llaves en la cerradura de su apartamento, sintió una inmensa alegría, casi infantil: Había regresado a casa.

 

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  • Sencillo en su narración y en la forma de describir a los personajes. La historia también da para mucho, según se puede ver por las opiniones de los compañeros. La mía es que me parece que sitúas a la protagonista en lugar que la vida al final nos pone a todos. Vagamos de aquí para allá, pero todos tenemos un destino y el de ella -a pesar de lo que pudiera parecer- es ese: volver a la ciudad.- Un saludo
    Un relato con un personaje tan bien definido sin necesidad de mencionar características, que lo hace la mar de interesante. Una ambientación genial y perfecta, y un final realista, logran un relato redondo. Pude sentir todo lo que describes del pueblo, pues vivo en un pequeño pueblo de Toledo en el que se aprecia todo eso. Un saludo, Ana.
    Magnífico Ana. Uno de tus relatos mas logrados, genialmente escrito y con un toque final muy adecuado. Favorece que no le des un final feliz, pues hace todo más coherente y le da fuerza a la idea. Muy muy bien Ana.
    Hola, no había tenido la oportunidad de leerte, ahora que te he leído en este relato, solo puedo decirte que me ha encantado tu forma de escribir y de hacerme vivir lo que estas expresando. Tus letras están cargadas de melancolía, de romanticismo, un relato que se disfruta desde que inicias hasta el final del mismo.
    Me ha parecido un final sumamente realista; los humanos somos así de complejos, así de complicados. Los sentimientos cambian de un momento a otro. La relación amor-odio con su pueblo natal queda muy bien simbolizada en la mezcla de aromas que percibe al principio, la calle empedrada, los rostros de siempre, pero avejentados... sobre por qué sintió tanta felicidad al volver a su presente de nuevo, tengo muchas teorías... me has dejado material para reflexionar... siempre es un placer leerte... saludos.
    Un cuento cargado de melancolía, de costumbrismo y aunque no se mencione expresamente del espíritu de los ochenta, o al menos en esa época me ha parecido ubicar la juventud de los protagonistas por la música que escuchaban y que me ha traído buenos recuerdos. Coincido con Paco en que no me esperaba el final, supongo que a Laura le pudo más el ambiente cosmopolita de la capital que un viejo años de juventud... aunque quien sabe si en una continuación cambiará al fin de idea. Felicidades Ana por tan buen trabajo.
    Otra buena historia, otra más, con ese tono de amable romanticismo y desencantada melancolía que impregna todos tus relatos. Tus personajes están claramente definidos, esclavos de sus emociones, debatiéndose entre la frustración y la esperanza. Resaltas los pequeños detalles que vuelcan el desarrollo argumental, como cuando Laura encuentra las gafas de su madre. Por lo demás hay un continuo vaivén, una feroz lucha, entre el pasado rural y el presente urbanita. Al final, éste vence a aquél de forma sorprendente. Creí que Laura apostaría por el campo. A lo mejor es porque vivo en una aldea y disfruto con lo que a ella le enerva. Saludos.
    Qué bien cuentas las historias, que después de leerlas, me parece haberlas vivido. Encuentro, que cada vez te superas más, y es mayor mi admiración por tus manuscritos. He encontrado frases de un calado emocional tremendo; otras, de una descripción tan conseguida que me ha hecho viajar a un pueblo de Extremadura. Laura e Ignacio... y, de repente, la historia da un giro inesperado y me sorprendes y cautivas de nuevo. La forma está muy cuidada y solo me resta felicitarte una vez más y decirte que me encantaría tener un libro tuyo entre mis manos. Gracias, Ana. Un abrazo enorme!
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    ¿Quién no esconde un secreto?

Soy una psicóloga que está dando los primeros pasos en esto de escribir. Creo que en cada momento de nuestra vida podemos encontrar la historia, la frase o la palabra que nos llegue al corazón. Espero, humildemente, llegar al tuyo.

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